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“El Año Más Violento”: las buenas intenciones

26/03/2015

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A raíz del estreno de “Cuando todo está perdido” (2013) dijimos en El Cadillac Negro que convenía tomarle la matrícula a J.C. Chandor porque en cualquier momento podía despachar una obra maestra y no queríamos que nos pillara desprevenidos. Esa obra maestra no es todavía “El año más violento”, por mucho que el casi unánime reverencial recibimiento de la crítica pueda hacer pensar lo contrario. Algunos incluso la señalan como la cinta más injustamente olvidada en la última edición de los Oscar, y quizás sí habría estado justificada su elección entre los ocho títulos nominados a mejor película, pero lo cierto es que queda lejos de filmes mucho más valientes, arriesgados o poderosos de la pasada cosecha cinéfila, como “Birdman”, “Boyhood” o “Whiplash”, y tampoco mejora a otras desdeñadas por la Academia como “Perdida” o “Nightcrawler”. “El año más violento” es una buena película que puede parecer mejor de lo que es porque nos recuerda lo enorme que era el cine del que bebe sin disimulo, el de los 70 de Coppola, Lumet, Friedkin o Pakula, en una época en la que es cada vez más difícil encontrar propuestas de calidad en la producción de Hollywood dirigida a un público adulto e inteligente, más allá del puñado de cineastas habituales en los que siempre confiamos. Cuatro décadas atrás la cinta de Chandor habría sido una más, y no precisamente de las más brillantes; en 2014 la National Board of Review la elige como la mejor película del año. Eso dice bastante más del estado actual del cine americano que del propio filme.

“Al año más violento” se ubica en la Nueva York de 1981 y cuenta la historia de Abel Morales, un tipo hecho a sí mismo, dueño de una red de transporte de combustible que está a punto de cerrar un trato que le dejará en una posición estratégica destacada en el sector, pero que tendrá que hacer frente a una ristra de problemas que amenazan su negocio. Las pesquisas de un fiscal que duda de la legalidad de sus cuentas, una serie de robos a sus camiones y las intimidaciones a su propia familia por parte de la competencia pugnarán poderosamente por apartar a Abe del camino de la legalidad que tan escrupulosamente se esfuerza por seguir.

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La gran virtud de Chandor es la de apropiarse de los códigos del cine de gangsters para trazar el retrato de un personaje que se resiste precisamente a actuar como uno de ellos. Abel se aferra a unos principios éticos insostenibles en un mundo corrupto que le obliga a bajar al barro y mancharse las manos para subsistir. No estamos tan lejos del universo de la ópera prima del director, “Margin Call” (2011), y de sus amorales depredadores que alimentan un sistema económico repugnante. Chandor insiste en desnudar las vergüenzas del “sueño americano”, de un sistema podrido que engulle cualquier atisbo de honestidad, y lo hace a través de un contenidísimo pulso narrativo y de una puesta en escena precisa y elegante, cimentada en la abundancia de planos medios y en la atmósfera lúgubre e inhóspita que impregna los suburbios decadentes en los se inscribe la historia, con el skyline de Manhattan al fondo.

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El cineasta se aleja de la épica operística de Coppola, o de la violenta pulsión febril de un Scorsese para ceñirse a la sequedad pesimista y asfixiante de Sidney Lumet, aunque el guión, escrito por el propio Chandor como es costumbre, peca de demasiado convencional y carece de la fuerza o la chispa que caracterizan a las obras mayores. Para entendernos, si su referente más claro es Lumet, el resultado está más cerca de de “La noche cae sobre Manhattan” (1997) que de “Tarde de perros” (1975) o “Network, un mundo implacable” (1976). El tono sobrio y el clima de cocción a fuego lento solo se quiebran en un par de escenas de persecución, muy físicas, perfectamente ejecutadas y distanciadas del espectáculo hiperbólico del blockbuster contemporáneo, pero que también vimos antes y casi de la misma forma en “Contra el imperio de la droga” (1971). Así pues, Chandor juega en “El año más violento” en la misma liga de James Gray, la de los alumnos aventajados que han aprendido bien las lecciones de los viejos maestros pero cuya voz recuerda demasiado a la de aquellos. Se vislumbran temas y obsesiones que se repiten en sus filmografías y unas ciertas señas de identidad, pero no tanto una personalidad verdaderamente propia o una vuelta de tuerca que los diferencie de sus ilustres antecesores. Tampoco olvidemos que en el caso de Chandor estamos ante una tercera película y hay tiempo por delante para hallar esa voz propia que distingue a los buenos de los verdaderamente grandes.

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A ese mimetismo con el cine setentero tampoco escapa Oscar Isaac, que tiene el mérito de cargarse la cinta a sus espaldas sin necesidad de demasiados apoyos, pero cuya pose estoica y su laconismo gestual recuerdan mucho, demasiado, al primer Pacino. Buena actuación la suya, aunque personalmente inferior a la que entregó en “A propósito de Llewyn Davis”. Me queda la duda de cómo encajará su adusto perfil interpretativo en un papel radicalmente distinto como el que le espera en la próxima “Star Wars”. A su lado brilla, como hace siempre, Jessica Chastain cuando el guión se lo permite, en un rol de esposa con claroscuros que habría merecido más desarrollo, mientras que el resto de personajes apenas tienen mayor trascendencia en la trama, y cuando sí la tienen, como es el caso de uno de los transportistas, no contribuyen a elevar el nivel.

En cualquier caso, “El año más violento” es una de las opciones más destacables para el cinéfilo en la cartelera post-Oscars, y casi imprescindible si tenemos en cuenta la escasez de propuestas “serias” o “adultas” de calidad que nos reserva Hollywood para los próximos meses. De hecho, el páramo que nos espera es de tal magnitud que tampoco me extrañaría mucho que, después de todo, la cinta de Chandor terminara entrando entre las mejores en nuestras listas anuales.

 

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