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La cuarta temporada de «Homeland», ¿a favor o en contra?

29/12/2014

Homeland Season 4

(ALERTA SPOILER: No leer sin haber visto la cuarta temporada de “Homeland”)

A FAVOR – Jorge Luis García

Probablemente “Homeland” ya no volverá a figurar en los puestos de honor de las listas de lo mejor del año (no, ya adelantamos que tampoco en la de este blog, que la competencia es muy alta), pero la serie de Showtime ha hecho algo más importante en su cuarta temporada: salvarse a sí misma. Y el desafío no era sencillo, porque éramos muchos los que considerábamos que el recorrido de su historia terminaba en “The Star” (aunque es cierto que también pudo haberlo hecho mucho antes) y porque desconfiábamos, con razón, de que la serie (en realidad, cualquier serie) pudiera sobreponerse a la pérdida de su personaje protagonista. Aunque es innegable que su mejor momento ya pasó, “Homeland” no solo ha sido capaz de sobrevivir al envite, sino que nos ha proporcionado algunos de los momentos más vibrantes del último trimestre televisivo del año.

Explotada la complejidad moral y la ambigüedad psicológica que convirtió la primera temporada de la serie en uno de los productos más estimulantes de los últimos tiempos, Alex Gansa y Howard Gordon han optado por focalizar la acción en Islamabad (todo un acierto) y armar una alambicada trama de intrigas y espionaje con sabor a thriller clásico. En sus primeros compases de la tanda “Homeland” se movió con cierta parsimonia, como si todavía se sintiese insegura de cuál era el alcance real de sus fuerzas, jugando al despiste con un espectador que no alcanzaba a desentrañar exactamente qué había realmente en juego y abonando el terreno para lo que vendría después, pero cuando a mitad de temporada entró en ebullición (y eso ocurrió en el sexto capítulo, “From A to B and Back Again”, con una conclusión que era un todo un game changer) , la serie se convirtió en una montaña rusa de suspense, acción, giros argumentales y cliffhangers bien administrados en un constante crescendo hasta el undécimo episodio, “Krieg Nicht Lieb”. Leer más…

Joe Cocker y «Mad Dogs and Englishmen»: 58 días y 580 noches

22/12/2014

Joe Cocker mad dogs and Englishmen cover 2

 

(NOTA: Tristemente nos vemos obligados a rendir merecídisimo tributo a uno de los nuestros a causa de su fallecimiento. Hoy es el turno de Joe Cocker, un cantante soberano que aportó algunas de las interpretaciones más escalofriantes a eso que tanto nos gusta y se llama música. Recuperamos para ello un reciente post en el que analizábamos el que seguramente sea su mejor trabajo, aquel maravilloso disco llamado ‘Mad Dogs & Englishmen’, todo un trozo de arte y de vida que os invitamos a recordar si ya habéis gozado de él y a descubrir si no lo habéis hecho ya. Gracias por todo, Joe).

Probablemente nuestros lectores más jóvenes habrán arqueado las cejas y habrán pensado: «¿quién carajo es ese Joe Cocker del que habla hoy el Cadillac? No sería extraño, puesto que el último gran éxito de nuestro protagonista, esa versión parcialmente ‘reggae’ del ‘Summer in the City’ de Lovin’ Spoonful, data ya de 1994, ¡20 añazos! Seguramente, un treintañero medio le contestaría, con cierto aire de superioridad, que era un hombre barbudo de rasposa garganta que siempre gesticulaba mucho al cantar y al que le debemos ‘hitazos’ como la canción oficial de los bares de striptease, ‘You Can Leave Your Hat On’, una versión del gran Randy Newman que explotó al estar incluido en el tan ochentero filme ‘Nueve semanas y media’, o ‘Unchain my Heart’. Ese hombre que era un habitual de los programas de variedades hispanos de los sábados por la noche, formando junto a Bonnie Rait la particular cuota ‘rockera’ de aquellos espacios. Los que ya van por los cuarenta, con un aún mayor grado de altivez, apuntaran que era el que cantaba, junto a Jennifer Warnes, el tema central de la generacional ‘Oficial y caballero’, aquel baladón letal que era ‘Up where we belong’. Los más avispados de estos dos últimos grupos, con la autoestima ya lindando con la estratosfera, asegurarán que suya era la gloriosa versión de la ‘With a Little Help from my Friends’ beatleiana que abría cada capítulo de la añorada serie ‘Aquellos maravillosos años’.  Solo los más adictos de la música, premios Nobel en eso de quererse a sí mismos, tirarán de esta última canción para glosar la excelencia de la carrera de Cocker entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, una volcánica garganta británica especialista en colorear temas ajenos con acertadas pinceladas de soul, blues y rock y autor de unas cuantas grandes obras, entre ellas la que nos ocupa, ‘Mad Dogs & Englishmen’, definitivamente una de las más grandes obras maestras en directo de la historia del rock.

Los por aquel entonces fundamentales discos en vivo solían ser la guinda a una época especialmente inspirada de un grupo, el accésit que les daba un hueco en la historia, el premio a toda una trayectoria. Solo unos pocos (me acuerdo ahora, entre ellos, de los conciertos carcelarios de Johnny Cash) se dedicaban a documentar una época o hecho muy concreto de la carrera de un artista. Gracias a estos último quedaron grabados para la posteridad momentos irrepetibles y pocos momentos son tan irrepetibles como el que recoge ‘Mad Dogs & Englishmen’. Cocker se estaba tomando en Jamaica un tiempo de merecido relax allá por 1970 después de haber saboreado por primera vez las mieles del gran éxito el año anterior gracias a la edición de su disco ‘With a Little Help from my Friends’ (sí, acertásteis, aquel que incluía la famosa versión) y tomar al asalto festivales tan míticos como Woodstock. De repente, una llamada le interrumpió su dieta diaria de margaritas y buena hierba. Su ‘management’ había cerrado una gira americana inminente y tenía que ponerse en marcha rápidamente. Cansado de los conciertos y decidido a repensar su trayectoria tras un agotador año, Cocker aceptó a regañadientes la oferta ante la fulminante amenaza de que si no respondía afirmativamente se le iban a cerrar las puertas de EE.UU durante un buen tiempo. Leer más…

“Sons of Anarchy”: todo queda en familia

12/12/2014

Sons of Anarchy - Season 7 - The Reaper (1)

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer, y cuidadito con las fotos, sin haber visto hasta el último capítulo de la séptima y última temporada, “Pappa’s Goods”)

Ya está. Se acabó. Otra que se nos fue. Es ley de vida, y en realidad ahí radica la gracia. Las series empiezan y terminan. Unas antes, otras más tarde. Algunas lo hacen prematuramente, cuando da la sensación de que aún podrían seguir dando más de una alegría a sus seguidores, hay casos en cambio en los que se van en el momento justo, y también esos otros en los que hubiese sido deseable una despedida más temprana. Hay desenlaces muy satisfactorios, algunos incluso memorables, aquéllos que son capaces de generar encontrados debates durante lustros y décadas, otros que se quedan en simplemente aceptables, y por último esos que más o menos mayoritariamente nos indignan y nos dejan cabreados por los siglos de los siglos. En cualquier caso, en apenas tres años a los mandos de este blog nos ha tocado enfrentarnos a las despedidas definitivas de no pocas de nuestras series favoritas, o series que al menos, en algún momento u otro, fueron lo suficientemente importantes para nosotros como para mantenernos fieles a ellas hasta el final: cito, más o menos cronológicamente, “Weeds”, “Fringe”, “Dexter”, “Breaking Bad”, “Treme”, “Cómo conocí a vuestra madre”, “Californication”, “True Blood” o “Boardwalk Empire”. Sin olvidarnos de otras que no tardarán en marcharse: “The Newsroom” (a la que también vimos nacer) de forma inminente, “Justified” y “Mad Men” a comienzos del año próximo… Por supuesto que hay relevo, y unas cuantas veteranas están decididas a seguir dando guerra, en mejor o peor estado de forma, pero muchas de las mencionadas son, o lo fueron en algún momento, irremplazables.

Irremplazable es y será siempre, para un servidor y unos cuantos millones de seguidores en todo el mundo, “Sons of Anarchy”. También la englobaría en la categoría de aquéllas que supieron irse cuando tenían que hacerlo, ni antes ni después, y lo hicieron con un final a la altura de su grandeza. Por supuesto, cada espectador es un mundo y habrá quien pueda o no estar de acuerdo, pero a mí me cuesta imaginar un fan de la serie que no haya quedado como mínimo razonablemente satisfecho con su séptima y última temporada en general, y su ‘series finale’ en particular. Pocos shows han sido más fieles a sí mismos, a su propuesta y planteamientos iniciales, sus indisimuladas pretensiones, su tono, su lenguaje, su estética e incluso sus errores y debilidades, que el protagonizado por los moteros de Charming. Por eso, me atrevo incluso a afirmar que, a aquellos que pudieron iniciar el viaje pero se bajaron por el camino, y también a algunos blogueros que llegaron a alabarla en un principio para acabar echando pestes sobre ella más adelante, nunca les gustó realmente, o no lo suficiente como para estar dispuestos a disfrutarla (y sufrirla) durante 92 episodios. Sí, “Sons of Anarchy” ha sido “Sons of Anarchy” hasta el final, para bien y para mal, y su desenlace ha sido como mínimo consecuente con todo lo visto anteriormente. Perfecto no, pero sí épico. Mogollón de épico. Épico a dolor. Leer más…

«Magia a la luz de la Luna»: Deliciosa como la brisa de la Costa Azul

05/12/2014

Magia a la luz de la Luna Colin Firth Emma Stone

Decíamos ayer, que diría el otro, cuando comentábamos la notable ‘Blue Jasmine’, que en los últimos años los seguidores de Woody Allen nos hallamos ante cada nueva película suya con una moneda al aire (o mejor, en el caso del neoyorquino, ante una pelota de tenis en la red de ‘Match Point’). Lejos ya de la asombrosa regularidad que exhibió durante la mayor parte de su carrera, las nuevas obras del autor de ‘Zelig’ nos pueden salir por cualquier lado y eso provoca la angustia que nos reconcome ante cada inminente estreno. Cuando supimos que su flamante ‘Magia a la luz de la Luna’ estaba ambientada en Francia en los años 20 nos invadió una sensación ambivalente: por un lado nos  remitía indudablemente al último gol por la escuadra de Allen, ‘Midnight in Paris’; por el otro, no podíamos dejar de pensar que Europa había sido el escenario de sus dos grandes borrones: ‘Vicky Cristina Barcelona’ y ‘A Roma con amor’.

Una vez superada la secuencia inicial, de engañosos recuerdos a aquella divertídisima ‘La maldición del Escorpión de Jade’, nos vamos adentrando paulatinamente en una trama en la que un aclamado ilusionista se despoja de su ‘alter ego’ artístico, Wei Ling Soo, para acudir a la llamada de un viejo colega e intentar desenmascarar a una joven y bella vidente cuya buena fama se está expandiendo rápidamente por el acaudalado entorno de la Costa Azul. Y, poco a poco, entre ingeniosas réplicas y contrarréplicas sobre el existencialista asunto de fondo de la existencia o no de lo sobrenatural, maravillosos escenarios perfectamente ambientados -excelente la dirección artística- y hondanadas de mala leche hacia el millonario heredero que pretende casarse con la vidente (¡épicas esas serenatas al ukelele!), vamos comprobando que todo fluye perfectamente, que la risa aparece con frecuencia y que, en definitiva, nos hallamos en ese estado tan reconocible, tan confortable, tan placentero, tan delicioso al que Woody nos ha sabido transportar tantas veces. Leer más…

«The Walking Dead», fiel a sí misma

03/12/2014

The Walking Dead Season 5-promo

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el octavo episodio de la quinta temporada de la serie “The Walking Dead”)

Son tan caudalosos los ríos de tinta que hace correr cada año “The Walking Dead”, sobre todo entre fanáticos incondicionales y fanáticos que la odian pero ahí siguen, que a veces nos olvidamos de que este show ya va por su quinta temporada, y no hay tantas series mainstream, de vocación mayoritaria y de entretenimiento (exceptuemos sitcoms), que puedan llegar a esas alturas sin haber emitido claros síntomas de agotamiento creativo, o habiéndose convertido en otra cosa distinta (y peor) a la que eran en un principio. No vamos a proclamar que “TWD” se encuentra en el mejor momento de su historia porque, al fin y al cabo, cada vez es más difícil sorprender y evitar la repetición de esquemas, pero definitivamente aún puede seguir mirando por encima del hombro a la mayoría de productos televisivos que compiten en su liga. El caso de “TWD” es un tanto inclasificable, pues si bien es el producto de ficción más visto de la historia de la TV por cable (“Coda”, el octavo capítulo capítulo de esta tanda, ha batido un nuevo record de espectadores para una midseason finale), también es cierto que se resiste a ser un mero pasatiempo hueco o a entregarse por completo a la fórmula del “corre que te pillo” habitual en el género zombi (y que sospecho que es lo que muchos espectadores desearían). Hay una cierta pretensión de trascendencia en “TWD”, de reflexionar con sequedad y aspereza sobre la naturaleza humana y cómo el individuo reacciona ante una situación desesperada que le supera holgadamente. La premisa hobbesiana de que “el hombre es un lobo para el hombre” ha estado siempre presente en el temario de la serie de la AMC, y aunque no ha sido ni el primer ni el único producto zombi en profundizar en esa idea, probablemente sí sea, junto al cómic homólogo de Robert Kirkman, el que más y mejor ha hablado de ello.

Pero también es cierto que pese a ese perfume de qualité, siempre desolador, que impregna sus momentos más sobresalientes, “TWD” no es una serie consistente. Siempre le ha costado mantener un gran nivel durante una temporada entera, y a algunos de sus defensores siempre nos ha dado un poco de rabia esa distancia que hay –me parafraseo- “entre lo que la serie es, que no es poco, y lo que nos gustaría que fuese siempre”. En ese sentido, en esta primera mitad de la quinta temporada “TWD” sigue siendo fiel a sí misma, y a las bases que el actual showrunner Scott M.Gimple empezó a sentar en la tanda anterior. Se siguen alternando instantes devastadores y escalofriantes, en los que los límites de lo políticamente correcto saltan por los aires, con otros fallidos o intrascendentes. Leer más…

“Rock or Bust” de AC/DC: ¡cómo no te voy a querer!

01/12/2014

AC/DC - Rock or Bust

Entre abril de 2009 y junio de 2010, un servidor asistió a cuatro conciertos de AC/DC: en el Palacio de los Deportes de Madrid, el BEC de Barakaldo, el Vicente Calderón, de nuevo en la capital española, y el Estadio Olímpico de Sevilla. Así que podría decirse que sí, que vale, que me tragué cuatro veces el mismo show, con un set-list casi inalterable (canción arriba, canción abajo), idéntico montaje, escenografía y trucos, e incluso los mismos tics y guiños a la audiencia, calcados noche tras noche (ese Brian Johnson repitiendo SIEMPRE lo de «We’re going to do something SPECIAL for you tonight»… para dar paso a “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, un tema que lleva siglos en su repertorio). Pero, ¿saben qué? Ojalá hubiese podido ir a ocho, o doce fechas de aquella gira, porque gocé y saboreé cada minuto. Creo que hay pocas cosas que consigan emocionarme más y hacerme sentir más pleno que compartir junto a otras 20.000 o 60.000 personas la energía que desprenden los australianos mientras interpretan “You Shook Me All Night Long”. Hay otros momentos grandiosos, por supuesto, pero durante esos cuatro minutos en concreto todo es, sencillamente, perfecto. Cómo podría cansarme de algo así. Y es que AC/DC son el único grupo que hace que vaya a cada uno de sus conciertos con la ilusión y el hambre de la primera vez, pero también con la necesidad de exprimir cada instante por si acaso es la última. Así que imaginen mi desazón cuando, en abril de este mismo año, se corrió el rumor de que la trayectoria de la banda había llegado a su fin por la enfermedad de su fundador, Malcolm Young. El grupo enseguida se apresuró a desmentirlo, pero la realidad no dejaba de ser terrible: el guitarrista, aquejado de demencia, se veía obligado a abandonar el barco, y sus compañeros seguirían adelante sin él.

Yo nunca me creí eso de que AC/DC había hecho un pacto para dejarlo si alguno de sus miembros tenía que retirarse, como apuntaron entonces algunos medios y más tarde se reveló falso. Eso sí, jamás imaginé que la banda pudiese sobrevivir sin Malcolm. ¿Sin el bajista Cliff Williams o el batería Phil Rudd? Puede. Pero sin Angus Young, el vocalista Brian Johnson (ya a estas alturas) o Malcolm, el auténtico líder, motor, compositor de muchos de sus legendarios riffs y artífice de su sonido… imposible. Ahora sé que, por suerte, estaba equivocado. Angus es el corazón, el fuego, la garra, el espectáculo máximo en estado puro y la imagen más icónica de AC/DC, pero Malcolm siempre ha sido, casi escondido al fondo del escenario, el cerebro y el alma (sí, ambas cosas) de los australianos, aunque yo personalmente también pudiese fliparlo observando su actitud y sus precisos movimientos durante los conciertos, más un soldado del rock que un simple guitarrista. También creo que, si no hubiese estado su sobrino Stevie Young para acudir al rescate del grupo, es probable que no estuviésemos ahora donde estamos, pues el recelo, la cerrazón y la cohesión del clan Young con todo lo que tiene que ver con AC/DC son de sobra conocidos por todos. La banda se ha enfrentado así al momento más difícil, doloroso y traumático en sus 40 años de historia, tanto o más que cuando perdieron a Bon Scott en 1980. Este “Rock or Bust” se antoja por tanto, en muchos sentidos aunque salvando las distancias, tan trascendente y decisivo para ellos como lo fue en su momento “Back in Black”. Entonces trataban de confirmar que no sólo podían continuar sin su inigualable primer vocalista, sino que eran capaces de llegar al más alto nivel, algo que lograron con creces entregando el tercer LP más vendido de la historia. Ahora, ya convertidos en leyendas eternas del rock, necesitan demostrar que su permanencia tiene sentido y es necesaria, y aún son capaces de facturar material a la altura de su extraordinario legado. Leer más…

«My favourite faded fantasy»: la extrema y gratificante tristeza de Damien Rice

26/11/2014

my favourite faded fantasy

Hay discos que deberían de traer un prospecto en el que se advirtiera de sus posibles efectos secundarios, o al menos en el que se alertara de un potencial peligro derivado de la escucha continuada de las canciones que contiene. Algo así sucede con Damien Rice, un extraordinario artista, un estremecedor cantante, un genial compositor, pero del que conviene no abusar. La extrema tristeza que desprenden sus temas puede sumergirte en una espiral de nefastas consecuencias. Sin embargo, qué maravillosa es la devastadora sensación de, en plena crisis sentimental, existencial o de lo que sea, encontrarse con una banda sonora que acompañe e incluso ahonde en esa oscuridad. Qué bien nos sentimos cuando nos sentimos mal. Masoquismo hedonista quizás. Pero que no se nos vaya de las manos. Y parece que Damien Rice lo sabe y, así, esparce sus trabajos con el suficiente tiempo de por medio para no producir sobredosis.

Damien Rice es un irlandés que, después de abandonar el grupo Juniper por desavenencias artísticas, alcanzó la fama en 2002 con su primer disco en solitario, «O», en el que se encontraba la escalofriante «The Blower’s Daughter», una de esas canciones que traspasan a su autor, que se quedan flotando para el resto de los tiempos, que muchas veces no se sabe bien con qué relacionarlas pero que son reconocibles desde sus primeros acordes, embargándonos de una indescriptible sensación, de algo así como un «ésta es de las que me tocan». Todo el álbum estaba impregnado de una abrumadora melancolía, de una tristeza que sólo encontraba algo de luz cuando entraba la voz de Lisa Hannigan, su pareja sentimental por aquel entonces, una voz dulce que aportaba el perfecto contrapunto al tono agudo, roto y casi de falsete en ocasiones de un cantante a punto de desquebrajarse. «Delicate» era otra de las canciones destacadas, una (otra) tremenda balada que estallaba en su delicioso estribillo. Y en ese tono se movía todo el disco, cortes a flor de piel, abrazados en arreglos orquestales en ciertas ocasiones, desnudos otras veces, pero con el dolor impregnándolo todo, hasta reventar en la postrera «I remember», donde todo saltaba por los aires en un arrebato de furia que conseguía dejarte con miedo pero con ganas de volver a darle al play, si bien se retomaba algo de aliento con «Eskimo». Como ya se ha señalado, el disco resultó un gran éxito de ventas y críticas. Un EP en directo y un trabajo de rarezas sirvieron para calmar relativamente las ganas de saber si el tipo este era flor de un día o simplemente si había sobrevivido a tanto pesar. En 2006 editó «9» insistiendo en la fórmula, con menos pegada, menos repercusión y ligeros sintomas de sospecha. Y desde entonces no se habían tenido noticias suyas, y cuando ya casi se le tenía perdido para la causa, en el otoño de este 2014 (no podía ser en otra estación del año) nos llega «My favourite faded fantasy», y volvemos a disfrutarlo/sufrirlo como hace una docena de años hicimos con el ya lejano «O».

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«La ignorancia de la sangre»: La excepción que, por fortuna, confirma la regla

25/11/2014

La ignorancia de la sangre Juan Diego Botto Cuca Escribano

El cine español vive un 2014 de fábula. Si en la primera mitad del año ya logró salvar la temida ‘cuota de taquilla’ con el inenarrable fenómeno acontecido alrededor de esa comedia tan simpática como olvidable llamada ‘Ocho apellidos vascos’, tras el verano la cinematografía patria ha presenciado la irrupción de una selecta terna de grandes y originales títulos que harán de la próxima edición de los Premios Goya una de las más interesantes de lo que va de siglo. Entre estas elegidas, destacan especialmente, por lograr congraciar a público y crítica, dos ‘thrillers’ que suponían las grandes apuestas de los dos grupos mediáticos que prácticamente monopolizan los últimos éxitos nacionales. Dos obras originales y de plena factura internacional que confirmaron el apogeo de un género hasta ahora bastante descuidado por el cine español, si exceptuamos obras maestras como ‘Muerte de un ciclista’, y que consiguieron todo lo que muchos veníamos pidiendo desde hace años en esta industria en perpetua crisis.

‘El niño’, lanzada por una gigantesca campaña de Mediaset, supuso un duro examen pasado con nota por Daniel Monzón tras arrasar con ‘Celda 211’. Ambientada en ese paraíso delictivo que es el estrecho de Gibraltar y sus alrededores, increíblemente infrautilizado en el cine español, ‘El niño’ logra ser vibrante durante todo su extenso metraje, tiene una potencia visual apabullante (tremenda la secuencia del helicóptero) y ofrece un paradójico e interesante diálogo entre sus dos tramas paralelas: el entusiasmo  de los jóvenes y advenedizos traficantes y el hartazgo vital de unos policías que lidian cual Sísifo y su roca con las innumerables redes criminales del entorno. El progresivo desequilibrio de interés entre las dos, claramente a favor de la policial,  no impide que ‘El niño’ sea uno de los mejores productos comerciales de la cinematografía española reciente, aunque echemos algo de menos la originalidad y la potencia de aquella ‘Celda 211’. Leer más…