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“El vicio del poder”: La escopeta internacional

17/01/2019

Si nuestro mundo fuera medianamente razonable, Adam McKay seguiría siendo un eficaz director de irreverentes comedias a mayor gloria de Will Ferrell. Sin embargo, el disparatado escenario político-económico internacional de las últimas décadas ha sido un estupendo caldo de cultivo para que McKay pudiera saltar a las ‘grandes ligas’, aportando su desvergonzada mirada a temas aparentemente serios. Así lo hizo, con mucho éxito y un Oscar al Mejor Guión Adaptado, con los desmanes que provocaron la gran crisis financiera de hace diez años en “La gran apuesta” (aquí diseccionada por mi compañero Jorge), así afirma que hará con el cambio climático para cerrar una futurible trilogía y así lo acaba de hacer, en el terreno de la política pura y dura, con uno de los primeros grandes estrenos del año, “El vicio del poder”.

El título español no puede emular el ingenioso título original, un “Vice” que alude tanto al mencionado ‘vicio’ como a la condición de ‘vice’ (presidente) del protagonista absoluto de la cinta, ese Dick Cheney que se convirtió en el hombre más poderoso de EE.UU y posiblemente del mundo durante el mandato presidencial de George W.Bush y al que McKay dedica uno de los ‘biopics’ menos laudatorios y convencionales que podamos recordar.

El iconoclasta lavado de cara que el director de las dos partes de “El reportero” da al genero no puede evitar del todo alguna característica de la película biográfica a la que tanto estamos acostumbrados, así es ese comienzo en el que un Cheney veinteañero y aficionado al alcohol es llamado al orden por la que será su gran impulso profesional y vital: su firme e inteligente esposa Lynney.

A partir de ese momento, un frenético y virtuoso montaje nos llevará cronológicamente, en un frenesí rítmico de más de dos horas de duración y a modo de brochazos impresionistas, por los diferentes hitos profesionales y vitales de un hombre gris y servil que, sin embargo, tuvo el suficiente olfato para ir escalando meteóricamente en el lado republicano de la política estadounidense, siempre de la mano de Donald Rumsfeld (otro que tiene una película por hacer), llegando a puestos importantes en las Administraciones de Gerald Ford y George Bush padre. Pero no esperen un relato convencional y frío, la ‘marca McKay’ supone ir trufando las secuencias de irónicos comentarios de un inesperado narrador, de insertar rótulos que contextualizan o contradicen jocosamente lo mostrado en pantalla o muchas otras argucias humorísticas, alguna especialmente brillante pero que no conviene desvelar (por cierto, no se pierdan los créditos finales), que aparta al filme de cualquier raíl analítico y lo introduce en el de la denuncia frontal menos sutil.

Cierto es que, en determinadas ocasiones, “El vicio del poder” expone un sensacionalismo y una superficialidad que entroncan con lo que hace, en el terreno documental, el Michael Moore menos inspirado, pero esto se convierte en un peaje que se paga tranquilamente cuando comprobamos que, por ejemplo, seguramente un mandato como el de Bush hijo es imposible de ser retratado de otra manera que desde el vitriolo y la chanza. Un tratamiento convencional se quedaría cortísimo para poder explicar la dejadez decisional de todo un presidente, la absorción de un poder casi absoluto pergeñada de manera secreta por su vicepresidente, la actuación gubernamental durante el 11-S, los flagrantes errores de las subsiguientes intervenciones en Irak y Afganistán en beneficio de unas cuantas multinacionales con estrechos lazos con Cheney, el devastador efecto colateral del nacimiento de Estado Islámico, el retorcimiento de las leyes para impedir cualquier control al Ejecutivo y un largo etcétera más.

Exultante por momentos, el McKay guionista es incluso de capaz de introducir un punto de gravedad y emotividad sin que chirríe su desbocado mecanismo. El tratamiento del conflicto de la familia Cheney en torno a la tendencia homosexual de su hija Mary está muy bien tratado, añade un agradecido matiz diferente a la trama y es incluso muy pertinente para demostrar la deriva final en busca del máximo poder posible en la que se ve sumergida esta ‘respetable’ dinastía.

El cineasta de Philadelphia fía gran parte del éxito del proyecto al indudable talento de Christian Bale, un actor claramente inadecuado fisícamente para encarnar a Cheney. En un primer momento, la monumental carga de maquillaje y postizos necesarios para su transformación ‘cantan’. Sin embargo, el asombroso trabajo de mimetismo extremo acaba calando poco a poco y no demasiado avanzado el metraje ya no hay duda que no es una mera interpretación…Bale se ha convertido en el jodido Cheney. El añorado Batman está apoyado por un lujoso y eficaz reparto, con unas caracterizaciones que rayan en lo asombroso. Ahí están Steve Carell (Rumsfeld) y Sam Rockwell (Bush Jr.), pero los casos de parecido más espectaculares e inquietantes son, sin duda, los de Tyler Perry (Colin Powell) y LisaGay Hamilton (Condolezza Rice). Pero, entre todas estas estrellas, la que consigue realmente hacer sombra a Bale es, una vez más, Amy Adams, que reivindica a su brillante y comedida Lynne Cheney como verdadero sostén del exvicepresidente y gran cabeza pensante de la familia,

Desengañémonos, mientras que nuestros padres alimentaban en los años 60 y 70 sus ansias políticas en el cine con películas tan rigurosas e idealistas como las de Costa-Gavras, Bernardo Bertolucci, Gillo Pontecorvo o, incluso, Sydney Pollack, nuestra generación, esa que ha alimentado con su pasividad a tantos monstruos, no tiene otra que conformarse con echarse unas cuantas risas culpables con los últimos artefactos de McKay. Hemos vuelto a los tiempos más oscuros de la Guerra Fría del “Teléfono Rojo, Volamos hacia Moscú” de Stanley Kubrick y a los más patéticos de esa dictadura que ridiculizó el gran Luis Garcia Berlanga en “La escopeta nacional”. Riamos por no llorar.

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