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Sé dónde está la bala (The Late Great Johnny Ace)

08/12/2017

«Sé dónde está la bala, no hay peligro», cuentan que dijo Johnny Ace entre bastidores durante el receso de un concierto en el City Auditorium de Houston, Texas, el 24 de diciembre de 1954, antes de llevarse el revólver del calibre 22 a la sien, apretar el gatillo y volarse la cabeza. Tenía 25 años y acumulaba ya una buena colección de éxitos (“Cross My Heart”, “Saving My Love for You”, “Yes, Baby”, “Please Forgive Me”, “Never Let Me Go”…) que le habían llevado a que ese mismo mes fuese nombrado el Artista Más Programado por las radios estadounidenses en 1954, según la revista “Cash Box”. Apenas una hora antes del concierto se había comprado un Oldsmobile nuevecito con el que pretendía regresar al día siguiente como un triunfador a su casa en Memphis para pasar las Navidades. Quizás no fueran esas sus últimas palabras, pues ya sabemos que en estos casos es muy difícil saber dónde termina la realidad y dónde empieza el mito. Según algunos testigos el revólver, del que rara vez se separaba y con el que solía disparar a las señales de tráfico mientras viajaban en el autobús, estaba sobre la mesa y alguien le advirtió de que tuviese cuidado con aquella cosa. «Está bien, la pistola no está cargada… ¿ves?» podría haber dicho, y sería entonces cuando se descerrajó un disparo en plena cara. Otros, en cambio, aseguraron que Johnny se dedicó a apuntar con el arma en un juego estúpido a algunos de los allí presentes, incluida su propia novia, hasta que dirigió el cañón hacia sí mismo y fue entonces cuando se produjo el disparo. En lo que sí coincidieron todos es en que estaba borracho como una cuba. Ni siquiera existe unanimidad en si el revólver era del calibre 22 o del 32. La versión oficial sentenció que Johnny Ace se mató mientras jugaba a la ruleta rusa, y esa leyenda ya habría de acompañarle para la eternidad. Su primer número uno en las listas estadounidenses llegaría de forma póstuma al año siguiente de su involuntario suicidio, con el tema “Pledging My Love”. La revista “Billboard” aseguró que la temprana pérdida de Ace provocó la mayor demanda de discos de un artista desde la muerte de Hank Willliams, sólo dos años antes.

Casi tres décadas más tarde, Paul Simon escribió la canción “The Late Great Johnny Ace”, que acabaría entrando en su disco de 1983 “Hearts and Bones”, aunque ya la había estrenado en directo en septiembre del 81 en su concierto de reunión con Art Garfunkel en Central Park, cuando el dúo actuó frente a medio millón de personas. La canción no sólo menciona la muerte de Johnny Ace, sino que también habla de la irrupción de los Beatles y los Rolling Stones en los 60, el magnicidio de JFK y el asesinato de John Lennon. Justo cuando Simon acababa de cantar la estrofa «On a cold December evening / I was walking through the Christmas tide / When a stranger came up and asked me / If I’d heard John Lennon had died», a escasos metros del edificio Dakota, un espontáneo saltó al escenario corriendo en dirección al cantante, siendo reducido cuando estaba a punto de alcanzarle. «¡Tengo que hablar contigo, tengo que hablar contigo!», aún pudo gritarle a la cara a Simon, antes de ser llevado en volandas fuera del escenario. La canción no sería incluida un año más tarde en el doble directo “The Concert in Central Park”, aunque el incidente sí quedó registrado y pudo verse tanto en la retransmisión que realizó en su momento la HBO como en los VHS y DVD posteriores. No sabemos quién era aquel joven, si era tan agresivo como dan a entender las imágenes o sólo se estaba resistiendo a los guardias de seguridad, ni qué pretendía realmente, o qué era aquello que necesitaba contarle tan urgentemente al bueno de Paul Simon. Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar hoy en día cualquier información fehaciente sobre su identidad o sus intenciones. Fuentes no contrastadas aseguran que el tipo sufría algún tipo de trastorno mental (aunque eso podría imaginárselo cualquiera) y que acabó ingresado en el ala psiquiátrica de Bellevue, el hospital al que fue trasladado precisamente el cuerpo sin vida de Lennon y en donde, más tarde, pasaría una temporada su asesino, Mark David Chapman. Otros pacientes ilustres de Bellevue fueron Eugene O’Neill, por una sobredosis con barbitúricos cuando tenía sólo 23 años; William S. Burroughs, tras amputarse un dedo para impresionar a un amante; su propia esposa, Joan Vollmer, al ser hallada años más tarde en la calle con un brote psicótico inducido por el consumo de anfetaminas (Burroughs acabaría finalmente volándole la cabeza a Vollmer con un revólver, en 1951, de forma accidental cuando supuestamente jugaban a imitar a Guillermo Tell); Norman Mailer, después de apuñalar en una fiesta a su mujer Adele Morales por haber cuestionado su talento como escritor; Delmore Schwartz, acusado de intentar estrangular a un periodista por una crítica negativa; Sylvia Plath, durante una de sus habituales crisis nerviosas; Edie Sedgwick, musa de Andy Warhol, con un largo historial de trastornos psíquicos (hereditarios, pues no fue la primera de su familia en pasar por Bellevue) y numerosas adicciones; o Valerie Solanas, tras tirotear a Warhol en la Factory a finales de los 60.

Fundado en 1736 inicialmente como un hospicio con apenas seis camas, Bellevue es el hospital público más antiguo de Estados Unidos. Situado en el 462 de la Primera Avenida, en el barrio neoyorquino de Kips Bay, durante siglos fue considerado uno de los sitios más terroríficos de la ciudad, un edificio al que iban a parar los más apestados de la sociedad (huérfanos, indigentes, perturbados, delincuentes, alcohólicos, drogadictos…) que a menudo acababan siendo sometidos a brutales tratamientos experimentales por parte de su personal médico, en unas condiciones sanitarias y de hacinamiento infrahumanas. «Pórtate bien o acabarás en Bellevue» decían las madres antaño para intimidar a sus hijos, pues aquél era un lugar en el que, si entrabas, tenías muchas papeletas de no volver a salir. Sean o no sean ciertas todas las leyendas que se cuentan, lo que es incuestionable es que el de Bellevue siempre fue considerado uno de los centros pioneros y de referencia en el tratamiento de enfermedades infecciosas en el país, desde su fundación y aún hoy en la actualidad. Alexander Anderson, que llegó al hospital en 1795 con 20 años recién cumplidos, está considerado el primer doctor del centro. Aunque aquello estaba ciertamente muy lejos de ser su mayor anhelo. Anderson siempre quiso ganarse la vida como grabador e ilustrador, y con sólo 12 años ya había hecho sus primeras incursiones artísticas, aunque sus padres acabaron obligándole a instruirse como médico. Llegó a Bellevue en el momento más crítico de la epidemia de fiebre amarilla que asolaba la ciudad. A pesar de la experiencia y reputación que ganaría en aquellos años, nada pudo hacer cuando un nuevo brote de la enfermedad acabó en 1798 con las vidas de su hijo recién nacido, su esposa, su hermano y sus padres. Pocos meses después presentaría su renuncia. Murió en 1870, a los 95 años de edad, después de haberse ganado el sobrenombre de “Primer ilustrador de América” o “Padre del grabado americano”, con más de 2.000 libros a sus espaldas.

No todas las historias que los muros de Bellevue podrían narrarnos, tras casi tres siglos de existencia, son tan dolorosamente dramáticas. Una de las más curiosas la protagonizó el ilustre espía Fritz Joubert Duquesne en mayo de 1919. Arrestado en 1917 en Nueva York acusado de ser un agente encubierto alemán, y reclamado por Reino Unido por una larga lista de asesinatos, sabotajes y crímenes contra la Corona, Duquesne fingió una parálisis en todo su cuerpo y acabó dando con sus huesos en Bellevue, a la espera de su extradición. Dos años consiguió mantener su farsa, hasta que pudo cortar los barrotes de su celda y, disfrazado de mujer, saltó los muros del recinto y logró escapar. Duquesne llegó hasta México y de allí partió hacia Europa, aunque acabaría regresando a Estados Unidos en los años 20 y sería detenido de nuevo en 1932 en Nueva York. Superviviente nato, con un largo historial de evasiones y cambios de identidad desde su estreno profesional en la Segunda Guerra Boer a finales del siglo XIX, Duquesne aún conseguiría librarse de esa y de otras muchas, llegando aún a trabajar para los Nazis en suelo norteamericano hasta su definitiva encarcelación en 1941.

El Hospital de Bellevue también aparecería retratado en el film “Días sin huella” de Billy Wilder, que narra las desventuras de un escritor arruinado física, moral y económicamente por su alcoholismo, y que ganaría en 1946 los Oscars a mejor película, mejor director, mejor guión adaptado y mejor actor principal para Ray Milland. Este último premio fue ciertamente merecido, aunque sólo fuese porque Milland, empeñado en comprender a su personaje, se prestó incluso a pasar una noche encerrado en el ala de los borrachos de Bellevue. Todo marchaba bien, o todo lo razonablemente bien que puede marchar en un lugar como aquél, hasta que a las 3 de la madrugada un nuevo paciente ingresó chillando y montando tal alboroto que todo el pabellón se dejó llevar por la histeria y se desencadenaron unos disturbios en los que el propio Milland fue asaltado. Vestido con el pijama del centro y descalzo, el actor logró escapar por una puerta entreabierta y salir a la calle, en donde trató infructuosamente de coger un taxi. Al final fue detenido por un agente de policía que, alertado por la insignia de Bellevue en su ropa, no creyó sus inverosímiles explicaciones y le llevó de nuevo al hospital, en donde le costó casi dos horas deshacer el entuerto. La cinta de Wilder es una adaptación de “The Lost Weekend”, la primera novela de Charles R. Jackson. En 1973 John Lennon se separó temporalmente de Yoko Ono e inició una relación sentimental con su asistente May Pang, una etapa de su vida que se prolongaría durante 18 meses y a la que el propio músico acabaría refiriéndose más adelante como su propio “Lost Weekend”. Tanto la cinta de Wilder como la novela de Jackson están consideradas uno de los mayores y más crudos alegatos contra el alcoholismo. Su argumento tiene muchos tintes autobiográficos del propio escritor. Jackson, que luchó durante prácticamente toda su vida contra su adicción a las pastillas y el alcohol, se vio marcado desde su juventud por un encuentro homosexual con un compañero de fraternidad que acabó siendo de dominio público, un episodio que él se encargaría de incluir en el libro pero que el director austríaco pasaría por alto en su película. Aunque aún publicaría cinco novelas más, ninguna se acercaría ni de lejos al éxito de su debut literario. Después de una recaída en su alcoholismo en 1952, Jackson intentó quitarse la vida y acabaría siendo internado durante cuatro meses, ironías del destino, en el Hospital de Bellevue. La familia, acuciada por sus problemas financieros, tuvo que trasladarse al pequeño pueblo de Sandy Hook, en Connecticut, tristemente conocido hoy en día por el tiroteo en la escuela primaria local que en 2012 se saldaría con la muerte de 28 personas, entre ellas el propio asaltante, su madre y 20 niños. A mediados de los años 50, Jackson regresó a Nueva York y alquiló un apartamento en el edificio Dakota, y en 1965 abandonó definitivamente a su mujer y a sus hijos para marcharse a vivir con su amante masculino. Tres años más tarde, cuando supuestamente estaba trabajando en una secuela de “The Lost Weekend” titulada “Farther and Wider”, se suicidó con una sobredosis de barbitúricos en el hospital neoyorquino de St. Vincent. Tenía 65 años.

No fue Charles R. Jackson sin embargo el escritor más popular, ni el más borracho, en perder la vida en el St. Vincent (un centro con mucha menos leyenda negra que el Bellevue) antes de su cierre definitivo y posterior demolición en 2010, después de más de siglo y medio prestando servicio a los vecinos de Greenwich Village. El 4 noviembre de 1953, después de varios días con sus noches bebiendo hasta casi desfallecer en la célebre White House Tavern (centro de reunión de personalidades como Jim Morrison, Hunter S. Thompson, Delmore Schwartz o Norman Mailer, por citar sólo unos pocos), como era su costumbre durante sus exitosas giras en la Gran Manzana, el poeta, novelista y dramaturgo galés Dylan Thomas se sintió tan enfermo que hubo de regresar a su habitación en el Hotel Chelsea, en donde cuentan que pronunciaría su última sentencia, «He bebido 18 vasos de whisky. Creo que es todo un récord», antes de colapsar. Fue ingresado de urgencia en la madrugada del día 5 en el St. Vincent, ya en coma. Cuando su mujer y madre de sus tres hijos, Caitlin, llegó al hospital tras volar desde Gales, sus primeras palabras fueron «¿Ha muerto ya ese maldito hombre?», antes de que le dejasen visitar a su inconsciente marido durante poco más de media hora. Esa misma tarde, Caitlin regresó al St. Vincent en un preocupante estado de embriaguez y, en un ataque de furia, se lanzó contra John Brinnin, el poeta que había llevado a Thomas a los Estados Unidos, amenazándole de muerte. Caitlin acabó en una camisa de fuerza y siendo enviada al psiquiátrico de River Crest, en Long Island. Su esposo murió el 9 de noviembre, después de varios días en coma, a los 39 años. El impacto de Dylan Thomas en la literatura de la primera mitad del siglo XX, y su influencia posterior en prácticamente todos los campos de la cultura, es incalculable. Suyo es el poema “No entres dócilmente en esa buena noche” que volvería a ganar notoriedad más de 60 años después de su muerte gracias a Christopher Nolan y su “Interstellar”. Se dice que un tal Robert Allen Zimmerman se rebautizó ‘Bob Dylan’ en su honor, se le ha mencionado o ha aparecido incluso como personaje en un sinfín de obras tan diversas como “Rayuela” de Julio Cortázar, el cómic “Predicador” de Garth Ennis y Steve Dillon,  un episodio de la serie de animación “Padre de familia” o la canción “A Simple Desultory Philippic (or How I Was Robert McNamara’d into Submission)”, escrita por Paul Simon e incluida en el tercer álbum de Simon & Garfunkel. Aunque la prueba más rotunda y definitiva de la inmortal fama de Dylan Thomas es que aparece en la portada del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles.

Otra celebridad, aunque de mucho menor renombre, que partiría hacia el otro barrio medio siglo después que Thomas en el hospital St. Vincent fue el segundo mayor actor fetiche en la carrera de Martin Scorsese, sólo por detrás de Robert De Niro y aún a día de hoy sin ser superado por Leonardo DiCaprio: Victor Argo. El intérprete estadounidense de origen puertorriqueño desempeñó en su juventud varios oficios trabajando en una imprenta, vendiendo joyas o conduciendo un taxi por Manhattan, antes de trasladarse a Nashville para probar fortuna como cantante y guitarrista de country. Tras regresar a Nueva York comenzó a actuar en los años 60 en pequeñas producciones del Off-Broadway, en donde conoció a Yoko Ono, participando en varias de sus performances. Su primer papel en el cine se lo dio Scorsese en 1972 en su segunda película, “El tren de Berta”, y volverían a repetir un año más tarde en “Malas calles” y hasta en cuatro películas más. Al tiempo que terminaba su relación profesional con Scorsese con “Historias de Nueva York”, Argo comenzaba una igualmente fructífera de la mano de Abel Ferrara, con el que rodaría también seis cintas, entre ellas la controvertida “Teniente corrupto”. Tanto “Malas calles” como “Teniente corrupto”, ambas protagonizadas por Harvey Keitel, incluyen en su banda sonora “Pledging My Love”, el mayor éxito de Johnny Ace, que igualmente ha aparecido en otros célebres films como “Christine” o “Regreso al futuro”.

“Pledging My Love”, que permaneció diez semanas en lo más alto de las listas de R&B de Estados Unidos tras la muerte de Ace, sería versionada en años posteriores por artistas de la talla de Percy Sledge, Jerry Lee Lewis, Diana Ross y Marvin Gaye, Roy Orbison, Emmylou Harris, Solomon Burke o Elvis Presley, que la incluyó en su último disco, “Moody Blue”, editado un mes antes de su muerte en agosto de 1977. Cuatro años más tarde el cantante y guitarrista de outlaw country David Allan Coe también la grabaría para su LP “Tennessee Whiskey”. Nacido en Akron, Ohio, en septiembre de 1939, el inimitable Allan Coe, cuyo cantante favorito de niño era Johnny Ace, conocería su primer reformatorio a la tierna edad de 9 años y se pasaría las dos décadas siguientes saltando de correccional en correccional, incluídos tres años en la Penitenciaría Estatal de Ohio. El mismísimo Screamin’ Jay Hawkins, con el que coincidió en prisión, le animaría a empezar a escribir sus propias canciones. Tras ser puesto en libertad en 1967, Allan Coe se movería a Nashville, en donde acabaría triunfando en aquello en lo que fracasó Victor Argo. Aunque los inicios no fueron nada fáciles, pues a su llegada pasó una larga temporada viviendo en un coche fúnebre que aparcó frente al Ryman Auditorium, para entonces la sede del Grand Ole Opry. En 1970, con su debut “Penitentiary Blues”, que incluía muchas de las canciones que compuso durante su estancia en la cárcel, arrancaría una carrera discográfica que casi medio siglo después incluye más de cuarenta álbumes de estudio y otros tantos recopilatorios.

Cuando a comienzos del nuevo milenio la banda de metal Pantera anunció su disolución, tres de sus cuatro miembros, los hermanos Dimebag Darrell, guitarrista, y Vinnie Paul, batería, y el bajista Rex Brown, los tres nacidos en Texas, unieron sus fuerzas a las de David Allan Coe para crear un insólito proyecto, el grupo de country metal Rebel Meets Rebel. Su disco de título homónimo, en el que también colabora Hank Williams III, vería la luz en 2006, cuando ya uno de sus miembros había fallecido. El 8 de diciembre de 2004, el mismo día en que se cumplía el 24º aniversario del asesinato de John Lennon, Dimebag y Vinnie se encontraban ofreciendo un concierto en la ciudad de Columbus, Ohio, con su nueva banda Damageplan, cuando un espectador saltó al escenario. A diferencia de aquel tipo que intentó abordar a Paul Simon en Central Park, esta vez sí conocimos la identidad, intenciones y destino del espontáneo. El ex marine Nathan Gale, de 25 años de edad, descargó cinco disparos a quemarropa contra Dimebag, que murió en el acto, y aún tuvo tiempo de cobrarse la vida de tres personas más, el fan local Nathan Bray, de sólo 23 años, un empleado del club, Erin Halk, y el guardia de seguridad de la banda Jeff ‘Mayhem’ Thompson. Los tres habían saltado al escenario para intentar proteger al guitarrista. También resultaron heridos el road manager Chris Paluska y el técnico de batería John Brooks, que además había sido tomado como rehén cuando el oficial James D. Niggemeyer, el primer policía en llegar a la sala, abatió a Gale de un disparo en la nuca, terminando con la masacre. No son pocos los artículos de prensa o entradas de blogs que suelen asociar las defunciones de Johnny Ace y Dimebag Darrell, junto a las de otros músicos caídos con las botas puestas durante un concierto, aunque el primero lo hiciera entre bastidores y el segundo sobre las tablas y en pleno recital. Otra diferencia fundamental es que, mientras el primero fue el responsable directo de su propia desgracia, el segundo fue una víctima inocente. Sí encontramos otra similitud, aparte de la fecha, con John Lennon, y es que ambos fueron asesinados por un presunto fan perturbado. Algunos espectadores testificaron que Gale reprochó a gritos a Dimebag ser el culpable de la ruptura de Pantera, antes de dispararle. Sus amigos reconocieron que el homicida era un gran seguidor de la banda, aunque también acusaba a Pantera de haberle robado algunas canciones que aseguraba haber escrito él. Ya en su etapa en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos comenzó a tomar medicación por sus problemas mentales, y con frecuencia se le podía ver paseando a un perro imaginario. El gran ídolo de Dimebag y su mayor influencia confesa, Eddie Van Halen, no sólo asistió a su funeral, sino que le regaló su Charvel Hybrid VH2 negra con rayas amarillas, la misma que aparece en la contraportada de “Van Halen II”. Era la guitarra de sus sueños y fue enterrado con ella. Su hermano Vinnie Paul aún encontró fuerzas para bromear: «Si Darrell hubiese sabido que Eddie Van Halen le iba a regalar su guitarra cuando muriera, habría dicho: ¡Mátenme ahora!».

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