Ir directamente al contenido

El cine del siglo XXI (I): «Memento»

13/03/2012

Comenzamos en El Cadillac Negro un ciclo para repasar el cine de nuestro tiempo a través de esas películas que han marcado los primeros años del siglo XXI, bien sea por su apuesta por una renovación formal de los códigos establecidos y la apertura de nuevos caminos, bien por su capacidad para marcar tendencia y capturar el “zeitgeist” de su época  o simplemente por una calidad narrativa y/o interpretativa fuera de toda duda. Aunque se dice, no sin razón, que el mejor cine de la actualidad lo estamos viendo en las series de televisión de HBO, AMC o Showtime, la verdad  es que las salas han seguido (y siguen) proyectando, aunque ciertamente sin la frecuencia de antaño, filmes grandiosos y desde aquí nos hemos propuesto reivindicar aquellos que creemos que aparecerán en los libros y antologías del futuro, como prueba de que aún sigue mereciendo la pena hacer el esfuerzo de abandonar el sillón y sentarse en una butaca para disfrutar en pantalla grande de uno de los más intensos placeres que puede proporcionar el arte.

Y si vamos a hablar del cine del siglo XXI, qué mejor punto de partida que el británico Christopher Nolan. No ha habido otro cineasta surgido en la última década que llegue a la altura de este director que con seis películas (más la amateur “Following”, registrada en el siglo anterior) ha desarrollado una carrera que le consagra como la gran referencia del cine comercial y de calidad de nuestro tiempo. Nolan es el Spielberg de nuestros días. Cada lanzamiento suyo genera un ruido mediático sin igual en los blogs cinéfilos y portales de cine, y la taquilla y la crítica casi siempre le corresponden. Y lo mejor es que todavía no se le descubren los límites. Nadie sabe hasta dónde podrá llegar. Como tantos otros, Nolan partió de la independencia con una obra poderosamente original y creativa. Rápidamente los grandes estudios se fijaron en él y Warner le puso al frente del reto de levantar una franquicia muerta. El cineasta no solo respondió, sino que convenció a todo el mundo y se ganó el derecho a poder elegir. Desde entonces, cada proyecto suyo llega con un presupuesto digno de superproducción, pero con el marchamo de “blockbuster”  inteligente o de autor. Porque, efectivamente, Nolan es un autor. Su cine siempre gravita alrededor de un concepto, la obsesión. Ya sea un desmemoriado que busca vengar la muerte de su mujer, un justiciero enmascarado marcado por la temprana desaparición de sus progenitores, dos magos del siglo XIX en perpetua lucha por ser el mejor o un extractor de sueños martirizado por el recuerdo de su esposa fallecida. Leer más…

«Blues Funeral», Mark Lanegan o el regreso de la voz del averno

12/03/2012

El ex Screaming Trees, una formación clave del “grunge” noventero que seguro que mi compañero Alberto revisionará cualquier día de estos, llevaba muchos años escudándose en colaboraciones y trabajos conjuntos con otros artistas (desde sus tres discos a dúo con Isobel Campbell hasta sus proyectos compartidos con Greg Dulli –The Gutter Twins, The Twilight Singers- pasando por sus aportaciones en largos de Queens of the Stone Age o Soulsavers), como si no tuviese ganas de dar continuidad al rol de predicador del averno que ensayó con éxito en el quizás infravalorado “Bubblegum” (2004), un trabajo a reivindicar, y prefiriese poner su aura de cantautor maldito al servicio de otros (y aprender de ellos). No es que no hayamos disfrutado de esos encuentros entre la Bella y la Bestia que han sido sus discos con la ex vocalista de Belle & Sebastian, ni de de sus proteínicos choques cargados de soul inflamado  con el que fuera líder de Afghan Whigs, pero el caso es que son muchos años (ocho)  actuando como mercenario o “parteneire”  de lujo y ya había ganas de probar lo que el reverendo Lanegan, en alianza con el productor Alain Johannes, ha estado cocinando durante los últimos meses en su estudio de Los Angeles. “Blues Funeral” son doce canciones largas y sinuosas que dan forma a un western futurista y expansivo en el que la sensación de amenaza y tensión se agazapa en cada surco y en el que el blues y el rock son regurgitados a través de loops, bases electrónicas y  sintetizadores en un artefacto pétreo y sombrío.

Leer más…

Los grandes de hoy en día (I): Paul Giamatti

10/03/2012

Cuando hacemos recuento de nuestros actores o actrices favoritos nombres como los de Robert de Niro, Al Pacino, Harrison Ford, Jack Nicholson o Meryl Streep son de los más habituales. Perfecto, todos ellos son grandes intérpretes. Pero…¡todos ellos superan los 60 años! ¡algunos muy holgadamente! Parece como si no existieran en la actualidad actores lo suficientemente válidos para inspirarnos, para hacernos apostarnos en la puerta de un cine nada más ver su nombre en los créditos de una película. Pues bien, no estoy de acuerdo. Puede que por simple nostalgia u otro tipo de condicionamientos sigamos teniendo devoción por aquellos intérpretes que nos hicieron vibrar hace 20 o 30 años, pero desde El Cadillac Negro queremos dar el reconocimiento que se merecen los actores que están dejando huella en la actualidad, más allá de su mayor o menor fama, aquellos que recordaremos con fervor en las próximas decadas. Y para ello, iniciamos aquí una serie de posts dedicados a los grandes de hoy en día. Y para empezar, no se nos ocurre nadie mejor que el gran Paul Giamatti. ¡Arrancamos!

Giamatti es de esos actores condicionados por su físico. De esta manera, el siempre demasiado previsible Hollywood pocos papeles principales puede darle, siendo éstos predominantemente galanes o héroes de acción. Pero su cara de hombre común, de bonachón, además de, por supuesto, su inmensa capacidad interpretativa, le ha valido para posicionarse tanto como uno de los secundarios más codiciados en grandes producciones como para ejercer como protagonista en filmes «indies» o series televisivas de prestigio. Leer más…

“Los idus de marzo”; Clooney baja a las cloacas

09/03/2012

Bien de forma totalmente casual o deliberada (yo apostaría casi por la primera opción), la cuarta película de George Clooney como director llega a España con cinco meses de retraso con respecto a Estados Unidos, pero en el momento más oportuno. El film tiene como trasfondo unas hipotéticas y muy disputadas elecciones primarias del Partido Demócrata en Ohio, y precisamente estos mismos comicios, en el mismo estado, se celebraron en la realidad hace apenas tres días, aunque en el bando de los republicanos. Algunos habrán seguido con cierto interés las noticias que llegaban del otro lado del Atlántico, y la inmensa mayoría no se habrá enterado de mucho. La cinta puede servirnos por tanto para arrojarnos algo de luz, así que es innegable su función didáctica, pero no porque nos ayude a entender mejor el complejo sistema electoral norteamericano, ya que nos quedamos más o menos igual y en realidad tampoco nos importa demasiado, sino porque nos descubre lo que hay detrás, entre bambalinas, lo que se esconde en la trastienda de una elección como ésta. Y la respuesta es sólo una y rotunda: basura, mucha basura.

“Los idus de marzo” puede leerse también en clave de thriller, uno realmente incómodo porque muestra una presunta realidad que preferiríamos no conocer. La película se sustenta en un guión audaz que el director hace fluir de forma inteligente, pero sobre todo en un reparto de campanillas, en el que Clooney se reserva un papel secundario pero fundamental en la trama. El elenco está capitaneado no obstante por Ryan Gosling, al que, tras “Crazy, Stupid, Love”, “Drive” y el film que nos ocupa, sólo un tal Michael Fassbender ha podido arrebatarle el título de Actor del Momento. Ambos fueron totalmente ignorados en los pasados Oscar, pero no debería importarles. Junto al joven actor desfila una galería de secundarios inmejorable: Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei, una preciosa Evan Rachel Wood, que es ya una realidad, y un aún emergente Max Minghella. Leer más…

«Breaking Bad», adictos al cristal azul

08/03/2012

Hay series que en su primera temporada ya han dicho todo lo que tenían que decir. Suelen ser productos que parten de una idea muy interesante, la desarrollan con eficacia, a veces incluso con brillantez, consiguen generar mucho ruido y una vez contado lo que tenían que contar se dedican a sumar temporadas, a cada cual más alejada de la inspiración inicial, bien intentando estirar la trama de manera agónica y cada vez más absurda o bien repitiendo la fórmula con más o menos fortuna hasta dejarla seca. Suelen terminar siendo una parodia de sí mismas y da cierta lástima comprobar que aquello que una vez seguiste con cierta devoción acaba convirtiéndose en algo rutinario o directamente vergonzoso. Son series como “Prison Break” o “Héroes”. Luego están aquellas que desde el principio adviertes que tienen algo más, algo especial, pero de las que intuyes que lo mejor está por venir. Son series más reposadas, de digestión más lenta, que no muestran todas sus cartas a las primeras de cambio, que exigen al espectador una implicación, un compromiso, que luego, con el paso de los episodios y de las temporadas, se ve recompensado con creces. Son aquellas en las que compruebas con cada “season-finale” que el listón no solo se ha igualado sino que se ha subido un par de centímetros más. Son series que, cuando echas la vista atrás, te das cuenta de que han desarrollado una dimensión de obra magna, compleja, importante. Son series como “Los Soprano”, “The Wire” o “Breaking Bad”.

Tardé en llegar a la obra de Vince Gilligan para la AMC. Durante meses escuché contar maravillas a personas que la habían visto y que me decían que era lo mejor que le había pasado a la TV en mucho tiempo. Me dio por desconfiar. ¿Tan buena como “Mad Men”? ¿Tan buena como “Los Soprano”? Imposible, me decía. No fue hasta que un buen y viejo colega me agarró casi literalmente por el pescuezo y me obligó a ponerme con ella que me di cuenta de que era verdad. “Breaking Bad” está a la altura de las más grandes. Es lo mejor que se puede ver en televisión hoy por hoy y desafío a cualquiera a que se meta en vena sus cuatro temporadas e intente rebatirme. Leer más…

Los grupos que no amaban a sus fans

07/03/2012

En marzo de 2007, algo ha llovido, tuve una de mis experiencias más bonitas como amante de la música, cuando pude conocer tras un concierto a los miembros de la banda Thunder, un grupo emblemático de mi adolescencia/juventud. La cosa fue muy sencilla, ya que bastaba con apuntarse en su página web, elegir un show de su gira europea y los diez primeros de cada fecha obtenían, cada uno, dos pases de “meet & greet» por la cara. La entrada corría de nuestra cuenta. Así que allí nos presentamos mi amigo Diego y yo y, tras un grandísimo concierto, pudimos departir durante bastantes minutos, tomando unas cervezas, con los cinco integrantes del grupo. Nos firmaron lo que quisimos y fueron realmente agradables con nosotros, quizás el que menos, y es raro porque tiene fama de ser el más cachondo y más atento con los fans, fue el batería Harry James, pero también llevaba un pedo que no veía. El más encantador fue el bajista Chris Childs, y cuando le dimos las gracias por la iniciativa, nos dijo que ellos no concebían salir de gira sin tener un encuentro, cada noche, con la gente que les seguía y que, al fin y al cabo, les daba de comer. ¿Acaso puede haber mayor muestra de amor por los fans? Thunder se separaron en 2009 y se les echa de menos.

Unos años más tarde, el afortunado fue mi amigo Alberto, que se hizo, aún tuvo más suerte, con una entrada + “meet & greet” para conocer nada menos que a Glenn Hughes. Yo me limité a acompañarle al concierto, a disfrutar del espectáculo y a esperarle hasta que se produjera el encuentro con tan legendario personaje. Se hizo un poco de rogar, pero al final les dejaron pasar al camerino. Fue más bien breve y Alberto me confesó que “La voz del Rock” no estuvo especialmente simpático y parecía querer zanjar rápido el asunto, pero algo tendría que ver, supongo, la jovenzuela de muy buen ver que (hay que tener estómago) estaba sentada sobre sus rodillas comiéndole la oreja al ilustre cantante. Pero el gesto queda ahí y se agradece. Leer más…

«Grace»: EL DISCO

06/03/2012

Supongo que nos pasa a muchos. Llega cualquier conocido y te suelta, así, sin previo aviso, ¿cuál es tu grupo favorito? o ¿cuál es la película que te llevarías a una isla desierta? o ¿qué libro salvarías de un incendio?. El inquisidor, en busca de una posible conexión contigo, espera una respuesta rápida. No es una cuestión para darle vueltas, se supone que tiene que salir sola, sin procesar. Pues para mí, no. Resulta que una pregunta tan casual, tan de andar por casa, despierta en mí un cúmulo de dudas, comparativas, cuestiones éticas, etc. que prolongan el tiempo de mi respuesta mucho más allá de lo medianamente educado y activa la impaciencia de mi interlocutor. ¡Dios, no es tan fácil! ¡De los cientos de obras que te han maravillado, que te han acompañado en tus momentos más importantes resulta que tienes que elegir sólo una! ¡Y así, en unos segundos!

Bien, como somos animales sociales y no queremos que se nos tache de zumbados así como así, solemos dar una respuesta, pero no una respuesta firme, no. Suele ser apenas musitada, dicha con la boca pequeña, y, normalmente, añadimos la coletilla «pero hay muchos más», esto sí, con mucho más convencimiento, como si nos fuera a servir para expiar la afrenta que acabamos de hacer a esas obras a las que tanto cariño tenemos y que, por circunstancias del momento, no han sido elegidas para salir de nuestra boca. Si la pregunta trata sobre películas, tras mucho divagar, me suelo decantar por «El Padrino», por ser más o menos representativa del cine que me gusta. Eso sí, si añaden «¿la primera o la segunda?» ya me han vuelto a fastidiar, ya tengo que volver a navegar entre numerosas dudas. Si la cuestión es sobre mi grupo predilecto, ahí suelo variar, dependiendo del momento o de los presumibles gustos o conocimientos musicales de mi impertinente encuestador: Led Zeppelin, Wilco, Soundgarden, The Rolling Stones o The Black Crowes son normalmente los agraciados. Sólo suspiro aliviado cuando se me requiere el nombre de mi disco favorito. Ahí no hay conjeturas, es una respuesta mil veces contestada en mi intimidad. Por supuesto, es «Grace» de Jeff Buckley, la joya de la corona de mi colección discográfica. La que realmente me dolería perder si aconteciera una catástrofe. Leer más…

“Battlestar Galactica”, nunca olvidada

05/03/2012

“Battlestar Galactica” pertenece a ese tipo de series que, una vez has caído rendido a sus pies, te desvives en intentar arrastrar a todos tus conocidos para que se unan a ti en ese fascinante viaje. Pero por alguna razón cuesta mucho convencerles. En realidad, el motivo principal es claro y evidente: es una serie de ciencia ficción y, aunque hay mucha gente que abraza el género con pasión desmedida y se traga todo, cualquier cosa, que lleve esa etiqueta, con otras personas pasa justo lo contrario y huyen como de la peste. Yo, aunque comedido, me acercaría más a los de la primera categoría, pero aún así me costó también bastante decidirme a darle una oportunidad a la serie, y no lo hice hasta que ya había finalizado en Estados Unidos, movido por los muchísimos comentarios positivos que leía sobre ella.

Mi falta de interés en ver «Battlestar Galactica» (“BSG”, a partir de ahora) se basaba, simplemente, en que guardaba un bonito recuerdo de la serie original de 1978, que aquí conocimos como “Galáctica: Estrella de Combate”. Teníamos un par de capítulos grabados en una cinta de Beta (sí, en mi casa apostamos por este formato, y en su defensa diré que el cacharro duró doscientos mil años) y siendo muy niños los veíamos una y otra vez. Siglos después la serie salió editada en DVD y entonces nos dimos cuenta de que sólo podías intentar verla desde el cariño, como un ejercicio nostálgico, para intentar evitar en muchos momentos la vergüenza ajena. Pero aún así, cuando me enteré de la existencia de una nueva versión, no sólo pasé olímpicamente sino que además me indigné al descubrir que incluso habían osado convertir a un personaje como Starbuck (interpretado originalmente por Dirk Benedict, el Fénix de “El Equipo A”)… ¡en una chica! Pero una vez vencida esa resistencia inicial, años después, supe cuánto me había equivocado. Y me rendí además ante la evidencia de que la Starbuck que encarna Katee Sackhoff no sólo mola más, sino que es ya, y con todo merecimiento, un icono televisivo. Me embarqué a bordo de la Galactica y devoré la serie durante un verano en pocas semanas. Después vino ese arduo trabajo de intentar predicar la palabra de los Dioses de Kobol entre los míos. Me costó mucho pero lo logré con mi mujer, entonces novia; empezó a ver un poco con desgana la miniserie de dos horas que sirve de capítulo piloto y ya no pudo parar. No pudimos parar, porque decidí acompañarle de nuevo en un viaje que disfruté igual, si no más, que la primera vez. Pero también lo he intentado en alguna ocasión con alguno de mis compañeros en este Cadillac, sin éxito alguno, por lo que este post va un poco por ahí. Leer más…