
(ALERTA SPOILER: El siguiente post hace una revisión general de la tercera temporada de «Narcos» sin entrar a desentrañar sus aspectos argumentales, aunque trata por encima algún detalle clave de la trama…Ustedes mismos)
Pocas veces una temporada que acabara tan en alto dejó a sus espectadores tan alicaídos. «Narcos» finalizaba su segunda entrega con la consabida y más que prevista muerte de Pablo Escobar, el Patrón, el narcotraficante más famoso de la historia, y los seguidores, satisfechos por la competente plasmación de tamaño acontecimiento histórico, no pudieron evitar preguntarse: ¿Y ahora qué?
No era simplemente el adiós de un gran personaje ni el final de una adictiva trama, «Narcos» tenía que decidir en ese momentos nada menos que su propia esencia: ¿convertirse en una franquicia para albergar historias autoconclusivas en torno al ‘all star’ de los capos de la droga, pudiendo dar lugar así a la anhelada llegada del Chapo Guzmán a su universo o, bien, optar por el formato de serie tradicional, continuando la trama donde se había quedado? Leer más…
Al parecer, Amaral hace tiempo que dejó de ser esa banda lo necesariamente amable, lo convenientemente accesible y lo suficientemente buena para gustar a una amplísima parcela de público, siendo posiblemente el último gran grupo multimegavendedor de nuestro país, allá por el primer lustro del siglo XXI. La banda no ha variado excesivamente sus credenciales desde entonces, aunque más o menos con el cambio de década esa amplísima parcela de público cambió su parecer (o se cansó, o vete tú a saber qué mueve a esa amplísima parcela de público). Sin embargo, su propuesta amable, accesible y lo suficientemente buena sigue siendo idónea para los ‘mass media’ (siendo uno de los habituales ‘grupos de telediario’) y para ser premiada en los galardones más populares (su extensa colección de Premios de la Música y Premios Ondas pueden dar fe), por lo que el altavoz siguen teniéndolo y cada paso en su carrera tiene por segura una mínima repercusión. Además, conservan un buen puñado de fieles seguidores y su nombre se mueve con cierta destreza entre los carteles veraniegos, en una suerte de equilibrismo entre el mainstream más de libro y el panorama indie (tan de libro como a veces igualmente mainstream). Pero el trono del pop español ya lo ocupan otros (cantantes guapetes con más o menos un aire flamenquito parece que son los que ahora más gustan a esa amplísima parcela de público. Dios santo).
De esta forma, aunque el grupo quizás ya no esté en la cresta de la ola musical, sí sigue conservando una importante popularidad, en el buen y en el no tan buen sentido de la palabra. Y con esta mochila a sus espaldas, Amaral se mueve entre las muecas de esa escena alternativa, a la que trata de seducir pero que creo que aún no ha sido convencida, y esa música más popular pero de la que ya hace varios discos que dejó de ser bandera. No voy a pretender reivindicar ni menospreciar nada. Creo que Amaral tiene un buen puñado de grandes canciones, incluso algunos de sus discos son bien defendibles, pero también es cierto que en casi 20 años de carrera su evolución ha sido mínima, su riesgo demasiado fiable y su estilo (esto ya como gusto personal) un poco falto de colmillo. A continuación, los ejemplos, trazando un recorrido por algunos de sus mayores éxitos y mejores temas pero sin dejar pasar con sonrojo otras composiciones menos afortunadas.
Es indudable que cada vez que se escuchan los términos remake, reboot, secuela o precuela nos sacude, como mínimo, una sensación de incertidumbre. Si además el título que se va a manosear es un clásico indiscutible del celuloide, la incertidumbre se convierte en algo cercano al terror. Con esta base, ¿en qué momento uno de esos remakes, reboots, secuelas o precuelas se justifican? «Blade Runner 2049» tenía todas las papeletas para hacernos dudar, si bien la elección de Denis Villeneuve como director convirtió ciertos temores en esperanzas. Para ver hasta qué punto esta cinta es necesaria, disfrutable, olvidable o inútil tiramos de la opinión de Jaime Iglesias, periodista doctorado en Historia del Cine al que hemos podido disfrutar en medios como Metrópoli, Gara o CinePremiere. No hace falta insistir, aunque lo hacemos, en que los puntos de vista de nuestros invitados no tienen por qué corresponderse con el sentir más o menos general de este blog. De lo que no cabe duda es de que es un placer contar con la prosa de este nuevo viajero ocasional.
Al volante: JAIME IGLESIAS
Vivimos una época en la que revisar el patrimonio parece molestar. Cualquier manifestación artística realizada en tiempos pretéritos incomoda porque nos confronta con nuestra esencia, lo que equivale a decir con nuestras imperfecciones. Todo ello sin contar que imperativos estéticos vinculados a la lógica mercantil, tienden a desdeñar como algo viejo, rancio y sin valor toda aquella obra que no se ajuste a la sensibilidad del consumidor actual. El otro día fui al cine y me tuve que tragar dos tráileres, uno de «Asesinato en el Orient Express», otro de «¡¡¡Jumanji!!!», remakes imposibles de un miniclásico setentero y una estulticia noventera y, claro, la pregunta que enseguida me vino a la cabeza fue “¿era necesario?”. De hecho ni atendiendo única y exclusivamente a razones puramente pecuniarias me cuadraba aquello. Después de tan indigesto aperitivo me relajé para disfrutar de la película que justificaba mi inversión (jerga financiera obliga) de ocho euros: «Blade Runner 2049». Lo curioso es que tras casi tres horas de proyección, volvió a asaltarme la misma pregunta que me había hecho un rato antes, con los tráileres: “¿era necesario?”. Pero que no se me entienda mal: la pregunta era la misma, pero las razones que me llevaron de nuevo sobre ella fueron, en esta ocasión, de índole diverso.
15 pruebas de que el Rock sigue vivo en 2017
Admitamos que últimamente en el Cadillac Negro hemos mirado más hacia atrás que al presente en lo relativo a la música. Por diversas circunstancias, y sin que existiese un plan determinado, en 2017 nos hemos ido decantando por una línea más retrospectiva que por tomarle el pulso a la más rabiosa actualidad, y quizás hemos dado la sensación de que no había nada ahí fuera que nos interesara lo suficiente como para traerlo a nuestro pequeño rincón. Pero lo cierto es que, pese a lo que pueda parecer, permanecemos atentos al panorama contemporáneo y, en mayor o menor medida, seguimos disfrutando de discos del aquí y el ahora, lo que ocurre es que este no es, no lo ha sido nunca, un blog dedicado exclusivamente a la música, y el tiempo que tenemos para dedicarle cada vez es más finito, por lo que nos vemos obligados a establecer prioridades. Eso significa que a veces tenemos que dejar de escribir de un álbum nuevo que vale mucho la pena para poder hacerlo de otras materias que o bien consideramos más primordiales o simplemente nos apetecen más. Así que sí, reconozcamos que el nuestro no es el mejor blog para estar al día de lo que se cuece en el mundillo musical, aunque tampoco creo que los que nos seguís habitualmente lo hagáis por esa razón.
Sin embargo, hoy queremos compensar de alguna manera esa carencia trayendo una selección de nuestra música favorita de lo que llevamos de 2017. Y para acotar un poco el campo nos hemos centrado en nuestro género predilecto, el Rock, pero rock sin limitaciones ni etiquetas. Rock en un sentido amplio, en el que caben propuestas muy distintas, más duras y más suaves, más tradicionales y más avanzadas, más oscuras y más luminosas, más añejas y más novedosas. Y aunque somos conscientes de que hay vida (y muy disfrutable, claro que sí) más allá de las guitarras, hemos dejado que la cabra tire al el monte y hemos reunido 15 canciones, 15 pruebas recientes y flamantes de que, pese a que ya no sea la tendencia dominante entre la juventud y pese a que para algunos lleve eones muerto y enterrado, el Rock aún sigue estando vivo y coleando entre nosotros. Let’s get rocked!. Leer más…
«Transparent»: transformarse es sobrevivir

(AVISO SPOILERS: Hoy hablamos de la cuarta temporada de «Transparent». Si aún no has visto «House Call», el último episodio emitido, vuelve más tarde.)
Esta es la cuarta vez que me dispongo a hablar de una serie que, a estas alturas debe haber quedado patente, es la niña de mis ojos en lo que a productos actuales o no finalizados se refiere. «Transparent», la historia de Maura pero no sólo de Maura. El testimonio de los Pfefferman, una familia que sabe que la metamorfosis es el mejor antídoto para no morir. Una familia «disfuncional» que para sorpresa de nadie funciona mejor que todas las que no han sabido asimilarse como conjunto de individuos reales, nacidos del vientre de una madre y no creados en cadena en una fábrica. Un desastre maravilloso.
Este año Jill Solloway nos ha regalado un viaje. Un viaje en el sentido literal pero sobre todo en el sentido más espiritual. Descubrimientos y redescubrimientos. Un seguir buscando la identidad de manera incansable que viene a ser la piedra angular de esta serie. Esta puede haber sido su mejor temporada hasta la fecha, una temporada preciosa donde se han magnificado todas sus ya notables virtudes: su elegancia y su belleza y al mismo tiempo su carencia de tabúes, su naturalidad, su introspección, lo conmovedor de sus planos y lo honesto de sus historias, su capacidad terapéutica, su manera de ponernos tristes y sacarnos un poquito de la mierda al mismo tiempo, sus personajes tan cuidados (y cuánto están creciendo), tan susceptibles de ser odiados y amados un segundo después.
El cielo era el límite
Eddie esperó a haberse terminado el café, fue hasta el mostrador y cogió una revista. Era un gesto deliberadamente masoquista, pues no podía evitar recordar cuando él acaparaba muchas de esas portadas y grandes titulares. Ahora, en cambio, no conocía a ninguno de esos pendejos y fulanas de los que hablaba la prensa, ni tampoco alcanzaba a comprender por qué sus absurdas peripecias debían importarle un carajo a nadie. Los tiempos habían cambiado, y no para mejor, se dijo. Pidió un paquete de Newport y un six pack de Budweiser, pagó a Josie y salió a la calle. El viejo Pete dormitaba en su esquina, como todas las mañanas. Eddie rebuscó en los bolsillos, encontró unos peniques y los echó dentro del roído sombrero del anciano, que se lo agradeció con su característico gruñido. Abrió el paquete, se encendió un cigarro y siguió caminando calle abajo por el bulevar, en dirección al parque.
Eddie era un animal de costumbres. Se levantaba siempre tarde, nunca más pronto de las 11, bajaba a Josie’s, se pillaba un sándwich de pollo y un café de la máquina y se los tomaba tranquilamente sentado en una de las pequeñas mesas del fondo, junto a la cámara de los helados. Después cogía su tabaco y su cerveza y salía a pasar el resto de la mañana tirado en el parque, charlando con algunos de los habituales o simplemente viendo pasar a la gente. Aún vestía como una estrella de rock, aunque aquello sucediera hacía tantísimo tiempo que a veces lo recordaba casi como un relato de ficción. A lo largo de los últimos años se había ido deshaciendo prácticamente de todas sus pertenencias, incluídos sus premios y todas sus guitarras, menos una, y por suerte también había conservado su vieja chaqueta de cuero. Venderla sería algo así como vender su alma, y su alma, se decía a sí mismo, era ya lo último que le quedaba. Leer más…
«Verónica»: sombras de barrio

Llegados a un punto en la historia del audiovisual, recién aterrizados en el siglo XXI, el cine de terror más accesible y más susceptible de ser consumido por el gran público parecía haberse estancado. Las historias empezaron a nacer del tizne del papel de calco y provocaban en la audiencia las mismas sensaciones de manera reiterada. Hoy, sin embargo, traemos una estupenda noticia: el dinosaurio cinéfilo está en peligro de extinción o condenado al menos a chocar contra un muro de sinrazones cada vez que se pierde en un «ya no se hacen cosas como las de antes» o en un «ya no hay nada bueno». Y es que de un tiempo a esta parte el género no sólo vuelve a tratar de reinventarse, sino que cada vez son más los directores y directoras que se atreven con propuestas diferentes, que cambian las normas del discurso, que experimentan, que apuestan por la complejidad de sus personajes y dejan un calado posterior. Entregas cinematográficas muy dignas que no por apelar a una de las emociones más básicas del ser humano merecen menos consideración.
En los últimos años hemos asistido a estrenos como «La bruja«, «It Follows«, «The Babadook«, «Cabin in the Woods» o «Don’t Breathe«, todos ellos con una característica común, la de tratar de aportar algo nuevo al panorama del horror. Es un deleite para cualquier amante del pulso acelerado contemplar como en este mismísimo 2017 han visto la luz historias de zombies tan elogiables como «Train to Busan«, relatos tan magníficos como el que nos regala Julia Ducournau en «Crudo» o tan golosos y bien llevados como la nueva adaptación cinematográfica de «It«. Pero entre producciones coreanas, francesas y estadounidenses, se nos cuela un producto nacional, una «Verónica» dirigida por Paco Plaza que ha cautivado a la audiencia por su buen hacer, por sus formas, por su fondo, y quiero hablaros de ella porque ha sido una de las sorpresas más gratas que he recibido este año en el cine.




















