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PJ Harvey y “The Hope Six Demolition Project”: instantáneas de un mundo en ruinas

21/04/2016

PJ Harvey_The Hope Six Demolition Project_Cover

Cuesta imaginarse a la Polly Jean Harvey actual suplicando/ordenando aquello de “Lame mis piernas, estoy ardiendo”,  la línea más célebre de aquella feroz obra maestra llamada “Rid of me”, publicada en 1993 cuando la de Dorset tenía 23 años. Quizás la madurez consista en eso; en despojarse de la violencia autoinfligida, las obsesiones personales y las dependencias dañinas, en definitiva, en dejar de mirar hacia dentro para hacerlo hacia afuera y constatar que las miserias propias son insignificantes en un mundo que se acerca peligrosamente hacia el apocalipsis.  Y pocos artistas, masculinos o femeninos, han sabido madurar tan admirablemente como la que fuera una de las reinas del panorama alternativo de los 90. La otra, naturalmente, fue su querida/odiada Bjork. Pero mientras la Gudmundsdöttir escudriñaba siempre el futuro (aún lo hace) bañándose en sonidos hiper-avanzados y buscando plantar bandera en una luna de textura digital, PJ Harvey oteaba en el pasado, en la grasa del blues de azufre de Howlin’ Wolf, en la pulsión abrasiva de Janis Joplin, en el chirrido espasmódico del punk, para redefinir el presente, o más bien aquel presente. Las dos eran rabiosamente modernas, pero  una se asemejaba un imposible dibujo animado y  la otra se exhibía dolorosamente real y auténtica. Cuando PJ debutó con “Dry” (1992) hacía mucho tiempo que una mujer no se dejaba las tripas, el alma, la vida y dios sabe cuánto más en cada verso. Su ejemplo, nada complaciente con la MTV, fue copiado y embalado por la industria en forma de clones inexactos y domesticados como Alanis Morissette, o, peor aún, naderías inofensivas como aquella fugaz Meredith Brooks hoy olvidada por todos. Polly Jean nunca se dejó domar, ni siquiera cuando llamó a las puertas del mainstream con aquel  magnífico “Stories from the City, Stories from the Sea” (2000), principalmente porque se propuso hacer en cada momento aquello que nadie esperaba.

Solo hay tres años de diferencia entre la PJ Harvey que aparecía estática, introvertida, casi atemorizada,  en el escenario en los conciertos de 1992 y la vampiresa dominante embutida en un ajustado mono rosa y entregada a la carta de la teatralidad y el maquillaje en la gira del esencial “To Bring You My Love” (1995). Del jugueteo con las tramas electrónicas de “Is This Desire” (1998) saltó al rock más ortodoxo de “Stories from the City…”; del rasposo sonido lo fi y maquetero de “Uh Huh Her” (2004) a las nanas góticas y pianos fantasmales de “White Chalk” (2007). Siempre en busca de un nuevo color, de una nueva voz, de una nueva identidad. Pero por muchas transformaciones que haya protagonizado un artista,  todos solemos tener una imagen idealizada o definitiva de de él (o ella) que es la primera que nos viene a la mente cuando nos lo mencionan o leemos sobre él. La mía de PJ Harvey es la de una amazona vestida para matar, el cabello azabache y alisado, guitarra en ristre, cantando sin acompañamiento “Rid of Me” en el festival de Benicassim de 2001 ante un público rendido que nos sosteníamos en la palma de su mano. Por supuesto, esa era una estampa mucho más sugestiva que la que presentaba diez años después, ataviada de blanco victoriano, armada con un horrible tocado de plumas y un autoarpa para desgranar con templanza las canciones de “Let England Shake” (2011). Y, sin embargo, no puedo dejar de reconocer que aquella fue una obra maestra absoluta de madurez. Ese trabajo, construido con sensibilidad y respeto sobre los cadáveres, viudas, trincheras y lágrimas que dejó el paso de Inglaterra por los principales conflictos bélicos del siglo XX, suponía no solo una renovación de su sonido, abierto hacia un folk de raíz inglesa y a un primitivismo elegíaco, sino su perfecta conversión en juglar del corazón de las tinieblas y cronista de los males contemporáneos.  Polly Jean había encontrado su voz definitiva de la edad adulta.

PJ Harvey 2016

No es extraño, pues, que la PJ Harvey que nos encontramos en 2016 no haya sentido la necesidad de volver a mudar de piel o de dar un nuevo volantazo sonoro. El rock crudo y visceral, tal y como lo patentó en los 90, dejó de ser una opción desde “Uh Huh Her”, y aunque es cierto que tras cinco largos años de barbecho quizás alguno podía haber esperado otra reinvención artística, lo cierto es que “The Hope Six Demolition Project” se proyecta como una continuación lógica y natural de “Let England Shake”, al menos en un primer contacto. Nuevamente con Flood y John Parish en los controles, aquí se recupera ese sentimiento de banda comunal, con masivos coros masculinos, amplitud sonora que amalgama de forma orgánica instrumentos acústicos y eléctricos, ritmos marciales, abundancia de metales y una evidente facilidad para la melodía sencilla y urgente y los estribillos con gancho. Sucesivas escuchas revelan una prominencia negroide de raíz más americana con desagües hacia el gospel y el jazz, y dejan al descubierto la frontera que separa los temas más inmediatos y luminosos de los más densos y solemnes. Y quizás sea esa dicotomía la que hace que el disco sea menos compacto, firme y unitario que su antecesor. “The Hope Six Demolition Project” no alcanza la magnificencia de “Let England Shake”, pero es más redondo que los dos trabajos inmediatamente anteriores a aquel, y eso es una gran noticia.

Temáticamente, Harvey amplía el campo de batalla y aprovecha sus viajes durante los últimos años en compañía del fotógrafo Seamus Murphy por Kosovo, Afganistán y las zonas más desfavorecidas de EE.UU para ofrecer un puñado de instantáneas en blanco y negro de un mundo en ruinas, herido de muerte en contiendas antiguas y modernas. Algunos ya se han apresurado a criticar lo que han llamado peyorativamente “turismo de la pobreza”, reprochándole a la de Dorset su lectura simplista y la falta de soluciones, como si su labor como artista tuviera que ir más allá de llamar la atención sobre las vergüenzas de un planeta fracturado en el que las desigualdades son mayores que nunca antes en la Historia. Está claro, al menos desde los tiempos de John y Yoko pidiendo desde la cama una oportunidad para la paz, que un puñado de palabras y melodías no van a cambiar el orden establecido, pero no por ello dejan de seguir siendo necesarias.

 

El disco se abre con “The Community of Hope”, tema inspirado en la degradación social del Distrito 7 de Washington DC y que ha levantado ampollas en ciertos sectores a los que tal vez disgusta verse tan directamente señalados con el dedo (“Here’s the  highway to death and destruction/ South Capitol is its name/ And the school just looks like shit-hole/ Does that look like a nice place?”). La aspereza de la letra contrasta con la luminosidad de una melodía directa que quizás sea lo más pop que ha grabado Harvey desde “Good Fortune”, un single irresistible apoyado en guitarras eléctricas y unos vientos discretos que arropan un estribillo instantáneo.  Mucho más dramática es la apocalíptica “The Ministry of Defence”, una densa viñeta de la nada que queda después de las bombas (“Broken glass, a white jawbone / Syringes, razors, a plastic spoon/ Human hair, a kitchen knife/ And a ghost of a girl who runs and hides”) guiada por un riff violento,  metales sofocantes, tambores castrenses y unos coros imponentes que preludian el fin del mundo.

La luz vuelve a hacerse en “A Line in the Sand”, tema musicalmente sofisticado y de melodía casi ingrávida y sinuosa en la que Harvey alcanza los registros agudos que tanto predominaban en sus dos últimos discos. Líricamente aquí adopta el punto de vista de un voluntario en un campo de refugiados, probablemente sugerido por sus vivencias en los Balcanes, aunque es justo admitir que la letra, un tanto buenista y naíf, no es de lo más inspirado del lote. Con la tensa “Chain of Keys” retorna el blues ceremonioso, los saxofones lacerantes, las percusiones marciales y los apoyos vocales profundos del omnipresente Parish junto a Mick Harvey y Jean-Marc Butty en otro retrato devastador de un pueblo fantasma en el que solo queda una anciana que custodia las llaves de las viviendas derruidas de los vecinos que nunca volverán. En la espléndida “River Anacostia” la banda se apropia del espiritual negro “Wade in the Water” y una Harvey excelsa despliega una fantasmagórica melodía folk alrededor de una hoguera que arde lentamente pero que se apaga justo antes de estallar en llamas, y todo suena como si los Portishead de “Third” navegasen a la deriva entre los meandros del Mississippi.

PJ Harvey_The Wheel

Después de esa inmersión en aguas negruzcas el disco alcanza las orillas de “Near the Memorials to Vietnam and Lincoln”, una chillona tonada de campamento que, a pesar de su atmósfera ligeramente onírica, pasa por ser de lo más prescindible de la función. El estribillo es tan pegadizo como repetitivo y desligado de las estrofas, y su reflexión sobre la banalización que supone convertir monumentos memoriales en meras atracciones turísticas no parece encajar del todo en el concepto general de la obra. “The Orange Monkey” toma prestados las percusiones agrestes y ritmos tribales de Tom Waits para construir un dueto con Parish de melodía ascendente y emanaciones étnicas que presenta la letra más inspirada y menos obvia del disco, una hermosa oda a la memoria y los valores perdidos entre el polvo y la niebla que trae el futuro. En “Medicinals”, un número más agrio y furioso, se incide en la destrucción de las culturas milenarias a través del gruñido de unos metales demasiado encorsetados que constatan que los temas de ‘clase media’ de “The Hope Six Demolition Project”, aquellos que terminan elevando la calidad de un disco por encima de la media, son menos fascinantes y de alcance más corto que los de “Let England Shake”. Baste comparar las canciones de este tramo central con gemas tan sobrecogedoras como “All and Everyone”, “On Battleship Hill” o “In the Dark Places”.

 

Pero Harvey se guarda las mejores balas para el tramo final, como el blues trastornado de “The Ministry of Social Affairs”, que introduce el “That’s What You Want” de Jerry McCain en un horno de fundición  y lo convierte en un aquelarre diabólico cuya sofocante temperatura no deja de ascender hasta culminar en el bramido free jazz de un elefante herido cargando contra las puertas del infierno. Y el nivel no baja en absoluto con la musculosa y cruda “The Wheel”, el tema más contundentemente rockero del disco, quizás también el mejor. Palmas, bases rotundas, una maraña áspera de acústicas y eléctricas y un memorable riff sucio de saxo visten una certera composición que denuncia con una cifra redonda (“Hey little children don’t disappear/ I heard it was 28.000 / Lost upon a revolving Wheel”)  el ignominioso efecto de los daños laterales de una guerra, de cualquier guerra. El plástico podría acabar ahí y sería un cierre poderoso por todo lo alto, pero “Dollar, Dollar” viene a bajar las revoluciones hasta el mínimo y terminar en una nota agridulce. Entre grabaciones de campo y una instrumentación minimalista, Harvey interpreta (fenomenalmente, eso sí) una melodía emotiva pero a medio cocinar en la que se enmarca una imagen de la cara más familiar de la miseria desde el espejo retrovisor de un coche. El noctámbulo solo de saxofón jazzístico con el que concluye consigue darle una dimensión más profunda a la pieza.

Sin ser una obra mayor, “The Hope Six Demolition Project” prueba que la PJ Harvey de 2016 puede mirar en el espejo a sus antiguas reencarnaciones sin bajar los ojos, orgullosa de haber sabido llegar hasta aquí sin traicionarse a sí misma ni a su legado. No muchos adalides de los años 90 pueden presumir de una veteranía tan bien llevada como la de la británica, libre de pasos en falso o concesiones sonrojantes para todos los públicos. Solo nos queda esperar que no tenga que transcurrir otro lustro para volver a tener noticias suyas. Seguimos necesitándola. El rock la sigue necesitando.

 

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5 comentarios leave one →
  1. Guillem Guasch permalink
    22/04/2016 10:40

    Muy buena reseña. A mí me está costando entrar. Reconozco momentos brillantes pero me sigue faltando algo más de PJ desde hace un tiempo. No sé. Pero ojo que es uno de los pilares de mi colección. To Bring You My Love es de los que salvaría de un incendio. Probablemente el mejor concierto que he visto en mi vida fue cuando presentó Is this Desire? en Razzmatazz. La banda inspirada y toda la sala conteniendo la respiración.
    Seguiremos escuchándolo, haga lo que haga, que ya es mucho.

    • Jorge Luis García permalink*
      22/04/2016 20:26

      Dale algunas escuchas más, Guillem, aunque si echas en falta algo más de PJ desde hace tiempo es probable que aquí tampoco lo encuentres. La Harvey de “To bring you my love” ya no está, ni yo tampoco la espero. Muchas gracias por pasarte a comentar, un saludo.

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