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«Dexter», el asesino dentro de mí

01/10/2012

(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el primer capítulo de la séptima temporada)

No suele figurar en las listas de mejores series de la historia, ni cuenta con el respaldo unánime de la crítica, ni es una asidua acaparadora de premios, pero “Dexter” es probablemente el artefacto televisivo que más ríos de tinta hace correr en blogs, foros, páginas especializadas y redes sociales desde que terminó “Perdidos”, la que aglutina un mayor número de fans y la más descargada en Internet. ¿Por qué la serie bandera de Showtime se ha convertido en una de las grandes favoritas del público? Con toda seguridad se debe a que está protagonizada por uno de los personajes más memorables y complejos de la televisión reciente, Dexter Morgan, de día  analista de sangre en el Departamento de Homicidios de la Policía de Miami  y por la noche asesino en serie que se encarga de los criminales que se han librado injustamente del peso de la ley.

Lo que hace de Dexter un personaje excepcional con el que se identifican millones de espectadores de todo el mundo no es su faceta de psicópata justiciero que se oculta a plena luz del día (que también), sino la continua lucha que libra con su “oscuro pasajero”, que conecta directamente con  los más bajos e inconfesables instintos de cada uno de nosotros. Bajo una apariencia en extremo apacible y amable se esconde una naturaleza morbosamente violenta. Al principio de la serie Dexter se vanagloria de ser un monstruo terrible sin emociones ni sentimientos que ha aprendido bastante bien a fingir en todas sus interacciones humanas. Mata por necesidad, para llenar su vacío existencial, no por los principios éticos que se autoimpone en forma de “código de Harry”. Sin embargo, con el paso de las temporadas vamos descubriendo que es mucho más humano de lo que él piensa, y, al mismo tiempo que escarbamos  junto a él entre los recuerdos del trauma infantil que le convirtió en lo que es,  le vemos evolucionar y experimentar emociones a las que se declaraba ajeno, como el sexo, el amor, la compasión, la decepción, la rabia, el dolor o la conexión íntima con el otro. Cada arco argumental de cada temporada comparte un denominador común: la relación de Dexter con un antagonista o un cómplice en el que el protagonista encuentra un reflejo de sí mismo, un igual con el que podría dejar caer la máscara y mostrarse tal y como es, una oportunidad de romper el equilibrio entre la apariencia y la realidad. Y casi todos ellos terminan pasando por su mesa de ajusticiamiento, pero no sin antes haber dejado una marca en su experiencia vital y en su persona, pese a que él no sea consciente de ello. Leer más…

‘El amigo de mi hermana’: triángulo de amor bizarro

27/09/2012

Muchos de los que nacimos al cine en los años 90 tenemos marcadas a fuego aquel tipo de películas que retrataban a personajes jóvenes que lejos de ser protagonistas de comedias absurdas u otro tipo de desfachateces eran tan reales como la vida misma, a los que les ocurrían vivencias que o bien te habían pasado o bien habías oído que habían ocurrido en un ámbito cercano. En definitiva, filmes con los que te identificabas al instante y hacías tuyo. Hablamos de añoradas producciones como ‘Persiguiendo a Amy’, de cuando Kevin Smith era respetable, o ‘Beatiful Girls’, del malogrado Ted Demme. Pues bien, estamos de enhorabuena. Injustamente arrinconada en una cartelera postveraniega plagada de mediocridad se encuentra ‘El amigo de mi hermana’, una comedia dramática que nos vale de sobra para calmar nuestros anhelos, ni que sea por unos pocos meses.

La última película de Lynn Shelton, una cineasta aclamada en el mundillo ‘indie’ estadounidense pero una absoluta desconocida en España, comienza con la desafortunada intervención de Jack en la fiesta que conmemora el primer aniversario de la muerte de su hermano. Este es el detonante para que su mejor amiga y antigua novia de su hermano, Iris, acabe de confirmar el pésimo estado anímico de Jack y le inste a pasar unos días en una cabaña que su familia posee en una preciosa isla cercana. Jack acepta la propuesta y se marcha hacia allí dispuesto a pasar unos días aislado que le vendrán bien para reflexionar y buscar una salida a su actual encerrona vital. Sin embargo, una sorpresa le espera cuando llega a la cabaña. Dentro de ella se encuentra una atractiva chica que resulta ser Hannah, la hermana de Iris, también necesitada de relax tras romper con su novia después de siete años de relación. Después de una noche de confesiones, tequila y sexo accidental, el triángulo (y el lío) se completa con la llegada al día siguiente de Iris para comprobar cómo le marchan las cosas a Jack. Leer más…

«A Roma con amor», Woody Allen se toma unas vacaciones

26/09/2012

Empieza a extenderse la creencia de que Woody Allen debería aminorar su machacón ritmo de una película anual, darle más tiempo a las musas para que hagan su función y poner más atención a aspectos que antes dominaba a la perfección y que ahora parecen fastidiarle, como el mimo en la escritura de los personajes, el equilibrio estructural o la simple puesta en escena. A veces el cine del último Allen parece desganado, poco autoexigente y muy entregado a la inspiración de un instante puntual o un destello de genio aislado. Es muy difícil que Allen haga una mala película, e incluso aquellas que más palos reciben, como en su momento “Vicky Cristina Barcelona”, también tienen sus propios defensores. Suele haber unanimidad en definir al Woody Allen “menor”, pero casi nunca la hay a la hora de señalar a un Woody Allen directamente “malo”. Y mira por dónde, justo un año después de entregar su película más celebrada y premiada en mucho tiempo, “Midnight in Paris”, el viejo judío hipocondríaco nos presenta no solo el prototipo perfecto de cinta “menor” dentro de su vastísima filmografía, sino una de sus candidatas más claras a peor película con su firma. Y aún así, “A Roma con amor” bien podría ser más disfrutable que el 80% de las películas que actualmente pueblan nuestra cartelera. Así está el patio.

Desde hace muchos años siempre asisto a la cita con Allen en compañía de la misma persona (un ritual especial que espero que pueda repetirse todavía unos cuantos lustros más) y en esta ocasión ambos estábamos de acuerdo en que no ha dado con la tecla adecuada. Las últimas películas de Woody Allen podían ser mejores o peores pero al menos siempre tenían una idea clara de lo que quería contar. Sin embargo, “A Roma con amor” es errática y errante, sorprendentemente poco cohesionada y muy deslavazada. El problema no es el peaje en forma de carrusel de tópicas postales turísticas  que el director de “Manhattan”  acepta pagar cada vez que rueda lejos de Nueva York, ni siquiera la invisibilidad del hilo conductor que presuntamente une las cuatro historias o relatos breves que maneja (se supone que una vaga reflexión sobre los efectos de la fama), sino su falta de consistencia, lo liviano de su sustancia, que apenas sobrepasa lo anecdótico, y lo mal que mezclan juntas. Leer más…

«Treme»: Nueva Orleans 2.0

25/09/2012

Reconozco que comencé a ver “Treme” por el mismo motivo que, imagino, la mayoría de la gente: “The Wire”. Si te has sumergido en la obra maestra suprema de David Simon (a la que algún día rendiremos el homenaje que se merece en este blog) posiblemente estés de acuerdo conmigo en que esas 60 horas que te hace pasar delante del televisor son algunas de las más maravillosas, y seguro que también mejor aprovechadas, que podrás disfrutar en toda tu vida. Tanto es así que, tras ese último plano de los rascacielos de Baltimore y su posterior fundido en negro, es inevitable sentir una tremenda sensación de plenitud pero también de vacío, mientras piensas: «No volveré a ver una cosa así en la vida». Admitámoslo, es probable que así sea, pero entonces llega una nueva serie de Simon, de nuevo en la HBO, y cómo va a ignorar uno algo así. Vale, entre medias tenemos a “Generation Kill”, pero ésta no deja de ser una miniserie de siete capítulos. “Treme” no sólo comparte creador y cadena con la legendaria serie emitida entre 2002 y 2008, sino algunos de sus intérpretes (Wendell Pierce, Clarke Peters o Jim True-Frost), guionistas (George Pelecanos) y equipo creativo (Eric Overmyer o el fallecido David Mills), y además  su premisa es lo suficientemente atractiva por sí misma, por lo que su desembarco en 2010 no hizo otra cosa que llenarnos de ilusión y esperanza a los fanáticos de este rollo.

No debemos pensar, no obstante, que “Treme” es un “The Wire 2”, porque no es así, aunque resulte un tanto obvio tener que remarcarlo. Podría decirse que comparten el mismo ADN, pero la serie ambientada en la Nueva Orleans inminentemente posterior al huracán Katrina tiene su propia personalidad, su propia alma, sus propias virtudes y sus propias reglas. Si hay algo en lo que innegablemente coinciden es en que ambas son, a la hora de abordar sus correspondientes temáticas, honestas, atrevidas, insobornables. Cada personaje, cada línea de diálogo, cada fotograma desprende verosimilitud, naturalidad y autenticidad en “Treme”, y sí, ahí es cuando más se nota que ésta viene de donde viene. Porque si hay algo a lo que sabemos que no renunciará jamás Simon, ese tipo empeñado en velar únicamente por SUS series y al que no nos imaginamos los lunes ojeando los ‘ratings’ de audiencias, es a su célebre premisa de «que se joda el espectador medio». Lo llevó (felizmente) hasta las últimas consecuencias en “The Wire” y aquí sucede lo mismo. Así, no hay espacio para las concesiones gratuitas ni para los efectismos tramposos, y esto ya le llevó a lograr el milagro de que una serie que nunca tuvo audiencias millonarias ni se llevó grandes galardones sea la más venerada por la crítica y considerada, por legiones de entendidos, como la mejor de la historia. Leer más…

«Battle born», la gramola ochentera de The Killers

24/09/2012

The Killers nunca me han vuelto loco pero me caen bien. Me gusta la falta de prejuicios y el descaro con el que siempre buscan los grandes estribillos y el sonido más épico y grandilocuente posible. Me encanta lo fácil que se lo pone a la crítica especializada más trendy, que les desprecia o directamente les ignora por su indisimulado afán comercial, mientras que ellos siguen a lo suyo. Que inventen otros, nosotros nos dedicamos a hacer hitazos para corear en estadios, parecen proclamar  orgullosamente con cada nueva referencia discográfica. Ajenos a toda pretensión intelectual o vanguardista, The Killers asumen que en la música todo está inventado, así que puestos a copiar, copian de los mejores, o de los que ellos consideran los mejores. Muchas bandas pueden citar entre sus influencias a U2, Bruce Springsteen, Echo & The Bunnymen, New Order o The Cure, pero son muchas menos las que reconocen también sin ningún rubor la huella de Duran Duran, A-Ha, Ultravox o Alphaville. The Killers reivindican el impacto inmediato del single de estribillo pegajoso y melodía memorable desde la primera escucha, al estilo ochentero, el de la edad de oro de las FMs. Nunca me han parecido grupo de álbumes, formato que deja más al descubierto sus limitaciones y la diferencia que hay entre sus temazos (siempre al menos cuatro o cinco por disco) y la morralla, aunque hay que agradecerles que normalmente pongan  casi todas las cartas ganadoras  juntas. Con solo tres discos ya tenían material más que suficiente para un “Best of” más apañado que el de la mayoría de sus contemporáneos. Los de Nevada no son ningún referente creativo de los tiempos que vivimos, pero entre tanta impostura, farsa y hype desmedido, a ellos no se les puede acusar de dar gato por liebre y, además, fabrican canciones más redondas que las de muchos presuntos “salvadores” del rock y el pop. Todo mi respeto hacia ellos.

Así que con una mirada nada fiscalizadora me enfrento al nuevo disco de la banda de Brandon Flowers, “Battle born”, un trabajo para el que han contado hasta con cinco productores, Daniel Lanois, Steve Lyllywhite, Stuart Price, Damian Taylor y Brendan O’Brien, para que no quede duda de que en esta ocasión buscan una variedad de estilos que remite, en sus  intenciones, al eclecticismo de las obras de Queen de los 80. Lo primero que me sorprende del disco en una primera escucha es que el grupo parece haber perdido “punch”, los hits no se dejan ver a la primera y eso no es bueno. Si eres un púgil de técnica escasa y poco fajador que basa todo su boxeo en un puño de hierro lo único que no puedes permitirte es perder tu pegada. Afortunadamente, esa impresión inicial se difumina con las sucesivas escuchas y las buenas melodías empiezan a lucir. Sí, puede que The Killers ya no tengan tanta dinamita en los guantes, pero lo compensan con más experiencia y dominio del ring. Lo segundo que constato es que quien se acerque a “Battle born” con la esperanza de un regreso al sonido de “Hot fuzz” puede irse olvidando. El nuevo trabajo es una especie de “jukebox” ochentera en la que cabe de todo, pero  también funciona como resumen de la trayectoria del grupo, del rock semi-alternativo con sabor británico de su debut al hedonismo bailable de “Day and age”, pasando por la épica americana de “Sam’s Town”. Leer más…

The Rolling Stones: 50 años, 50 canciones (II) – Joyas ocultas

21/09/2012

Mi compañero Rodrigo ya os desgranó aquellas canciones irremplazables de nuestro adorado objeto de análisis, The Rolling Stones, la banda más grande de la historia del rock’n’roll. Aquellas que son piedra angular de la música de nuestros días, aquellas que hemos disfrutado mil veces en nuestra casa o en cualquier garito con buen criterio, aquellas que nunca faltan (o no deberían faltar) en uno de sus gigantescos conciertos. Es tiempo ahora de introducirnos en esos temas, que sin haber cosechado la fama ni haber sufrido la sobreexposición de aquellas, están a su mismo nivel y que, por ende, los fans de Sus Satánicas Majestades consideramos más nuestras. Porque nadie debería morir sin haber disfrutado de las siguientes maravillas. Aquí están: ¡las joyas ocultas de The Rolling Stones!

TIME IS ON MY SIDE 1964

Una buena muestra de lo que fueron los inicios stonianos, con discos íntegramente formados por versiones de temas conocidos y menos conocidos de su gran influencia primigenia: el blues estadounidense. En esta ocasión, Sus Satánicas Majestades tomaron prestada una canción popularizada por la gospeliana Irma Thomas un año antes. Estamos en su faceta más melódica de esta época, con una apasionada interpretación de Jagger, que preludiaba lo que estaba por venir, y una magnífica guitarra de Richards.  Su primera entrada fuerte en el Billboard estadounidense (llegó al número 6) y, sobre todo, un tema magnífico, todo tensión y sensualidad. Leer más…

El cine del siglo XXI (VIII): «Match point»

19/09/2012

No pintaban bien las cosas para Allan Stewart Königsberg, más conocido como Woody Allen, en el arranque del nuevo milenio. Sus películas –siempre al metronómico ritmo de una al año- perdían fuelle en taquilla y la crítica, antaño postrada a sus pies, empezaba a darle la espalda. La colaboración con Dreamworks dio como fruto cuatro cintas unánimemente etiquetadas como “menores” (“Granujas de medio pelo” , “La maldición del escorpión de Jade”, “Un final made in Hollywood” y “Todo los demás”) que no colmaron la expectativas comerciales y artísticas de la productora de Spielberg, Geffen y Kaztenberg. De ese lote al menos las tres primeras me parecieron en su día (y me lo siguen pareciendo) unos divertimentos sin pretensiones muy disfrutables en los que Allen se alejaba del existencialismo para jugar a sus anchas con la “screwball comedy” con gags y réplicas tan desternillantes que, a mi juicio, justificaban el precio de la entrada y compensaban la posible sensación de agotamiento creativo o autoplagio. Y es que cuando se llevan más de tres décadas en el negocio no se pueden esperar genialidades todos los años. Es imposible.

Pero lo cierto es que tras el fracaso de “Todo lo demás” Woody tensó los músculos y se puso las pilas. Bajo el auspicio de la Fox presentó “Melinda y Melinda”, una obra en la que recuperaba la habilidad para conjugar comedia y drama con lucidez e inteligencia. La crítica y el público volvieron a sonreír, pero lo mejor todavía estaba por llegar. En 2004, de la mano de BBC, Allen decidía cambiar Nueva York, sempiterno marco de todas sus historias, por Londres, ciudad que luego también sería escenario de otras dos cintas más. De esta trilogía “Match point”  es sin duda la mejor, al nivel de sus grandes logros del pasado. La trigesimoquinta película del genial e hipocondríaco judío (en la que no figura como intérprete) es un elegante y preciso drama con tintes de thriller  que reduce al mínimo la verborrea habitual de su cine para erigirse en un complejo, afilado e incisivo estudio sobre la ambición, la pasión, la infidelidad y la culpa. Una cinta que formaría un imprescindible programa doble con “Delitos y faltas”, su obra maestra de 1989, y que, sin perder nunca las señas de identidad  de su autor, supone una bocanada de aire fresco en su obra, lo más parecido a una renovación exitosa de su estilo. Leer más…

Gracias y hasta siempre, «Weeds»

18/09/2012

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el último capítulo de la octava y última temporada de la serie)

Hay una pregunta especialmente complicada para todos aquellos que somos fanáticos de las series (en mi caso, dirían algunos que hasta extremos casi enfermizos) y ésa es «¿Cuál es, para ti, la mejor serie de todos los tiempos?». No «¿Cuál es tu serie favorita?», ojo, sino «¿Cuál es la mejor serie?». Yo, que ni siquiera sabría decir cuál es mi favorita, como comprenderán me considero incapaz de responder a la otra gran cuestión. Pero hace unos meses, mi mujer me vino con una pregunta igual o aún más puñetera: «¿Cuál es, para ti, el mejor final de una serie que has visto?». Según ella, soy excesivamente conformista y fácil de contentar en este terreno, y es posible que razón no le falte, pero ahí contesté sin titubeos: “A dos metros bajo tierra”. Habré visto decenas de veces esos últimos seis minutos y medio y siempre se me saltan las lágrimas, e incluso me basta con escuchar el tema “Breathe Me” de Sia, en cualquier momento y en cualquier lugar, para que se me humedezcan los ojos. Y es que reúne todo lo que yo le pido a un gran final: que me produzca, al mismo tiempo, alegría y tristeza. Alegría si esta conclusión ha sido suficientemente satisfactoria y ha estado a la altura de la grandeza de la serie, y tristeza por el vacío que ésta nos deja, que al fin y al cabo es la mayor y más inequívoca prueba de lo hondo que ha llegado a calar en nuestros corazones. Así, mi ‘top’ se completaría, sin importar especialmente el orden, con los finales de “The Wire”, “Los Soprano”, “Perdidos”, “Battlestar Galactica”, “Friends”… como veis, algunos de ellos bastante polémicos y con muchísimos detractores, pero yo no formo parte de ellos.

¿En qué lugar queda, y a eso venía toda la reflexión anterior, la ‘series finale’ de “Weeds”, emitida el pasado domingo? Puede que, apenas un par de horas después de haberlo visto, cualquier veredicto sea un tanto precipitado, pero dando la razón a mi mujer una vez más, en lo que a mí respecta ha cumplido con lo que esperaba y le demandaba. Ya adelanté en mi post “Weeds”, el colocón más largo que, a pesar de mi fuerte conexión con la serie creada por Jenji Kohan y protagonizada por Mary-Louise Parker, consideraba una excelente noticia que su octava temporada fuese además la última. Tras tres primeros años magistrales, la deriva que empezó a atisbarse en el cuarto y que alcanzó extremos muy preocupantes en el séptimo evidenciaba que las aventuras de Nancy Botwin y todo su séquito no podían dar ya mucho más de sí. Ahora que “Weeds” se ha ido para no volver jamás, sigo pensando que era lo que había que hacer, pero su defunción ha llegado tras una última tanda de episodios que han conseguido recuperar, en cierta manera, la magia de antaño, lo que sumado a un final un tanto agridulce (muy apropiado, de hecho, con el espíritu de la serie) vuelven a dejar esa sensación de abandono y duelo de la que os hablaba. Al fin y al cabo, he pasado cuatro o cinco veranos, ya que no pillé a la serie en sus inicios, manteniéndome fiel a los Botwin, así que maldita sea, cómo no voy a acabar echándoles de menos. Leer más…