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“Sons of Anarchy”: héroes caídos

12/12/2012

SonsOfAnarchyJax&Opie

(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el último capítulo de la quinta temporada… A ver, en serio, esto significa que si no has visto la serie hasta ese capítulo en cuestión, insistimos, el número 13 de esa quinta temporada, probablemente no querrás seguir leyendo esto, y si lo haces será exclusivamente bajo tu responsabilidad. Sí, ya sé que parece obvio, pero por lo que nos hemos encontrado en post anteriores, a algunos aún les cuesta entenderlo. ¡Avisadísimos estáis, pues!)

Kurt Sutter es el creador y productor ejecutivo, o ‘showrunner’, de “Sons of Anarchy. Al igual que sucede con Matthew Weiner y “Mad Men” y con Vince Gilligan y “Breaking Bad”, en realidad podemos decir que Kurt Sutter ES “Sons of Anarchy”. Él es el amo y señor, el que pincha y corta, sobre el que recaen todas las decisiones y la responsabilidad, el que se encarga de escribir casi todos los capítulos y de dirigir, siempre, como un ritual, los finales de temporada, que en el caso de esta serie suelen ser megaclimáticos. Pero también Sutter se viene dando el capricho de interpretar esporádicamente a Otto ‘Big Otto’ Delaney, un miembro de SAMCRO encerrado en la prisión de Stockton. Con la cantidad de cosas que les suceden por temporada, incluso por capítulo, a los habitantes de Charming, uno podría pensar que las peripecias de un tipo que lleva más de diez años encarcelado no pueden dar para mucho, pero nada más lejos de la realidad. Sólo desde la primera vez que le vimos, en el quinto episodio de la primera temporada de la serie, “Giving Back”, y siempre por algún motivo relacionado con el club motero de sus amores, el ‘bueno’ de Otto ha matado a sangre fría a tres personas, ha sufrido la muerte de su amadísima esposa, ha encajado más palizas de las que somos capaces de recordar, ha perdido el ojo derecho y el 90% de la visión en el izquierdo, se ha arrancado su propia lengua a mordiscos y ha visto como su sentencia inicial de seis años de cárcel ha ido aumentando hasta los 30… y ha acabado convirtiéndose en una condena a muerte.

Recordar el calvario del pobre Otto viene a cuento porque podría funcionar perfectamente como metáfora de lo que es ahora mismo “Sons of Anarchy”. O del punto dramático en el que nos encontramos. Las tragedias se acumulan, la oscuridad y el dolor comienzan a devorarlo todo y cada vez quedan menos cosas por las que luchar, y también menos cosas que perder porque ya nos hemos dejado mucho, muchísimo, por el camino. Y empezamos a vislumbrar que el final está más cerca que lejos. No sabemos cuántas partes de su cuerpo logrará conservar ‘Big Otto’ cuando le llegue ese momento que tanto ansía, cuando por fin pueda descansar en paz, pero lo que sí es seguro es que a “Sons of Anarchy” le quedan sólo dos temporadas de vida. 26 capítulos, quizás alguno más de propina, y muy pocas esperanzas, por no decir ninguna, de que el desenlace sea mínimamente feliz. Leer más…

El cine del siglo XXI (X): «El Señor de los Anillos»

11/12/2012

Lord of the Rings_Trilogy Poster

“El Señor de los Anillos” es, ante todo, el sueño de un loco, la catedral megalómana de un visionario, el monumental desafío de un romántico idealista.  Probablemente el neocelandés Peter Jackson no era del todo consciente cuando se le ocurrió llevar al cine la idolatrada obra maestra de John Ronald Reuel Tolkien de los obstáculos aparentemente insalvables que se iba a encontrar en su camino. Tenía por delante la ingente tarea de adaptar un texto inabarcable (y no solo por sus más de 1.000 páginas), labor en la que ya había fracasado Ralph Bakshi con su inacabada versión animada de 1978, y, no menos importante, iba a tener encima las miradas escrutadoras de miles de devotos del libro que no iban a perdonar una sola traición a la palabra de Tolkien. Por otro lado, su curriculum, en el que destacaban varias piezas icónicas del horror más gore (“Bad taste”,“Braindead”) y la singular e hipersensible “Criaturas celestiales”, no parecía ser suficiente aval para responsabilizarse de una superproducción tan titánica y, para colmo, el cine de fantasía medieval a principios del siglo XXI estaba tan muerto como el hair-metal desde que en los 80 viviese sus años de esplendor.

Pese a todo, Jackson se embarcó en un proyecto de dimensiones faraónicas que probablemente en unas manos menos apasionadas y en una voluntad menos férrea habría acabado inevitablemente en un rotundo fracaso. Siete años de preparación, 300 millones de presupuesto ( financiado principalmente por New Line, que desde el principio apostó fuerte por la empresa); un pionero y osado plan de rodaje según el cual se rodarían las tres partes –“La Comunidad del Anillo” (2001), “Las Dos Torres” (2002) y “El Retorno del Rey” (2003)- de modo simultáneo en un periodo de un año y medio;  2.400 técnicos contratados; una empresa de efectos especiales neozelandesa, Weta, dispuesta  a reventar el dominio ejercido durante lustros en el sector por Industrial Light & Magic; y un comprometido reparto que conjugaba hábilmente caras famosas con auténticos desconocidos, fueron algunos de los ingredientes necesarios para elaborar un cóctel explosivo, espectacular y emocionante que marcaría a fuego el cine de evasión del siglo XXI y que se convertiría en el “Star Wars” de una nueva generación, un producto destinado a perdurar por muchos años en la memoria de cientos de miles de aficionados al género fantástico. Leer más…

‘Una pistola en cada mano’: el hombre ante el espejo

10/12/2012

Una pistola en cada mano

Los cineastas siempre acaban introduciendo gotas de su vida personal, de lo que piensan en el momento de hacer una película. A algunos hay que leerles entre líneas, entre muchas líneas, en obras en principio muy ajenas a ellos en su origen. Ante otros hay que desentrañar un jeroglífico nivel experto para husmear entre su intimidad en opacas obras de ciencia ficción. Sin embargo, hay unos pocos que nos dan el trabajo casi hecho. Este es el caso de Cesc Gay, el notable realizador barcelonés que nos ha proporcionado con una transparencia meridiana las claves de su pensamiento a lo largo de su filmografía. Trazos de su adolescencia se podían inspeccionar en ‘Krampack’, así como retazos de su madurez se dejaban sentir en ‘Ficción’ o ‘V.O.S.’, pero sin duda la que lo dejaba más claro era ‘En la ciudad’, un rico fresco que describía lo que vivían los treintañeros  de la Ciudad Condal como él allá a principios de siglo. Casi diez años después, Gay nos propone una especie de continuación, ahora poniendo la lupa sobre los que han superado los cuarenta en ‘Una pistola en cada mano’.

Poco original es el planteamiento del filme. Cinco pequeñas historias inconexas, a modo de recopilación de cortometrajes, coronado por una coda que acaba conectando a los distintos personajes. Nada nuevo bajo el sol, nada que no hayamos visto repetidas veces en los últimos años en filmes como ‘New York, I Love you’, ’18 comidas’, ‘7 días en La Habana’, la misma ‘En la ciudad’ y en las películas del autor al que veo mayor parecido con Gay, el Rodrigo García de ‘Cosas que diría con solo mirarla’ y ‘Nueve vidas’. Sin embargo, hay un importante matiz que le da todo su significado a ‘Una pistola en cada mano’: todas sus historias están protagonizadas por hombres. Ese animal en clara devaluación social, ese animal que no es capaz de encontrar su sitio en el mundo actual, ese animal que cuando pasan los años no hace más que mirar hacia atrás. Porque si tú, lector, eres varón, piénsate muy seriamente el ver este filme. Lo mejor es verlo solo; visionarlo en presencia de tu pareja puede resultar contraproducente y tener inesperados efectos secundarios. Mucho más si ya estás en los 40.

Gay no varía lo que ya es su libro de estilo. Una apuesta por la cotidianidad, por el realismo, pero siempre eligiendo situaciones que retratan a sus personajes y suponen un punto de inflexión para ellos. La amargura y, sobre todo, el desengaño vital no exento de situaciones humorísticas es el nexo común de unas historias, cuyo gran atractivo y corto tiempo de rodaje han supuesto una telaraña imposible de eludir para gran parte de lo mejor del ‘star system’ español -ahí tenemos a Luis Tosar, Eduard Fernández, Leonor Watling, Javier Cámara, Alberto San Juan, Jordi Mollá, Eduardo Noriega, Candela Peña, Cayetana Guillén Cuervo y Clara Segura– , junto a dos grandes ‘guest stars’ latinoamericanas, Ricardo Darín y Leonardo Sbaraglia. Un director competente y cercano a su generación y un reparto casi histórico parecen garantía segura de una gran tarde de cine. Leer más…

‘Love you live’ (I): Tori Amos ‘Live at Montreux’

07/12/2012

Cada vez que pensamos en álbumes en directo nos vienen a la cabeza, inevitablemente, títulos como ‘Live After Death’, ‘Live at Leeds’, ‘Strangers in the Night’, ‘Live at Fillmore’, ‘Live Bottleg’, ‘Made in Japan’ o cualquiera de las maravillas que se agolpan en miles de especiales de revistas, libros especializados y blogs. No es extraño, los álbumes en directo fueron unos de los grandes protagonistas de la era dorada del rock, recogiendo esa herencia que ya provenía del jazz y del blues y convirtiéndola en asignatura obligada para las bandas, una especie de examen de acceso para comprobar si les correspondía un hueco entre las grandes de la Historia, además de una oportunidad única de ver cómo se las apañaban en concierto los grupos que escuchábamos sin parar en nuestra habitación y que, sabíamos, no pasarían cerca de nuestras casas.

Sin embargo, desde los años 90 los ‘live albums’ han ido perdiendo casi toda su relevancia. Los grupos alternativos que mandaron en aquella década no eran muy aficionados a mostrar sus virtudes en directo y, posteriormente, con el nuevo siglo, la existencia de You Tubes y descargas varias acabaron prácticamente con este formato, reduciéndolo a acompañamiento de DVD’s o a bonus de reediciones cuando no había otro material con el que completar el pack en cuestión. El hecho de que cualquier habitante de Calasparra pueda ver apenas unas horas después cómo ha sido el último concierto en el Madison Square Garden de su banda favorita ha pulverizado el misterio y la razón de ser de estos discos. No obstante, aún hay bandas dispuestas a no dejar morir este formato y siguen lanzando esporádicamente grandes documentos en vivo. Es en honor a ellos que desde El Cadillac Negro queremos recordar aquellos discos en directo del siglo XXI (queremos decir, publicados en este periodo, aunque el concierto o conciertos en cuestión sean anteriores) que nos han hecho reverdecer gratos recuerdos pasados y que han pasado prácticamente inadvertidos en estos años del reinado de la tecla y el ratón. Comenzamos, de este modo, una serie que esperemos os ayude a recordar o a descubrir la magia de los ‘live albums’. ¡Arrancamos!

La carrera de la cantante estadounidense Tori Amos se ha estabilizado de tal forma en la última década y pico, con álbumes tan buenos como escasos de sorpresas, que sus fans hemos ido entrando en un agradable y complaciente letargo. Por eso vino tan bien que en 2008 Eagle decidiera lanzar ‘Live at Montreux’, un disco que recogía las actuaciones en el famoso festival suizo de jazz en 1991 y en 1992. De pronto, nos hizo recordar la magia, la garra y todo el caudal de emociones que nos hizo sentir la virtuosa pelirroja en sus comienzos. Y lo que perdimos por el camino. Leer más…

“Boardwalk Empire” y los monstruos

05/12/2012

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(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el último capítulo de la tercera temporada)

Cuando alguien me pregunta, y ya me ha ocurrido unas cuantas veces, qué tal está “Boardwalk Empire”, creedme que nunca sé muy bien qué responder. Si el verdadero sentido de la pregunta fuese si me parece una buena o una mala serie, no tardaría ni medio segundo en contestar que, para mí, “Boardwalk Empire” es cojonuda. O cojonudísima. Pero lo que en realidad la gente suele esperar es que les digas si les recomiendas que la vean o no, y ahí ya me asaltan, y mucho, las dudas. Algunos incluso ya han visto tres o cuatro capítulos, aún no están del todo convencidos y vienen y te preguntan si merece la pena seguir dándole más oportunidades… Cuestión peliaguda, que yo al menos difícilmente podría resolver, puesto que la serie ambientada en Atlantic City en los años de la Ley Seca es actualmente una de mis preferidas y, aún así, entiendo que haya gente a la que no le guste tanto, o incluso a la que no le guste en absoluto.

No me siento del todo cómodo teniendo que recurrir a mencionar eso de los ‘paladares exquisitos’, ni asegurando que algo ‘no es apto para todo el mundo’, pues creo que se corre el riesgo de caer en el elitismo, el complejo de superioridad, incluso el esnobismo, y a mí al menos eso no me mola nada. Es cierto que, y no es casualidad que sea una serie de la HBO, con “Boardwalk Empire” todo apunta a que sus creadores siguen la máxima de David Simon, uno de los gurús de la cadena: «que se joda el espectador medio». Yo por mi parte casi preferiría hablar de ‘sensibilidades’ o, casi mejor, ‘afinidades’. Cada persona es un mundo, y por qué a unos les gustan unas cosas y a otros otras resulta indescifrable. A mí, por ejemplo, me encanta la ciencia ficción, pero nada comparable con la pasión que siente mi hermano, mientras que mi padre pasa olímpicamente del tema. Se me ocurre ahora que “Los Soprano”, “The Wire” y “Deadwood” probablemente sean las tres mejores series, con permiso de “A dos metros bajo tierra” y no necesariamente en ese orden, que se han emitido en esta gloriosa cadena, al menos en mi humilde opinión, pero aún así no me ofenderé si hay alguien que piensa que son infumables. Pues muy bien. “Boardwalk Empire”, en cualquier caso, formaría parte del selecto club integrado por las series antes mencionadas, y al menos es a ese tipo de público al que va dirigida. Y aún así, añade una complicación más, pues la serie creada por Terence Winter y co-producida por Martin Scorsese es cada vez más densa, sombría y fúnebre, y está protagonizada además por un monstruo con el que cada vez nos cuesta más empatizar… o mejor dicho, está poblada por decenas de seres monstruosos, aunque uno de ellos destaca sobre todos los demás. La prueba de ello la hemos tenido en la oscurísima tercera temporada que, el pasado domingo, llegó a su fin con el capítulo “Margate Sands”.  Leer más…

«The Walking Dead», pisando fuerte

03/12/2012

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(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el octavo capítulo de la tercera temporada)

Le ha costado tiempo, concretamente dos temporadas irregulares en las que se alternaron una de cal y otra de arena, algunos momentos brillantes y otros más dubitativos, y muchas trifulcas entre seguidores y detractores, pero al final, en su tercera temporada, “The Walking Dead” se ha convertido definitivamente en la serie que (casi) todos pensábamos que podía ser. El producto estrella de la AMC comenzó a despegar en el tramo final de su segunda season,  coincidiendo  paradójicamente con la marcha de Frank Darabont, el hombre que puso las bases y arrancó la serie, y la llegada de Glenn Mazzara como showrunner, un tipo que parece haberse empapado de todas las quejas y demandas que hacen hervir los foros de internet y está dispuesto a actuar en consecuencia. El regreso de la serie con “Seed” , del que ya habló mi compañero Rodrigo aquí, funcionaba como toda una declaración de intenciones que, lejos de quedarse en una promesa rota, se ha ido cumpliendo punto por punto en los siete episodios restantes de la tanda inicial. Atrás han quedado los tiempos muertos, las tramas amorosas infumables, los desvíos que no llevaban a ningún lado, la verborrea vacua y el inmovilismo argumental. “The Walking Dead” sale ahora en cada capítulo directa a morder la yugular, con un ritmo por momentos vertiginoso y dispuesta a que cada escena cuente. Todo ello, por supuesto, aderezado por toneladas de sangre, intestinos, sesos y cuerpos desmembrados. No siempre  consigue el mismo nivel de intensidad, pero ahora mismo es una de las propuestas de entretenimiento más frenéticamente adictivas de la parrilla televisiva.

Mazzara también ha sido lo suficientemente valiente como para mantener un camino paralelo al de la obra original, el celebrado cómic de Robert Kirkman, sin ceder a las presiones de las legiones de fans que demandaban más fidelidad a las viñetas. “The Walking Dead” sigue desmarcándose cuando lo estima necesario de las páginas de Kirkman, pero por suerte no hemos vuelto a tener episodios tan burdos como el del geriátrico en Atlanta o la incursión en el CDC, y prácticamente todos los cambios o adaptaciones que ha habido han resultado convincentes.  En esta tercera temporada se ha consolidado el concepto contenido en el eslogan “fight the dead, fear the living”. Maggie lo resume perfectamente en un momento de la midseason finale: “todo este tiempo escapando de los caminantes… olvidas lo que la gente hace, lo que siempre ha hecho”. Como ya se apuntaba en “Nebraska”, uno de los mejores episodios de la temporada anterior, el verdadero enemigo del hombre siempre es otro hombre, y el instinto de supervivencia en un mundo postapocalíptico tiene más que ver con defender lo tuyo, tu espacio, tus seres queridos, de la amenaza del otro, que con descabezar unos cuantos zombies (que, por supuesto, también es importante y mola mucho). Las dos tramas sobre las que ha girado este primer bloque de capítulos –la de la prisión y la del inquietantemente idílico Woodbury- nos han conducido a esa conclusión. Leer más…

«La vida de Pi», salto de fe

02/12/2012

La vida de Pi_1

Las grandes distribuidoras empiezan a estrenar sus apuestas más fuertes de cara a la temporada de premios cinematográficos y una de las que más suenan para ser protagonista en la noche de los Oscar (al menos ahora, en febrero puede ser otro cantar) es la adaptación de la popular novela de Yann Martel, “La vida de Pi”.  Sus lectores (entre los que no me encuentro) siempre han destacado la dificultad de llevar a la gran pantalla una historia que transcurre en su mayor parte a bordo de un bote salvavidas perdido en la inmensidad del océano y que está protagonizada por un chico y un tigre de bengala, pero si hay un director que es capaz de afrontar cualquier reto que se proponga y salir (casi) siempre victorioso ese es el taiwanés Ang Lee. Hablábamos hace unos días de la condición de “último clásico” que se le suele otorgar a Clint Eastwood, pero lo cierto es que el director asiático no le andaría a la zaga porque es como un moderno Michael Curtiz, un cineasta versátil y camaleónico capaz de acometer con la misma convicción un drama decimonónico de Jane Austen, un fastuoso espectáculo de artes marciales, una atípica historia de amor homosexual disfrazada de western, una disección afilada de la sociedad norteamericana de los 60 o las tribulaciones de un iracundo monstruo verde. Rasgo común en todas sus películas es su capacidad para acercarse con sensibilidad y sutileza a sentimientos universales, combinando y alternando sabiamente intimismo y magnificencia visual. Por tanto,  el proyecto de “La vida de Pi” se amoldaba, a priori, como un guante a las características del director chino, y, una vez visto el resultado, Lee demuestra estar a la altura del desafío.

A través del conocido recurso de la narración dentro de una narración, Piscine Patel, un hindú cristiano e islamista (toma ya) de mediana edad, nos cuenta su increíble historia; desde que era un muchacho de espíritu inquieto cuyo padre poseía el único zoológico de la ciudad de Pondicherry, hasta que la familia, acuciada por problemas económicos,  decide marcharse a Canadá en un barco para vender allí a los animales. El realismo mágico del tipo “Amelie”, tan delicioso y almibarado como un bizcocho de crema, impregna la amable primera parte del filme con anécdotas ligeras y disparatadas, necesarias para darle al espectador una conexión emocional con Pi,  hasta que el naufragio hace que el tono cambie dramáticamente y comience una gran aventura de supervivencia  en la que resuenan ecos de Hemingway y Kipling, pero que también es un viaje iniciático en el que, a través del miedo, la soledad, la desesperación y el ingenio,  el protagonista aprende a conocerse mejor a sí mismo y a reevaluar su relación con Dios y la Naturaleza. El libreto de David Magee desprende cierto tufo “new age” pseudo-religioso que hay que admitir que puede echar atrás a más de uno. No fue mi caso, y mira que las monsergas de autoayuda no son de mi agrado, pero el calado humanista del filme es tan sincero, está contado con tanto convencimiento, que al espectador agnóstico no debería importarle. Leer más…

“The Afterman: Ascension”, el doble salto de Coheed And Cambria

30/11/2012

Dos años separan en el tiempo al disco que nos ocupa, “The Afterman: Ascension” de Coheed And Cambria, del anterior trabajo del grupo, “Year of the Black Rainbow” (2010). No es demasiado, en los tiempos que corren, más bien todo lo contrario, pero en el caso de la banda neoyorquina estos dos años probablemente hayan sido los más decisivos y trascendentales de una carrera que, a nivel discográfico, comenzó hace exactamente una década. En estos diez años la banda ha ido construyéndose una solidísima base de fans, ciertamente más numerosa al otro lado del Atlántico que aquí en el Viejo Continente, seguidores que han ido cayendo rendidos no sólo ante el concepto de la banda, que ya explicamos hace unos cuantos meses en ‘Las extraordinarias aventuras de Coheed And Cambria’, sino ante su inimitable forma de hacer música. A Coheed And Cambria o les ignoras o, irremediablemente, les amas. Muchas y muy diversas influencias confluyen dando como resultado un estilo totalmente novedoso, único, personal e intransferible, y sobre todo reconocible al instante. Lejos de agotarse, la fórmula les ha permitido seguir creciendo año tras año, disco tras disco, hasta llegar a ese “Year of the Black Rainbow” que cerraba y abría, a la vez, la saga “The Amory Wars”. Sí, hay que saber de qué estamos hablando para entenderlo.

Conviene detenerse un instante en ese 2010 para poner las cosas en perspectiva. Ese año se cumplió la hoja de ruta marcada desde el principio y, en cierta manera, se llegó el final del camino. “The Amory Wars”, una odisea en cuatro actos que acabó siendo contada, de forma desordenada, a través de cinco discos, parecía quedar definitivamente cerrada, llegando así, inevitablemente, a un punto de inflexión. Además, algunos fans se mostraron abiertamente desencantados con un trabajo en el que el grupo cometía el enorme pecado de no sonar 100 por 100 a Coheed And Cambria, quedándose en un 80 por ciento, por explicarlo de algún modo. Otros entendimos, en cambio, que Claudio Sánchez y sus chicos simplemente se empeñaron en firmar su disco más ambicioso, trabajado y maduro hasta la fecha, abriendo aún más si cabe su ya de por sí amplísima paleta de colores. Algunos terminamos adorando el resultado mientras que a otros el salto les pareció demasiado brusco, cuando en realidad no lo era tanto. La verdad es que ahora poco importa, porque la prueba más dura aún estaba por llegar: la pérdida definitiva, y parece que esta vez sin vuelta atrás, del bajista Mic Todd, un miembro especialmente querido por sus seguidores, bajista excepcional pero también ‘yonkarra’ incurable. La adicción a la heroína de Todd ya le hizo perder su puesto en el grupo durante unos meses en 2006, aunque acabó volviendo tras haberse supuestamente rehabilitado, pero en julio de 2011, en plena gira con Soundgarden, el músico fue detenido por robo a mano armada y posesión de narcóticos. Su despido fue fulminante, pero los problemas se acumularon cuando a finales de ese mismo año el batería Chris Pennie anunciaba también su salida (amistosa, nos contaron) del grupo. Coheed And Cambria quedaba súbitamente reducido a un dúo, con el vocalista, guitarrista, compositor principal e ideólogo Claudio Sánchez acompañado únicamente por su fiel escudero a las seis cuerdas Travis Stever. Un ‘negro arcoíris’ amenazaba con devorar al grupo, cuyo futuro se nos presentaba más incierto que nunca.  Leer más…