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“Toy Story 4”: hay una voz en mí

02/07/2019

¿No os ha pasado nunca? Ese día/esa noche genial con un grupo de amigos con el que habéis ido cogiendo confianza progresivamente y que finalmente ha llegado a una jornada de comunión absoluta. Además de la lógica euforia…¿no os ha entrado cierta melancolía porque en el fondo sabéis que habéis asistido al cénit de una relación que a partir de ese momento irá sufriendo un lógico declive? Pues esa sensación tuve cuando disfruté de la majestuosa “Toy Story 3”, que ya nada podía llegar a ser de esa magnitud con esa panda de amigos juguetes que me eché en mi tardía adolescencia -edad poco propicia para abrazar ídolos infantiles- con el estreno de la entrega fundacional de la saga de Pixar y que nos ha ido acompañando a todos durante tantos años.

Por todo esto, no salté de alegría cuando se confirmó la existencia del proyecto para hacer una cuarta parte de la historia de Woody y cia y menos aún cuando su desarrollo se fue dilatando en el tiempo y su estreno retrasándose mientras que una numerosa serie de catastróficas desdichas fueron asolando su producción, siendo entre ellas la más notoria el cambio forzado en la dirección tras el escándalo acontecido en torno a John Lasseter, realizador previsto inicialmente. A consecuencia de todo esto, teníamos una de las películas más importantes de la compañía del flexo en manos de un cineasta debutante como Josh Cooley y un guión escrito por numerosas manos, bajo el mando de Andrew Stanton, entre ellos los actores Rashida Jones y Will McCormack. La terca realidad parecía imponerse a la más optimista de las expectativas.

Sin embargo, es en esos momentos difíciles cuando se distinguen a los verdaderamente grandes de los simplemente buenos y, una vez vista “Toy Story 4”, nada de esos contratiempos parecen haber calado en la pétrea fortaleza de la histórica saga y su nueva entrega resulta ser, una vez más, un minucioso mecanismo de relojería preñado, sin embargo, de corazón en el que conviven en perfecta armonía y en equilibrada proporción la película de acción, la comedia aguda y las reflexiones más profundas, funcionando de nuevo al 100% en dimensiones tan presuntamente alejadas como el espectador infantil y el adulto más exigente.

Desde un primer momento queda claro que en el maravilloso mundo Pixar la perfección técnica -encomiable en cada fotograma de la cinta- es tan importante como la simple valentía. Ahí es nada iniciar una película dirigida a los más pequeños con un ‘fláshback’ que solo cobrará sentido bien avanzado el metraje.

El filme arranca con cierta calma, que no aburrimiento, con tinte costumbrista, presentando la nueva realidad de la pandilla con su nueva dueña, la adorable Bonnie, inmersa en esa fase tan difícil que es la primera experiencia en el colegio, que aporta uno de los grandes aciertos de esta entrega, ese coprotagonista tan original, diferente e interesante llamado Forky, una dadaísta construcción de la niña a partir de materiales tan ‘lujosos’ como un tenedor de plástico, mediante el cual asistimos, nada más y nada menos, a la creación de la vida y a sus dudas existenciales e identitarias, aunque siempre con una sonrisa en la cara ante su obsesión en no reconocerse como otra cosa que como simple basura.

La trama adquiere su tono más tradicionalmente “Toy Story” cuando los juguetes acompañan a Bonnie y sus padres de excursión a un parque de atracciones, en el que Woody descubre que reside una vieja amiga: la muñeca de porcelana Bo Peep. Sin embargo, durante su búsqueda en una tienda de segunda mano, el carismático vaquero y su protegido Forky descubrirán el terror. Sí, tal es la conmoción que provoca la aparición de la villana de la película, la muñeca Gabby Gabby, y sus esbirros, dos marionetas de ventrílocuo, seguramente la presencia más intimidante -incluso para un ojo adulto- de toda la saga.

A partir de ese momento, seguiremos el intento de huída de Woody, la operación de búsqueda liderada por Buzz Lightyear y las andanzas de la familia humana, formando la explosiva mezcla antes comentada, de la que la acción queda como el componente menos agraciado, debido especialmente a que el recorrido de Gabby como antagonista queda mermado demasiado pronto, desaprovechando un tanto su gran potencial y quedando claramente por debajo de su precedente más inmediato, ese inolvidable ser maligno tan multidimensional llamado Lotso.

No obstante, siempre nos quedará esa perfecta aleación entre desenfadada comedia y profunda reflexión que funciona perfectamente engrasada hasta el final. La inagotable fuente de Pixar a la hora de crear inolvidables personajes de gracia desbordante sigue manando con profusión. Ahí están esos hilarantes muñecos de peluche Ducky y Bunny y sus delirantes sueños violentos y la paródica predisposición para la acción del motorista canadiense Duke Caboom, al que presta su voz un muy apropiado Keanu Reeves. Aunque esta vez son los humanos los que propician las mayores risotadas con un estupendo gag final.

No por estar ya habituados, deja de sorprender que en una película infantil se vayan introduciendo, de forma tan valiente como fluída, temas tan complejos como el mismo origen de la vida o el modo de afrontar los avatares de ésta. En esta cuarta entrega, se rompe el discurso de eterna lealtad de Woody hacia sus compañeros y sus amos humanos y se opta por un mensaje más rupturista. Ese que invita a atender a esa voz interior que todos tenemos (Buzz sigue este consejo de forma jocosamente literal), a no sacrificar todos nuestros deseos en pos de los demás, a saber querernos y quemar etapas, liberarse de las cadenas y seguir nuestro instinto para abrazar nuevas opciones. En ese sentido, no es nada gratuito la felicidad con la que hallamos a Bo Peep en su nueva condición de ‘juguete perdido’, plenamente entroncado en el empoderamiento femenino que preconiza el movimiento #MeToo.

Con los lagrimones amenazando nuestros ojos tras ese final tan y tan emotivo, uno no duda en calificar “Toy Story 4” como un nuevo rotundo acierto en la diana de Pixar y de su saga más emblemática. Sin embargo, no podemos obviar ese sentimiento que nos queda de que todas esas virtudes enumeradas a lo largo del post las hemos vivido ya anteriormente, nos queda una sensación de ‘deja vu’ que prácticamente aniquila el efecto sorpresa, dejando la euforia en un nivel alto, pero inferior al que nos deparó esa monumental tercera parte, aunque, eso sí, igualando o, incluso superando, el de las dos primeras entregas.

Siendo simplemente perfecta la conclusión de esta cuarta entrega para dar carpetazo final a la saga, aún persisten las dudas sobre la producción o no de una quinta parte. Un servidor, admirador absoluto de la historia de Woody y Buzz, no rechazaría una continuación siempre y cuando supusiera toda una reinvención de los esquemas que nos han llevado tan gozosamente hasta aquí, en aras de evitar que la rutina vaya empequeñeciendo tamaño logro. En caso contrario, estaré encantado de haber asistido a un excelente punto y final de una de las grandes alegrías que nos ha dado la cinematografía mundial en los últimos 25 años. Mil gracias por los recuerdos, Pixar.

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