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“Big Little Lies”: mujeres al borde de un ataque de nervios

09/04/2017

En una época en la que la abundante oferta televisiva  de calidad nos apremia muy a menudo a descartar aquellos productos que no nos atrapen desde el minuto uno, “Big Little Lies”, la última miniserie de la HBO, puede jugar con cierta desventaja porque su pijolandia californiano de marujas ricas y aburridas que viven en lujosísimas casas frente al mar y forjan triviales y culebronescas alianzas y rivalidades en torno a la educación de sus vástagos, de entrada nos pilla muy lejos, a una distancia emocional demasiado grande como para preocuparnos realmente por sus habitantes. ¿Queremos invertir siete horas de nuestra vida en lo que parece una versión lánguida, relamida y autoindulgente de “Mujeres desesperadas”? Además, el componente de thriller del invento, ese misterio inicial (alguien que no conocemos ha asesinado a alguien que no sabemos por motivos que no imaginamos) sobre el que retrocederemos para descubrir poco a poco cómo se ha llegado a ese punto, tampoco termina de enganchar plenamente porque  pivota sobre unos personajes que en un primer contacto no cuentan con nuestras simpatías y porque, de todos modos, nos suena a recurso narrativo que ya hemos visto otras veces, y recientemente en shows como “The Affair” o “True Detective”. Así que sí, es comprensible dejarse vencer por los prejuicios a las primeras de cambio, sin llegar a descubrir que “Big Little Lies” va a abordar temas importantes, necesarios, imprescindibles, con una complejidad y una honestidad que no se ven frecuentemente en televisión, y que los dramas de esas mujeres pudientes y ociosas que nos parecían tan ajenas e insufribles terminan siendo peligrosamente cercanos y reconocibles.

En realidad la intriga alrededor del crimen, el whodunit, se revela pronto como un mero maguffin que el guionista David E. Kelly (“Ally McBeal”, “El Abogado”) y el director de toda la tanda Jean-Marc Vallée (“C.R.A.Z.Y.”, “Dallas Buyers Club”) usan como excusa  para rascar en unas vidas aparentemente perfectas e idílicas  que esconden un sótano de insatisfacciones, traumas, abusos, maltratos, complejos, culpas, resentimientos y secretos inconfesables. Y si este lienzo de sufrimientos y dolores muy reales funciona en su mayor parte es por la solidez de un libreto pausado que va de menos a más, desplegando conflictos sin cargar exageradamente las tintas pero sin poner paños calientes, y, sobre todo, por la excepcional labor de sus protagonistas. Es cierto que no todo lo que les pasa a los personajes tiene el mismo peso ni interés, pero cuando “Big Little Lies” golpea lo hace con fuerza.

En ese sentido,  es obligatorio postrarse a los pies de la gran-diosa Nicole Kidman, la actriz que durante los primeros años del siglo XXI bien pudo ser considerada la mejor del mundo, cuando enganchó consecutivamente “Moulin Rouge”, “Los otros”, “Las horas”, “Dogville” y “Reencarnación”, antes de desarrollar una persistente miopía para elegir proyectos, del abuso del bótox y de las mofas a su costa. Más allá de la reciente nominación al Oscar por “Lion”, la Kidman necesitaba  desesperadamente (y nosotros también) un puñetazo en la mesa, una reivindicación incontestable de su injustamente olvidado talento, y lo ha dado de manera rotunda con su Celeste Wright, un personaje que empieza como secundario pero que poco a poco se va zampando al resto hasta convertirse en la razón más poderosa para recomendar “Big Little Lies”, incluso para suspirar por un spin-off. Ella es una atractiva exabogada que dejó su trabajo para dedicarse a su apolíneo y encantador marido y a sus dos rubios y guapos gemelos, pero esencialmente es una víctima de una relación tóxica y abusiva de la que no sabe escapar. Kidman le otorga a Celeste la dolorosa verosimilitud de quien está permanentemente en guardia bajo una frágil fachada de control de la situación. Sus secuencias con Alexander Skarsgard, perfecto en su papel del monstruo iracundo que es incapaz de dejar de serlo, exploran la compleja naturaleza de la violencia machista desde un ángulo muy poco complaciente, y las conversaciones con la terepeuta revelan en toda su crudeza el impacto psicológico que las relaciones de enfermiza dependencia  tienen entre quienes la sufren y quienes les rodean. No es de extrañar que ya se estén pidiendo Emmys y Globos de Oro para Nicole Kidman por su inolvidable composición, aunque más allá de los posibles premios hay que quedarse con la urgente lección que se extrae de la experiencia vital de su personaje.

Ignoro si ocurre también en la novela de Liane Moriarty que adapta, pero al lado del drama de Celeste el resto de dilemas que arroja “Big Little Lies” quedan irremediable y quizás injustamente opacados. Es lo que ocurre con Madeline Mackenzie,  probablemente el personaje más principal de la serie, al menos por tiempo en pantalla. La locuaz, algo neurótica y un tanto irritante Madeline que parece manejar el cotarro en ese Monterrey frívolo y artificial en el que tan bien encaja, pero que en el fondo rebosa de inseguridades y rencores, hacia su ex marido que la dejó por otra más joven y bonita, hacia su hija mayor que cada vez está más lejos de ella, y hacia su actual pareja, demasiado buen tipo como para satisfacer sus ansias de algo más. Reese Witherspoon siempre fue mejor actriz de lo que incursiones en comedias del tipo “Una rubia muy legal” nos pudieron hacer creer, y lo demuestra llevando a buen puerto el personaje más ingrato del show, porque, al no ser el más empático ni arrastrar los traumas más tremendistas, podía haberse pasado de vueltas subrayando sus aspectos más histéricos y patéticos.

La tercera en discordia es Jane Chapman (Shailene Woodley), la outsider de la comunidad que se siente como una extraña en el paraíso y que por eso mismo es el personaje con el que la audiencia conecta primero. Ella es una madre soltera de orígenes humildes que acaba de llegar a la ciudad junto a su hijo Ziggy, producto de una violación y culpado nada más llegar al colegio de hacer bullying a una alumna. Jane tiene que lidiar con unas persistentes acusaciones que siembran la duda en su interior y acrecientan su obsesión hacia aquel agresor anónimo que le cambió dramáticamente la vida tiempo atrás. Además, en un plano menos protagonista, está la implacable Renata Klein (Laura Dern), madre de la niña acosada y exitosa CEO de una importante multinacional, razón por la que es odiada y envidiada a partes iguales; y también Bonnie Carlson (Zoë Kravitz), la atractiva y muy new age pareja del ex de Madeline, y por tanto acérrima enemiga de ésta, y claramente el personaje femenino menos definido y peor aprovechado del show.

Entre todas ellas se va tejiendo una red de vínculos que examinan las rivalidades entre las personas adultas y el deterioro de sus relaciones, la difícil cuestión de cómo ejercer la maternidad y la educación de los hijos, la tentación de arrojarlo todo por la borda o la imposibilidad de pasar página. Y todo ello casi hace que nos olvidemos de que en algún momento debe producirse un crimen. No lo hacemos entre otras cosas porque el metraje está salpicado de breves flashforwards de un interrogatorio policial a otros padres y miembros de la escuela a modo de coro griego, un recurso un tanto fastidioso y sensacionalista que nunca llega a estar justificado y en vez de crear tensión lo que hace es entorpecer la narración. Eso sí, cuando llega la catárquica resolución todo (o casi todo) tiene su sentido, quizás incluso demasiado convenientemente. En cualquier caso es una conclusión satisfactoria para una miniserie que no tendrá continuidad. Las buenas audiencias (que fueron incrementándose con el paso de los capítulos) habían alimentado esperanzas de que la HBO renovara para una segunda tanda, pero el propio Jean-Marc Vallé ha salido al paso asegurando tajantemente que no habrá continuidad “de ninguna de las maneras”, que la serie estaba concebida para tener una sola temporada y que prolongarla supondría el riesgo de estropearlo. Buena decisión. Hay que acostumbrar al público y a las propias cadenas de televisión a la idea de que no todas las series son susceptibles de ser alargadas en el tiempo, porque, como dice el refrán, en ocasiones lo bueno, si breve, dos veces bueno.

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3 comentarios leave one →
  1. frankie permalink
    10/04/2017 14:24

    buena review de una gran mini serie! y efectivamente Nicole is Back ! impresionante su papel, tanto cuando habla como cuando no, creo que no mencionaste Eyes Wide Shut entre sus buenas elecciones, y quizás era muy joven entonces,pero este personaje Celeste,lo bordaría aun mas en la peli de Kubrick ( no se si me explico ;) ) ,no has mencionado la banda sonora, la cual me parece espectacular , tanto la inicial , como la que usan, hasta con doble sentido (papa was a rolling stone), yo de Alexander Skarsgard me esperaba un poco mas , quizás aun lo veo de “vampiro”( true blood) pero es que la Kidman lo absorbe todo!,Reese GENIAL, y Laura Dern vaya resurrección!! Gracias HBO por la Calidad de sus Productos, y Viva el Cadillac Negro!

    • Jorge Luis García permalink*
      11/04/2017 0:38

      Cierto, en “Eyes Wide Shut” Nicole ya devoraba a Tom Cruise de un bocado pero no la he mencionado por ceñirme a sus películas de principios de la década de los 00′, y la de Kubrick es de 1999. Alexander Skarsgard a algunos siempre nos recordará a Eric Northman pero creo que está muy convincente en su rol, y la selección musical de la serie es muy acertada. Michael Kiwanuka nos gusta mucho a algunos conductores del Cadillac; de hecho el “Love & Hate” en el que se incluye “Cold Little Heart” -el tema de la cabecera- está en nuestra lista de discos favoritos de 2016. Un saludo y muchas gracias por tus palabras, Frankie.

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