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“Beautiful Boy”: quererte/sufrirte más que a nada

15/03/2019

La paternidad. Esa circunstancia que puede deparar las mayores alegrías de la vida y, al mismo tiempo, los mayores sufrimientos, sobre todo porque -salvo en deleznables excepciones- afecta al yo más íntimo de cada persona. Este es uno de los temas más recurrentes en la filmografía del director belga Felix Van Groeningen, que ya la trató con profusión en su aclamada “Alabama Monroe” (incluida en nuestra lista de mejores películas de 2014) y, más tangencialmente, en su posterior “Bélgica”. Ahora vuelve a incidir en ella con profusión en su debut estadounidense, “Beautiful Boy”.

Más concretamente, Van Groeningen se mete de lleno en un asunto tan trillado y, por ello, tan resbaladizo, aunque inevitable en la sociedad actual, como es el de la adicción a las drogas de un hijo postadolescente, aunque con la novedad de que vista en su mayor parte desde la perspectiva tanto del padre como, en menor medida, de la segunda mujer de éste y de la madre del chico, y no tanto desde la del propio artífice de los hechos.


Basada en hechos reales desvelados en sendos exitosos libros autobiográficos del padre, David Sheff, y del hijo, Nic Sheff, la trama intenta plasmar en imágenes ese agujero negro en el que se introduce la mente de un chico que lo tiene todo en la vida: unos padres afectuosos y acaudalados, dos adorables hermanos pequeños, un encanto y una belleza natural, un talento innato para escribir…Sin embargo, todo ello acaba por no valer nada cuando alguien contempla el día a día como una escalera demasiado empinada, cuando se siente absolutamente ajeno a un mundo hostil en su fatigante convencionalidad. El refugio en la música alternativa y los poetas malditos resulta confortable en un primer momento, pero pronto la mente reclama unas emociones más fuertes que el joven cree solo posible encontrar en las drogas. No solo en una, sino en toda la tremenda variedad de estupefacientes disponibles en el ‘mercado’.

El guión, firmado por Van Groeningen y Luke Davies (“Candy”, “Lion”), no contiene ninguna escena memorable ni demasiado original pero sí logra, desde su realista y equilibrado tratamiento, alejarse del temido telefilme al que en numerosas ocasiones se ven abocados estos relatos, pese a que su tendencia a boicotearse con una serie de confusos saltos temporales perfectamente obviables le resten eficacia.

La música es otra de las obsesiones palpables del cineasta europeo y ya nos deparó varios grandes momentos tanto en “Alabama Monroe” como en “Bélgica”. Sin embargo, su utilización en “Beautiful Boy” es mucho menos justificable y acaba resultando abusivo el hecho de que cada escena dramática se cuente sea narrada como si se tratara de un videoclip de tristona banda ‘indie’. Eso sí, en su afán de rodear todo de música, Van Groeningen nos acaba proporcionando una ‘playlist’ de lo más disfrutable con temas míticos como el “Territorial Pissings” de Nirvana, “Sound and Vision” de David Bowie, “Heart of Gold” de Neil Young y, por supuesto, el “Beautiful Boy” de John Lennon que da nombre al filme.

Donde halla su auténtico atractivo el filme es en los bien construidos diálogos y un convincente tratamiento de varios momentos de intimidad familiar, en manos de un reparto tan bien ajustado como talentoso. Steve Carell, inmerso en un 2019 frenético en el que ya le hemos visto en “El vicio del poder” y “Bienvenidos a Marwen”, interpreta uno de sus mejores papales dramáticos en el rol de David Sheff, un prestigioso periodista abierto, moderno y progresista, aspirante a padre ideal, que no alcanza a comprender cómo su idolatrado hijo se ha visto inmerso en tan fatídica situación y que pasa de la extrema preocupación inicial a la desidia ante la inutilidad de sus esfuerzos por reconducir a su vástago. Por su parte, uno de los últimos grandes descubrimientos de Hollywood, ese Timothée Chalamet que maravilló en “Call me by your Name”, vuelve a brillar -pese a pasarse de frenada en alguna que otra secuencia- en un rol por el que llegó a optar al premio a Mejor Actor Secundario de Drama en los pasados Globos de Oro. En papeles más secundario, destacan tanto una sobresaliente Maura Tierney (“The Affair”) como una Amy Ryan que muestra su habitual solvencia en sus escasos minutos de metraje.

Es una pena que tamaña gran labor interpretativa, que situaba a la película en un estimable escalón medio/alto, se vea cercenado por un metraje que acaba siendo excesivo, máxime cuando, en su parte final, “Beautiful Boy” se ve sometida a una tediosa sucesión de vaivenes en torno la adicción de su protagonista y sus periódicas rehabilitaciones cayendo esta vez sí, en las garras del melodrama más sobado. La trama pedía a gritos insistir en su tono humilde y despojado y propiciar una conclusión rotunda y seca, pero la doble voltereta con tirabuzón a la que se acaba sometiendo termina en un buen coscorrón.

La oportunidad era -por argumento y medios humanos disponibles- perfecta para dar una vuelta de tuerca definitiva a un tema tan maltratado en los últimos tiempos en el cine como es el de la drogadicción. Lástima que Van Groeningen haya optado por proporcionar en un bonito envoltorio lo que no es sino el mismo discurso de siempre.

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