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“Small Axe”: ¡bailad, bailad, malditos!

21/02/2021

Antes de hablar de “Small Axe”…¿qué coño es “Small Axe”? ¿Es una antología de cinco películas estrenada en la televisión o es una serie-contenedor, con cinco episodios absolutamente independientes pero con relación temática al estilo “Black Mirror”? ¿O las dos cosas al mismo tiempo? La heterogeneidad en la duración de las diferentes películas/capítulos -el primero supera las dos horas, mientras que el resto fluctúa entre los 63 y los 80 minutos- ha animado y hecho casi irresoluble la controversia, tanto que se ha trasladado a la temporada de premios: mientras que alguna de las películas/capítulos ha recibido nominaciones de manera independiente en premios cinematográficos, la obra en conjunto entró en la terna de aspirantes como Mejor Miniserie en los Globos de Oro. Quizás lo único relevante de esta dicotomía es la demostración de la preponderancia actual -aún más pronunciada por la pandemia- de lo catódico sobre el Séptimo Arte. Mientras que “Viudas” -el esperado regreso del gran protagonista de este artículo, el director británico Steve McQueen, tras triunfar en los Oscar con “Doce años de esclavitud”– paso prácticamente desapercibida por las salas hace dos años, “Small Axe” ha vuelto a poner su nombre en boca de todos los medios y del público. Y no cabe duda de que, calidades aparte, buena parte de esta gran repercusión se ha debido a que se ha facilitado el acceso de las masas a su nueva obra gracias tanto a su emisión original en la BBC británica como a su paso por plataformas como Amazon Prime en EE.UU y Movistar Plus en España.

Pues muy bien. Pero, de nuevo, ¿qué coño es “Small Axe”? Pues bien, es el proyecto más ambicioso y largamente acariciado por McQueen. Es un homenaje a sus ancestros y la denuncia de uno de los casos más flagrantes de injusticia y racismo hacia un colectivo en la Europa Occidental en la segunda mitad del siglo XX: el que sufrieron los inmigrantes afrocaribeños en barrios londinenses como Brixton o Notting Hill. Para abordar este conflicto en toda su complejidad y desde ángulos muy diferenciados, el cineasta británico ha decidido plasmarlo mediante cinco historias tan diversas como complementarias que acaban ofreciendo una visión panorámica de lo más completa. Con la crítica mundial rendida a sus pies, es hora de analizar cada película/episodio (sí, nos estamos poniendo pesaditos con el tema) para dilucidar si tanto reconocimiento está debidamente justificado.

Para iniciar “Small Axe”, McQueen elige uno de los casos más emblemáticos y fundacionales de la historia de la comunidad afrocaribeña en Londres: el juicio de los Nueve del Mangrove. En lo que parece una introducción general a toda la serie, el director no se toma ninguna prisa en irnos sumergiendo en el ambiente del Notting Hill de los últimos años 60, focalizándose en el Mangrove, un exitoso restaurante frecuentado por los inmigrantes procedentes de Trinidad que acabó siendo mucho más que una casa de comidas. El establecimiento se convirtió en el lugar de reunión y de discusión del barrio y un notable faro cultural y político. Mucho más de lo que podía soportar la racista Policía Metropolitana, que lo sometió a un intenso acoso por medio de frecuentes redadas con la excusa de impedir la venta de drogas. Tras numerosos incidentes, la comunidad local decidió pasar a la acción y organizar una protesta ante la comisaría policial que acabó con la detención de nueve de sus miembros y el subsiguiente juicio -todo un acontecimiento mediático que fue el encargado de dar a conocer al gran público británico la grave problemática que se estaba dando en el oeste de su capital-. Que aquel McQueen frío y analítico que nos apabullara en “Shame” (una de nuestras películas favoritas de la pasada década) se nos había ido haciendo progresivamente clásico ya nos lo expusieron tanto “Doce años de esclavitud” como “Viudas” -su primera incursión en el cine de género-, pero nunca ha sido tan patente como en “El Mangrove”. El autor de “Hunger” triunfa a la hora de plasmar delicadamente todo lo que se cocía en el Mangrove, en trasladarnos esa mezcla de camaradería y alerta permanente de su dueño y sus habituales, pero cuando el relato se traslada a la sala de justicia todo pasa a ser más convencional, demasiado. Apenas hay nada que diferencie en ese segmento a “El Mangrove” de cualquier muestra de película de juicios ‘mainstream’ que hayamos visto hasta la saciedad. Ni la dicotomía entre malos muy malos y buenos muy buenos ni la insoportable parcialidad de algunos estamentos ni ese discurso heroico ante el jurado al que es tan tentador entregarse. Poco, por ejemplo, del más dinámico enfoque de otra muestra reciente del género: “El juicio de los 7 de Chicago” (lee aquí nuestra crítica). Todo está muy bien ambientado, muy bien interpretado, pero todo está decepcionantemente muy trillado y, para más inri, con un metraje algo excesivo.

Mostrándonos la formidable ductilidad tanto de la serie como de su creador, “Lovers Rock” se nos presenta como una experiencia absolutamente distinta a “El Mangrove”, Si en esta última todo era sumisión hacia la narración de los hechos, en el segundo capítulo de la serie todo está dedicado a la forma, a cómo la magia de una cámara virtuosa es capaz de embriagar a nuestros sentidos y trasladarnos a un lugar muy alejado del sofá de casa en el que estamos plantados. McQueen se ciñe a una simple premisa argumental y a un muy limitado contexto espacio-temporal; acompañamos a la joven Martha Trenton (Amarah-Jae St.Aubyn) en una noche de diversión en una fiesta clandestina en la que se enamorará de un chico. Tan sencillo como eso. Pero aquí es cuando entra el virtuosismo de un artista para cambiarlo todo. La cámara se va introduciendo entre el público para bailar al ritmo del reggae y el dub que suenan a través de los altavoces, se bambolea parsimoniosa entre los cuerpos que se mecen y se rozan sensualmente, se torna borrosa a su encuentro con el humo procedente de la marihuana y se pasea cotilla en permanente busca de nuevos rostros de diversión, de facciones de relajación tras otra semana de duro trabajo. Un vaivén tan mareante como el continuo movimiento del mar, una sensación tan narcótica como la música circundante. Y, en medio de todo ello, se van dando pequeños pero certeros apuntes de una juventud que tiene que esconderse para divertirse, que debe drogarse para alejarse de su triste realidad; que tiene que amar en circunstancias mucho más difíciles que otros compañeros de generación y que, como todos, es capaz de cometer actos imperdonables. Puede que McQueen se recree en su propio virtuosismo un punto más allá de lo estrictamente necesario, para desespero de los más impacientes, pero nadie puede negarle que nos ha regalado una experiencia absolutamente única.

Regresamos a una vertiente más clásica en “Rojo, blanco y azul”, episodio basado en la experiencia real de Leroy Logan, uno de esos valientes que asumen los múltiples riesgos de nadar a contracorriente en pos de un objetivo final más importante que su propia felicidad. Logan podía sentirse todo un privilegiado en su comunidad a principios de los 80 al gozar de un trabajo estable y prestigioso como científico investigador, pero un conflicto vivido por su padre con la Policía le abrió los ojos: si querían que dicho cuerpo de seguridad modificara su actitud hacia los afrocaribeños habría que cambiarlo desde dentro. Ni corto ni perezoso, Logan abandona su reputado puesto para enrolarse en la Policía Metropolitana londinense. McQueen establece un logrado equilibrio entre los avances de Logan en el cuerpo gracias a su innegable capacidad y el abrumador castigo que recibe por ello su vida personal: mientras que es repudiado por su propio progenitor y gran parte de su comunidad por ‘pasarse al enemigo’, sufre también un exacerbado ‘mobbing’ racista en la comisaría por parte de compañeros y superiores. Las dudas van aflorando en un personaje especialmente bien construido -con muchas similitudes a solitarios héroes clásicos como el Gary Cooper de “Solo ante el peligro”- que se ve enriquecido aún más por la entregada interpretación de un John Boyega que firma el mejor trabajo de su prometedora carrera. El relato, inmisericorde, describe un rico arco que va de la esperanza inicial al desalentador final, exhibiendo un dominio de la narración y un atractivo creciente que convierten a “Rojo, blanco y azul” en el episodio más sólido de todo “Small Axe” para el que esto escribe.

“Small Axe” parece querer darnos un respiro en su cuarta entrega, “Alex Wheatle”, otro relato basado en un personaje real -en esta ocasión en la juventud de uno de los escritores británicos actuales de mayor prestigio- que funciona de manera inversa a su predecesor, viajando esta vez desde el inicial desamparo a la esperanza final. Lo más interesante del episodio es cómo utiliza el concepto de ‘tabula rasa’. Criado en un orfanato donde fue dejado por sus padres al nacer, Alex llegará a Brixton, tras su salida del hogar infantil, como un E.T. recién aterrizado en casa de Elliott: sin ningún conocimiento previo ni ninguna idea prefijada sobre su entorno. Es en ese momento cuando el entorno social mediatizará su devenir vital por completo. Si bien Alex encontrará en la música un verdadero estímulo vital (fue una pequeña estrella local como DJ creando uno de los ‘sound systems’ más prestigiosos del barrio), el futuro escritor se topará de bruces con las exiguas posibilidades que le otorga una comunidad marginada y sin apenas oportunidades, El menudeo de droga será su opción de ganarse la vida y su participación en la revuelta en el barrio de 1981supone su llegada a un destino demasiado común para sus semejantes: la cárcel. McQueen vuelve a narrar con soltura y exhibe de nuevo su poderío visual en las secuencias de los disturbios, aunque no logra compensar del todo un guion ligeramente previsible, algo que tampoco acaba de enmendarse con el resurgimiento final del protagonista, reciclado entre rejas hacia la escritura.

A modo de coda, “Small Axe” concluye con “Educación”, su episodio más corto (poco más de una hora de duración) y emocional, levemente emparentado con su predecesor. Si “Alex Wheatle” presentaba la educación y la lectura como la posible salida de futuro de un mundo oprimido y cerrado, “Educación” se encarga de poner freno a esa tibia esperanza. McQueen desciende del mundo adulto al infantil en un relato ficcionado sobre un estremecedor asunto real que tuvo lugar en los años 70: la desproporcionada ratio de estudiantes afrocaribeños que fueron apartados de la educación convencional para ir a parar a escuelas de educación especial (‘educationally subnormal’ las llamaban, sin ningún rubor), dedicadas a niños con profundas dificultades de aprendizaje. Kingsley Smith es el desafortunado pequeño que paga su dificultad lectora para acabar en uno de esos centros especiales, denigrantes espacios a modo de puntos limpios infantiles en los que apartar a miles de niños, sin ningún ánimo educativo. El ‘estabilishment’ británico se encargaba, pues, no solo de arruinar el presente de los afrocaribeños sino de quizás algo más importante: cercenar su futuro. La historia se plasma en imágenes entre el exquisito tacto y la rabia, sin que este paseo por los extremos la haga descabalgar, mostrando toda su potencia en una portentosa secuencia en la que un temazo histórico como “The House of the Rising Sun” jamás había sonado tan decididamente cruel e inhumano. Lo peor de “Educación” es que, cuando más implicado y emocionado estás con la historia, concluye un tanto abruptamente -con un nuevo resquicio a la esperanza- sin que acabe de desarrollarse por completo todo el potencial que se le atisba. Aún así, un poderoso final para una serie (o antología de películas) tan necesaria como certera. Quizás a un servidor las loas mayúsculas que ha recibido le parezcan un pelín exageradas, pero, sin duda, “Small Axe” bien merece un atento visionado.

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