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Queens of the Stone Age: La banda de rock del siglo XXI

03/03/2012

2012 se nos presenta negro, amigos. Paro disparado, recortes por todas partes, tensiones mundiales crecientes, Madonna ha dirigido una película… Pero como en El Cadillac Negro estamos para alegraros la vida, o, por lo menos, para no arruinarosla más, permitidme daros consuelo. 2012 también será recordado por el regreso discográfico, cinco años después, de una de las bandas más importantes, genuinas e influyentes de lo que llevamos de centuria: los inefables Queens of the Stone Age.

Nunca hubiera imaginado allá por 1998, cuando salí disparado hacia la tienda de discos para hacerme con su álbum de debut homónimo, y menos en 1999, cuando escuché su desmadejada presentación en directo en el Festimad, que tres lustros después estaría hablando de Queens of the Stone Age como una de las mayores bandas del rock de nuestro tiempo. Por aquel entonces, los pocos que nos interesamos por el disco éramos aquellos que habíamos ido descubriendo progresivamente a los nunca suficientemente ponderados Kyuss (una de las bandas de culto que más fidedignamente se ajustan a esta definición). Ante la mala suerte con las discográficas que siempre ha perseguido a su cantante, John García, fue el joven prodigio de la banda que puso en el mapa el desierto como fuente de inspiración rockera, ese alto y pelirrojo guitarrista llamado Josh Homme, el que aprovechó la ocasión y pasó a cargar con el legado de la banda señera de Joshua Tree. Era un buen momento, ya que la semilla de su anterior grupo fue dando frutos y allá, en las postrimerías del siglo XX, el llamado “stoner rock” había tomado impulso y emergieron numerosos grupos que abogaban por riffs enormes, ralentizados y sucios; y desarrollos largos y aventureros, y un orgulloso desdén por la comercialidad. Josh Homme fue recibido en este minoritario contexto con todos los honores, como el Gran Jefe de la tribu. “Queens of the Stone Age”, el álbum, no defraudaría las expectativas. El hacha del pelo anaranjado se rodeó de otros exmiembros de distintas épocas de Kyuss, como el gran batería Alfredo Hernández o el bajista de raíces y comportamiento punk Nick Oliveri, para ofrecer un disco que, pese a contar con reminiscencias innegables de su anterior banda como en la fantástica “You Can’t Quit Me  Baby”, comenzaba a ofrecer matices bien diferenciados y esenciales en su exitoso futuro. El desarrollo de los temas se acortaba y las atmosféricas jams dejaban paso a canciones mucho más concretas y de claros estribillos, como las iniciales y magníficas “Regular John” y “Avon”; la enérgica voz de García era sustituída por la de Homme, mucho más comedida y menos talentosa, pero cuyo tono bajo y casi perezoso daba un encanto único; y asomaba, entre otras, la innegable influencia del punk. Claramente se trataba de un material más radiable, pero, como se preveía, no fue ningún éxito de ventas. Sin embargo, la crítica tomó buena nota del nuevo grupo.

La sorpresa a todos los niveles llegó con su segundo disco, “Rated R”. El grupo sufrió una metamorfosis y, con Alfredo Hernández ya fuera, pasó a ser un proyecto conjunto de Homme y Oliveri, en el que ejercían de colaboradores puntuales un gran plantel de músicos cercanos. Esto derivó en la despedida casi definitiva de la ortodoxia “stoner” (comparad este álbum con lo que hacían por la época bandas como Nebula, Fu Manchu u Orange Goblin y veréis que ya no tiene nada que ver) y en la factura de un disco que abría a la banda a una gran variedad de sonidos, aunque con un estilo sucio y vicioso como denominador común. “Rated R” se abría con ese himno desaforado que es “Feel Good Hit of the Summer” (y su drogota estribillo “Nicotine, valium, vicodin, marijuana, ectasy and alcohol….c-c-c-c-cocaine”) para, a partir de ahí, pasear por su vertiente más pop en “The Lost Art of Keeping a Secret”, incorporar bellos medios tiempos (“Auto Pilot”, “In the Fade”) con la decisiva colaboración del gran Mark Lanegan, dar oportunidades a Oliveri y su punk desesperado en “Quick and to the Pointless” o “Tension Head” o divagar por la psicodelia en “Better Living Through Chemistry”. Una obra de indudable crecimiento artístico pero poco accesible que, sin embargo, obtuvo una entusiasta repuesta en medios alejados hasta ese momento del grupo, que, desde aquel entonces, pasó a jugar en las ligas mayores. La aventura no podía haber salido mejor.

Fruto del estátus que había alcanzado la banda, llegó en 2002 una noticia bomba: Dave Grohl, el exNirvana y líder de los exitosos Foo Fighters, iba a retomar su originaria faceta de batería (su gran especialidad, pese a su gran repercusión como cantante y guitarrista) para tocar en el nuevo álbum de Queens of the Stone Age. Las enormes expectativas aumentaron aún más y, por una vez, todas ellas se vieron satisfechas. “Songs for the Deaf” es la obra maestra de la banda y uno de los grandes discos que nos ha dejado el rock contemporáneo. El grupo explora las posibilidades del álbum-concepto, llevándonos de viaje por la California menos turística en un trayecto puntuado por las apariciones de distintos locutores radiofónicos, consiguiendo, al mismo tiempo, exhibir idéntica variedad de recursos que en “Rated R” pero logrando un hilo unitario que frenara la esquizofrenia que presidía su segundo plástico. El resultado es fantástico. El recorrido predomina en largos desarrollos repletos de grandes riffs e inesperados cambios de ritmo en canciones gigantes como “A Song for the Dead”, “First it Giveth”, “The Sky is Fallin'”, “God is in the Radio” o “A Song for the Death”, pero también hay momentos para el lucimiento de Lanegan en un medio tiempo como “Hangin’ Tree”, nuevos chispazos punk de Oliveri como “Six Shooter” y poderosos hits rockeros en forma de “No One Knows”,”Go with the Flow”, “Gonna Leave you” y “Do it Again”. Todo ello aderezado con un memorable trabajo a la batería de Grohl. Un clásico instantáneo y una banda alzada a los altares del rock, tanto en ventas como en, sobre todo, prestigio, con la particularidad de no pertenecer a una escena concreta, permaneciendo como un islote paradisíaco de buena música.

Como todo subidón tiene su correspondiente bajón, el mejor momento de la banda se vio empañado en la gira de presentación de “Songs for the Deaf”. Una vez pasado el “affaire Grohl”, reintegrado a la actualidad de Foo Fighters,  la columna vertebral de Queens of the Stone Age se fracturó con el despido de Nick Oliveri, motivado supuestamente por sus abusos de alcohol y drogas. De esta manera, Homme recompuso la banda y dio origen al pilar de la alineación que ha llegado a nuestros días, con el multiinstrumentista Troy van Leeuwen y el formidable batería Joey Castillo. Este tumultuoso periodo se vio reflejado en su esperadísimo nuevo disco de 2005, “Lullabies to Paralyze”. Homme se estableció como líder único y decidió ser sincero, mostrar sus sentimientos y no ir por el camino fácil, pariendo su disco más tenebroso hasta el momento. “Lullabies”, bien diferenciado en dos mitades, comenzaba contentando a aquellos que se habían acercado a la banda con su anterior disco, con un conjunto de temas concisos, rockeros y contundentes como “Medication”, la potentísima “Everybody Knows That You’re Insane”, “Burn the Witch” (con la colaboración del ZZ Top Billy Gibbons) y el hit-single “Little Sister”. A partir de aquí, las sombras se cernían sobre la escucha, la comercialidad se iba al garete y letanías tan misteriosas como “Someone’s in the Wolf”, “The Blood is Love” o “You Got a Killer Scene There, Man…” daban su definitiva personalidad a un disco que no les hizo subir en el escalafón, que les alejó de seguidores ocasionales, pero que a sus fans de siempre nos supo a gloria.

2007 fue el año en el que se editó el último disco hasta la actualidad de la banda. Después de los nubarrones, el sol se abrió paso en la vida de Homme e, inspirado por sus paseos por Hollywood, concibió un disco netamente rockero, aunque, una vez más, desatendía tentaciones comerciales y se decantaba por canciones retorcidas, escabrosas y viciosas, poco adecuadas para sonar en celebraciones familiares, aunque, eso sí, más contenidas en duración que en su anterior plástico. “Era Vulgaris” no atendía a conceptos unitarios y parecía todo un glosario de lo realizado por Queens of the Stone Age durante su carrera. Majestuosos riffs articulaban las tremendas y exploratorias “Turnin’ on the Screw”, “I’m a Designer” y “Suture up your Future”, al igual que la rescatada como bonus track “The Fun Machine Took a Shit & Died”,  mientras que “Sick, Sick, Sick”, “3’s & 7’s” y “Run, Pig, Run” eran balazos rock y, otro rescate de grabaciones anteriores, la ultrasexy “Make it With Chu”, daba un conveniente respiro a otro muy notable trabajo de la banda.

Y aquí estamos, en 2012, esperando con mayor expectación que nunca el fin del hiato discográfico de un grupo que nunca había tardado tanto en grabar, agudizado por la cantidad de golosas oportunidades que Homme ha podido satisfacer gracias a su gran prestigio durante estos años. Desde producir y contribuir a la madurez artística de los superventas Arctic Monkeys hasta aupar hasta fenómeno “underground” a su amigo Jesse Hughes y sus Eagles of Death Metal, pasando por su proyecto conjunto con, nada más y nada menos, John Paul Jones y Dave Grohl, Them Crooked Vultures, que también gozó de éxito con su buen disco homónimo, en el que Homme pasó por encima de sus prestigiosos colaboradores e impuso su visión musical. Todas estas experiencias deben servir para crear un disco histórico. Mientras paladeemos su hermosa trayectoria.

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