“The Walking Dead”: cuentas pendientes
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el decimosexto y último capítulo de la tercera temporada de la serie “The Walking Dead”. También hablamos, aunque intentando no revelar demasiado, de los cómics “Los muertos vivientes” de Robert Kirkman)
Rick, Carl y Michonne viajan en un coche, como de costumbre sin intercambiar una sola palabra, por una carretera desierta. Bueno, desierta ‘salvo’ por algún coche abandonado en el camino, cadáveres desperdigados por aquí y allá y sí, algún que otro muerto viviente, pero nos hemos acostumbrado tanto a este paisaje que ya apenas reparamos en él. De repente, vemos a un joven autoestopista cargado con una pesada mochila caminando por el arcén. No sabemos si es un lobo solitario que lleva meses sobreviviendo por su cuenta o si formaba parte de un grupo mayor del que recientemente ha tenido que separarse o huir, pero pronto nos inclinamos por lo segundo porque, cuando el vehículo llega a su altura, el chico pide por favor que se detengan, ruega, suplica que le socorran. Pero éstos pasan de largo sin aminorar la velocidad y sin inmutarse, sólo Carl gira un segundo la cabeza para observar al joven desesperado, pero tampoco podemos adivinar en qué está pensando. Unos minutos más tarde, el coche intenta sortear una aglomeración de vehículos que obstruyen el camino y queda atrapado en el barro, sin poder avanzar. Nuestros tres protagonistas se deshacen de los caminantes que campan por la zona con una tranquilidad pasmosa y se ponen manos a la obra para salir del momentáneo aprieto en el que se han metido. La cosa no les lleva mucho tiempo, pero sí lo suficiente como para que, cuando ya están listos para partir de nuevo, el autoestopista aparezca de nuevo en la lejanía. Los tres se suben al coche y arrancan antes de que el joven, que sigue implorando por su ayuda, les alcance. Unas horas después, aunque para nosotros sólo han pasado 40 minutos, Rick, Carl y Michonne regresan de allí a donde se dirigían y tras haber hecho aquello que iban a hacer, mientras escuchamos el impresionante “Lead Me Home” de Jamie N. Commons. En medio de la carretera, se encuentran el cuerpo despedazado del joven, charcos de sangre y su mochila caída en la cuneta. Creemos observar un gesto en Rick que podrían ser remordimientos… o no. El coche frena, retrocede unos metros y se limitan a recoger la pesada bolsa, que quizás podría contener algo valioso. Y emprenden de nuevo su camino.
Estas escenas pertenecen a “Clear”, el capítulo 12 de la tercera temporada de “The Walking Dead”. El episodio en general, con el breve regreso de Rick y Carl a su ciudad natal y el triste encuentro con un devastado Morgan, y las secuencias del autoestopista en particular, a un servidor le parecen de lo mejor que ha visto en lo que llevamos de año. La serie había regresado a mediados de febrero tras haber emitido sus ocho primeros capítulos de la temporada entre octubre y principios de diciembre del pasado año. Ocho capítulos fantásticos, que habían hecho recuperar la fe hasta al más escéptico, por lo que las expectativas estaban muy altas. Así, tras la reanudación, tuvimos tres episodios antes de llegar al citado “Clear”: “The Suicide King”, “Home” y “I Ain’t A Judas”. Tres episodios que aminoraban un poco el ritmo respecto a lo visto justo antes del parón, algo por otra parte lógico y esperable, pero que sirvieron para que fuésemos profundizando en la locura de Rick, nos enfrentásemos a ese primer ataque del Gobernador que se llevó por delante al ‘bueno’ de Axel, fuésemos asimilando la llegada de Merle al grupo de la cárcel, empezásemos a ver a Andrea saliendo, aunque aún muy lentamente, de su agilipollamiento… ¿Y por qué presto tanta atención a ese capítulo número 12, os preguntaréis algunos? Pues porque, independientemente de que sirviese para avanzar más o menos en el desarrollo argumental de la temporada (algunos lo criticaron porque, según ellos, “no pasaba nada”, qué manía, y qué ciegos…), demostraron, con la minitrama del autoestopista, que podían colarnos cosas totalmente inventadas respecto al cómic de Robert Kirkman y, a la vez, ser rematadamente fieles a la obra original. Esa simple y cruel pincelada, ver a tres personajes ‘buenos’ sumidos en tal imparable proceso de deshumanización que son capaces de ignorar a un pobre muchacho que les pide ayuda y luego aprovecharse sin pestañear de su desgracia, llevándose sus pertenencias, capta a la perfección el espíritu de los cómics de “Los muertos vivientes”. O, si me apuráis, es tan monstruoso que casi diría que va más allá. Leer más…
A estas alturas uno no sabe si The Strokes siguen existiendo porque había un contrato de cinco discos con RCA que cumplir (en cuyo caso “Comedown machine” debería ser su última referencia) o porque Julian Casablancas y sus compinches le han cogido el gusto a ser puestos a parir por todos esos fans o ex–fans que reciben cada nueva obra con la esperanza de encontrar otro “Is this it” (2001) para darse de bruces una y otra vez con una realidad muy distinta. Y es que hay discos que conceden la gloria eterna al artista o la banda que los grabó, pero también los esclavizan para siempre. El debut de The Strokes es uno de ellos. “Is this it” reanimaba algunas de las virtudes que el rock’n’roll nunca debió perder y que a la altura del cambio de siglo se hallaban en cierto estado de letargo: descaro, inmediatez, espontaneidad y actitud. Estos cinco jóvenes neoyorquinos recién salidos del Lower East Side tenían la imagen y también un buen puñado de canciones redondas, urgentes, intuitivas, melódicas, definitivamente coreables, servidas a través de unas guitarras a medio cocinar pero muy frescas que olían a CBGC, a Ramones, a Lou Reed con y sin la Velvet Underground, a Television y a Blondie. Es cierto, The Strokes no inventaron nada y tampoco fueron los únicos revivalistas del rock setentero, pero surgieron en el momento y el lugar adecuado para parecer algo nuevo y excitante y convertirse en una de las puntas de lanza del movimiento (la otra fue The White Stripes). Quizás se les sobrevaloró en exceso, especialmente por parte de la prensa. “Is this it” era un disco fantástico pero a The Strokes la etiqueta de “salvadores del rock” aún les venía grande. Yo les vi en directo en La Riviera en 2002 y puedo dar fe de que aquel quinteto estático y retraído todavía estaba muy verde para salvar a nadie. “Is this it” también generó un aluvión de bandas jóvenes que se apuntaron al carro de su sonido con más o menos fortuna, aunque a decir verdad su impacto a nivel mainstream nunca fue comparable al de, por ejemplo, el “Nevermind” de Nirvana y la explosión grunge diez años antes.
Dos años después llegó la esperada continuación con “Room on fire” (2003), una secuela en toda regla que consolidaba la marca “Strokes” pero que, una vez perdido el factor sorpresa, fue recibida con menos entusiasmo, aunque con el tiempo su cotización ha subido bastantes enteros y podría considerarse su propio “Leave home” (Ramones). Si The Strokes lo hubieran dejado ahí ahora serían una reivindicable banda de culto, de legado breve pero irreprochable, al estilo de The Libertines, pero no fue así. “First impressions of Earth”, publicado en 2006, provocó, no sin razón, las primeras críticas de muchos de los que antes les habían ensalzado. Su nuevo sonido era más pulido y elaborado pero también mucho menos desenfadado e inmediato; el grupo parecía renunciar a una de sus mejores armas, la concisión, y los aciertos (que los había) se diluían en un exceso de minutaje y en un apelmazado mazacote rock de ideas no siempre acertadas. The Strokes dejaron de ser “cool” y aparentemente pasaron a dormir el sueño de los justos, porque durante cinco años sus integrantes se dedicaron a sus propios proyectos y a aclarar sus ideas respecto a la continuidad del grupo. Leer más…
Está comúnmente aceptado, incluso por sus fans (o sobre todo por ellos), que Depeche Mode no publican un gran disco desde hace 20 años. Por “gran disco” quiero decir uno que convenza de principio a fin, casi con total unanimidad, a sus millones de seguidores en todo el mundo. Creo no equivocarme si afirmo que el último álbum de estudio que pudo conseguir más o menos esto fue “Songs Of Faith And Devotion”, el último con Alan Wilder en sus filas, y vio la luz en 1993, lo que decía, hace exactamente dos décadas. Como ya apuntaba en el post “Depeche Mode: 13 rosas negras”, con el que repasamos a nuestra manera nuestros temas favoritos del grupo, nunca han dado la sensación de haberse repuesto del todo de la pérdida de uno de sus miembros más valiosos. Depeche Mode sufrió una de las mayores desgracias de su carrera cuando Wilder decidió abandonar la banda en 1995. O sufrió dos enormes desgracias, mejor dicho, porque él se fue y Andy Fletcher se quedó. Mira éste, diréis algunos, por qué la toma ahora con el bueno de Fletch. Pues porque, sinceramente, no sé qué ha aportado musicalmente, en realidad nadie lo sabe, al legado de Depeche Mode. Yo, al menos, nunca he entendido a qué se dedica ese tipo con un aire a Tim Robbins que suelo ver parapetado en los conciertos detrás de sus gafas de sol y de unos teclados a los que apenas hace caso, y que de vez en cuando da cuatro palmas, hace coros en un par de estribillos y poco más. Dicen los que más saben que Fletcher es el encargado de preservar la concordia en el seno del grupo, el que actúa como diplomático entre los otros miembros, el pagamento que mantiene unida la banda. Ha llegado a actuar como mánager de la formación en algunos momentos, sería también el encargado de supervisar sus finanzas y además, en los últimos años, suele ejercer de portavoz, etc, etc. Pues muy bien. Yo me quedo con que uno de los muchos motivos que trascendieron en su día para explicar la salida de Wilder fue que éste no entendía el rol de Fletcher en el entonces cuarteto, que siempre le exigió que aportase algo y que los dos mantuvieron más de una sonora bronca.
Aún así, algunos os seguiréis preguntando por qué esta fijación con ensalzar a Wilder y enmierdar a Fletcher cuando de lo que se trata es de hablar del último disco del grupo. Os lo explico. En los años de mayor gloria de Depeche Mode, la fórmula solía estar bastante clara y, problemas personales aparte, funcionaba a la perfección: Martin Gore componía (temazos, en su mayoría), Alan Wilder ejercía de brillante arreglista y daba al grupo su sonido característico, David Gahan cantaba y Andy Fletcher… hacía piña, concedámosle eso. En sus 13 primeros años de carrera, entre 1980 y 1993, cayeron ocho álbumes de estudio, al menos cinco de ellos, precisamente en los que Wilder estuvo más integrado, realmente cojonudos. Tras su marcha, en 20 años nos hemos tenido que conformar con sólo cinco nuevos trabajos, a razón de uno cada cuatro años, como un reloj. Y si bien “Ultra” (1997), “Exciter” (2001), “Playing The Angel” (2005) y “Sounds Of The Universe” (2009) tienen su buena legión de admiradores y defensores, unos más que otros, también cuentan con no pocos detractores o, si queréis, dejémoslo en seguidores descontentos. Sea como sea, la diferencia de calidad entre su producción con Wilder y sus últimos trabajos, para mí, es más que evidente. También es cierto que, desde que funcionan como trío, el grupo ha tenido que afrontar algunos de sus momentos más difíciles a nivel personal, con Gore luchando contra sus adicciones, Gahan debatiéndose, literalmente, entre la vida y la muerte por sus muchísimos excesos, y Feltcher mientras… pues haciendo piña, supongo. Aún así, han tenido tiempo de sobra, 20 años, para sacarse de la manga un discazo como los de antaño… y no, no lo han conseguido, ni con los cuatro anteriores ni, al menos esa es mi impresión, con este flamante “Delta Machine”. Si la situación es ésta, pensarán algunos, el grupo tiene que estar arrastrándose por el fango, y se habrá dejado a unos cuantos millones de seguidores por el camino. Y no, tampoco es así. Por varios motivos. Primero, porque no hay ninguna otra banda como Depeche Mode. Son únicos e irrepetibles, y unos Depeche Mode peores, o menos buenos que hace 20 años, siguen siendo la hostia. Segundo, porque tampoco es que sus últimos cinco discos sean malos de solemnidad, no es eso, es que no son excelentes, como sí lo eran los cinco precedentes. Y tercero, porque en directo siguen siendo una máquina bestial y ofrecen un espectáculo sublime e insuperable. A muchos fans, entre los que me incluyo, en realidad nos importa bien poco cómo sea el álbum de turno que presenten en cada gira, nos basta con oír que Depeche Mode regresan para ponernos a pegar botes con la sola idea de volver a verles sobre un escenario. Y así, tras esta farragosa introducción, nos adentramos ya de lleno en “Delta Machine”, su disco número 13. Leer más…
«Bloodsports», la nueva generación de Suede
Es un hecho comprobado. En el mundo de la música todo el mundo, tarde o temprano, termina volviendo para reclamar su parte del pastel. Y es lógico; a mí me parece bien. Vivimos tiempos duros y es lícito que cada uno se busque las habichuelas como buenamente pueda. No hay separación traumática ni diferencias irreconciliables que no tengan arreglo si hay un buen pellizco en juego. Además, hoy día ni siquiera es necesario meterse en el estudio a grabar un engorroso disco que sirva de excusa para ir de gira; sales con lo puesto, armado con la vieja e infalible batería de hits, tomas el dinero y a correr. Todos contentos, porque a nosotros (el público) no nos importa rascarnos el bolsillo para reencontrarnos con un pedazo de nuestro pasado y corear a voz en grito aquellas canciones que tanto significaron en algún momento de nuestras vidas. Un pellizco de nostalgia no hace daño a nadie y, qué demonios, hasta te puede alegrar el día.
El caso de Suede no difiere del de tantos otros “comebacks” de los últimos tiempos. Hace un par de años, casi una década después de “A new morning” (2002) -un fiasco que únicamente sirvió para firmar su acta de defunción (tanto física como creativa)-, y tras varios proyectos en solitario que no llegaron a ningún lado, la banda de Brett Anderson anunciaba una extensa gira de conciertos, además de la reedición integral de su discografía en formato deluxe (otro de esos inventos recientes tan en boga) y un nuevo grandes éxitos. Típico y tópico caso de regreso con las orejas gachas. Las crónicas de aquellos shows nos hablaban de una banda más que digna (no en vano el directo siempre fue una de sus mejores armas), que desplegaba toneladas de sudor en el escenario al mismo tiempo que desgranaba un repertorio de ensueño. Hasta ahí todo bien; lo que ya no es tan habitual es que una de estas bandas que retorna a la carretera decida que la experiencia ha valido tanto la pena como para volver al estudio, es decir, como para no conformarse con ser un mero revival que se limita a sobrevivir en el circuito de festivales indie. Es posible que en 2013 en realidad nadie necesitara un nuevo disco de Suede salvo ellos mismos, lo que en principio les dignifica como banda, pero que ese nuevo trabajo estuviese a la altura de sus mejores momentos ya era otro cantar. En mi caso, no voy a negar que mis expectativas eran nulas, por mucho que me quisieran vender la moto del “back to the basics”. Leer más…
Depeche Mode: 13 rosas negras
Voy a confesaros algo que nunca le llegué a comentar a más de dos o tres personas en su momento. Tampoco es nada del otro mundo, no os penséis, no deja de ser uno de los muchos proyectos que tuve cuando componía mis canciones, las grababa un poco chapuceramente en casa y montaba asimismo mis grupetes, que nunca llegaron a nada más serio que a tocar durante horas y horas en los muchos locales de ensayo repartidos por la geografía madrileña. El tema es que, durante una temporada, estuve meditando muy seriamente formar una banda tributo. Yo, que detesto ese tipo de cosas. Nunca le he encontrado ningún sentido a eso de disfrazarse de, por ejemplo, Plant, Page, Jones y Bonham, con pelucas, postizos y ropa supuestamente setentera, e intentar clavar, con mayor o menor fortuna, los temas de Led Zeppelin. Respeto a quien pueda disfrutar con ello, pero no va conmigo. Lo que yo tenía en mente, y que como tantas otras cosas no llegó a concretarse, era montar una banda tributo a Depeche Mode. Como digo, mi idea no consistía en vestirnos como ellos, estudiar sus movimientos en escena y vernos sus vídeos en directo para intentar recrear con la mayor fidelidad posible la experiencia. La banda que yo quería poner en marcha haría versiones rockeras del trío (cuarteto en su momento) británico. Iríamos vestidos como nos diese la gana, seríamos cuatro, cinco, seis miembros, los que hiciesen falta, y la máxima sería sólo esa, interpretar sus canciones como una formación clásica de rock. Barajaba incluso un par de nombres, Rock Celebration o Black Zelebration, y llegué a imaginar un logo que consistía en una Gibson Les Paul negra con una rosa roja enredada en su mástil. No hubiésemos sido los primeros ni los únicos en hacer algo así, pero estoy seguro de que habría podido salir algo bastante chulo y, sobre todo, muy divertido.
¿Significa esto que Depeche Mode es mi grupo favorito? Pues no. Pero es una banda que admiro muchísimo y que además sigo desde que era un chavalín. Y también creo que sus canciones, y tienen una buena ristra de temazos, destacan notablemente cuando son interpretadas en clave de rock. Ejemplos hay muchos. Depeche Mode son un grupo que puede llegar a gustar por igual a amantes del pop, la electrónica, el rock (en todas sus variantes), el metal… Muchísimas bandas guitarreras han versionado sus temas, a veces de forma un tanto cuestionable pero otras muchas con resultados brillantes. Yo, como decía, descubrí al grupo cuando sólo tenía diez añitos, gracias a que mi hermano se compró en vinilo el espectacular directo “101”, poco después llegó “Violator” y cómo no va a impactarle a uno algo así… Han pasado 23 años desde entonces y no he dejado de ser fan de la banda, por lo que me alegro enormemente siempre que me entero de que preparan un nuevo lanzamiento, no ya tanto por el disco en sí, que últimamente no suelen ser la repanocha, reconozcámoslo, sino porque sé que eso significa que no tardando mucho podré volver a verles en concierto. Faltan sólo unos días para que “Delta Machine”, su álbum de estudio número 13, salga a la venta, y como preludio a la inminente crítica que tendréis en El Cadillac Negro (EDITO: ya podéis leerla aquí), queríamos calentar motores de alguna forma. En esta ocasión, en un alarde de originalidad, por aquello de que estamos en 2013, es su disco número 13 y tal, este post rescata mis 13 canciones favoritas de la banda. Ojo, no digo las mejores, puesto que dictaminar eso es imposible, digo, y recalco, que son mis favoritas, porque cada uno tendrá las suyas. Así que el regalo que os hago es ese, un ramo de rosas, 13 rosas, negras como la noche, que espero que sirva para repasar la brillante trayectoria del grupo. Leer más…
«Girls», Hannah y sus ‘hermanas’
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el último capítulo de la segunda temporada)
No sé si lo recordaréis, pero en el balance que hicimos hace unos meses de nuestras series favoritas de 2012 lamentablemente no se coló ni una sola comedia, y ya entonces nos propusimos para este año engancharnos a alguna que mereciera la pena y poder contároslo. Y como siempre procuramos cumplir nuestras promesas, nos pusimos a buscar en la parrilla televisiva un producto que no llevara tropecientas temporadas de forma que nos permitiera ponernos al día rápidamente y que, a priori, cumpliera con unas condiciones mínimas de “calidad” y relevancia. La elección fue bastante sencilla. “Girls” había hecho correr ríos de tinta con sus primeros diez episodios, despertando tantas filias como fobias; había aparecido en las listas de lo mejor del año de muchos medios y compañeros blogueros; su segunda temporada estaba a punto de comenzar y, para colmo, estaba amparada por el paraguas de nuestra queridísima HBO. La única pega es que quizás no sea una “comedia”. O tal vez sea más que una “comedia”, puesto que la agridulce crónica de los problemas sentimentales, familiares, laborales y sexuales de cuatro pijas veinteañeras de Nueva York que buscan su lugar en el mundo es tan cruda, sórdida e incómoda que más que provocar la carcajada cómplice lo que causa es esa sonrisa congelada que se le queda a uno cuando se reconoce en las miserias de los demás.
A “Girls” se la puede acusar de pretenciosa, de querer ser “cool” a toda costa y no ser más que la versión “indie” de “Sexo en Nueva York”, del exagerado egocentrismo exhibicionista de su creadora, esa Lena Dunham tan proclive a enseñar sus lorzas a la menor oportunidad venga o no a cuento, y de no sé cuántas cosas más, pero, qué quieren que les diga, yo compro el invento. En El Cadillac Negro nos declaramos totalmente a favor de “Girls” porque nos parece una serie fresca, ingeniosa y dolorosamente realista. Ignoro si aquí se oye “la voz de una generación” -como pretende su máxima responsable- porque a mí ya me pilla un poco mayor, pero sí soy capaz de reconocer los miedos, las inseguridades y la confusión que nos asaltan a los veinte (bueno, y en algunos casos también a los treinta, y probablemente también a los cuarenta) en las aventuras y desventuras de Hannah Horvath, Marnie Michaels, Shoshanna Shapiro y Jessa Johansson (sin olvidarnos de la fauna masculina que las acompaña), personajes inmaduros, egoístas, desorientados, a veces detestables, otras entrañables, absolutamente imperfectos pero maravillosamente auténticos. Leer más…
La gélida belleza de «Anna Karenina»
¿Otra adaptación de un clásico universal de la literatura revisitado en innumerables ocasiones para el cine y la televisión? ¿Otra película de época de esas que parecen diseñadas exclusivamente para ganar Oscars de vestuario, dirección artística y fotografía? Pues sí y no. La nueva “Anna Karenina” responde afirmativamente a las preguntas anteriores, pero se reserva un enfoque novedoso que le permite desmarcarse de la gravedad envarada y pulcramente académica que tradicionalmente define al melodrama decimonónico. No en vano detrás del invento está el británico Joe Wright, un buen cineasta cuyo mayor defecto tal vez sea creerse mejor de lo que es, en su regreso al “género” que mayores alegrías le ha reportado, tras sus incomprendidas “El solista” y, especialmente, “Hanna”. Wright triunfó con sus versiones de “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen (otra de esas obras manoseadas hasta la saciedad) y de la magistral “Expiación” de Ian McEwan, demostrando en ambas (más en la segunda) una inusitada agilidad narrativa y un sugerente sentido visual que traían un toque de modernidad al apolillado cine de época tipo James Ivory. Así pues, la presencia de Wright a los mandos de la nave es un buen motivo para vencer la pereza inicial que nos despierta el proyecto y darle una oportunidad.
Consciente de que no tiene mucho sentido revisar el fatalista e inmortal romance imaginado por León Tolstói en la Rusia zarista si no se dispone de nada nuevo que aportar, Wright dobla la apuesta de aquel festín sensitivo que era la primera hora de “Expiación” proponiendo un experimento de puesta en escena consistente en simular una gigantesca representación teatral, en la que el movimiento, la coreografía (que casi roza el musical) y los escenarios y decorados que se desmontan y transforman en las mismas narices del espectador posibilitan una belleza plástica abrumadora y unas transiciones imaginativas y elegantes. Es el vehículo perfecto para que Wright de rienda suelta a su virtuosismo ególatra, sus travellings imposibles, sus largos planos-secuencia y sus tomas cenitales. Semejante propuesta es un arma de doble filo, porque durante al menos los primeros 30 minutos el auditorio está más pendiente de admirar el deslumbrante torrente de energía visual orquestado por el director que de engancharse a una trama a la que le cuesta coger temperatura, y que de hecho creo que nunca llega a entrar en ebullición. Leer más…
Pedro Almodóvar es uno de esos directores que levanta tantas pasiones desbocadas como odios desmedidos con cada nuevo estreno, aunque solo dentro de nuestras fronteras, puesto que en mercados extranjeros sus películas son casi siempre recibidas con calidez o, en el peor de los casos, con una ligera condescendencia. Pero aquí, en esta España cainita, atávica y envidiosa, no se perdonan determinadas filias y militancias, y resulta imposible separar al cineasta del personaje público. Solo así puede entenderse que un autor tan reconocido y respetado por la crítica europea y norteamericana aquí sea permanentemente cuestionado, cuando no vilipendiado, por tantos individuos que, en muchos casos, ni siquiera se molestan en ver su cine para poder criticarlo. “Ladran, luego cabalgamos”, puede consolarse el universal manchego, aunque probablemente su inmenso ego nunca podrá aceptar no ser profeta en su propia tierra. En mi caso, no me cuesta nada colocarme en una posición equidistante entre haters y fanáticos y juzgar simplemente lo que me muestra en su cine. Por supuesto que no soy de esos mitómanos que rebuscan autorreferencias escondidas en cada fotograma, pero sí me asomo con cierta curiosidad a cada nueva propuesta suya, especialmente las presentadas en el nuevo siglo.
Nunca conecté demasiado con la etapa ochentera de Almodóvar, la de la comedia frívola y gamberra, la irreverencia provocadora y la frescura sin destilar que definen el almodovarismo primigenio. No niego su importancia en la evolución del cine patrio tras la transición pero, salvo “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988) y, sobre todo, “Átame” (1990), ninguna cinta de esta época me parece memorable, aunque aún menos cosquillas me provoca su primera etapa de madurez, que abarca la década de los noventa, en la que gana en esteticismo pero pierde vigor e inspiración. Sin embargo, a partir de la oscarizada “Todo sobre mi madre” (1999) sí detecto a un cineasta que me interesa más, más valiente, arriesgado y complejo. No siempre ha acertado, pero cintas tan audaces y osadas como “Hable con ella” (2002) (recuerden, Oscar al mejor guión original y nominación al mejor director), “Volver” (2006) y “La piel que habito” (2011) definen a un director imaginativo, imprevisible, sin miedo a dinamitar géneros y abordar historias descabelladas que en manos de otro habrían desembocado en auténticos despropósitos. Leer más…























