«Sé dónde está la bala, no hay peligro», cuentan que dijo Johnny Ace entre bastidores durante el receso de un concierto en el City Auditorium de Houston, Texas, el 24 de diciembre de 1954, antes de llevarse el revólver del calibre 22 a la sien, apretar el gatillo y volarse la cabeza. Tenía 25 años y acumulaba ya una buena colección de éxitos (“Cross My Heart”, “Saving My Love for You”, “Yes, Baby”, “Please Forgive Me”, “Never Let Me Go”…) que le habían llevado a que ese mismo mes fuese nombrado el Artista Más Programado por las radios estadounidenses en 1954, según la revista “Cash Box”. Apenas una hora antes del concierto se había comprado un Oldsmobile nuevecito con el que pretendía regresar al día siguiente como un triunfador a su casa en Memphis para pasar las Navidades. Quizás no fueran esas sus últimas palabras, pues ya sabemos que en estos casos es muy difícil saber dónde termina la realidad y dónde empieza el mito. Según algunos testigos el revólver, del que rara vez se separaba y con el que solía disparar a las señales de tráfico mientras viajaban en el autobús, estaba sobre la mesa y alguien le advirtió de que tuviese cuidado con aquella cosa. «Está bien, la pistola no está cargada… ¿ves?» podría haber dicho, y sería entonces cuando se descerrajó un disparo en plena cara. Otros, en cambio, aseguraron que Johnny se dedicó a apuntar con el arma en un juego estúpido a algunos de los allí presentes, incluida su propia novia, hasta que dirigió el cañón hacia sí mismo y fue entonces cuando se produjo el disparo. En lo que sí coincidieron todos es en que estaba borracho como una cuba. Ni siquiera existe unanimidad en si el revólver era del calibre 22 o del 32. La versión oficial sentenció que Johnny Ace se mató mientras jugaba a la ruleta rusa, y esa leyenda ya habría de acompañarle para la eternidad. Su primer número uno en las listas estadounidenses llegaría de forma póstuma al año siguiente de su involuntario suicidio, con el tema “Pledging My Love”. La revista “Billboard” aseguró que la temprana pérdida de Ace provocó la mayor demanda de discos de un artista desde la muerte de Hank Willliams, sólo dos años antes.
Casi tres décadas más tarde, Paul Simon escribió la canción “The Late Great Johnny Ace”, que acabaría entrando en su disco de 1983 “Hearts and Bones”, aunque ya la había estrenado en directo en septiembre del 81 en su concierto de reunión con Art Garfunkel en Central Park, cuando el dúo actuó frente a medio millón de personas. La canción no sólo menciona la muerte de Johnny Ace, sino que también habla de la irrupción de los Beatles y los Rolling Stones en los 60, el magnicidio de JFK y el asesinato de John Lennon. Justo cuando Simon acababa de cantar la estrofa «On a cold December evening / I was walking through the Christmas tide / When a stranger came up and asked me / If I’d heard John Lennon had died», a escasos metros del edificio Dakota, un espontáneo saltó al escenario corriendo en dirección al cantante, siendo reducido cuando estaba a punto de alcanzarle. «¡Tengo que hablar contigo, tengo que hablar contigo!», aún pudo gritarle a la cara a Simon, antes de ser llevado en volandas fuera del escenario. La canción no sería incluida un año más tarde en el doble directo “The Concert in Central Park”, aunque el incidente sí quedó registrado y pudo verse tanto en la retransmisión que realizó en su momento la HBO como en los VHS y DVD posteriores. No sabemos quién era aquel joven, si era tan agresivo como dan a entender las imágenes o sólo se estaba resistiendo a los guardias de seguridad, ni qué pretendía realmente, o qué era aquello que necesitaba contarle tan urgentemente al bueno de Paul Simon. Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar hoy en día cualquier información fehaciente sobre su identidad o sus intenciones. Fuentes no contrastadas aseguran que el tipo sufría algún tipo de trastorno mental (aunque eso podría imaginárselo cualquiera) y que acabó ingresado en el ala psiquiátrica de Bellevue, el hospital al que fue trasladado precisamente el cuerpo sin vida de Lennon y en donde, más tarde, pasaría una temporada su asesino, Mark David Chapman. Otros pacientes ilustres de Bellevue fueron Eugene O’Neill, por una sobredosis con barbitúricos cuando tenía sólo 23 años; William S. Burroughs, tras amputarse un dedo para impresionar a un amante; su propia esposa, Joan Vollmer, al ser hallada años más tarde en la calle con un brote psicótico inducido por el consumo de anfetaminas (Burroughs acabaría finalmente volándole la cabeza a Vollmer con un revólver, en 1951, de forma accidental cuando supuestamente jugaban a imitar a Guillermo Tell); Norman Mailer, después de apuñalar en una fiesta a su mujer Adele Morales por haber cuestionado su talento como escritor; Delmore Schwartz, acusado de intentar estrangular a un periodista por una crítica negativa; Sylvia Plath, durante una de sus habituales crisis nerviosas; Edie Sedgwick, musa de Andy Warhol, con un largo historial de trastornos psíquicos (hereditarios, pues no fue la primera de su familia en pasar por Bellevue) y numerosas adicciones; o Valerie Solanas, tras tirotear a Warhol en la Factory a finales de los 60. Leer más…

España no es país para libros. Pese a contar con referentes literarios históricos de categoría mundial, tanto los índices de lectura oficiales como la escasez de librerías -sonrojante es el contraste ya no con el norte europeo sino en países homologables como Italia- lo certifican. Basta un simple paseo en Metro para comprobar cómo una gran mayoría de los viajeros prefieren pasar el tiempo jugueteando con el móvil que esgrimiendo un simple libro, una revista o un ‘e-book’.
Como es natural, el cine es reflejo de la sociedad, por lo que no faltarán en las películas españolas escenas que retratan a los personajes tomando cañas en cualquier bar o vibrando mientras presencian un partido de fútbol, pero pocas, muy pocas, son en las que le veremos inmersos en la lectura o, simplemente, hablando del último libro que han disfrutado. Leer más…
No falla. Es algo que sucede cada vez que U2 publica nuevo disco. Se forman dos bandos tan polarizados que es complicado asimilar que estén hablando de la misma maldita cosa. Y con “Songs of Experience” no ha habido una excepción. Primero llega la prensa ‘amiga’, capitaneada por “Rolling Stone” y “Q”, y eleva el nuevo trabajo a los altares; que si un clásico moderno, que si un excitante regreso a su mejor versión, que si top-3 del año. Y, como en un inevitable movimiento pendular hacia el extremo opuesto, aparecen las reacciones contrarias de “NME” y demás guardianes de las esencias de lo cool: terrible desaguisado, insufrible compendio de pastiches, una nueva prueba de la irrelevancia de una banda que a nadie debería importarle ya un carajo. En medio quedan los fans irredentos, muchos de ellos dispuestos a impresionarse con cualquier cosa que lleve la firma de los dublineses, y el público general, desde hace algún tiempo no muy por la labor de dejarse los dineros en comprar el nuevo disco pero definitivamente sí en los tickets para la próxima gira, sea cual sea el precio que tengan. De tanto repetirse el mismo proceso, uno termina teniendo la impresión de que al final un nuevo lanzamiento de U2 es simplemente un pretexto para reafirmar posiciones prefijadas sobre la banda y de que, en realidad, el disco es lo de menos. Que a Bono y cía, lo que significan y representan, hay que amarlos u odiarlos por decreto. Y entre tanto extremismo se hace difícil medir el verdadero estado actual de un grupo que, como suele ser lógico en casi todo dinosaurio con más de 30 años de trayectoria, hace tiempo que dio lo mejor de sí, pero que aún se resiste a la extinción. La virtud suele estar en el término medio aunque no salga rentable a la hora de conseguir clicks y generar conversación social, y “Songs of Experience”, como todos los álbumes que han venido facturando en el siglo XXI, ni es una lustrosa obra maestra ni tampoco un excremento húmedo y hediondo que conviene no pisar. Pero, entonces, ¿qué es exactamente? Eso es lo que vamos a intentar descubrir en las próximas líneas.
Un servidor siempre ha sido seguidor acérrimo de U2, como ya he dejado claro muchas veces en otras entradas de este blog, pero eso no me impide reconocer que mi relación actual con la banda, por varios motivos, ya no es tan intensa como antaño. De hecho, mis expectativas ante este nuevo trabajo no eran muy altas. Principalmente porque los adelantos que se habían ido conociendo (a excepción de “The Blackout”) no me motivaban en absoluto. No responden al tipo de música que yo creo que U2 deberían estar haciendo ahora que ya rondan la sesentena ni a la que mí me pide el cuerpo. Pero también influía, creo, cierto desapego hacia su actividad reciente. Que un disco que tenía que haberse publicado, tal y como Bono anunció, poco después de “Songs of Innocence” para formar ambos una especie de díptico conceptual se fuera retrasando más y más (otra vez) por las razones más peregrinas tampoco contribuyó precisamente a fortalecer mi fe en la banda. Y que decidieran aparcar el trabajo en el que supuestamente debían estar centrando todos sus esfuerzos para darse un baño de multitudes al calor del 30 aniversario de “The Joshua Tree” se me antojaba un paso definitivo hacia la “stonización” que siempre habían querido evitar, por muy disfrutables que pudieran ser esos conciertos. Leer más…
«Vergüenza»: llueve sobre empapado
Realmente la incomodidad que se llega a sentir viendo «Vergüenza», cuando dejas de reír, es por no saber si el tipo este es un denunciable mamarracho o un pobre desgraciado, por no estar seguros de hasta qué punto las situaciones en las que se ve inmerso se las crea él solito porque es un sinvergüenza, o por un afán por provocar como método de subsistencia, o quizás las origina sin maldad y las atrae cual imán sin poder remediarlo. El tipo este es Jesús, un fotógrafo de bodas, bautizos y comuniones con ínfulas de artista de la instantánea, paradigma del cuñadismo más extremo, y pareja de Nuria, quien, casi siempre abnegada, se convierte en los ojos del espectador dentro de la serie, si bien irremediablemente se ve envuelta en todos los desatinos de su partenaire, y ambos son los protagonistas de «Vergüenza», una serie producida y emitida por Movistar. «Vergüenza» es una comedia, además de las de mucha risa, pero no nos relajemos, detrás de toda esa hilaridad en cuanto te tiene con la guardia baja te da un sopapo de realidad, de drama, de salvaje reflejo de la sociedad más desdichada, para luego seguir con lo de los chistes, y es entonces cuando ya no sabes si reír o llorar.
Lo que más continua y sencillamente se ha repetido sobre este título es que es una serie sobre situaciones que dan vergüenza ajena. Bueno, me parece una síntesis demasiado simple, aunque realmente sí se sienta algo de vergüenza (ajena, por supuesto, que nosotros estamos al otro lado de la pantalla), pero puede ser, y es, más que eso. Nos podemos quedar en los numerosos gags desternillantes que se presentan, perfecto. A veces el no mirar más allá o incluso el no mirar el propio ombligo es más sencillo. Pero la serie lanza una serie de dardos y trozos de espejos que buscan hacer daño.

Las adaptaciones cinematográficas no se han visto exentas de polémica en los últimos años, algo curioso, porque han estado aquí desde los inicios del cine. Películas que a día de hoy se consideran de culto y esenciales en el decálogo del amante del séptimo arte nacieron, en realidad, de la pluma de autores y autoras que en cuantiosas ocasiones no recibieron el reconocimiento merecido bajo el desconocimiento del espectador. Directores de la talla de Alfred Hitchcock o Stanley Kubrick (un nombre que viene muy a colación hoy) basaron buena parte de su obra en la adaptación de trabajos literarios y de aquellos partos nacieron obras maestras.
Para entender esta polémica de la que hablo habría que tener claro que al público le suele costar diferenciar entre buenas adaptaciones y adaptaciones fieles. Una adaptación fiel puede ser completamente leal al texto del que parte, no dejándose atrás nada o casi nada, y aún así ser una mala película que falla estrepitosamente en su guión, en las interpretaciones o en una decena de aspectos técnicos. Se puede adaptar un producto literario, por contra, de manera más libre, introducir cambios en la trama y los personajes, dar más relevancia a temas que en el original se antojan menos importantes e incluso saltar por encima de algunas cuestiones argumentales y sin embargo producir un filme excelente. Siempre se ha de tener en cuenta que cine y literatura son dos formatos distintos y lo que funciona en uno no necesariamente ha de funcionar en otro. La densidad (maravillosa, por otra parte) de las descripciones de Tolkien en El Señor de los anillos no es necesaria en las entregas de Peter Jackson, por ejemplo, donde gracias a los recursos con los que se cuenta en la elaboración de una película, ya estamos viendo los paisajes, el territorio y todas las particularidades geográficas de un lugar ficticio. Eso sin entrar en materia en el tema de la disponibilidad temporal, que no es menos importante.
¡Nos vemos en los parques!
Buenas noches, bienvenidos, hijos padres del rock ‘n roll, os saludan los aliados de las noches (en vela). Por estos lares algunos ya hemos cometido la temeridad de la procreación y hemos sufrido sus consecuencias. Quedan lejanos aquellos tiempos en los que fantaseábamos con llenar la cabecita de nuestro retoño con lo más selecto de nuestra discografía, imaginando tardes de otoño compartiendo sofá y clásicos del rock ‘n roll, atendiendo con sabiduría a las preguntas de unos incrédulos oídos ávidos de música y sedientos de un aprendizaje al cual su instruido progenitor acudiría dispuesto y leído. Incluso en sus más tempranos meses, cuando el pequeño apenas podía intuir lo que le depararía el mundo más allá de los barrotes de la cuna, seguimos insistiendo en nuestro empeño por cuidar esos recién nacidos y aún limpios tímpanos, seleccionando con esmero las tonadas que le acompañaran en las interminables (y benditas) horas de sueño diurno.
Y todo se estropeó cuando llegaron los Cantajuegos, rematando la faena los Disney de turno y peligrando ya nuestra paciencia en el momento en que los ritmos más «de moda» entraron en sus cabezas, previo paso por unas Violetas y Lunas (muy) prematuramente adolescentes. Porque muchos hemos pasado por eso y porque entre nosotros, abnegados padres, tenemos que ayudarnos, porque tal vez quede un resquicio de esperanza y porque quizás podamos echar un cable a recientes o futuros sufridores, vamos a intentar intuir un poco de luz en el complicado, ingrato y frustrante mundo de las canciones infantiles.
93,8 millones de dólares. Esa es la cifra que ingresó “Liga de la Justicia” en su primer fin de semana en la taquilla estadounidense. Números que serían la envidia de la gran mayoría de producciones que Hollywood lanza cada año (que se lo digan, por ejemplo, a “Blade Runner 2049”) pero que resultan ciertamente decepcionantes para un all-star definitivo de superhéroes de DC en el que se han invertido (extraoficialmente) 300 millones de presupuesto y cuyo objetivo natural era estar, al menos, al la altura de los Vengadores de Marvel en el box-office. Números imperdonablemente inferiores a los de todas las películas anteriores englobadas en el cuestionado universo superheroico creado por Warner. Números que lamentan los fans y simpatizantes de un DCEU cuya continuidad se ve un tanto amenazada y que celebran los haters, que han saludado el batacazo como si se tratase de un gol marcado por su equipo en la final de la Champions. Incluso los detractores generales de este tipo de películas de entretenimiento, aquellos que llevan años vaticinando el estallido de la burbuja y esa parte del público hastiada de que las cintas de supertipos copen las carteleras (¿alguien les obliga a verlas?) pueden creer tener motivos para el optimismo. ¿Es el ‘fracaso’ -y pongan ahí todas las comillas del mundo que quieran- de “Liga de la Justicia” un indicio, aunque sea ligero, de que el género enfila ya su decadencia? Nada más lejos de la realidad. No al menos en el corto-medio plazo. Porque esa realidad señala que cinco de las once películas más taquilleras en todo el mundo en 2017 están protagonizadas por superhéroes, proporción idéntica a la del año anterior. Pese a la saturación, la audiencia sigue respondiendo magníficamente, y nada hace indicar que en 2018 no lo siga haciendo. Si el objetivo principal de la industria de entretenimiento es la rentabilidad económica, el género superheroico sigue siendo un valor tan seguro como las cintas de animación, la saga Fast & Furious o las adaptaciones a imagen real de los cuentos de Disney. Sí se empieza a estabilizar la franja de los 800 millones de dólares como el techo para estas producciones (“Spiderman:Homecoming”, 880 millones; “Guardianes de la Galaxia Vol.2”, 863 millones; “Wonder Woman”, 821 millones; “Thor: Ragnarok”, a la que a día de hoy todavía le queda carrera comercial, 739 millones), quedando ya la frontera de los 1.000 millones para los mash up colectivos de los Vengadores.
Pero más allá de la buena salud de los los números, el género también ha gozado en 2017 en general de la aceptación de crítica y público. Quizás no hayamos tenido ninguna película verdaderamente sobresaliente, pero ha cundido un nivel medio bueno, incluso notable (siempre teniendo en cuenta lo que se le pide a este tipo de producto, que principalmente es entretenimiento puro y duro con un mínimo de sentido y coherencia), que es mucho más de lo que se podía decir en otros tiempos. La ausencia de verdaderos riesgos artísticos que impone el férreo control creativo de las majors se viene supliendo con eficacia, sentido de la diversión bien entendido y variadas zambullidas en subgéneros afines (el western, la aventura pulp, la space-opera, la comedia teen) con disfrutables resultados. Como siempre, ha habido ejemplos mejores y peores, aciertos indiscutibles y decisiones más cuestionables, pero en global ha sido una cosecha lo suficientemente generosa y abundante como para contentar tanto al espectador de multisalas como al friki de las viñetas. Aprovechando que con el reciente estreno de “Liga de la Justicia” concluye la campaña superheroica anual, vamos a repasar lo que ha dado de sí esta variedad del blockbuster contemporáneo a la que, por diversos motivos, en estos últimos meses no le hemos dado tanta bola en el blog. Leer más…
«1993»: el año que vivimos peligrosamente

Hace ya más de año y medio nos hacíamos eco en el Cadillac de «1992», una serie a la que ya considerábamos una de las grandes series europeas y a la que no sólo valorábamos por todo lo que nos ofrecía en aquella inaugural entrega basada en el célebre año olímpico, sino por todo lo que parecía tener por ofrecer en el futuro, que se antojaba aún más apetecible.
«1992» nos hacía una brillante presentación de los cinco personajes que iban a vertebrar la trama y a través de los cuáles podíamos asistir a la convulsa evolución política italiana de aquel año y, aunque se basaba en su mayor parte en las pesquisas del infatigable juez del movimiento Manos Limpias Antonio di Pietro contra el vasto entramado de la corrupción en el país transalpino, poco a poco nos fueron introduciendo -y cada vez con mayor importancia- la trama que narraba el incipiente interés en la política del magnate mediático Silvio Berlusconi. Leer más…




















