“Skyfall”, ¿el Bond definitivo?
No recuerdo exactamente en qué momento perdí por completo el interés por las aventuras de James Bond, pero fue claramente en algún punto de la larga travesía por el desierto que hubo que recorrer entre el último 007 interpretado por Timothy Dalton, “Licencia para matar” (1989), que recuerdo haber visto ya con algo de desgana, en vídeo, con diez u once años, y el primer Bond de Pierce Brosnan, “GoldenEye” (1995). Sí consigo evocar, en cambio, a mi abuelo, a mi hermano y a mí yendo al cine, en aquellas gloriosas mañanas de fin de semana, a ver “Panorama para matar” (1985), la última de Roger Moore, y “Alta tensión” (1987), la primera de Dalton. Por supuesto, todas las anteriores de la saga, las de Moore, las de Sean Connery e incluso la de George Lazenby las acabamos viendo, como todos los chavales de la época, bien por televisión o en vídeo, la mayoría en nuestro viejo, resistente, legendario aparato Betamax. Pero, insisto, ninguno de los cuatro films protagonizados por Brosnan (que para muchos de los de mi generación siempre será el molón Remington Steele, y punto) logró seducirme lo más mínimo entonces, y mucho menos ahora, y no habré visto por la tele más de tres o cuatro escenas sueltas que no sé exactamente a qué película o películas pertenecían.
Tras la irrupción en la primera mitad de la década de los 90 de cineastas como Quentin Tarantino, David Fincher, Bryan Singer o incluso Danny Boyle, con los hermanos Coen, Tim Burton, Michael Mann, Frank Darabont, Curtis Hanson, Jim Sheridan, o Clint Eastwood y Mel Gibson, en sus facetas de directores, firmando algunos de sus mejores trabajos en aquellos años, James Bond se me antojaba entonces como una cosa pasada de moda, aburrida, que parecía existir por inercia pero no porque, en realidad, tuviese ya algo interesante que aportarnos. Hablo, que quede claro, de mi impresión personal, que sé que coincide con la de algunos amigos y compañeros, aunque soy consciente de que las cuatro aventuras de Brosnan no sólo tuvieron su público, sino que funcionaron muy bien en taquilla. Pero por algún motivo, el sorprendente y arriesgado fichaje de Daniel Craig como nuevo agente 007, el hecho de que la operación se hiciese en clave de claro reinicio de la saga y, supongo, las magníficas críticas que cosechó desde su estreno, acabaron convenciéndome y volví a dar con mis huesos en la butaca de un cine para ver “Casino Royale” (2006). Y así fue como, con ese peliculón, el viejo Bond (y nuevo, a la vez) logró recuperarme para la causa. Leer más…
‘Lo imposible’: el primer elemento
Imposible. Casi imposible ha sido resistirme a titular con este post con uno de esos juegos de palabras que tanto nos gustan a los periodistas. Porque pocas películas pueden llegar a sugerir tantas metáforas facilonas como ‘Lo imposible’, dado su argumento y su impresionante éxito en los cines españoles. ‘Maremoto emocional’, ‘Tsunami en taquilla’ o »Lo imposible’ logra lo imposible’ son algunas de las lindezas que he logrado evitar. Porque estamos asistiendo al nacimiento de un hito en el cine español, ya no solo por sus increíbles cifras de recaudación, sino porque se trata de un filme con una factura tan impecable que me atrevo a decir que la oleada (ups, ya estamos con metáforas) va a llegar con fuerza a todo el mundo.
Todo hacía prever un taquillazo: el tratamiento minucioso y espectacular de una tragedia que conmocionó al mundo, de dimensiones tan mastodónticas que es imposible hacerse una idea y que no había sido explotada aún por la ficción cinematográfica, la esperada reaparición de J.A.Bayona, un director que triunfó por todo lo alto con su ópera primera, ‘El orfanato’; una campaña de promoción apabullante en los medios de la principal productora de la película y dos protagonistas como Naomi Watts y Ewan McGregor, dos estrellones tan admirados como, y esto es casi más importante, queridos por el público, de esos que no generan rechazo. Sin embargo, las previsiones se han quedado pequeñas; a todos estos elementos se le ha unido ese ‘algo’ intangible e inexplicable, ese incontrolable factor humano, que es el que separa los éxitos de los fenómenos sociales, como es el caso.
Ese factor humano es el gran protagonista del filme. Es cierto que gran parte del atractivo de ‘Lo imposible’ se centra en sus apabullantes 25 primeros minutos. Tras una pequeña introducción en la que se nos presenta a la familia protagonista comenzando sus vacaciones en un lujoso resort de la hiperturística Phuket (Tailandia), la tranquilidad se convierte en una pesadilla tanto más dantesca por inesperada cuando la furia del mar azotado por un monstruoso tsunami destroce en apenas unos segundos gran parte de un país. La fastuosa e hiperrealista reconstrucción del caos, con mención especial para el virtuoso diseño de producción, se centra en seguir a María (Watts), que pasa de llenar su cabeza con un ligero desencuentro con su marido a, sin solución de continuidad, tener que luchar por su supervivencia y la de su familia, mientras es conducida a la deriva por la furia del agua descontrolada. Pocas veces se podrá asistir en una sala de cine a semejante espectáculo técnico (solo me viene a la cabeza como posible comparación el fantástico comienzo del ‘Salvar al soldado Ryan’ de Spielberg), con lo que la entrada prácticamente queda amortizada a los pocos minutos de que se oscurezca la sala. Sin embargo, cuando María sale a flote y oye los gritos de su hijo mayor Lucas es cuando comienza la verdadera odisea, la lucha por lo más primario: la lucha por la vida y por la de las personas más queridas. Leer más…
«Frankenweenie», donde viven los monstruos
No deja de ser curioso y sintomático que la misma Disney que en 1984 despidió al por entonces joven y prometedor Tim Burton por malgastar su dinero en un cortometraje demasiado aterrador para su público familiar haya terminado respaldando casi treinta años después la versión extendida de aquel mismo corto. Es posible que lo que en aquella época resultara excéntrico y siniestro ahora esté plenamente asimilado por el sistema y que Burton ya no sea aquel outsider melancólico al que las majors respetaban pero no entendían, sino un poderoso referente del cine fantástico de nuestro tiempo al que conviene tener en nómina de cara a la taquilla y a la crítica, independientemente de que sus películas salgan peor o mejor. Sí, puede que Burton haya terminado convirtiéndose en una marca, pero, como decíamos a propósito del estreno de “Sombras tenebrosas”, es una marca que conduce a un universo personal e intransferible en el que muchos seguimos encontrando razones para disfrutar, aunque tampoco esté exento de patinazos.
Parece evidente que “Frankenweenie” es el intento del cineasta de dar respuesta a esas voces críticas con sus últimas películas, e incluso de tratar de recuperar a esos fans integristas para quienes el verdadero Burton es únicamente el que se extiende desde el corto “Vincent” (1982) hasta “Ed Wood” (1994) y relativizan el valor de todo lo que vino después. No hay regreso a los orígenes más impecable que retomar una antigua pieza de culto de tu filmografía, alabada por los fanáticos pero desconocida para el gran público (a pesar de que se encontraba como bonus en el DVD de “Pesadilla antes de Navidad”), y volver a pisar un territorio familiar, en el que lo autobiográfico –esos barrios residenciales de California en los que creció, también escenario de la inmortal “Eduardo Manostijeras»– se confunde y se mezcla con unas señas de identidad que en realidad nunca han dejado de estar ahí. El mito de Frankenstein, el terror de la Universal, la sci-fi de los 50, la serie B de Roger Corman, los monstruos de Harryhausen… todos esos ingredientes vuelven a darse cita en “Frankenweenie”, que posiblemente sea la película menos arriesgada de Burton en mucho tiempo, por lo que tiene de “retorno al hogar”, “back to the basics” o sencillamente reciclaje de una idea anterior, pero al mismo tiempo también es una de las más vivas y sinceras que ha firmado el director en los últimos años. Leer más…
Los grandes de hoy en día (VI): Naomi Watts
Pocas escenas han resultado más trascendentes en el cine reciente como la relación lésbica en ‘Mulholland Drive’, el último clásico que nos ha dejado David Lynch. No solo es un culmen del morbo oscuro y referencia ineludible para erotómanos de todo el mundo, sino que daba uno de los giros de argumento más impactantes jamás vistos y abría de par en par las puertas a lo intangible, a lo onírico en el esquema del filme. Pero, sobre todo, porque situaba en nuestro radar de grandes intérpretes a esa frágil chica rubia que iba creciendo y creciendo sin parar durante el metraje, esa tal Naomi Watts. Es difícil tener una mejor catapulta hacia el estrellato, pero hay que tener el suficiente talento e inteligencia para poder mantenerse durante ya más de una década entre lo más destacado del firmamento cinematográfico. Porque…¿alguién se acuerda de la última vez que oyó hablar de Laura Harring, su compañera de escena?
Pero la Watts no lo tuvo nada fácil hasta llegar ese momento. Cuando ‘Mulholland Drive’ fue estrenada, contaba con 33 años, una edad ya poco favorable para llegar a la cúspide de Hollywood. Nacida en Inglaterra e hija de un matrimonio roto (su padre, fíjense en la casualidad, colaboró con Pink Floyd y su desquiciada risa es la que suena en dos clasicazos como ‘Speak to Me’ y ‘Brain Damage’), vio como su progenitor fallecía a causa de una más que probable sobredosis a los 8 años y se mudó a Australia con 14. Tras iniciar su carrera como modelo, consiguió papeles en diversas series televisivas y películas, hasta que intervino en 1991 en la aclamada ‘Flirting’, de John Duigan. Animada por este pequeño suceso, decidió probar suerte en Hollywood pero la fortuna no le acompañó durante la década del ‘grunge’: malvivía como podía en la engañosa y traicionera ‘Meca del cine’, logrando solo pequeños papeles en producciones como ‘Tank Girl’ o ‘Los chicos del maíz 4’. Leer más…
Según un informe médico publicado en 2004, Keith Richards debería estar muerto desde mediados de los 90 teniendo en cuenta el tipo de vida y la cantidad de sustancias químicas que su organismo había recibido a lo largo de los años. Por supuesto, en 2012 “Keef” sigue vivito y coleando, aparentemente indestructible, como si verdaderamente hubiese firmado un pacto con el diablo a cambio de convertirse en su reencarnación en la tierra. Como dijo la crítica de “The New York Times” a propósito de la publicación de la autobiografía “Vida” (2010), “Keith Richards ha hecho más, sido más y visto más de lo que tú jamás podrías soñar”. La máxima “sexo,drogas y rock’n’roll” se queda corta para resumir la historia de uno de los músicos más geniales, carismáticos e inimitables de la historia del rock. Un tipo que, sencillamente, ES el rock.
Todo el mundo sabe que Mick Jagger es la imagen de The Rolling Stones, pero el alma del grupo reside en Richards. Juntos forman un tándem diabólico que ha legado muchas de las canciones más emblemáticas de la música popular, pero Keith es también uno de los guitarristas más importantes y creativos de los últimos 50 años, dueño de un sonido tan personal como inmediatamente reconocible, sustentado en afinaciones abiertas, riffs imbatibles disparados a discreción, adornos y fraseos melódicos tan sencillos como inesperados y una pulsión rítmica cargada de feeling. Más allá de su indiscutible aportación a esos míticos temas que todos conocemos, Richards ha ido acumulando a lo largo de las décadas un catálogo de canciones interpretadas por él mismo que cuentan la historia de los Stones desde una óptica más discreta pero igualmente reveladora. No son las más conocidas, ni las más reivindicadas, ni las más representativas, pero dicen tanto del propio Keith como “Satisfaction”, “Jumpin’ Jack Flash” o “Start me up”. Terminamos esta serie especial dedicada a los 50 años de vida de The Rolling Stones con un repaso a los mejores temas de la banda con Richards como vocalista principal:
«Looper», dignificación del «blockbuster»
Hace unos meses mi compañero de blog Rodrigo me habló de “Looper”, un thriller de ciencia ficción con viajes en el tiempo y Bruce Willis como protagonista y me sugirió que la apuntara como uno de los posibles “sleepers” de la temporada. Por algún motivo irracional (tal vez porque Willis lleva algunos años un tanto despistado en el género de acción) no le di demasiado crédito e inmediatamente pensé que se trataría del típico «blockbuster» veraniego para pasar el rato y olvidar al día siguiente, al estilo de “Los sustitutos (Surrogates)”. Sin embargo, mi interés se renovó cuando supe que detrás del proyecto estaba Rian Johnson, aquel cineasta que sorprendió hace ya tiempo con esa “rara avis” llamada “Brick”, en la que jugaba con las convenciones del cine negro chandleriano en el marco de un instituto plagado de teenagers. Johnson ha dirigido además varios capítulos de la magistral “Breaking bad”, entre ellos aquella miniatura claustrofóbica titulada “Fly”, uno de los más memorables capítulos de la serie de la AMC, por lo que empecé a sospechar que tal vez mi amigo tuviera razón después de todo. Y, efectivamente, “Looper” se muestra como un estimable ejercicio de sci-fi con sustancia y contenido, alejado de la pirotecnia vacua que se ha adueñado de los multicines y más comprometido con el espíritu de artefactos de corte más profundo, como las cintas de Duncan Jones (“Moon”, “Código fuente”), “Hijos de los hombres”, “District 9” o la mismísima “Origen” de Christopher Nolan, quizás las últimas películas que han aportado algo a un género que no pasa por sus mejores momentos.
“Looper” se ambienta en un futuro no muy lejano y demasiado reconocible en el que los viajes en el tiempo ya son posibles, aunque ilegales. De hecho, parecen ser patrimonio exclusivo de las mafias organizadas, que los utilizan para enviar al pasado a los individuos de los que se quieren deshacer, puesto que en 2072 los asesinatos están prohibidos. Allí, un sicario se encarga de eliminarles y no dejar ni rastro de los cuerpos. Una operación rápida y sencilla, además de bien pagada. El problema surge cuando uno de estos asesinos a sueldo, llamados Loopers, recibe un encargo especial. No conviene desvelar mucho más de una trama que se disfruta más cuanto menos información previa maneje el espectador, aunque eso no facilite la redacción de este comentario. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el primer capítulo de la segunda temporada)
Bienvenidos a Briarcliff. Bienvenidos a “American Horror Story: Asylum”. Bienvenidos al desparrame. Sí, amigos, la serie más delirante, escabrosa, depravada, enfermizamente seductora y condenadamente entretenida ha vuelto. Lo hace tras una apabullante y excesiva, aunque es lo que le pega, campaña de promoción. Y con lo que nos prometía, una segunda temporada que nada tiene que ver con la primera a nivel argumental, pero que por suerte en el plano formal no sólo parece estar dispuesta a repetir la fórmula que tan bien funcionó hace un año, sino que aún se atreve a ir todavía un paso más allá. ¿Cómo? ¿Que eso no es posible? Pues resulta que sí, y ha bastado sólo un episodio, “Welcome to Briarcliff”, para dejarlo claro.
Ya en su momento me lo pareció, y así lo dije en mi primer post sobre la serie, pero ahora lo ratifico: la decisión de los malvados (y zumbados) Ryan Murphy y Brad Falchuk de cambiar totalmente de historia, localización, personajes y buena parte del reparto con cada temporada es un rotundo acierto. Pocas series podrían permitirse algo así, pero curiosamente en la (ilógica) lógica de “American Horror Story” esto acaba teniendo todo el sentido del mundo. Porque, admitámoslo, aunque muchos llegamos a cogerle cariño a los Harmon y al resto de rarunos habitantes de la ‘Murder House’, y le pillamos el punto a eso de recorrer sus misteriosas estancias, pasillos y sótanos, la historia fue retorcida y exprimida hasta el mismísimo tuétano y ya no daba más de sí. Incluso le sobró, si me apuran, el último episodio. Pero imagínense qué suerte para los guionistas poder enfrentarse a algo así: tienen ustedes trece capítulos por delante, ni uno más ni uno menos, hagan lo que les dé la gana, metan cualquier locura que se les ocurra, lleven a los personajes al límite las veces que haga falta, lleguen hasta donde quieran llegar y no se preocupen por el año que viene, que ya veremos entonces qué nueva movida nos da por hacer. Y esa libertad, esa aparente falta de reglas y límites, en “American Horror Story” lo es todo. Leer más…
Cuesta horrores enfrentarse a una crítica cuando el disco en cuestión ha sido vanagloriado por las principales cabeceras musicales a a escala mundial. El último trabajo de Bob Dylan, ‘Tempest’, ha cosechado una larga ristra de puntuaciones de cinco estrellas y ha sido calificado, casi por unanimidad, como uno de sus mejores discos. Me alegra enormemente que una figura clave de la cultura de los últimos 50 años sea tan respetada, sobre todo cuando eso se traduce también en primeros puestos en las listas de ventas de los diferentes países, aunque uno, caprichoso él, no esté de acuerdo del todo con las superlativas loas que se han vertido sobre ‘Tempest’.
Como ya escribimos hace pocos meses, los últimos discos de Dylan habían logrado nivelar, como en todas sus obras de esplendor, su arrollador caudal lírico con un apartado musical a su altura. Sin embargo, en ‘Tempest’ se observa una clara victoria de lo escrito sobre lo tocado. Dylan sigue examinando con varita de prestidigitador todas las pasiones humanas (amor, traición, angustia, alegría, etc.) en unas letras tan lúcidas en su fondo como fastuosas en su forma. Musicalmente ha vuelto a realizar un notable trabajo, ha vuelto a contar con gran parte de la tremenda banda que le acompañó en ‘Together through Life’, aunque esta vez Dave Hidalgo (el líder de esa gran banda llamada Los Lobos) no ha imprimido con su acordeón los aromas fronterizos/latinos que refrescaron la anterior entrega dylaniana, convirtiéndose el mucho más sobrio ‘Tempest’ en una continuación de la exploración de la música americana de los primeros 60 años del siglo XX que el bardo de Minnesota lleva haciendo en el nuevo siglo. Pero metámonos de lleno en el centro de la tormenta… Leer más…























