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Las aventuras del Club de los Cinco del rock’n’roll

13/11/2015

Travelling Wilburys guitars

Erase una vez cinco superhéroes que, pese a que ellos solos habían logrado las mil y una hazañas, decidieron juntarse un venturoso día para colaborar entre ellos en pos de una misión superior. No, no es una nueva entrega de ‘Los Vengadores’. Estos tipos no iban enfundados en mallas ni sufrieron ninguna reacción química milagrosa en su juventud (a pesar de que lo intentaron con las más variadas drogas), sino que su principal arma eran unas guitarras, su voz y, sobre todo, un genio creador que les coloca entre las más grandes figuras del rock de todos los tiempos. Hablamos de Bob Dylan, Jeff Lynne, Tom Petty, George Harrison y Roy Orbison, que se unieron para formar uno de los mejores supergrupos de la historia, Traveling Wilburys, y colaboraron incesantemente entre ellos, siendo parte esencial de una época dorada del rock americano: los finales de los años 80 y principios de los 90. Aquí comienza un recorrido por las múltiples aventuras conjuntas del Club de los Cinco del rock and roll.

El chispazo que lo prendió todo lo originó el nunca suficientemente valorado Harrison en 1987. El guitarrista de The Beatles, el genio en la sombra autor de maravillas como ‘Something’ o’Here Comes the  Sun’ y álbumes clásicos como ‘All Things Must Pass’ no tuvo en los años ochenta su mejor época. Desengañado con la industria de la música, se centró en la producción cinematográfica hasta que le volvió a picar el gusanillo y llamó a Lynne, que por aquel tiempo había dejado aparcado su gran proyecto vital, la Electric Light Orchestra (ELO para los amigos), para que le ayudara y produjera un nuevo álbum. A fe que la compenetración fue perfecta. Casi todo de lo que hablaremos de aquí en adelante tendrá su génesis en ‘Cloud Nine’. Lynne sacó el lado más afable de Harrison, ese que el exBeatles se empeñó tantas veces en ocultar, mediante una producción que recogía muchas de las características de la ELO y que se antojaba ideal para dar forma a un nuevo rock clásico que, a la vez que respetaba las raíces, se imbuía de modernidad, se quitaba complejos y, sobre todo, adquiría la forma de un irresistible caramelo pop: sonido muy claro, con mucho espacio para los solos de guitarra, un casi omnipresente colchón de acústicas de fondo y el piano, normalmente repiqueteando optimista, como rey de los arreglos junto a los sintetizadores y ocasionales secciones de viento.

George Harrison Jeff Lynne

Palmarios ejemplos del ‘sonido Lynne’ fueron dos de las composiciones al alimón de los dos astros: las deliciosas ‘That’s what it Takes’ y ‘This is Love’. La restante colaboración, la exitosa ‘When we was Fab’, se desmarca ligeramente de ese patrón y pasa a recordar a los mejores medios tiempos de los Beatles, algo que no es de extrañar siendo el tema todo un homenaje a los tiempos de los cuatro de Liverpool. Más personales son las bluesies ‘Cloud Nine’ y ‘Wreck of the Hasperus’ y la preciosa ‘Someplace Else’, aupada por unos excelentes coros y que podría haber estado perfectamente en ‘All Things Must Pass’. Harrison parecía intuir la futura unión y ‘Devil’s Radio’ recuerda enormemente al Petty de la época, mientras que el gran ‘hit’ del disco, la desenfadada y adictiva versión de Rudy Clark ‘I Got my Mind Set on You’, habría encajado como un guante en la voz de Orbison.

Como ha sucedido muchas veces a lo largo de la Historia, las mejores cosas pasan por una simple casualidad. Andaban Harrison y Lynne en busca de confeccionar una canción que sirviera de cara B del single de ‘This is Love’ cuando el exELO, que ya trabajaba con Orbison en su regreso discográfico, invitó al virtuoso vocalista a la sesión que iba a tener lugar en el estudio casero que poseía Dylan en Malibú (California). Así, de repente, ya tenemos juntos a cuatro de los cinco protagonistas de la historia. ¿Y Petty? Pues resulta que Harrison se había dejado en casa del rubio de Florida una guitarra que tenía pensado utilizar y, nobleza obliga, invitó al autor de ‘Damn the Torpedoes’ a unirse a la fiesta. Tanto talento junto en una habitación terminó por estallar y dio lugar a un tema memorable, ‘Handle with Care’. Una canción tan buena no podía quedarse como una simple cara B y el entusiasmo despertado en la sesión provocó que el repóker de ases se planteara prolongar la fiesta confeccionando un álbum completo. Habían nacido los Traveling Wilburys.

Escogiendo un pseudónimo cada uno -Nelson Wilbury (Harrison), Otis Wilbury (Lynne), Charlie T. Wilbury Jr. (Petty), Lefty Wilbury (Orbison) y Lucky Wilbury (Dylan)- y rodeándose de una terna de acompañantes de lujo, con el gran Jim Keltner a la batería, Jim Horn al saxo y Ray Cooper en las percusiones, el debut del supergrupo destaca especialmente por su gozosa falta de pretensiones. Nadie aquí busca revolucionar el mundo de la música o crear la gran obra maestra de la Historia, simplemente disfrutar tocando unas cuantas canciones con una buena pandilla de amigos. Con la inicial, ‘Handle with Care’, y la última, ‘End of the Line’, como mayores esfuerzos colectivos (dos gemas de perfecto folk rock pop), el resto del disco logra fluir magníficamente entre canciones muy asociadas a la trayectoria del cantante de turno (bien Dylan en ‘Dirty World’ y magnífico en ‘Tweeter and the Monkey Man’, preciosa la implicación más grande de Orbisón en ‘Not Alone Anymore’, euforizante Lynne con ese homenaje al rock’n’roll 50’s que es ‘Rattled’ y excelente Harrison con una ‘Heading for the Light’ muy deudora de ‘Cloud Nine’)  y curiosas experimentaciones conjuntas como el reggae-pop de ‘Last Night’, la hímnica ‘Congratulations’ y ese elefante en una cacharrería que es ‘Margarita’, un correcto pero extraño ensamblaje entre una base sencilla y acústica, con Dylan a la voz, y una espectacular profusión de arreglos, que rompe con la línea de un disco que no es una obra maestra y no supone la cima de ninguno de sus autores pero que, sin embargo, es enormemente disfrutable.

Todo parecía ir de maravilla, pero la vida siempre tiene piedras en el camino y más si eres Roy Orbison, cuya existencia había sido todo un pedregal del que parecía estar a punto de salir. Con el éxito de Traveling Wilburys en su apogeo y con su nuevo disco ya terminado, inmerso en su promoción previa, el fabuloso cantante de ‘Crying’ fallecía el 6 de diciembre de 1988 de un ataque al corazón. Los Wilburys se quedaron sin su elemento más desequilibrante, aunque, todo hay que decirlo, no el más importante del combo y la música, mientras tanto, se quedó huérfana de su voz más profunda y triste, dejando a su sucesor Chris Isaak demasiado solo. No cabe duda de que ‘Mistery Girl’ ya sería un disco especial por ser el último realizado en vida por su autor. Pero lo mejor es que su calidad va mucho más allá de esa circunstancia. Todo un ‘dream team’ se prestó a colaborar con Orbison ya fuera componiendo, tocando o produciendo (Bono, Elvis Costello, T-Bone Burnett, Steve Cropper, Al Kooper) pero no cabe duda que fueron sus colegas Wilburys, excepto Dylan, los grandes cimientos del álbum. Harrison apenas toca la guitarra y hace coros en un par de temas, pero Lynne y Petty y sus Heartbreakers, en diferentes combinaciones, ejercen como grandes protagonistas tanto en la faceta instrumental como en la perfecta (¿la mejor de su carrera?) producción de Lynne, que supo mantener las esencias del mejor Orbison  de los 50 y los 60 pero, a la vez, consiguió que sonara absolutamente fresco para las nuevas generaciones. De esta colaboración surgieron temas ya tan míticos como ese insuperable single que es ‘You Got It’, clásicos instantáneos como ‘A Love so Beautiful’ y ‘California Blue’ y esas preciosidades que son ‘In the Real World’ y ‘The Only One’, piezas que, junto a la maravilla aportada por U2 ‘She’s a Mistery to Me’ y pequeñas gemas como ‘(All I can do Is) Dream You’ o ‘The Comedians’ hacen de ‘Mistery Girl’ no solo un testamento inmejorable, sino uno de los mejores discos de la década de los 80.

Aún quedaban restos del trabajo de Orbison con nuestra pandilla, por ejemplo, su colaboración en los coros de ‘Zombie Zoo’ del flamante debut en solitario de Petty (aunque con el apoyo de casi todos sus Heartbreakers), ‘Full Moon Fever’, editado apenas dos meses más tarde que ‘Mistery Girl’. Si ya Lynne era uno de los grandes productores del momento tras éste último trabajo y el debut de los Wilburys, su prestigio se disparó hasta la estratosfera con el que, sin duda, una es uno de los grandes álbumes de rock americano de los 80. Petty necesitaba un revulsivo después de que la calidad de su producción hubiera bajado desde principios de la década y lo consiguió adhiriéndose de pleno al ‘sonido Lynne’, siendo ‘Full Moon Fever’ seguramente su ejemplo más éxitoso. El poso típicamente americano de Petty, mezclado con al aire sofisticado y terriblemente ‘catchy’ de Lynne y una gran influencia del pop inglés clásico cristalizaron en himnos incontestables como la celebérrima ‘Free Fallin’, ‘I Won’t Back Down’ (con Harrison a los coros) o ‘Runnin’ Down a Dream’, preciosidades como ‘Love is a Long Road’ y ‘A Face in the Crowd’, la gran versión de los Byrds ‘I’ll Feel a Whole Lot Better’, algún poderoso cañonazo como ‘Yer so Bad’ y una marcianada tan divertida como irresistible como es la ya mencionada ‘Zombie Zoo’. El comienzo de una de las mejores épocas del jefe Heatbreaker.

Harrison le devolvió en 1990 el favor de ‘Cloud Nine’ a Lynne participando activamente en el debut en solitario del exELO, ‘Armchair Theatre’. El en ese momento productor de relumbrón decidió reivindicar su carrera como compositor y cantante con un álbum en el que volvía a explotar sus sonoridades favoritas, aunque dejaba de lado el rock más americano y abrazaba un ambicioso pop de grandes arreglos y tendencia absolutamente ‘mainstream’ que casa perfectamente con lo que hacia, por ejemplo, Paul McCartney por la época. Injustamente ignorado por buena parte de la crítica y el público, ‘Armchair Theatre’ no es ninguna obra maestra y palidece ante lo mejor de sus compañeros de correrías pero es un álbum muy disfrutable y repleto de buenas vibraciones. Harrison colabora a la guitarra y, en ocasiones, a los coros en joyitas como ‘Every Little Thing’ y la sobria versión del estándar ‘September Song’ y en temas más discretos como ‘Lift me Up’ y la revisión del sobadísimo ‘Stormy Weather’. El medio tiempo ‘What would it Take’ y la muy 50’s ‘Don’t Let Go’ destacan entre el resto de un repertorio que incluye ‘Now You’re Gone’, un dramático medio tiempo que demuestra hasta que punto Lynne se vio influido por su difunto amigo Orbison y la muy correcta ‘Blown Away’, compuesta con Petty.

Nuestros protagonistas iban apurando el tiempo antes de retomar a los Traveling Wilburys para sacar sus respectivos álbumes en solitario y fue Dylan, el más díscolo del quinteto, el último en aprovechar este hueco para lanzar ‘Under the Red Sky’. Al contrario que los demás, el bardo de Minnesota no contó con Lynne para la producción, sino con otro clásico, Don Was, para completar un disco muy correcto, con mucha influencia blues, pero que sufre en la comparación con su antecesor, el superior ‘Oh Mercy’, y que presenta los ‘tics’ de gran parte de su producción de los años 80 y 90: bastante convencionalidad y mediana inspiración. Entre una inhabitual profusión de invitados, Harrison es el único Wilbury presente, aportando su guitarra a  su tema título, uno de los ‘highlights’ del disco junto al boggie bluesero ‘Unbelievable’, la bonita balada ‘Born in Time’ y las desenfadadas ‘Handy Dandy’ y ‘Cat’s in the Well’.

‘Traveling Wilbyrys No 3’ fue el engañoso título (una broma privada pergeñada por Harrison) del segundo y último lanzamiento de nuestro supergrupo favorito. Perdido el factor novedad, el álbum no tuvo el recibimiento en ventas esperado y ha quedado para la posteridad situado a la sombra del laureado debut. Una gran injusticia, como veremos, puesto que ‘No 3’ quizás no goce de los ‘hitazos’ del primero y sea desequilibrante la ausencia de Orbison (a quien va dedicado el álbum) pero es un disco absolutamente a la altura de la obra fundacional, incluso se podría decir que más compacto. El sonido sigue tirando de la planilla inicial configurada por Lynne: pop 60’s meets country rock y boogie. Puede que la vacilona ‘She’s my Baby’ no sea un comienzo como el que supuso dos años antes ‘Handle with Care’, pero pronto ‘Inside Out’ pone las cosas en su sitio con ese tremebundo estribillo aupado por majestuosos coros, que también hacen brillar a temas como ‘The Devil’s been Busy’ y esa gozada que es ‘Where Were you Last Night?’. La cuota mas americana la defienden ‘If you Belonged to me’, ‘Poor House’ y, sobre todo, esa excelente ‘Cool Dry Place’, cantada por Petty en un tono mucho más grave y menos jovial que en el resto del álbum. El fantástico final, antes de las anecdóticas versiones  de ‘Nobody’s Child’ y ‘Runaway’ destinadas a ser ‘bonus tracks’, se compone de todo un homenaje a los Beatles en forma de ‘New Blue Moon’, con toques hawaianos, el precioso medio tiempo que es ‘You Took My Breath Away’ y el gran ‘hit’ que nunca lo fue, ese juerguista y rockanrollero ‘Wilbury Twist’, muy en la onda del ‘Zombie Zoo’ de Petty, que es imposible que no te haga esbozar una sonrisa. Esa alegre intención era la que tenían nuestros astros al juntarse y, viendo sus dos obras conjuntas, no cabe duda que lo consiguieron. Una sonrisa de felicidad eterna.

Con el proyecto conjunto concluido, todo parecía volver a la normalidad tras dos años de intensa colaboración. Pero aún quedaban rescoldos y uno de ellos era la colaboración entre Petty y Lynne. Tras el éxito de su solitario ‘Full Moon Fever’, el de Florida quiso repetir victoria pero esta vez compartirla de nuevo con sus queridos Heartbreakers. El resultado, ‘Into the Great Wide Open’ (1991), no pudo ser mejor. El álbum es toda una obra maestra, una de las cumbres de unos Heartbreakers que quedaron totalmente impulsados hasta nuestros días, y un nuevo suceso comercial. Siendo aún más sólido que ‘Full Moon Fever’, una escucha mensual de este magno plástico debería ser impuesta por ley para una mayor felicidad de la humanidad. 24 años después, siguen exaltando los ánimos mezcolanzas tan perfectas entre pop comercial y tradición americana como ‘Learning to Fly’, ‘Kings Highway’ o ‘Into the Great Wide Open’: continúa exaltando los ánimos un pelotazo como ‘Out in the Cold’ y no dejan de deleitar al corazón preciosidades del calibre de ‘All the Wrong Reasons’ o ‘You and I will Meet Again’. Para redondear otra producción absolutamente perfecta, Lynne colabora en la composición en dos de los grandes clásicos de la obra: ‘All or Nothin” y ‘Makin’ Some Noise’. Dos maestros sumando dos de sus mejores momentos: brutal.

Poco después salió a la luz el álbum póstumo de Del Shannon, ‘Rock On!’, finalmente completado en el otoño de 1991, después de que un proyecto  en el que Lynne y Petty intentaron un relanzamiento de estrella clásica casi exacto al del más mediático Orbison. Pero de nuevo la muerte se cruzó en el camino y Shannon se suicidó en febrero de 1990, con lo que quedó todo en suspenso hasta que Lynne finalmente logró completarlo. Y menos mal que pudo hacerlo, puesto que, desde su modestia, ‘Rock On!’ es un gran disco. La canción que abre, compuesta al alimón por Shannon, Lynne y Petty, ‘Walk Away’, es muy agradable pero, extrañamente, no es de lo mejor de un lote en el que Lynne vuelve a saber combinar las orquestaciones clásicas y típicas de Shannon con la versión más ‘radio friendly’ del rock americano, dando luz a gemas como los clásicos medios tiempos ‘Who Left Who?’,  ‘Are You Lovin’ me Too’, ‘I Go to Pieces’ y ‘What a Kind of Fool do you Think I Am?’ y la rockanrollera ‘Let’s Dance’.

Lynne no escapaba del luto y al año siguiente veía la luz otra dolorosa obra póstuma: el ‘King of Hearts’ de su amigo Orbison, en el que nuestro productor colaboraba junto a otros prestigiosos colegas como Don Was en desenterrar descartes de las muy productivas sesiones de ‘Mistery Girl’. No es el mejor lanzamiento de Orbison, pero sí imprescindible para sus fans. No en vano, alberga sus últimos clásicos: la rockera versión de Frankie Miller ‘Heartbreak Radio’, de sonido 100% Lynne: preciosas baladas clásicas como ‘Love in Time’ y ‘Life Fades Away’, las exitosas revisiones de ‘Crying’ (dueto con K.D.Lang) y ‘I Drove all Night’ (tema popularizado por Cindy Lauper) y el majestuoso medio tiempo ‘We’ll Take the Night’, temazo a la altura de lo mejor de lo mejor del genio siempre oculto tras sus gafas de sol.

Mucho más feliz fue el siguiente reencuentro de varios de los Wilburys: nada menos que el multitudinario homenaje a Dylan por el 30 aniversario del comienzo de su carrera. Un Madison Square Garden repleto albergó una reunión casi irrepetible de estrellas, inmortalizada en un doble disco en directo, para acompañar al bardo de Minnesota e interpretar algunas de las joyas de su vastísimo cancionero. Y, claro está, no podían faltar ni un Harrison que da un alegre barniz pop a ‘Absolutely Sweet Marie’ ni Petty y sus Heartbreakers, que bordan un precioso clásico menor como ‘License to Kill’, que transforman ‘Rainy Day Women #12 & 35’ en un animado boogie-rock y que dan un bonito soporte instrumental a la interpretación de ‘Mr.Tambourine Man’ de Roger McGuinn. Tanto Harrison como Petty se suman al fin de fiesta que suponen las interpretaciones corales de ‘My Back Pages’ y ‘Knockin’ on Heaven’s Door’.

Una vez que parecía extinguida la llama entre nuestros protagonistas fue Harrison el que la reavivó cuando llamó en 1994 a Lynne para que le ayudara a terminar dos temas inéditos de The Beatles -los correctos medio tiempos ‘Free as a Bird’ y ‘Real Love’– y dar así un atractivo extra a ka ambiciosa caja recopilatoria de los Fab Four ‘Anthology’. Ambos llevaban ya trabajando esporádicamente varios años en las canciones que debían formar un nuevo álbum de Harrison en solitario tras la grata experiencia de ‘Cloud Nine’. Sin embargo, el proyecto no se aceleró hasta que en 1999 el guitarrista de los Beatles sufriera un traumático asalto en su casa. Cuando todo ya parecía perfilado, un maldito tumor en el pulmón se llevó para siempre un asqueroso día de noviembfe de 2001 a Harrison y, con él, cualquier esperanza futura de volver a ver a los Wilburys en acción.  Lynne se vio de nuevo en la tesitura de acabar un disco póstumo de un compañero y lo hizo tocando y produciendo mano a mano con Dhani, el hijo del autor de ‘Here Comes the Sun’, y con el apoyo en la batería de otro Wilbury en la sombra, Keltner. ‘Brainwashed’, editado a finales de 2002, es más valioso por su valor sentimental y testimonial que por el meramente musical. Curiosamente alejado del sonido típico de Lynne -solo el gran tema título recuerda a su trayectoria conjunta- , el álbum es un muy correcto tratado de pop en el que destacan cosas tan bonitas como ‘Pisces Fish’, ‘Rising Sun’, ‘Stuck Inside a Cloud’ y esa jovial ‘Beetween the Devil and the Deep Blue Sea’, con el ukelele como protagonista. Paralelamente a la campaña de promoción de ‘Brainwashed’, Londres tuvo el honor de acoger en su Royal Albert Hall el llamado ‘Concert for George’, un bonito homenaje al que no faltaron,por supuesto, un Lynne miembro integrante de la banda del evento y que cantó la beateliana ‘I Want to Tell you’ y ‘Give me Love (Give me Peace on Earth)’ y un Petty que interpretó junto a los Heartbreakers dos hitos del rock como ‘Taxman’ y ‘I Need You’. Uno de los puntos culminantes del recital fue cuando ambos amigos se unieron para dejar la marca Wilbury y tocar ‘Handle with Care’, aprovechando que era ya un habitual en el repertorio de gira de Petty.

El epílogo de las colaboraciones entre los Wilburys la pusieron, como no podía ser de otra manera, esa pareja de hecho que conforman Petty y Lynne. El rubio de Florida volvió a llamar a su viejo amigo para su tercer álbum en solitario, ‘Highway Companion’ (2006), con la aspiración de repetir los éxitos del pasado y darse un respiro de una fructífera etapa de más de diez años con Rick Rubin y su ‘protegido’ George Drakoulias a los controles. Sin embargo, el material no era tan incendiario como el de ‘Full Moon Fever’ o ‘Into the Great Wide Open’ y solo temazos como ‘Saving Grace’, ‘Flirtin’ with Time’, ‘Damaged by Love’ o ‘This Old Town’ salvaban el beneplácito hacia una obra demasiado irregular y con alguna que otra canción de relleno.

Como ya recordó mi compañero Sergio en un reciente post, ha habido (y hay) numerosas reuniones de estrellas y algunas han pasado a la historia por sus grandes contribuciones, pero nunca ha existido nada comparable a los entrañables Traveling Wilburys, nada comparable al amplísimo muestrario de maravillas que nos dejaron en sus diversas colaboraciones. Un repóker de ases en toda regla. Brindemos por ellos.

Roy Orbison

George Harrison

Bob Dylan

Tom-Petty

Jeff Lynne

 

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