Tras lograr el éxito siendo la mano derecha del gran Sacha Baron Cohen en filmes como ‘Ali G anda suelto’, ‘Borat’ y ‘Bruno’, el guionista británico Dan Mazer aseguró jocosamente que necesitaba madurar y por ello se puso a trabajar en la escritura y dirección de la ahora recién estrenada en España, ‘Les doy un año’, o su particular visión de la comedia romántica. No se apuren, esto no ha sido un caso comparable al reblandecido Kevin Smith de ‘Una chica de Jersey’. Mazer confirma que su madurez aún está lejos con un filme en el que intenta dinamitar desde los cimientos las convenciones clásicas de este exitoso género añadiendo mucha incorrección por el camino.
Si el esquema habitual de una película de estas características consiste en un arranque con una chica decepcionada tras su último fracaso sentimental engullendo un litro de helado mientras ve ‘Dirty Dancing’ o similar, un cuerpo argumental en el que conoce a un chico majo pero en el que no piensa sexualmente y un final en el que el chico majo se convierte de repente en Adonis, conquista a la chica y acaban casándose y comiendo perdices, Mazer le da la vuelta al calcetín (que en su caso será maloliente y con agujeros) y comienza el metraje de ‘Les doy un año’ con el enlace entre Josh (Rafe Spall) y Nat (Rose Byrne). Leer más…
En el que «Friends» cumple veinte años
(AVISO: A pesar del eterno debate, los spoilers son algo sin fecha de caducidad. Si aún no has visto Friends y te gustaría hacerlo en un futuro, no dejes de tener en cuenta que este post contiene detalles de sus diez temporadas.)
Los noventa no favorecieron demasiado a nuestros armarios, pero fue aquella una década maravillosa, un horno de productos de culto en lo que al terreno audiovisual concierne. En el ámbito televisivo nos encontramos con diez años de partos imprescindibles, series sin las cuales el panorama actual no sería lo que es. La magnífica True Detective no habría existido, probablemente, sin esa joya Lynchiana que es Twin Peaks. La moderadamente exitosa Supernatural no sería nada sin Buffy Cazavampiros o Charmed (una petardada, sí, pero representativa como ella sola), al igual que Lost, Fringe, y otras muestras de la ciencia ficción televisiva del siglo XXI no habrían asomado la cabeza sin la absolutamente maravillosa The X-Files. Ni siquiera Breaking Bad hubiera existido sin esta última, curiosamente. ¿Y qué hay de Urgencias, Seinfield, Frasier, Doctor en Alaska o la inexplicablemente famosa Ally McBeal? Friends, por supuesto, también ha ido dejando su rastro por las sitcoms que la han sucedido. Hubo otras antes y Friends no es la mejor, pero su impacto cultural es importantísimo, supo mantenerse en antena durante toda una década, su sombra es infinita y sin duda ha pasado a formar parte de la historia televisiva. Hoy cumple veinte años y no he querido dejar pasar la oportunidad de rendirle el homenaje que merece, porque fue especial, porque fue de todos y todos hemos sido Chandler Bing.
Este artículo bien podía haberse llamado «El arte de triunfar con una fórmula simple», y es que el éxito de esta serie no deja de ser tan lógico como sorprendente. Desde el principio contó con una premisa bien sencilla, la de seis amigos de entre veinticinco y treinta años, residentes en el distrito de Manhattan, que tratan de hacer malabares con el verdadero comienzo de su vida adulta y su independencia. Seis estereotipos casi caricaturescos con los que, en mayor o menor medida, la audiencia podía identificarse. Diversidad y unas cuantas risas enlatadas, unos cimientos construídos a base de gags. ¿Dónde yace el verdadero éxito de Friends? ¿Dónde se esconde ese cariño eterno que muchos guardamos por ella? ¿Qué la hace tan especial? Demos un paseo por la avenida de la nostalgia.
En las entrevistas promocionales de “No Line on the Horizon” (2009) Bono se hartó de proclamar que ese mismo año U2 publicaría otro lote de canciones de tono más introspectivo registradas durante aquellas sesiones y que recibía el nombre provisional de “Songs of Ascent”, recordando en cierta manera la jugada de «Zooropa» (1993) después de “Achtung Baby” (1991). Era una noticia demasiado bonita para el seguidor de la banda, resignado desde hace mucho tiempo a esperar cuatro años entre disco y disco. Demasiado bonita para ser verdad. De hecho, bastó que “No Line on the Horizon” no funcionara comercialmente como ellos habían esperado para que cundiese el pánico y, pese al gran éxito del 360º Tour, la secuela prevista quedara aplazada indefinidamente, comenzando entonces un larguísimo e irritante periodo de titubeos y vacilaciones en torno a qué dirección tomar que ha estado a punto de acabar con la paciencia de los fans, entre los cuales me incluyo desde que tengo uso de razón (musical), y no sé si con el propio grupo (de hecho, el eterno gurú Paul McGuinness se quedó inesperadamente por el camino). No me importa que hoy por hoy U2 parezcan más una multinacional que una banda, ni que para muchos hipsters sean el gran dinosaurio al que derribar, o que lo sea Bono. Si hay algo peor que un fan fatal de U2 es un hater de U2. Yo amo a estos cuatro irlandeses y creo que siempre los amaré. Son demasiadas vivencias junto a ellos. Casettes intercambiadas con amigos en el colegio, horas escuchándoles en mi habitación con o sin compañía, cintas de VHS machacadas por el uso (después repuestas en DVD), canciones que pusieron banda sonora a instantes de euforia y momentos de tristeza, noches de conciertos imborrables (jamás olvidaré lo de Madrid 93), incursiones en tiendas de discos en busca de cualquier tesoro, singles, directos piratas, rarezas… Los que sois o habéis sido fan de alguna banda ya sabéis de lo que hablo. Es verdad que con los años la excitación ante un nuevo lanzamiento no es igual; ni uno es el mismo ni tampoco lo es ya el grupo, pero el vínculo emocional siempre está ahí. Por decirlo de una forma un tanto cursi, hemos crecido juntos y pese a todo lo que hemos pasado nos seguimos queriendo. Lo mismo, supongo, que les ocurre a esos cuatro chicos de Dublín que se unieron a finales de los 70 para comerse el mundo y que 35 años después aún siguen unidos (¿cuántas bandas clásicas pueden decirlo? ¿queda alguna con todos sus miembros originales?)
Por eso, como seguidor de toda la vida de U2, llevaba ya un tiempo cabreado con ellos. Me repateaba que se hubieran perdido en un intrincado laberinto del que no parecían saber salir. Está bien, y es hasta aplaudible, que una banda con su trayectoria se plantee hasta qué punto puede seguir siendo relevante, que se resista a querer verse a sí misma como un viejo mamut, pero lo que no es de recibo es marear la perdiz hasta el agotamiento. El baile de productores de los últimos años (se ha llegado a hablar de tipos del nivel de David Guetta, pero también salieron los nombres de Red One o de Will.i.am, antes de decantarse por Danger Mouse… para terminar aburriéndole y retocando casi todo su trabajo) dejaba bien a la vista que no había una hoja de ruta sólida, y los aplazamientos constantes y demoras insufribles denotaban un complejo de Penélope (ya saben, la que deshacía por la noche lo que tejía por el día) preocupante. Demasiadas ambiciones tirando de una banda que quería reaparecer con una obra maestra incontestable, que además supusiera una reinvención de sí misma como en su momento lo fue “Achtung Baby”, pero que también fuese capaz de vender millones de discos y de competir en los iPods de la chavalada con Adele, Lady Gaga y la larga lista de wannabes de U2 (con Coldplay y The Killers a la cabeza). A estas alturas U2 debería estar por encima de las expectativas del mercado y limitarse a publicar el trabajo más honesto posible. No puedes tenerlo todo a la vez, no con más de tres décadas de carrera. Creo que solo me había cabreado tanto antes con U2 cuando escuché por primera vez “Beautiful Day” y no pude evitar la decepción de comprobar que el grupo que se había pasado los 90 a contracorriente y haciendo lo que le daba la gana, haciendo leña del árbol de Joshua y defecando sobre ella, entregaba las armas y se decantaba por el camino fácil para congraciarse con el público masivo (bueno, también me enfadé cuando me pasé una mañana entera en la cola de Madrid Rock y un así me quedé sin entradas, o cuando me han obligado a volver a comprar las mismas canciones de siempre para conseguir dos nuevas, pero ese no es el tema). Leer más…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el primer capítulo de la séptima y última temporada, “Black Widower”)
La Muerte. También conocida, de forma más cariñosa por sus amigos, como The Reaper. O Mister Mayhem. Esa que se pasea bordada o estampada en las chaquetas, en los chalecos, en las camisetas de un club motero con sede en el norte de California. Esa que está tallada en la robusta mesa de madera de secuoya (redwood) en torno a la que se reúnen sus miembros. Esa que siguen luciendo y venerando en la intimidad, sin intención ni posibilidad alguna de desprenderse de ella, tatuada en sus espaldas, aferrada a su piel y escarbando, siempre, en lo más profundo de sus almas. Siete años después de subirnos por primera vez a lomos de sus Harley Davidson, comprendemos que nunca un logo tuvo tanto sentido como en este caso. No había ni un ápice de pose. La Muerte. The Reaper. Mister Mayhem. Observando. Acechando. Lanzándose inmisericorde para cobrarse una nueva pieza. Dominando, en definitiva, cada instante de “Sons of Anarchy”. Desde el primer segundo y, nos tememos, hasta el último.
A un servidor le apena, pero por otro lado le complace, ver que la propia serie está ya apurando sus últimos minutos y, dentro de doce semanas, morirá. Le apena porque ha sido uno de sus shows de referencia en los últimos años. Una de las series con las que más ha disfrutado sufriendo. Y le complace porque, honestamente, le ha llegado el momento. El camino ha sido largo, complicado, tortuoso, ha tenido sus baches y nos las hemos visto canutas para no resbalar en algún charco de sangre, pero ya vislumbramos el final de la carretera, y llega exactamente cuando tiene que llegar. La ‘season premiere’ de su séptima y última temporada, un capítulo doble titulado “Black Widower”, no ha hecho más que confirmarnos lo que ya sabíamos, pero sin grandes novedades ni golpes de efecto. O, sí, ha sido sucia, y violenta, y sangrienta como pocas. Se abrió con una (casi insoportable) escena de tortura y se cerró con otra (igualmente jodida) escena de tortura… y muerte. Y vimos a Marilyn Manson haciendo de nazi. Y tuvimos mucho del viejo rollo, y empleo sus propios términos, entre blancos, negros, marrones y amarillos. Y escuchamos una atrevida versión de “Bohemian Rhapsody”. Por lo demás y, acostumbrados como estamos a recibir golpes en plena mandíbula, o directamente en el estómago, en los arranques de temporada (la violación de Gemma en la segunda, la hija de Tig quemada viva en la quinta, la masacre en la escuela en la sexta), esta vez Kurt Sutter ha parecido incluso benevolente. Lo que no vaticina nada bueno para nuestros personajes. There Will Be Blood, que diría el amigo Paul Thomas Anderson. De momento, aún estamos a tiempo de apostar, de intentar vaticinar quién tendrá una cita ineludible con Mister Mayhem, y quién logrará darle esquinazo. Así que en esta ocasión os proponemos un post un tanto distinto, y os dejamos nuestra particular quiniela. Nuestra Quiniela de La Muerte: Leer más…
La deriva emocional de «The Leftovers»
Pocos tipos deben haber sido más insultados, vilipendiados y denostados en su profesión que Damon Lindelof, el hombre que ofendió a tantos millones de espectadores con el polémico y cuestionadísimo final de “Perdidos”, probablemente el mayor fenómeno televisivo de todos los tiempos y razón por la que muchos volvimos a (re)engancharnos a aquella afición tan de nuestra adolescencia que era ver series. Es una lástima que a Lindelof le hayan caído (y le sigan cayendo) todo tipo de palos como máximo responsable de aquella conclusión tan insatisfactoria para todos aquellos espectadores que hubieran deseado una larga lista de explicaciones lógicas que dejara atados todos y cada uno de los misterios de aquella isla, sepultando por el camino el mérito de haber sido uno de los impulsores clave de una las aventuras más extraordinarias, alucinantes, ambiciosas y adictivas de la televisión moderna. Ahora, diez años después de la emisión de aquel mítico capítulo piloto que presentaba a los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic, muchos parecen renegar de “Perdidos”. Pero claro, desde entonces todos hemos disfrutado de tantas y tan buenas series que podemos caer en la tentación de subestimar a la creación de J.J. Abrams, Jeffrey Lieber y el propio Lindelof, u olvidar por qué a su modo (que no es el de “Los Soprano” o “The Wire”) y a pesar de sus posibles flaquezas fue tan grande, revolucionaria e irrepetible. En El Cadillac Negro seguimos teniendo una deuda pendiente con “Lost” que esperamos saldar algún día como se merece, porque agradecemos eternamente los impagables momentos que nos proporcionó.
Pero hablábamos de Lindelof, el tipo que además de ejercer muy a su pesar de sempiterna piñata humana es el responsable máximo, junto a Tom Perrotta, de “The Leftovers”, la última apuesta fuerte de una HBO decidida a conservar su hegemonía en el campo de la ficción de calidad ante el empuje de AMC, FX o Showtime. Lindelof es muy hábil con las premisas conceptuales, y la de su nuevo invento (el 2% de la población mundial desaparece del planeta sin explicación aparente, y tres años después los que se quedaron siguen lidiando como pueden con el duelo colectivo) es en principio bastante sugerente. Pero, consciente de que las comparaciones con “Perdidos” no iban a tardar en llegar y de que muchos iban a tomar “The Leftovers” como una reválida personal, el showrunner advirtió desde el principio que la serie no iba a centrarse en resolver el misterio que sirve como mcguffin, sino en sus consecuencias (como también ocurre en la novela de Perrotta, Ascensión, que sirve de base) . No creo que ni Lindelof ni ningún otro creador deban ofrecer justificaciones previas sobre su trabajo, pero dado los precedentes se puede entender que esta vez tratara de cubrirse las espaldas. Quizás en esta ocasión sí era pertinente indicar al espectador dónde y qué mirar. Y quien haya sabido, podido o querido entrar en el juego de “The Leftovers” ha terminado siendo sacudido por un artefacto tan imperfecto como altamente estimulante y demoledor. En una época en la que el público y la crítica tiende a dictar sentencia desde el primer episodio, sin esperar a una mínima maduración (“The Wire” lo habría seguido teniendo tan crudo en estos tiempos como en su momento), la serie de Lindelof y Perrota no ha jugado a ponerle las cosas fáciles al espectador medio. Leer más…
Extremoduro: diez hostias bien dadas
Atrás han quedado ya los años de etiqueta de «grupo kalimotxero» y poco a poco la incontestable poesía de las letras de Robe se ha erigido en el referente de una propuesta que tiene en la honestidad y la crudeza otras de sus señas de identidad. Los textos de Extremoduro hablan de amor y de sexo, de lucha social y de angustias, de terror y de valentía, de drogas y de cielos, de sangre, sudor y semen, de vida. Envuelve y adorna una música directa, un rock urbano y contundente, que sin embargo en los últimos años ha ido incorporando matices, abriéndose a nuevos aires y, sobre todo, a nuevas estructuras, sin perder un ápice de la rabia de sus inicios.
Muchos son los artistas que presumen de «hacer lo que les da la gana», pero también aquí Robe Iniesta lleva sus principios al extremo. Ejemplificamos: publicar un álbum de una sola canción de media hora de duración («Pedrá»); presentar un disco en una casa okupa, un disco que lleva por título «Iros todos a tomar por culo» (pretendidamente incorrecto gramaticalmente, porque ¿¿¿quién coño dice «idos»????); desaparecer durante años y volver sin dar más que explicaciones que un grandioso trabajo como «La ley innata», para muchos su obra maestra; ser Extremoduro; ser Robe Iniesta. Pero a lo que veníamos, que aquí estamos para empezar a sacudir la cabeza y bombear sangre, desde el corazón o desde donde sea, para repasar diez de las canciones más representativas de una discografía en ascenso, y ya de paso para ver si ganamos para la causa a algunos de esos escépticos que siguen viendo en Extremoduro a un simple grupo de rock melenudo. Leer más…
Steel Panther: Esta broma va muy en serio
(ALERTA: Este post contiene palabras malsonantes e imágenes soeces. Individuos especialmente sensibles…intenten disfrutarlo)
Una de las ‘cuestiones calientes’ cuando se va con un grupo de amigos a un concierto es sin duda la de los teloneros. ¿Pasamos de ellos ahora que estamos de buen rollo tomando unas cervezas, que al final solo hemos pagado para presenciar al cabeza de cartel? o ¿nos tiramos tres horas de pie para ver a un grupo que pasa desapercibido y que ha sido castigado con un sonido nefasto? Bien, puede haber al respecto innumerables posiciones, pero la mía, la de un loco de la música, es intentar ver todos los grupos que me sea posible. Pero hay veces que las circunstancias lo hacen imposible. Al respecto tengo marcados dos puntos especialmente negros: cuando ignoré a My Morning Jacket el día que telonearon a Pearl Jam y poco después era uno de mis grupos preferidos y, hace solo unos meses, cuando una cola histórica ante los dislates de la organización nos dejó a la mayor parte de los asistentes a uno de los recientes conciertos de Scorpions en Madrid sin poder observar las evoluciones en directo de uno de mis grupos del momento: Steel Panther.
Apenas dos meses antes del evento, solo conocía de la banda su nombre, su estilo, su creciente éxito y sus orígenes como banda de versiones. Dos meses después, esperaba con ansia el poder corear su buen puñado de adictivas canciones y divertirme de lo lindo con una de las formaciones que más me han hecho disfrutar en los últimos tiempos. Un modo fácil y concluyente de definir a Steel Panther es ‘los Darkness americanos’. Si la banda de Justin Hawkins, una de las favoritas del Cadillac como podéis ver aquí, aglutina con impecable frescura y gracia una buena cantidad de ‘plagios’ a grupos legendarios como Queen, Def Leppard, Thin Lizzy, Sparks o AC/DC, Steel Panther hacen algo muy parecido con los grandes nombres hardrockeros que convirtieron en los años 8o Los Angeles en una gran e ininterrumpida fiesta (Motley Crüe, Poison, etc.). Si The Darkness han tenido que cargar con el ‘sanbenito’ de ser un grupo de broma por tomarse las cosas con humor y proponer hilarantes videoclips y puestas en escena, Steel Panther van mucho más allá y son directamente una bufonada sin matices, exagerando al extremo todos y cada uno de los tópicos de la escena ‘sleazy’: cardados, mallas y melenas teñidas imposibles, apología de la fiesta sin descanso, un machismo que despedaza cualquier tipo de corrección política y, sobre todo, sexo, sexo, sexo y más sexo como ‘leitmotiv’. Leer más…
Millás es uno de esos autores que uno llega a reconocer de manera irremediable, que imprime su sello en cada uno de sus trabajos creando un estilo narrativo realmente propio. Cualquiera de sus lectores frecuentes sabría adivinar que una novela es suya aunque se la entregaran en mano sin firmar y sin ninguna información previa. Ese sello tan propio consiste en un uso magnífico de la metaliteratura, un amor profesional y vocacional evidente por las letras, un surrealismo moderado en todo lo cotidiano y unos personajes complejos con particularidades psicológicas que suponen un reto en cualquier estudio narratológico. Aún no he encontrado una obra del autor que no haya disfrutado, que no lo haya confirmado como mi escritor vivo nacional favorito. Es por eso que cuando sostuve su última novela se me extendieron por la piel unas buenas expectativas que, adelanto, han terminado por verse cumplidas.
«Una novela que miente, una novela de verdad», reza esa falsa cubierta que a veces colocan sobre las solapas del libro. Palabras que el lector entiende una vez se ha zambullido sin miramientos en la historia. Julia es una mujer un tanto peculiar que se gana la vida como pescadera en el mercado de un centro comercial. En sus ratos libres, la joven estudia gramática con el propósito de seducir a su jefe, que aunque se gane la vida destripando besugos para el consumo de los vecinos del barrio, es filólogo. Esto es todo lo que sabemos del personaje antes de comenzar con la lectura. Esto, y que un tal Juan José Millás que nos suena de algo se ha empeñado en escribir una novela sobre ella, cuando la conoce al ir a la casa en la que tiene una habitación alquilada para entrevistar a su enferma dueña, ya que pretende hacer un reportaje sobre la eutanasia. Suena casi surrealista pero la premisa es tan propia del escritor que casi dan ganas de abrazarse al argumento. Leer más…























