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Dentro de las jeringuillas de Kurt Cobain y Amy Winehouse

26/11/2015

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En los últimos meses se han estrenados sendos documentales sobre Kurt Cobain y Amy Winehouse, dos cintas que plasman el auge y ocaso de dos artistas con numerosas cosas en común, entre ellas formar parte de ese “club de los 27” que tantos insignes nombres alberga (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Brian Jones… da escalofríos la verdad). Dado el material que tratan, “Cobain. Montage of heck” y “Amy” son carne de post conjunto, ya que aunque formalmente presentan ciertas diferencias, en el fondo ambas películas tienen el mismo tono y se centran en los mismos aspectos, sus complicadas infancias, su estrellato repentino y su ocaso igualmente urgente, con trágico final como guinda. Además, ambos documentales se asientan en un buen número de grabaciones caseras e inéditas hasta el momento, lo que acerca definitivamente su drama al público, si bien de sobra ya se intuía que su día a día debía ser más o menos como ahora podemos descubrir. Con el beneplácito de sus familias, no se esconden muy crudas escenas que contrastan con la estela de grandes figuras de la escena musical que tenían en su momento. Además, los dos títulos cuentan con los testimonios de personas muy cercanas a ambas estrellas, completando así un retrato personal que difícilmente se podrá superar en intentos posteriores.

Tampoco se puede afirmar que sean las obras cinematográficas definitivas sobre ambos. Si bien el aspecto personal sí queda definitivamente plasmado, se echa en falta más metraje sobre su evolución musical, sobre lo que representaron artísticamente y sobre sus inquietudes y métodos de creación, especialmente en el film sobre el líder de Nirvana. Sí queda clara la gran fama que alcanzaron y el desorbitado éxito que lograron, siendo éste a la vez el causante de su drama, pero no se analiza su música, las diferencias entre sus (pocos) trabajos, sus influencias. Basta con decir que no recuerdo ningún momento de “Cobain. Montage of heck” en el que aparezca la palabra ‘grunge’ o ‘Seattle’. Por lo tanto, ambas películas harán las delicias de sus seguidores pero no aportarán casi nada musicalmente que pueda hacer descubrir nuevas facetas o redescubrir aspectos que se pasaron por alto en su día.

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Como decía, ambas cintas tiran de grabaciones domésticas para introducirnos en sus respectivas familias, recreándose en un Cobain de niño y en una Winehouse más crecida, en plena adolescencia. En ninguno de los casos sus primeros años fueron fáciles. Sus primeros coqueteos con los escenarios les llevaron no sin demasiada dificultad a grabar sus primeros álbumes, discos que fueron bien pero minoritariamente recibidos, y que sembraron ya lo que casi de inmediato explotaría. Así, tanto “Nevermind” para Nirvana como “Back to black” para Amy Winehouse resultaron incontestables éxitos mundiales, poniendo a ambos artistas en todos los focos, aunque desgraciadamente ninguno quería eso ni estaba preparado para ello, aborreciendo rápidamente el recién estatus adquirido, comenzando de forma fulgurante su autodestrucción. Las drogas siempre habían estado presentes en sus vidas, pero en este momento fue cuando el abuso, mostrado de forma directa en los dos films, empezó a monopolizar sus vidas. Este abuso de estupefacientes sin embargo no fue únicamente una vía de escape, aunque lo fue. Kurt Cobain sufría desde hacía años problemas de salud, estomacales, que convirtieron su vivir en un doloroso suplicio, aliviado únicamente por este desenfreno consumidor. Por su parte, Amy Winehouse, también con una salud delicada a causa de su bulimia prematura, necesitó tirar de drogas para paliar la separación de su novio, Blake Fielder-Civil, precisamente con quien se inició en la heroína. Lógicamente, la polémica Courtney Love también arrastró a Cobain a los abismos, o se arrastraron ambos.

A partir de entonces, la música se convirtió en algo secundario para ellos. Nirvana editó un tercer disco, “In utero”, bastante más oscuro y difícil, con el que el éxito logrado quedaba a años luz del anterior. Pero seguían en la ola. Amy Winehouse no llegó a publicar más trabajos. Daba la impresión de que artísticamente su principal intención era destruir todo en lo que se habían conseguido, ya fuera mediante esperpénticas apariciones en televisión, o cancelando conciertos, o arremetiendo contra sus fans. Y en medio de esa vorágine se empezó a vislumbrar algo de luz. Nirvana grabó el disco en directo “Unplugged in New York”, con el que mostraban nuevos sonidos e intenciones, alejados del sonido con el que se identificaba a la banda universalmente hasta entoces, lo que seguro que en Cobain despertó una nueva esperanza en su carrera, disco que sería publicado después de la muerte del cantante (y concienzudamente analizado en estas líneas). Amy Winehouse logró desengancharse de la heroína, supliendo eso sí su ausencia con el alcohol. Sin embargo, tanto la cabeza de uno como el cuerpo de la otra ya habían llegado a un punto de no retorno. Cobain decidió poner fin a su sufrimiento, tanto mental como físico. A Winehouse le pasaron factura los excesos en su débil estado de salud.

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En resumen es esto lo que plasman ambas cintas. Quien se acerque a ellas seguramente será seguidor en mayor o menor medida de sus protagonistas, por lo que no descubrirá nada nuevo. Es el material inédito lo que más interés despertará en los espectadores. Así, insisto, es el drama humano de ambas estrellas en lo que se centran los dos documentales, esquivando análisis musicales más allá de actuaciones destacadas por su polémica más que por su calidad interpretativa en la mayoría de los casos. ¿Es esto un error? Yo creo que es una opción. Y una vez tomada esta perspectiva, ambas películas resultan deslumbrantes, estremecedoras y más que meritorias. Los directores (Brett Morgen y Asif Kapadia) manejan el potente material del que disponen con soltura, aprovechándose después de un montaje excepcional, si bien el primero intenta dejar su firma con más intención, intercalando ciertos pasajes animados que resultan muy disfrutables, pero que a veces desenfocan la historia.

Fuera de los incendios de los protagonistas, ambas películas dejan un par más de denuncias. Denuncias sobre la prensa amarilla, ávida de carnaza, y denuncias sobre la industria musical, ávida de nuevas figuras a las que estrujar. Estos apuntes quedan evidentemente en un segundo plano, pero es esa falta de evidencia lo que les convierte en parte fundamental en ambos documentales, aportándoles riqueza y además sirviendo de contrapunto al tratamiento dado a la historia principal. Metafóricamente, los flashes de los fotógrafos parecen ráfagas de disparos a bocajarro; los gritos de los espectadores, bestias a punto de devorar a su presa. Indudablemente, ambos “demonios” eran conscientes del estado en el que estaban dejando a su “creación”, y ambas maquinarias continuaron sin aflojar el ritmo, sacando todo el jugo a unos productos que inevitablemente iban a explotar. Y explotaron.

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