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Reivindicando a Los Rodríguez (porque sí, porque sí y porque sí)

28/07/2015

LOSRODRIGUEZ

Hay determinados grupos que, a pesar de haber alcanzando el éxito, no llegan a ser valorados en su justa medida debido a haber logrado el reconocimiento popular gracias a una parte de su propuesta, pero que sin embargo no es la única o más importante, de forma que se forja una imagen de la banda a todas luces injusta o incompleta. Creo que Los Rodríguez fue uno de estos casos. No me equivoco si afirmo que un porcentaje muy importante de personas relacionan este nombre con la rumbita rock, casi con las canciones del verano, cuando en realidad se trata de uno de los grupos de rock más importantes en lengua castellana de las últimas décadas. Con rumba, sí, pero también con reggae, country, funk, y, sobre todo, rock, mucho rock, rock stoniano, rock americano, rock clásico, en ocasiones en su estado más puro, otras veces mezclado y agitado con otros estilos. En resumen, una ecléctica y más que interesante propuesta que bien merece una revisión casi 20 años después de su desaparición.

Y es que pocas veces se ha juntado en territorio patrio tanta calidad, creatividad y carisma en una formación, una mezcla que, inevitablemente, no duró demasiado. Los Rodríguez no era en sus inicios un conjunto de jóvenes e inexpertos músicos en busca de la aventura. Un incipiente Andrés Calamaro, los “veteranos” Ariel Rot y Julián Infante, y Germán Vilella ya sabían cómo funcionaba esto, y su apuesta era ganadora. Buscaban el éxito y sabían cómo conseguirlo, y además creían de justicia poética lograrlo. Y a ello se lanzaron, con la energía, frescura y hambre propia de un grupo recién nacido, pero con la experiencia de quien ya ha tropezado y aprendido en algunas piedras.

rodriguez

Fue en 1990 cuando, resurgiendo de las cenizas de Tequila, dos de sus miembros, Ariel Rot y Julián Infante, más German Vilella a la batería, se pusieron en contacto con el argentino Andrés Calamaro, recién aterrizado en nuestro país, para dar forma a una nueva banda. Los ensayos, composiciones y primeras actuaciones se produjeron a una velocidad de vértigo, labrándose rápidamente una excelente fama en los pequeños círculos musicales de la capital y asaltando la Sala Siroco cada vez con más asiduidad y éxito, hasta la grabación de su primer disco, “Buena suerte” (1991). Con Guillermo Martín completando la formación al bajo, el disco gozó de un importante éxito en Argentina, aunque no tanto como se esperaba en España, debido en parte a que la compañía que lo editó quebró al poco tiempo de su publicación, lo que detuvo sus ventas en seco. Esta ópera prima ya plasmaba bien a las claras las credenciales de la banda: con la composición repartida entre Calamaro y Rot, con leves espacios para Julián Infante, los cortes más “tequileros” (“Dispara”, “Peor es nada”, “Canal 69” o “La mujer de un amigo”), se mezclaban con esa rumba canalla que a la postre les depararía sus mayores éxitos (“Engánchate conmigo”), con el country-rock (“Señorita”, “Sol y sombra”), y con dos joyas como “A los ojos” y “Mi enfermedad”, dos temas de sonoridades americanas y deliciosas melodías que eran quizás los temas más destacados de este álbum de debut.
(El vídeo incrustado a continuación pertenece a la regrabación que de “Mi enfermedad” realizaron en 1996 para un disco recopilatorio, la cual contaba con unos nuevos arreglos y una nueva producción que sin duda engrandecían más aun el tema).

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El segundo disco sería un directo, “Disco pirata” (1992), que serviría para ir haciendo boca de cara a su última apuesta y, fundamentalmente, para mantener al grupo el órbita. Se trata de una colección de retales de diferentes conciertos, con numerosas versiones, que hoy supone una más que agradable curiosidad, pero que indudablemente no significó ningún respaldo comercial a la banda, lo que sí consiguió su paso a la discográfica Dro y la grabación de su segundo disco de estudio.

El siguiente paso se presentaba como una definitiva prueba de fuego, como su última oportunidad. Ya hemos apuntado que no se trataba de unos recién llegados, y no estaban para perder el tiempo en proyectos sin futuro. Sin embargo, el éxito no tardó en llegar y fue con el primer single de su segundo disco, de titulo “Sin documentos” (1993) tanto el álbum como la canción, con el que definitivamente se dieron a conocer a nivel masivo, una deliciosa rumba-rock de Calamaro, de letra directa y con los suficientes alicientes para ser caballo ganador. El propio Calamaro hablaba de su intención de llegar con esta canción al oyente armónicamente, por medio de la sorpresa: “Quería escribir una canción en Sol menor y empezar la melodía en la quinta nota, un Re. Entendí que existían razones psico-armónicas que podían provocar una reacción inmediata y positiva en los oyentes”.  Y tanto que así fue. 

El disco subía el nivel de su predecesor, haciendo más patente incluso el gusto del grupo por tocar diferentes palos, pero siempre desde una perspectiva y actitud roquera. Fundamental fue la producción de Nigel Walker, que dotó al álbum de un aroma a lo ‘Exile on Main St.”, o al menos yo lo huelo así. “Dulce condena”, de Ariel Rot, presentaba la vena más melódica y melancólica de Los Rodríguez, una deliciosa canción con memorable estribillo que les confirmó como punto de referencia. Otra de las joyas de la colección, que a pesar de no llegar a ser single se convirtió en una de las favoritas de sus seguidores, era “Me estás atrapando otra vez”, un baladón también de Ariel Rot en el que juguetea con la dependencia, y no precisamente a alguien, con una interpretación sublime de Calamaro a la voz y un desarrollo de Rot a la guitarra que explota en un punteo final espectacular.

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“Sin documentos” otorgó a Los Rodríguez el fulgurante éxito que buscaban y el convertirse en uno de los grupos más reclamados para conciertos, que era donde mostraban a las claras que eran una gran banda de rock, llevando a sus máximas consecuencias el “sexo, drogas y rock ‘n roll” y siendo los reyes de los bolos veraniegos, donde sus canciones más conocidas se movían  a sus anchas. Así, tras una larga, intensa y exitosa gira, el grupo volvió a meterse en el estudio para dar forma a su tercer trabajo, si bien las grietas ya eran más que evidentes, en parte por la redistribución de ganancias que obligó Calamaro, dando un porcentaje a cada miembro del grupo en función de su “peso” en él. Evidentemente, esta impopular medida, unida a las cada vez más palpables ansias del cantante argentino por probar suerte en solitario, firmarían poco después la prematura carta de defunción del grupo. Aun así, el disco resultante, “Palabras más, palabras menos” (1995), no intuye en absoluto la próxima ruptura de la banda, siendo su mayor éxito hasta la fecha, especialmente en España, con una gran producción de Joe Blaney y las colaboraciones de Joaquín Sabina, Raimundo Amador y Coque Malla. El testigo de la rumba canalla lo tomó en esta ocasión “Milonga del marinero y el capitán”, tema de Ariel Rot que no desmerece a sus anteriores hits, siendo la punta de lanza de una inolvidable colección de canciones entre las que destacar además la reivindicativa, juguetona y necesaria “Aquí no podemos hacerlo”, la flamenca y arrebatadora “Para no olvidar”, la rock ‘n roll life “Una forma de vida”, y la espectacular y emocionante “Una canción de amor”, tema con irresistible letra de Sabina, quien conectó de inmediato con la banda, en lo que sería el inicio de una fructífera relación, plasmada posteriormente en una gira conjunta que reventó en verano los polideportivos de media España. Además, el disco encontró una segunda vida casi un año después cuando se sacó como último single “Mucho mejor”, (o “Hace calor”, como popular y sonrojantemente se la conoce), una fresca y ligera canción pop con la colaboración de Coque Malla que se convirtió en una de sus más conocidas a pesar de ser inicialmente denostada por Calamaro. Sin embargo, para el aporte visual de este álbum me quedo con la citada colaboración con “el flaco de Úbeda” en un especial en directo grabado para RTVE.

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Tras la citada gira con Sabina, y ya con la banda virtualmente rota a pesar de encontrarse en su mejor momento, compañía y grupo planearon la edición de un disco de éxitos y rarezas que se convertiría en su último trabajo y, paradójicamente, en su álbum más vendido, con más de 750.000 copias despachadas. Así, “Hasta luego” (1996), en cuya presentación se anunció la separación de la banda, se convirtió en un inmejorable epílogo en el que se encontraban sus canciones más conocidas, algunas regrabadas y otras en versiones en directo, junto a rarezas y maquetas, lo que le convertía en un disco apetecible tanto para sus seguidores como para aquellos esporádicos oyentes. Años más tarde, este formato tuvo su continuación y ampliación con “Para no olvidar” (2002), un pack de 2 cd’s y 2 dvd’s con abundante material inédito, lives, maquetas, curiosidades y los pertinentes grandes éxitos.

Y tras la separación, las consiguientes carreras en solitario de los dos compositores y líderes de Los Rodríguez. Así, Andrés Calamaro se convirtió rápidamente en una de las mayores estrellas del rock en castellano de las últimas décadas, en una ascensión tan vertiginosa como brusca y casi trágicamente interrumpida. Por su parte, Ariel Rot, aunque no ha gozado de ese respaldo mayoritario, sí se ha hecho acreedor de una discografía más que coherente, de sonido propio, con discos llenos de calidad, de rock maduro, que bien han merecido más reconocimiento. Sin embargo, las noticias trágicas no han hecho más que teñir de negro el legado del grupo: en el año 2000 fallecía Julián Infante, el auténtico ‘rock mater’ de la banda; en 2006 fue Guillermo Martín, el primer bajista de la banda, quien nos dijo adiós; y un año más tarde se suicidaría Daniel Zamora, el “quinto Rodríguez” y bajista durante la mayor parte de vida del grupo. Ante tal panorama, el único atisbo de reunión se produjo en 2006 cuando, bajo el nombre de “2 Rodríguez”, Calamaro y Rot ofrecieron unos cuantos (muy pocos) conciertos juntos, en shows divididos en tres partes, con dos de ellas para sus respectivas canciones en solitario y un tercer bloque en el que recuperaban los éxitos de Los Rodríguez. Más allá, y a pesar de que ambos gozan de una buena amistad y colaboran esporádicamente juntos, el regreso de la banda es lógicamente imposible, aunque solo sea por respeto a los ausentes, y así lo entienden ellos, a pesar de que la presencia de los dos “supervivientes” sería más que suficiente para el regreso. Pero realmente no ha lugar, ahí quedaron las canciones, y aquí queda su reivindicación. (Y con ella, aquí y en nuestro perfil de spotify, una selección de los mejores temas de la banda, no únicamente de los más conocidos. Disfrútenla únicamente porque sí).

rodriguez

 

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7 comentarios leave one →
  1. 08/09/2015 19:27

    Buen artículo. Pero Calamaro no era incipiente. Ya llevaba una década en la música con Miguel Abuelo entre otros.

    • Sergio Almendros permalink*
      08/09/2015 19:30

      …pero bastante a la sombra (de Miguel Abuelo). Para nada aún había despuntado ni demostrado parcialmente lo que podía dar de sí.
      Agradezco tu visita y aporte. un saludo

  2. Anónimo permalink
    25/01/2016 21:26

    Igual me parece un artículo bastante bien sustentado, pero no creo que Andrés estuviera tan a la sombra de Miguel Abuelo, de hecho compuso y cantó hits de esos tiempos como Mil Horas y Sin Gamulán.. aunque es cierto que no brilló tanto en su primera etapa solista, gracias por este interesante trabajo recordando a una enorme banda

    • Sergio Almendros permalink*
      26/01/2016 11:20

      Gracias por tu aportación Someone!

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