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«Breaking Bad», el juego de Heisenberg

17/07/2012

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el primer capítulo de la quinta temporada de la serie)

Ya está aquí. Por fin llegó el momento de acompañar a Walter y Skyler White, Jesse Pinkman, Hank Schrader o Saul Goodman en la recta final de “Breaking Bad”, la serie más potente que se puede encontrar actualmente en la TV. Decíamos hace unos meses en nuestra disección de las claves de esta obra maestra, “Breaking Bad, adictos al cristal azul”, que por mucho que nos doliese atisbar el desenlace, no había mejor manera de superarse a sí misma que encarando la inevitable conclusión de la historia. Y aunque hasta 2013 no sabremos cómo terminan las andanzas de Heisenberg (recuerden, ocho episodios ahora y otros ocho en julio del año que viene), ya podemos abrocharnos los cinturones con la confianza en que la montaña rusa que nos ha preparado Vince Gilligan estará  a la altura de la leyenda cultivada en las cuatro temporadas anteriores.

Recordemos que el ya mítico “Face off” nos dejó con Walter White convertido definitivamente en Heisenberg y triunfante en la durísima partida jugada con Gustavo Fring, el mayor dealer de metanfetamina de Nuevo México, aunque para ello tuvo que dar un paso más hacia su particular abismo de negra amoralidad de la mano del “Lily of the Valley”. Y el comienzo del capítulo inaugural de esta quinta temporada, “Live free or die”, nos demuestra que “Breaking Bad” no ha perdido la capacidad de sorprendernos. Un Walter con identidad falsa, pelo, barba, gafas de pasta y aspecto cansado celebra su 52 cumpleaños en un restaurante carretera y posteriormente efectúa una operación de tráfico de armas. No sabemos si este “flashforward” corresponderá al final de la temporada o al de la primera parte de la misma, pero intuimos que posiblemente tengamos más retazos de esta historia en los próximos episodios, a la manera de los inquietantes flashes del oso rosa en la piscina de la segunda temporada, y que tendrán un peso específico en la resolución de la trama. Leer más…

El «Batman» de Tim Burton: Bailando con el diablo a la luz de la luna

16/07/2012

Rememorar el verano de 1989 es imposible sin recordar la “batmanía” que se apoderó de todos los rincones del mundo, un fenómeno sociocultural solo comparable al que generó la trilogía clásica de “La guerra de las galaxias” o el estreno de “E.T”. El símbolo del murciélago sobre un óvalo dorado estaba en todas partes. Camisetas, revistas, llaveros, posters, pegatinas… literalmente hasta en la sopa (efectivamente, también había platos con el logo). Las “celebrities” más cool del momento se apuntaban a la moda y todo el mundo parecía poseído por una fiebre quiróptera varios meses antes de que la película llegase a España, a finales de septiembre.  Incluso el disco con las canciones de Prince para la película fue un espectacular éxito de ventas en gran parte debido al emblema de Batman en la portada (doy fe de ello porque a mí, que el de Minneapolis me daba un poco igual, fue lo que me engatusó para comprármelo). Aquel fue el sueño húmedo de todo publicista o director de marketing, culminado con un spot televisivo días antes del estreno en el que aparecían las calles de Madrid desiertas hasta que el último plano nos revelaba a una enorme multitud a las puertas del Palacio de la Música con el logo del murciélago pintado en la marquesina. “Batman” era el acontecimiento cinematográfico del año y la película que nadie podía perderse, en una época en la que, claro está, ir al cine era otra cosa.

Para entonces el gran icono de los superhéroes de DC Comics, Superman, el hombre de acero, ya había sido llevado en cuatro ocasiones a la pantalla grande por Warner Bros (ejem, si contamos como “película” a la cuarta entrega), mientras que Batman, el otro gran estandarte de la editorial, llevaba años tratando de seguir su estela sin que los productores diesen con el proyecto adecuado. Pero todo cambió cuando Warner se fijó en Tim Burton, un joven y prometedor director surgido de la factoría Disney que ya llamó la atención con “La gran aventura de Pee-Wee” (1985) y acababa de tener un éxito de taquilla con “Bitelchús” (1988). Al cineasta californiano le ofrecieron el encargo y, pese a su inexperiencia en superproducciones y no haber leído nunca un cómic del vigilante enmascarado, dijo sí. El primer gran acierto de Burton fue alejarse del colorido pop de la popular serie de televisión de los sesenta protagonizada por Adam West y apostar por rodear al murciélago de un tono oscuro y trágico, acorde con las aproximaciones al personaje en los cómics que dominaron la segunda mitad de la década de los 80. Batman no podía ser un tipo sonriente que corretea por las calles a plena luz del día lanzando onomatopeyas, sino un justiciero torturado envuelto en un hálito tenebroso que actúa protegido por las sombras de la noche. El segundo acierto (como bien demostró años después Joel Schumacher) fue prescindir de Robin como compañero de fatigas. Leer más…

«The Amazing Spider-Man», sensación de «déjà vu»

15/07/2012

Decía en nuestro post de análisis del Spider-Man de Sam Raimi que la nueva versión, reboot, remake o como quiera denominarse de Marc Webb me daba cierta pereza porque los orígenes del trepamuros ya estaban perfectamente contados con una fidelidad admirable al fundacional “Amazing Fantasy 15” en la película de 2002. Una vez vista “The Amazing Spider-Man” se confirma que el peor enemigo de esta cinta es la anterior trilogía arácnida. La apuesta por volver a contar la historia desde el principio conlleva importantes peajes. Digámoslo ya: nadie necesitaba volver a ver la picadura de la araña, el descubrimiento de los poderes y la muerte del tío Ben.  Podrían haberse explorado otros enfoques para un reinicio, pero la apuesta de Sony ha sido la repetición de esquemas y, claro,  la sombra del “Spider-Man” original es alargada. La cinta de Webb trata de escapar de ella a toda costa sin llegar a conseguirlo nunca del todo. Modifica momentos clave (el momento de la picadura, el fatídico fallecimiento del tío, la persecución del atracador) y añade elementos de cosecha propia (el misterio sobre la muerte de los padres de Peter Parker) –algunos interesantes, la mayoría innecesarios- pero en general no puede evitar una intensa sensación de “déjà-vu”.

Otro problema que me suscita esta versión es que soy incapaz de reconocer a Peter Parker en el libreto de Alvin Sargent y Steve Kloves. Nada tiene que ver en ello el trabajo de un comprometidísimo e intenso Andrew Garfield, que saca lo mejor del personaje que le han escrito. La cuestión es que Parker no es aquí el pringado empollón al que todo le sale mal, agobiado por los problemas económicos y por la sobreprotección de su querida tía May, sino un outsider con monopatín y auriculares, retraído pero un tanto listilllo,que se liga sin mayores dificultades a la chica “guay” del instituto. Estamos más cerca del universo “Ultimate” que del tradicional, y posiblemente sea una opción adecuada para distanciarse de Raimi pero yo no la compro. Tampoco me resultan especialmente notables los resultados obtenidos por Webb en su manejo del romance entre Peter y Gwen Stacy (interpretada por una adorable Emma Stone). Se supone que ese iba a ser uno de los puntos fuertes de la cinta (no en vano el director es el responsable de una película tan atrevida y certera en su disección de las tormentas sentimentales como “(500) días juntos”), pero, más allá de una evidente química entre los dos protagonistas,  la película no traspasa la línea de lo superficial y arquetípico en el trazo de la relación amorosa. Sinceramente, me esperaba más por ese lado. Leer más…

«El dictador» Baron Cohen afronta la transición

13/07/2012

Lo reconozco. Soy fan de Sacha Baron Cohen. Pese al «boom» de la «nueva comedia americana» auspiciada por Judd Apatow y sus acólitos, solo «Borat» y «Bruno», aparte de «Un funeral de muerte» (la original inglesa, no el «remake» estadounidense) , han sido capaces de hacerme llorar de risa en una sala de cine en los últimos años, de hacerme perder el control y luego hacerme mirar avergonzado al resto de espectadores tras el estruendo de mis carcajadas, incluso de provocarme nuevas risas tras salir del cine mientras iba recordando las mejores escenas.  Las dos películas señaladas (a «Ali G anda suelto», su debut, no la meto en el saco) se beneficiaban de un formato documental -siempre ha habido muchos rumores sobre el «verismo» de los hechos que mostraban- en el que un extranjero extravagante viajaba, presa de la fascinación, a EE.UU, donde, involuntariamente, provocaba el desconcierto entre los habitantes ante sus «inhabituales» acciones. Estos dos personajes funcionaban como un espejo en el que mostrar la intolerancia, los miedos, la cerrazón y las contradicciones de un país que se ha autoerigido como faro de la democracia.

«Borat» supuso toda una revelación para aquellos, como un servidor, que aún no conocían a este tremendo cómico.  La «road movie» que protagonizaba un kazajistaní recién llegado a EE.UU. para buscar a su amada Pamela Anderson se mostraba tan original como rompedora. El humor más zafio y facilón se mezclaba con una incorrección política sorprendente y, a la vez, contenía retazos de fina ironía que mostraba sin tapujos la decadencia moral y política de Occidente (¡inolvidable ese discurso durante el rodeo!),todo ello sustentado en un acto de heróico malabarismo que nos hizo proclamar a muchos a Baron Cohen como el mejor humorista del momento.

«Bruno» repetía esquemas y formato y, lógicamente, perdía el efecto sorpresa. Las peripecias del gay «ultrafashion» austriaco en el país de las barras y estrellas dejaba bastante de lado la sutileza y apostaba más por la acumulación de «sketches» que por su calidad pero seguía funcionando más que bien, seguía proporcionando cargas de profundidad en su análisis de la sociedad estadounidense y, sobre todo, seguía teniendo unos cuantos momentos cómicos antológicos (la clase de artes marciales es mi debilidad personal). ¿El resultado? Un artefacto menos completo pero igual de tronchante que «Borat». Todo bien hasta el momento. Sin embargo, estaba claro que Baron Cohen ya lo había dado todo en este formato y debía buscar nuevos métodos antes de que el invento tomara caminos autoparódicos. Y el cómico británico, que no tiene un pelo de tonto, es lo que ha hecho. Leer más…

John Hiatt en Madrid: inolvidable lección de rock americano

12/07/2012

Dolía entrar en la platea de ese sitio tan extraño (aunque cómodo, que todo hay que decirlo) para un concierto como el madrileño Teatro Circo Price para presenciar la segunda aparición en la capital de John Hiatt, uno de los artistas más importantes en la historia del rock americano y ver un aspecto absolutamente desangelado, con apenas público en las gradas y una pista, eso sí llena, repleta de sillas, algo que a los que nos hemos tirado horas y horas de pie y apelotonados en multitud de recitales nos sigue pareciendo un elemento extraño para un concierto de rock.

Llegaron las 21:30 horas y, con una estricta puntualidad también absolutamente inhabitual en un concierto de rock y mientras las gradas se fueron poblando hasta albergar media entrada, todas estas reflexiones llegaron a su fin. Una leyenda estaba ante nuestros ojos y todos los problemas cotidianos se habían ido al garete. Es hora de disfrutar. De entrada, un sonido PERFECTO (¿cómo es posible que haya tantas bandas con muchos más medios que no suenen ni la mitad de bien?) nos hacía augurar lo mejor: todos los instrumentos equilibrados, una batería potente pero sin comerse al resto de la banda, unas guitarras tan fuertes y densas en ocasiones como cristalinas en otras y una voz justo en su punto, ni demasiado baja ni demasiado alta. Lo que parece tan fácil pero que casi nunca se cumple, sea el recinto que sea.

El concierto comenzó sobrio pero ya con un repertorio de aúpa desde el comienzo. «Master of Disaster» y «Tennesse Plates», una canción a recuperar de su repertorio y todo un clásico, respectivamente, no admitían discusión. Hiatt parecía estar ejecutando una liturgia, sin hacer un gesto de más, tan solo una sencilla pero tremendamente eficaz banda interpretando unas canciones tan sólidas que no necesitan de más aditamento. Sin embargo, apenas habían pasado tres canciones, Hiatt decidió dejar de jugar al despiste y comenzó a interactuar con el público, presentando a partir de ese momento casi cada una de las canciones con comentarios tan humildes y sencillos como entrañables, muy lejos de la arrogancia que se le puede suponer a una figura de su talla. Esta confraternización pareció contagiar tanto a la banda como al público y el desenfado y el aire de fiesta comenzó a desplazar a la rigidez que había imperando hasta entonces. Leer más…

«Oceania», de The Smashing Pumpkins: back to the 90’s

11/07/2012

Pocas bandas asocio más claramente a una época concreta como a The Smashing Pumpkins con  mediados de los noventa. En 1995 yo no conocía a la banda de Billy Corgan, Jimmy Chamberlain, James Iha y D’arcy Wretzky pero recuerdo perfectamente cómo en aquel templo de la música mítico para cualquier chaval de mi generación, el Madrid Rock de Gran Vía (ahora reconvertido en un aséptico Bershka), cierto día me llamó la atención la portada de uno de los discos que estaban disponibles en aquellos expositores con auriculares en los que podías pasarte las horas muertas comprobando si la inversión monetaria iba a merecer la pena. Aquel (doble) CD era “Mellon Collie and the Infinite Sadness”. Me puse los casos y empecé a escuchar las canciones. “Tonight, tonight” me pareció una enormidad, y a la altura del sexto corte, el ahora clásico incontestable “Bullet with butterfly wings”, decidí en un impulso que me lo iba a agenciar. No sabía entonces que ese disco exageradamente ambicioso y excesivo, que parecía querer abarcar toda la historia del rock de los últimos 20 años, terminaría siendo uno de los más emblemáticos de la década  ni que el cráneo rapado de Corgan y la camiseta de Zero se convertirían en iconos de su tiempo.

Y aunque pinché mucho “Mellon Collie…” y posteriormente descubrí el más enfocado y posiblemente superior “Siamese dream” (1993), nunca me convertí en un die hard fan del grupo de Chicago. Seguí con interés la elegante apuesta electrónica de “Adore” (1998) e incluso adquirí en el Top manta (en la época de esplendor de la cosa) el discutido “MACHINA/The machines of God (2000), pero cuando la banda se disolvió me olvidé completamente de ellos. No seguí la aventura de Corgan en Zwan, no me despertó mayor interés su proyecto en solitario, “The future embrace” (2005), ni tampoco moví un músculo cuando recuperó la marca junto a Chamberlain en “Zeitgeist” (2007). Sencillamente para mí The Smashing Pumpkins se habían quedado en los noventa y mis intereses musicales circulaban en otras direcciones. Por eso me he sorprendido volviendo a ellos con motivo de la publicación de “Oceania”, tal vez empujado subconscientemente por las buenas crónicas de su reciente concierto “sorpresa” en Madrid o por la excelente recepción crítica que estaba teniendo el nuevo trabajo, o simplemente por otro impulso como el que me acercó a “Mellon Collie…”, aunque esta vez regido por la melancolía (valga la redundancia). Leer más…

Los grandes de hoy en día (IV): Christian Bale

10/07/2012

Christian Bale pertenece a esa rara estirpe -a la que también están adscritos Scarlett Johansson, Josh Brolin o, incluso, Ron Howard- de triunfadores que han logrado auparse a lo más alto de Hollywood pese a esa losa que supone el hecho de haber sido una estrella juvenil (¿hay alguien en la sala que sepa dónde se ha metido Haley Joel Osment?). El actor galés pudo haber echado por la borda su prácticamente recién comenzada carrera cuando fue elegido en 1987 para protagonizar «El imperio del sol», uno de los trabajos peor valorados del todopoderoso Steven Spielberg. No solo salió más que airoso del reto -su interpretación fue muy elogiada- , sino que a partir de ese momento fue encadenando papeles en cine y televisión con regularidad, formándose poco a poco pero sin endiosarse ni acabar pensando más en fiestas y fans que en su propio trabajo. Sin duda, su recio carácter le supuso una enorme ventaja.

Ahora Bale puede mirar el mundo desde arriba. Su carrera ha eclosionado en menos de diez años y se ha convertido en uno de los grandes astros de la interpretación, reservándose un hueco en la historia al protagonizar una de las mejores sagas de la historia del cine, el Batman de Christopher Nolan de la que estamos a muy poco tiempo de presenciar su ansiado desenlace. Por el camino ha ido coleccionando papeles de lo más variado, siendo cada vez más reclamado por los directores más interesantes del mundillo y logrando todos los principales premios, incluyendo el Oscar, construyéndose una filmografía que aspira a la leyenda. Los sueños de aquel chaval que una vez fue a un casting de Spielberg se han cumplido. Ahora mismo es el actor ideal: suficientemente apuesto y vendible para poder sobrevivir en el despiadado Hollywood; suficientemente comprometido, virtuoso y prestigiado en su trabajo para que le caigan los proyectos más interesantes.

Tras «El imperio del sol», su gran proyecto de adolescencia, Bale fue apareciendo muy poco a poco pero, exceptuando algún escarceo con Disney, en proyectos muy respetables para su corta edad como el «Enrique V» de Kenneth Branagh  o «La isla del tesoro», junto a todo un Charlton Heston. Ya en la veintena, se le pudo ver en «Mujercitas», «Retrato de una dama», «Velvet Goldmine» y «El sueño de una noche de verano». Papeles cortos pero en filmes con gran proyección, lo ideal para ir aprendiendo y, sobre todo, estar en el objetivo de los directores para futuros proyectos mayores. Y un proyecto mayor para el galés fue «American Psycho» (2000), la controvertida adaptación de la celebérrima novela de Bret Easton Ellis dirigida por Mary Harron. La elección de casting no pudo ser más adecuada. El personaje de Patrick Bateman se ajustaba como un guante a las posibilidades de Bale. Un aspecto extremadamente pulcro, que incluso puede resultar aburrido, que esconde, sin embargo, una personalidad volcánica y un lado oscuro siempre a punto de estallar. Algo así como el nuevo Edward Norton, justo cuando éste estaba en el cénit de su carrera. Ya estaba instalado en el estatus de posible futura estrella. Leer más…

GUN regresan (a medias) con “Break the Silence”

09/07/2012

Comparto, junto a varios millones de personas, pasión por bandas o artistas como Queen, AC/DC, Van Halen, Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, Iron Maiden, David Bowie, Lou Reed… La lista sería casi eterna, pero en ella habría también sitio para otros grupos considerados por la gran mayoría como ‘de segunda fila’, mucho menos populares que los ya mencionados pero que en mi corazón ocupan sin ningún tipo de dudas un lugar, a veces, igual de importante. No dudaría ni un solo segundo en citar tres nombres: los británicos Thunder y Skin (nada que ver con la cantante de Skunk Anansie) y los escoceses GUN. Los tres tienen muchos puntos en común: nacieron a finales de los 80, publicaron discos excelentes en sus inicios, lograron un considerable éxito pero se quedaron a las puertas del reconocimiento masivo, y se separaron a finales de los 90 probablemente desencantados o desorientados por el panorama musical que les había tocado vivir. Thunder regresaron a comienzos de la pasada década, para disolverse tristemente de nuevo a finales de la misma, aunque aún se dejen ver de forma esporádica, Skin se reunieron en 2009 tras once años de ausencia, convertidos ya en una banda de culto dedicada exclusivamente a su pequeña pero fiel legión de fans, mientras que GUN… bueno, el caso de estos tipos de Glasgow es un poco más peculiar y más difícil de explicar. Lo mejor será hacer un poco de historia.

La espina dorsal de GUN estuvo formada desde sus inicios por el vocalista Mark Rankin y los hermanos Giuliano ‘Jools’ Gizzi y Dante Gizzi a la guitarra y al bajo, respectivamente, mientras que por la formación irían desfilando los guitarristas Baby Stattford y Alex Dickson (que posteriormente su uniría a Bruce Dickinson, realizando un trabajo prodigioso en el injustamente despreciado “Skunkworks” de 1996) y los baterías Scott Shields y Mark Kerr. Contaron además con una aliada de lujo, Sharleen Spiteri, cantante de Texas y prima de Rankin, haciendo coros en sus dos primeros álbumes, “Taking on the World” (1989) y “Gallus” (1992), que junto con su álbum más duro y contundente, “Swagger” (1994), conforman una excepcional trilogía discográfica al alcance de muy pocos. GUN no eran precisamente una pandilla de músicos virtuosos, ni Rankin tenía una garganta prodigiosa, aunque sí muchísima garra y carisma, y un timbre muy reconocible, que es mucho. Su fórmula era muy sencilla: grabar grandísimas canciones de hard rock con buenas melodías e infalibles estribillos. Así, nos fueron legando una larga lista de temazos como “Better Days”, “Taking on the World”, “Steal Your Fire», “Higher Ground”, “Watching the World Go By”, “Don’t Say it’s Over”, “The Only One”, mi favorita “Seems Like I’m Losing You”, o su mayor hit, la versión del éxito de Cameo “Word Up!”. Menos mal que existe Youtube para recordarnos que en su época dorada gozaron de una gran acogida en España, levantando un gran fervor en su paso por la Expo de Sevilla (una actuación patrocinada por los 40 Principales y televisada por Canal +, qué cosas), apareciendo en los programas musicales televisivos (sí, aún existían) de la época, luciendo camisetas de equipos de fútbol de nuestra Liga en sus videoclips (no me neguéis que Rankin es clavadito a Johann Cruyff) o ilustrando su libreto de “Gallus” con fotos tomadas en Barcelona. Leer más…