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“Violética”: y de repente, el maravilloso golpe en la mesa de Nacho Vegas

21/06/2018

Lo admito, yo era uno de esos que pensaban que la carrera musical Nacho Vegas se estaba empezando a echar a perder de forma definitiva. Como ya conté en el repaso a una evolución que intenté trazar a través de 12 de sus canciones, aunque no haya experimentado una transformación radical (y esto es lo que puede despistar), el Nacho Vegas actual poco tiene que ver con el Nacho Vegas de sus inicios, y esto hay que asumirlo para no seguir buscando en sus nuevas canciones los temas, gestos y dramas de sus primeros álbumes. El atormentado cantante underground hace tiempo que ha dejado de mirarse el ombligo y las cicatrices para denunciar las injusticias de su entorno en una suerte de virage de la soga al altavoz. Tampoco tenía aquello que ser una buena o una mala noticia, simplemente nos encontrábamos en un cambio de tercio, y la evolución se acepta, por supuesto, y muchas veces hasta se celebra. Pero personalmente para mí sí significaba una mala deriva, pero ya era una cuestión de gusto personal. Pues bien, el bueno de Nacho Vegas me ha callado la boca y bien callada con su último disco, “Violética”, un álbum en el que, sin inventar nada y sin tampoco retornar a esos discos que uno ya echaba de menos, se vuelve a mostrar inspirado, emotivo y punzante.

Desconozco las motivaciones u objetivos que tenía Nacho Vegas cuando empezó a plantearse y componer este trabajo, si pretendía una línea continuista, un retorno al pasado o lo que fuera, o si, seguramente, ni se planteó tanto y empezó a componer lo que el cuerpo le pedía. El caso es que finalmente “Violética” le ha quedado más o menos un expositor de todas sus facetas, pasadas por el filtro de su momento actual, decididamente más luminoso que su época más atormentada, si bien el cabreo puede que no sea menor. Las letras van desde lo más íntimo, volviendo de nuevo la mirada a sus entrañas, hasta lo más global. Así, sin ningún rubor, la temática del álbum lo mismo afronta poéticas metáforas sobre el alma y las relaciones personales como pone el foco en los CIE’s, la corrupción política y la industria asturiana. Musicalmente el disco también traza un recorrido desde los cortes más desnudos, a los pasajes folk que tan a menudo han salpicado su obra, hasta la canción popular y los sonidos más rockeros, quizás por momentos los más rockeros de toda su carrera. Y lo más formidable es que toda esta amalgama de intenciones no forman un collage artificioso y forzado sino que el disco tiene una entidad propia y los suficientes nexos de unión para que no parezca un conjunto de retales.

“Violética” (por cierto, qué maravilla de portada) es un disco largo, un álbum de 18 canciones, sin intro, reprise, epílogo o instrumentales, 18 canciones como dios manda, pero esa variedad de estilos y enfoques pide al álbum esta extensión, resultando un doble (triple en vinilo) lleno de recovecos e incluso altibajos, vamos, lo que tiene que ser un álbum doble. Se abre este trabajo con “El corazón helado”, una adaptación de un texto de dos maquis asturianos donde ya se  conjuga lo tradicional de la letra con una importante carga ideológica y, aquí la novedad, un tratamiento sonoro con elementos más rebuscados y novedosos, recordando aquel proyecto junto a Xel Pereda llamado Lucas 15 y quedando plasmada desde el principio la mano de Paco Loco en la producción. Y es que, como se podrá comprobar, los temas que podrían presentarse como más folclóricos son a los que se les ha dado un toque más atrevido y alternativo sonoramente. El segundo track es la preciosa “Ser árbol”, un tema típico del Nacho Vegas más celebrado, aquel que susurra poéticos versos únicamente acompañado por una guitarra acústica, en la más pura línea de Leonard Cohen, y que fue el primer adelanto del disco y el que me hizo pensar “ojo que el Vegas puede que aún tenga muchas cosas que decir más allá de las consignas políticas”. En “Bajo el puente de L’Ara” se pone la gabardina de gacetillero (no será la única vez) y narra con fluidez, precisión e incluso mala leche un histórico episodio acaecido en la cuenca minera asturiana bajo una instrumentación al estilo Tom Waits y con el acompañamiento del Coro Antifascista Al Altu La Lleva, un pilar en los últimos discos de Vegas. Estilísticamente, la gran novedad del disco es “Todos contra el cielo”, tema en el que se atreve con la cumbia y que, al arriba firmante, es la que menos le convence, sencillamente porque no es un género que le guste, así que pasamos a la siguiente. Rápidamente vuelven las buenas noticias con “Desborde”, nueva canción de denuncia (aquí con la Corona en el centro de la diana) que instrumentalmente supone el regreso a los tiempos de la época “Cajas de música difíciles de parar” > “El manifiesto desastre”. El estilo se mantiene más o menos en “Las palabras mágicas”, aunque esta vez con un texto bastante más íntimo y emocional. En este punto ya queda bien claro que Nacho Vegas ha recuperado el toque, confirmándose que el cierto desapego que uno había experimentado con sus últimos trabajos (concretamente con su último trabajo y medio: “Resituación” y “Canciones populistas”) era más por un tema de inspiración que de temática o de discurso.

Sigue “Violética” alternando filtros y en “Crímenes cantados” se pone la mirilla en los CIE’s con un texto bien explícito, solapando estrofas con un gran juego narrativo, conjugando el género periodístico con una fina ironía acusatoria, que llega arropado por uno de los momentos más guitarreros de la colección. A continuación, “La voz tomada” podría entenderse como la canción que asume todas las vertientes que ya han aparecido y seguirán apareciendo en el disco. Su letra puede interpretarse tanto como una crisis personal como una denuncia de la crisis social, e incluso musicalmente el tema alterna la base más clásica del cancionero de Nacho Vegas junto con los coros populares tan presentes desde “La zona sucia”. “Todo o nada” vuelve a contar con la colaboración de la voz de Maria Rodés, quien ya aparecía en “Ser árbol”, y de nuevo retrata un momento de pesimismo y de abatimiento. La segunda colaboración es la de Christina Rosenvinge (huelga volver a hablar del pasado de esta relación) en una versión de la canción de Violeta Parra “Maldigo del alto cielo” que, como ya se apuntó arriba, huye de las sonoridades tradicionales para plasmar el toque más vanguardista del disco. Y tras la oscuridad y densidad, la canción más brillante y casi liviana, y es que “Un ejemplo de discreción” es de esas canciones que, sin destacar, son necesarias para el desarrollo de un álbum de este metraje, recuperando los ritmos, estilos y sonoridades de “Que te vaya bien Miss Carrusel” y devolviendo la narración a la primera persona.

 

“Ideología” retoma la versión más concienciada del asturiano y también la más irónica, azotando en esta ocasión no solo a las élites sino a las incongruencias y falta de empaque de las conciencias ante todo lo que se ha ‘montao’ a nuestro alrededor. Una de mis canciones favoritas de todo el disco es “La última atrocidad” (y es que la cabra al final tira pál monte), tema en el que junto a Cristina Martínez, de El Columpio Asesino, revisiona más o menos aquel diálogo-dueto que se marcaba con Christina Rosenvinge en “Lole y Bolan (Un amor teórico)”, presente en “El manifiesto desastre”, donde el humor y la mala hostia emergen entre un delicioso juego de voces. Para mí, posiblemente este tema es la mejor noticia de todo el disco, no ya solo por su calidad, sino por su concepto, por el hecho de comprobar que entre tanta proclama e ideario queda espacio para otros estados de ánimo y, además, musicalmente el tema es una gozada, con un último minuto brutal en el que intuyo a un Abraham Boba desatado. Pero es que el disco sigue bien en alto con “Los sabios idiotas”, un tema ya con unos cuantos años en homenaje al cineasta Mike Leigh con Nacho Vegas cantando con ese estilo entrecortado, ya probado en temas pretéritos, una deliciosa letra acompañado por un insistente piano y un abrazador violín.

La recta final se encara con “Tengo algo que decirle”, donde desgraciada pero lógicamente baja algo el nivel, retomando la denuncia y la lucha contra ‘los que mandan’ en un mensaje ya lanzado en tonadas anteriores como “Runrún”, por ejemplo. Mejora y bastante “(Pasamos) El Negrón”, con el estribillo más logrado, con las teclas de Abraham Boba pletóricas y de nuevo el Coro Antifascista Al Altu La Lleva levantando y dando color al tema. El último (de los muchos) homenaje a la mujer en “Violética” es “Aida”, con el citado coro y el ukelele dando emotividad a una letra de loa a Aida Lafuente, la Rosa Roja de Asturias, una famosa militante comunista asturiana. Y el álbum se cierran con un nuevo ejercicio de narrativa periodística “A ver la ballena”, en la que Nacho Vegas aprovecha un curioso episodio con una ballena varada para plantear la inconsciencia de las masas cuando actúan como simples masas.

 

“Violética” resulta definitivamente un gran disco y, además, una gran noticia. Nacho Vegas ha recuperado el toque sin necesidad de traicionar sus inquietudes presentes. Es absurdo seguir esperando el drama y el terror de temas como “Morir o matar”, “El jardín de la duermevela”, “Blanca”  u “Ocho y medio”, esos momentos ya pasaron y quedaron plasmados (extraordinaria y sobrecogedoramente) en su día. Hoy Nacho Vegas está en otro punto y afortunadamente ha regresado a su mejor versión para plasmar sus inquietudes actuales. Pasó el polvo, pero la pólvora sigue bien prendida.

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