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“Los últimos días de Manel Vegas”, de Marcus Versus: un huracán de palabras

16/08/2016

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Cualquier forma de celebración cultural debería de tener por objetivo, o al menos por uno de sus objetivos, remover al espectador, causarle sensaciones e inquietarle mínimamente, y para ello el creador está autorizado a poder valerse de todos los instrumentos a su alcance. A veces una simple idea es lo suficientemente válida para sobre ella articular toda una obra y ese germen puede llenarlo y alcanzarlo todo. Otras veces la semilla hay que regarla y adornarla, o al menos cuidarla, y para ello la forma en la que se presenta debe estar al menos a la altura, y ser criador además de recolector. Y en otras ocasiones es la forma la que lo inunda todo, la que deja en un segundo plano al primero y la que no sin destreza y genio te zarandea y te arrastra a una historia que en otro vestido sería muy diferente, incluso ni sería. Esta opción muchas veces es tachada de vacía y tramposa por “los que saben”. Ni caso. Acotamos parcela: hablamos de literatura, por lo que hablamos de letras y de lenguaje, hablamos de evocaciones y de imaginación, hablamos de escuchar. Y se trata de crear mundos a través de palabras, y con ellas enamorar al lector, ya sea por las buenas o por las malas. Uno de los recursos para intentar captar la atención del interlocutor en cualquier aspecto de la vida es la ruptura de normas, el salirse de lo establecido y de lo esperado. El mundo de las letras también aprovecha estas salidas de tono para epatar y muchas veces hacer de ello un estilo. Pero para reinventar el lenguaje hay que conocerlo previamente. Para escribir “mal” hay que saber escribir “bien” (por favor, no subestimen las comillas).

Hecha la pertinente y muchas veces un poco onanista introducción de los hechos, describamoslos: tenemos entre manos un libro titulado “Los últimos días de Manel Vegas”, escrito por un tal Marcus Versus y publicado por una editorial que dice llamarse Diente de Perro. Se trata de la segunda novela del escritor en cuestión, después de haber lanzado en 2014 “Habitación 804”, un autor que es bastante más conocido por su faceta poética que por la prosaica. A él se le deben dos de las más importantes editoriales de poesía independiente de Madrid, “Ya lo dijo Casimiro Parker” (rampa de salida, y más, de Escandar Algeet) y “Harpo Libros” (colchón salvavidas, y más, de Irene X) y en poesía además ha publicado “Un mar bajo el suelo” y “No Happy”. La historia que estamos tratando narra, a grandes rasgos, el ocaso de un escritor de éxito años ha, exiliado temporalmente en Berlín para intentar crear algo que le haga recuperar el prestigio y éxito perdido, pero que en esa búsqueda no encuentra otra cosa que su fin. Así, a modo de diario, vamos siendo testigos del enloquecimiento de una persona a la que un leve empujón, un mínimo tropiezo, le condena a los más oscuros abismos, siendo allí donde al fin es consciente de su triste devenir y de su ruin personaje.

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“Los últimos días de Manel Vegas” logra crear un universo propio a base del lenguaje, una escritura que poco a poco te va adentrando en la mente turbada del personaje, haciendo al lector partícipe de su locura, de su desapego a la sociedad y de su odio por sí mismo. En una jugada arriesgada, Marcus Versus va despojando a las frases de todo lo superfluo, llegando a prescindir de artículos, adverbios y demás formas léxicas para construir una comunicación insultantemente directa. Aviso a los puristas, la corrección gramatical no es en ningún caso un fin que se pretenda en estas páginas. No hay diálogos, no existen prácticamente descripciones aparte de las que la mente enferma del protagonista se crea en su cabeza a base de básicos adjetivos, peyorativos en la mayoría de los casos. Tampoco hay intriga, ya que en el mismo título de la obra se puede descubrir el desenlace de los acontecimientos. Sí hay humor, aunque el texto dista una eternidad de ser cómico, pero el humor negro está muy presente al adentrarnos en una forma de pensar quizás algo trastocada. Y misteriosamente la novela te crea una necesidad de conocer el devenir de los acontecimientos, posiblemente únicamente por saber cómo será el final de este tipo, una persona que con el primer contratiempo que se encuentra se deja llevar, hasta caer en lo más profundo de su ser, y donde en su ocaso comienza a mezclar realidad e imaginación, haciendo al lector partícipe de su paranoia y de su drama.

En su periplo por Berlín, Manel Vegas se construye su particular rincón, bocetando a las personas en base al (gran) tamaño de sus tetas o al (oscuro) tono de su piel. Y con ellos y con su desgracia llega a crear unas rutinas que le acompañarán en sus últimos días. Por supuesto no queda espacio para la redención, pero sí para ser al fin consciente de su trayectoria vital, haciendo acopio de desgracias, tristezas y soledades, lo que le lleva a buscar una escapatoria a su espiral de destrucción. Una vecina de la que se inventa una vida para creer amarla, unos camareros con los que intentar hacer más emocionante cualquier momento de paso a base de meras ilusiones y debates inútiles consigo mismo, y un escritor con quien se podría intuir un intercambio de necesidades, mendigando aquel cualquier tipo de consejo profesional a cambio de ofrecerse como un último salvavidas, estos son los personajes que acompañarán, sin saberlo, a Manel Vegas en su tránsito al (presumimos) infierno.

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Además del bloque central del libro con la narración de, valga la redundacia, los últimos días de Manel Vegas a modo de diario mental, que no escrito, el texto se abre con una biografía del personaje en cuestión, por aquello de contextualizar al tipo y no perder tiempo en presentaciones, para así acometer su desventura desde la página 1. Y la novela se cierra con los poemas escritos después de su muerte (tal cual), con los que de una forma más abstracta conseguimos hacernos una idea más completa de su personalidad, y sobre todo de sus miedos, llegando entonces a sentir cierto apego por una personalidad hasta entonces eminentemente hostiable.

No deberíamos dejar pasar el aspecto gráfico del libro. Cisco Bellavista ayuda a dar luz, o más bien oscuridad, a este universo creado a base de unas poderosas ilustraciones (algunas de ellas presentes en este artículo) que, quizás a tono con el texto en el que se enmarca, destacan por su poder de evocación, por lo que transmiten y hacen sentir al espectador/lector/visor a base de primitivas formas, más que por lo que realmente podrían llegar a representar. Con lienzos compuestos a base de fotografías e ilustraciones, se deforma la realidad creando una sensación de desasosiego e inquietud totalmente acorde con el tono de la novela. También se encuentra perfectamente integrada la edición creada para la ocasión por la editorial Diente de Perro, un diseño cuidado y robusto, demostrando que (también) en este apartado las pequeñas casas de libros siguen dando modestas lecciones de profesionalidad y personalidad a las grandes empresas de la literatura nacional.

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Retomando la idea inicial de estas líneas, me atrevo a asegurar que “Los últimos días de Manel Vegas” consigue remover al lector y causarle sensaciones varias. Hablamos quizás de antipatía por el personaje, lástima y repulsión, seguramente incomodidad por una forma de acometer los problemas y desprecio por su desprecio del mundo. Pero nos referimos sobre todo a la forma de contarlo, a la inquietud que el escritor consigue crear en el cerebro del receptor a base de un lenguaje completamente propio, sucio y necesario para hacer un todo con la historia, del modo que forma y fondo confluyen, se autoalimentan y uno por otro logran cerrar o disimular las brechas que pudieran encontrarse en el camino. Porque el libro no es perfecto. Ni lo pretende. O todo lo contrario.

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