“Gravity”: sueños, milagros, cine
Voy a confesaros algo. Uno de mis sueños más profundos e íntimos. Un anhelo que late en mi interior, creo, desde que tengo uso de razón. Algo que es, además, bastante improbable que se cumpla, por no decir imposible. De hecho, si un buen día se me apareciese uno de esos simpáticos genios de la lámpara y estuviese dispuesto a concederme un deseo, el que fuese, pero sólo uno, esto que os digo se me pasaría, con total seguridad, por la cabeza. Aunque al final, me temo, me viese obligado a decantarme por algo más práctico y necesario, la tentación, creedme, sería enorme. Y es que, amigos, quiero ir al espacio. No querría morirme, va en serio, sin cumplir ese sueño. Y aunque lo de morirme es algo que proyecto hacer dentro de mucho, muchísimo tiempo, mis planes de ir al espacio, como os imaginaréis, de momento no pintan muy bien. Lo de hacerme astronauta (o cosmonauta, que es el palabro ruso y mola muchísimo más) a estas alturas está ya francamente complicado, y tampoco llevo bien lo de convertirme en millonario para darme el capricho de pagarme un billete, con toda la chulería del mundo, como turista espacial. Así que creo que mis oportunidades se reducen, y es algo en lo que últimamente he pensado bastante (para que veáis lo mal que puedo llegar a estar de la cabeza), a que dentro de un montón de años, cuando sea viejecito, se den una serie de condiciones: que me encuentre razonablemente bien de salud, que el turismo espacial sea ya algo tan habitual y popular como irse a pasar un fin de semana a Lanzarote (bueno, igual no tanto, pero casi), y que si mi pensión, si es que eso para entonces sique existiendo, no alcanza, al menos a mis hijos o a mis nietos les sobre el dinero y tengan el detalle de obsequiar al buenazo de su padre o abuelo con el viaje de su vida.
Sí, lo sé, es soñar demasiado (si es que acaso se puede soñar demasiado), y para muchos de vosotros será un sueño absurdo (si es que se puede hablar de sueños absurdos). Algunos diréis «este gilipollas nunca va a ir al espacio», y probablemente estéis en lo cierto, tanto en lo de «gilipollas» como en lo otro. Así que me tengo que conformar pensando que, de alguna forma, ya he ido. Ya he estado allí. O he estado lo más cerca de allí que jamás estaremos la gran mayoría del común de los mortales. Gracias a ese puto genio llamado Alfonso Cuarón y a esa obra maestra titulada “Gravity”. Una película que consigue precisamente eso, hacerte creer, hacerte sentir, durante 90 minutos, que estás en el frío, infinito, inhóspito, despiadado y bellísimo espacio. Claro que cualquiera pensaría que uno está rematadamente mal de la cabeza si, después de ver el film, aún mantiene vivas sus fantasías espaciales… Pues debo estar como una chota porque así es. Sigo queriendo ir al maldito espacio. Quizás sea por algo que el astronauta Matt Kowalski (George Clooney) pronuncia mientras él y la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) vagan abandonados a su suerte a cientos de kilómetros de la Tierra, sin apenas posibilidades de regresar a casa y prácticamente condenados, por tanto, a una muerte segura. El bueno de Matt, que al principio de la cinta estaba disfrutando de su último paseo espacial antes de su jubilación, observa desde esa situación tan privilegiada y jodida a la vez una puesta de sol, probablemente la última que vea en su vida, y dice: «Creo que esto es lo que más voy a echar de menos». Y yo, testigo desde mi confortable butaca de tan precioso e incomparable espectáculo, le entiendo. Y le envidio. Leer más…
«Homeland»: nueva partida, nuevos desafíos
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el primer capítulo de la tercera temporada)
Hay series que se construyen sobre una premisa central tan potente y perfectamente esférica que solo admiten ser desarrolladas en una única temporada, pero a las que el éxito obliga a perpetuarse artificialmente hasta que las costuras quedan al descubierto y la idea original termina deformada o, en el peor de los casos, pisoteada de mala manera hasta el punto de resultar dolorosamente irreconocible. A todos nos viene a la mente el caso de “Prison Break”, un espectáculo frenéticamente adictivo en sus primeros 22 episodios y una mala parodia de sí misma en entregas posteriores, especialmente en aquellas involuntariamente cómicas tercera y cuarta temporadas. En El Cadillac Negro nos temíamos que “Homeland” pudiese formar parte de este grupo tras visionar su modélicos, inmaculados, primeros doce episodios. Y es que el thriller de espionaje perpetrado por las mentes de Alex Gansa y Howard Gordon, basado en la israelí “Hatufim”, tomaba el pulso al corazón de la Norteamérica post 11-S administrando con enorme sabiduría tensión, suspense y toneladas de ambigüedad moral. “Homeland” era un producto televisivo endiabladamente perfecto porque sorteaba la aridez de una propuesta tan similar como la desdichada “Rubicon” sin renunciar a la complejidad ni a la densidad dramática y porque sabía cuándo pisar el acelerador y escorarse hacia la explosividad de “24”. Y además nos presentaba a dos personajes tan memorables como la bipolar agente de la CIA Carrie Ann Mathison y el marine Nicholas Brody, dos almas torturadas que funcionaban como las dos caras de una misma moneda y sobre las que recaía (casi) todo el peso del show.
Esa primera temporada resolvía tan impecablemente la mayoría de sus dilemas y bifurcaciones éticas que muchos pensábamos que era innecesaria una continuación. Y casi desde el primer capítulo de su segundo “round” Gansa y Gordon nos demostraron (felizmente) que estábamos completamente equivocados. De hecho, los cinco primeros capítulos de la segunda temporada fueron un vendaval de sorpresas y emociones de una magnitud colosal, posiblemente lo mejor que vimos en TV en 2012. “Homeland” supo reinventarse apostando por un notable incremento de la dosis de adrenalina aunque sacrificando algunos retazos de verosimilitud en el camino. Sabemos que algunos no compartís nuestra opinión (expresada por mi compañero Rodrigo en este post) pero, a pesar de algunas flaquezas en su segunda mitad, nosotros consideramos que la segunda temporada no desmerece en absoluto a la primera, y así lo constatamos al situarla en el primer puesto de nuestras favoritas del año. Sin embargo, y pese a que el final de “The Choice” dejaba las puertas convenientemente abiertas para una tercera temporada, vuelven a surgirnos las dudas, dudas que no despejan (ni tampoco acrecientan, para ser honestos) “Tin man is down”, el primer capítulo de la tercera tanda. Y es que “Homeland”, por la propia naturaleza de su propuesta, está “condenada” a examinarse de nuevo con cada nueva temporada. Porque en un escenario en el que la carta de la ambigüedad de Brody está ya más que exprimida y la tortuosa relación entre sus dos protagonistas muy explotada, Gansa y Gordon están obligados repartir juego en otras direcciones para que la serie siga viva. El desafío aquí está en aplicar la máxima de Lampedusa de cambiarlo todo para que todo siga igual. El riesgo de perder su identidad en la apuesta es evidente, pero concedamos a estos tipos algún crédito después de lo que les hemos visto hacer. Desgranemos, pues, las posibles jugadas y maniobras que sugiere “Tin man is down” para esta nueva partida de “Homeland”, a sabiendas de que en cualquier momento toda previsión que hagamos puede venirse abajo estruendosamente. Leer más…
«Breaking Bad»: al final de la escapada
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el último capítulo de la serie, “Felina”)
Hace un mes y medio decíamos en “Breaking Bad: si no sabes quién soy…” que no necesitábamos esperar a su conclusión para reconocer que la serie de Vince Gilligan pertenecía ya por derecho propio al Olimpo de las ficciones televisivas, y tras aquel “Blood Money” con el que se iniciaba la segunda mitad de su quinta y última temporada ni siquiera contemplábamos la posibilidad de que se nos escamoteara el deseado broche de oro a una de las obras que más y mejor ha explorado los límites de la moralidad y la naturaleza humana. Lo que no sabíamos entonces es que en sus siete últimos capítulos “Breaking Bad” iba a colocar su listón aún más alto de lo que habíamos soñado, que iba alcanzar su versión definitiva en una tanda de episodios sobrenatural, casi imposiblemente pluscuamperfecta, en la que, durante muchos momentos, cada secuencia ha sido una jodida obra maestra, estableciendo un nuevo canon, un nuevo modelo de hacer televisión, al que previsiblemente a partir de ahora muchos tratarán de acercarse y ojalá alguno sea capaz de igualar. Además, en su último estertor “Breaking Bad” se ha convertido en todo un fenómeno colectivo que ha pulverizado sus propios records de audiencia con cada capítulo (hasta los increíbles 10.3 millones en EE.UU del último) y que ha hecho arder las redes sociales cada lunes, aunque, por una vez, toda la algarabía estaba más que justificada. Tendríamos que remontarnos a “Perdidos” para recordar algo parecido. Durante este mes y medio todos habremos padecido alegrías y sinsabores, reveses y pequeñas victorias, incertidumbres y certezas en nuestras vidas cotidianas, pero si de algo estábamos condenadamente seguros es de que al menos durante aproximadamente 47 minutos a la semana el tiempo se iba a detener e íbamos a vivir algo especial. Ahora envidio a todos aquellos que no se subieron al carro y han asistido al acontecimiento desde la barrera, posiblemente mosqueados por la locura que cada siete días se ha adueñado de la red, porque ellos tienen la oportunidad de vivirlo todo por primera vez desde el principio al fin. Entonces comprenderán a qué venía tanto jaleo.
Y el final ha sido “Felina” (Fe, Li y Na; hierro, litio y sodio; sangre, metanfetamina y lágrimas), la conclusión que la serie merecía y necesitaba. Esta mini-temporada ha sido tan gloriosa y sublime que a estas alturas los deberes estaban más que hechos, y con matrícula de honor. En ese sentido, “Felina” no era una reválida de ningún tipo, ni el prestigio de la serie iba a depender de una ocurrencia final más o menos afortunada (un saludo a “Dexter”!). Con “Ozymandias”, ese mítico capítulo que ya está grabado a fuego en la historia de la TV, “Breaking Bad” llegó a su cénit. La taquicárdica e imprevisible sucesión de “Blood Money” “Buried”, “Confessions”, “Rabid Dog” y “To’hajiilee” alcanzaba su explosión final en esa maravilla absoluta filmada por Rian Johnson (el mismo director de “Fly”) en la que el Imperio de Heisenberg saltaba por los aires en mil pedazos sin posibilidad de vuelta atrás. Así, “Granite State” y “Felina” han funcionado como una especie de epílogo en el que el ritmo ha sido mucho más pausado, el tono más oscuro y el trazo más minimalista. Y han llegado a donde la historia demandaba que había que llegar, sin más florituras ni requiebros, con honestidad y contundencia. Sin cabos sueltos ni margen para la elucubración. Todo atado y bien atado. Vamos, un FINAL en toda regla en el que al menos yo no he podido evitar las lágrimas (y eso que en ningún momento se ha pecado de sentimentalismo), lágrimas derramadas por Walter White, ese ser humano imperfecto al que hemos odiado, admirado y compadecido a partes iguales, pero también lágrimas vertidas por el final de un viaje apasionante e irrepetible, como cuando éramos pequeños y al final del verano teníamos que despedirnos de la aventuras y emociones del pueblo para volver a la normalidad de la ciudad. Leer más…
La publicación de “New Horizon”, el cuarto álbum de estudio de The Answer, debería ser una de las noticias del año. Qué demonios, lo es, aunque no la veáis destacada en grandes titulares ni acaparando portadas en los medios más ‘prestigiosos’ del planeta. Porque The Answer es una de las mejores bandas de rock ‘n’ roll de este cochino mundo. Y si tú, a estas alturas, aún no lo sabes, es porque o el rock te importa un pimiento o porque estás cometiendo uno de los mayores errores de tu vida. Antes de meternos en faena, conviene echar un momento la vista atrás y hacer un poquito de historia. Probablemente la inmensa mayoría les descubriera cuando se alistaron como teloneros de AC/DC en el mastodóntico y ya histórico “Black Ice World Tour”, que ellos aprovecharon para presentar los temas de su flamante y espléndido segundo disco de estudio, “Everyday Demons” (2009). Para los que, en cambio, ya les seguíamos la pista desde su magnífico debut, “Rise” (2006), aquel acontecimiento, clave en su carrera, no hizo más que confirmar, a lo grande, nuestros mejores presagios. Así, ya fuese actuando en abarrotados estadios ante decenas de miles de personas que en realidad no habían ido a verles a ellos, o encabezando sus propios shows en pequeñas salas, estos cuatro jóvenes norirlandeses demostraron a finales de la pasada década un par de cosas: que lo suyo no era un espejismo y habían llegado para quedarse, y que tenían un directo demoledor, apabullante, aún mucho más disfrutable si cabe en las distancias cortas. De hecho, con sólo dos álbumes en el mercado ya podían presumir de tener un repertorio memorable, que ya hubiesen querido agenciarse otros grupos con diez o quince años de carrera a sus espaldas: “Under The Sky”, “Never Too Late”, “Come Follow Me”, “On And On”, “Demon Eyes”, “Too Far Gone”, “Tonight” o “Comfort Zone” se defienden por sí mismas.
La propuesta de The Answer siempre ha sido muy clara, directa y honesta. Si te gustan Led Zeppelin, AC/DC, Free, Thin Lizzy o The Black Crowes, por citar una referencia más ‘actual’, ésta es tu banda. Y, hoy por hoy, no encontrarás nada mejor. Eso sí, lejos de quedarse en un mero ejercicio clónico o nostálgico, el vocalista Cormac Neeson, el guitarrista Paul Mahon, el bajista Micky Waters y el batería James Heatley se lo han trabajado para mezclar y agitar todas sus influencias y forjar así su propio sonido y un estilo cada vez más reconocible y personal. Volvieron a demostrarlo, y de qué manera, con su tercer álbum, “Revival” (2011), otro excelente trabajo que nos dejaría además un buen puñado de temazos para la posteridad: “New Day Rising”, “Caught On The Riverbed”, “Vida (I Want You)”, “Can’t Remember, Can’t Forget” o la que, para un servidor, fue sin duda la mejor canción de 2011, y quién sabe si de la década, “Nowhere Freeway”, gracias a la cual conocí además a la Diosa Lynne Jackaman y a su banda Saint Jude (otro gran descubrimiento). Aquel año pude verles en directo por quinta vez, la segunda que lo hacía con su propio show, pues las otras tres veces fueron como teloneros de los australianos (siempre, por cierto, en compañía de alguno de mis socios de El Cadillac Negro). Ir a un concierto de The Answer es como acudir a una fiesta, a una celebración de puro y genuino rock ‘n’ roll en la que sabes que nada puede fallar, y a la que vas con la confianza de que jamás van a decepcionarte. Una generosa ración de vatios, un repertorio inigualable, una banda siempre pletórica y dispuesta a patear traseros y, sobre todo, un vocalista y un ‘frontman’ soberbio, excepcional, de esos que ya apenas se fabrican. Se nota que el amigo Cormac Neeson ha mamado lo mejor de Robert Plant, Bon Scott y Chris Robinson y, además de ser un espectáculo sobre las tablas, no duda en bajarse noche tras noche a abrazarse con su público y a cantar rodeado de sus fans. No se puede ser más grande. Leer más…
«Dexter»: los restos del naufragio
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el capítulo final de la octava y última temporada, «Remember the monsters?»)
La escena pretendidamente climática de “Remember the Monsters?”, con Dexter Morgan a bordo del “Slice of Life” precipitándose a todo máquina hacia el ojo de la tormenta y por tanto hacia una muerte aparentemente segura, ejemplifica perfecta y dolorosamente lo que ha sido esta octava y última temporada de la serie bandera de Showtime, una especie de suicidio caprichoso e inexplicable que, maldita sea, todavía no llegamos a entender cómo ha podido ocurrir. Y no lo comprendemos porque después de dos temporadas renqueantes (quinta y, sobre todo, sexta) en las que el agotamiento creativo era más que evidente, “Dexter” supo virar el rumbo en la séptima para encarar de frente una serie de acontecimientos que ya no pensábamos que los responsables del programa tuvieran las agallas de afrontar. Lo dijimos en “Dexter: hermanos de sangre” y lo volvemos a repetir ahora. La séptima temporada de la serie fue una feliz recuperación de su mejor versión que exploraba con valentía las posibilidades que abría el descubrimiento por parte de Debra Morgan de la verdadera naturaleza de su hermano. Todo apuntaba a una despedida más que digna para nuestro, después de todo, asesino en serie favorito, pero lo que ignorábamos entonces es que los guionistas habían quemado toda la munición en esa tanda de doce capítulos culminada con “Surprise, motherfucker!”, que no había un plan para sostener otra season más. Aquella tanda fue el canto del cisne de “Dexter”, la inesperada mejora del enfermo antes de sucumbir de forma definitiva. En una secuencia en uno de los primeros capítulos de esta octava temporada Debra le espeta a su hermano que disparó a la persona equivocada en aquel contenedor en el que murió Maria Laguerta… y no podemos estar más de acuerdo con ella. No me cabe ninguna duda de que, visto lo que hemos visto después, “Dexter” debió terminar ahí para ahorrarnos el sufrimiento de ser testigos de una lenta, pueril y evitable agonía.
Han sido tantos los palos que se ha ido llevando “Dexter” tras cada capítulo de esta temporada en redes sociales y blogs, tantas las mofas a costa de su imparable declive, que uno podría tener la insana tentación de ponerse de parte de la serie. Al fin y al cabo, ¿qué culpa tenía la simpática y entrañable “Dexter” de haber tenido la malísima suerte de que su final coincidiese con el de una bestia parda que siempre ha jugado en otra liga y que, para más inri y a diferencia de ella, estaba dispuesta a salir con todo y a por todas en su último round? Uno no puede evitar sentir cierta compasión por una serie que nunca pretendió ser otra cosa que un gran producto de evasión y que ha terminado convertida en una gran piñata a la que le llueven palos desde todas las direcciones. Trato, de verdad, de encontrar una justificación, una forma de defender esta temporada y definitivamente no se me ocurre nada. El primer problema de “Dexter” en su tanda final ha sido la cobardía de unos guionistas que no se atrevieron a coger el toro por los cuernos. Sí, la misma cobardía que les impidió tirar de la cortina al final de la quinta tanda, la que les acogotó durante toda la sexta y la que inopinadamente supieron esquivar durante la séptima. Lo tenían bien encarrilado para llegar a una conclusión potente con la que despedirse por todo lo alto y decidieron tirarlo todo por la borda, volver a recular y enmarañarse en una serie de tramas prescindibles y decepcionantes, impropias de un gran final. Da la sensación de que los responsables del show recurrieron a todos los bocetos que tenían guardados en el cajón desde hace años para futuras temporadas y juntarlos en un monstruo de Frankenstein insostenible, sin pies ni cabeza, en el que todas las piezas bailaban y ninguna casaba entre sí. Leer más…
“La Cúpula” vuela en mil pedazos
Mencionaba en mi anterior post, dedicado a la serie de Aaron Sorkin “The Newsroom” y publicado hace un par de días, que cuando uno se la juega dándole una oportunidad a una serie de estreno con el tiempo a veces termina obteniendo su justa recompensa, cuando se da cuenta de que acaba de descubrir una nueva joya televisiva o, al menos, un entretenimiento aceptable, que no es poco. Otras veces, en cambio, pincha en hueso y se encuentra con que ha perdido un tiempo precioso en algo que, ciertamente, no lo merecía, o no ha cubierto sus expectativas, o incluso ha sido una absoluta tomadura de pelo. Y he empleado el verbo ‘jugársela’ porque me refiero a eso, a ver una serie desde que empieza a emitirse, por los motivos que sean, que pueden ser muchos y no voy a enumerar ahora, pues no vale eso de apuntarse al carro cuando tus colegas, IMDB y todos los críticos del planeta ya te la están poniendo por las nubes y tienes la certeza de que es la hostia. Y además, porque no deja de ser una jugada de riesgo, pues los que estamos tan viciados con esto de las series tenemos ya tantas en cartera, tantas pendientes y tantas recomendadas, el ritmo televisivo es (felizmente) tan implacable, los días siguen teniendo 24 horas, las semanas 7 días y además algunos pretendemos incluso dedicarnos a hacer otras cosas con nuestras vidas que, en un momento dado, sumar una más a nuestra apretada agenda no deja de ser una osadía.
En mi caso, mi apuesta por “La Cúpula” (“Under The Dome”) la tenía ya decidida y clarísima desde que supe, hace muchos meses, que la CBS preparaba una adaptación televisiva de la novela de Stephen King. El libro, sin ser de los mejores del escritor, me había gustado bastante, a pesar de contar con un final francamente mejorable. No tanto por la explicación del por qué de la cúpula en sí, que tampoco es la repera, sino por cómo lo acaba gestionando el autor… es igual. En cualquier caso, todo el desarrollo de la trama, todos los eventos que King nos narra al encerrar a una pequeña población de Maine (dónde si no), llamada Chester’s Mill, dentro de una misteriosa cúpula, sí los encontré emocionantísimos, por momentos brillantes. Y sobre todo, me parecían material de primera para hacer una serie extraordinaria. De hecho, “La Cúpula” me recordó muchísimo a “La tienda” (“Needful Things”, en el original), ésta sí, sin duda, una de las mejores novelas de King, que sin embargo padeció una horrible adaptación cinematográfica en 1993. Yo entonces no era más que un adolescente y no era el loco de las series que soy ahora, y aún así recuerdo que pensé que el problema de aquella espantosa película era que 120 minutos eran insuficientes para sintetizar una historia que sólo cobraba sentido al construirse en torno a todo un pueblo, decenas de personajes e innumerables eventos (bueno, igual no lo pensé exactamente así, pero más o menos): o sea, que “La tienda” daba para hacer una serie cojonuda, pero como película siempre sería nefasta. Así que ahora entenderéis aún más mi alegría al enterarme de que “La Cúpula” iba a correr mejor suerte. El subidón padre ya me sobrevino cuando supe que a ‘Big Jim’ Rennie, el gran villano de la función y, sin duda, el mejor personaje de largo del libro, le interpretaría nada más y nada menos que Dean Norris, ese putísimo amo. Sí, la cosa no podía pintar mejor. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el noveno y último capítulo de la segunda temporada)
Lo mejor de ser parte de la tripulación de un blog como El Cadillac Negro es, sin duda, poder elegir en cada momento sobre qué escribir, sin nadie que decida por ti, con tu pasión como única guía. Algo que creo que suscribirán al cien por cien mis dos compañeros de viaje. Y basta con que hayáis entrado por aquí un par de veces para que os hayáis dado cuenta de que, a día de hoy, hay pocas cosas que nos apasionen más que las series. Así, desde febrero de 2012, cuando iniciamos esta aventura, hemos podido darnos el gusto de homenajear a algunas joyas imperecederas (aunque aún tenemos muchas, muchísimas deudas pendientes), hemos seguido la actualidad de otras que llevan años petándolo y a las cuales somos fieles desde el principio, o casi, y también hemos intentado, en la medida de lo posible, estar atentos a algún que otro nuevo estreno con la esperanza de que con el tiempo pudiese convertirse en algo grande, o al menos en un entretenimiento aceptable. Por supuesto que no siempre hemos acertado y a veces hemos pinchado en hueso, pero eso son gajes del oficio, o del espectador, nada que no os haya pasado también a vosotros en más de una ocasión.
Con ese espíritu nos acercamos a “The Newsroom” hace un año y ya entonces, en mi primer post dedicado a la serie de Aaron Sorkin para la HBO, ‘Las luces de la redacción se encienden en “The Newsroom”’, escribí tras ver su capítulo piloto que el tiempo nos diría si nos encontrábamos ante una «joya televisiva» y si, algún día, «echando la vista atrás, podamos decir: “Yo estuve allí, desde el principio”». Dos meses después, ya con su primera temporada finalizada, mis impresiones eran francamente positivas, incluso entusiastas, aunque reconocía en ‘“The Newsroom”, la aventura quijotesca de Aaron Sorkin’ que lejos de ser perfecta la serie aún tenía un amplio margen de mejora, y Sorkin debía pulir aún más a su criatura si quería instalarse «en la excelencia». Este verano, aunque no le dedicásemos un post con motivo del estreno de su segunda temporada, un servidor no ha faltado a su obligada cita con la segunda edición del noticiario comandado por Will McAvoy (un de nuevo impecable Jeff Daniels). Y finalizada ya esta segunda tanda de nueve episodios, uno menos que el año pasado, creo que me encuentro en condiciones de afirmar con rotundidad que el señor Sorkin se ha marcado un temporadón memorable, para quitarse el sombrero. En mi ránking personal de lo mejor del verano, que no es más ni menos válido que el de cualquiera, se lleva una merecidísima y muy meritoria medalla de plata… pero sólo porque lo que está haciendo Vince Gilligan con “Breaking Bad” es, sencillamente, insuperable. Leer más…
“Sons of Anarchy”: una historia de violencia
(ALERTA SPOILER: Revela detalles esenciales de la trama de la serie, hasta el primer capítulo de la sexta temporada, «Straw»)
Que “Sons of Anarchy” es una de las series más violentas, si no la que más, del actual panorama televisivo es algo que sabemos desde su mismísimo arranque. Y ya llevamos cinco años, éste será el sexto, viendo a una banda de rudos moteros traficando con armas (y con drogas a partir de su cuarta temporada), manteniendo vínculos con el IRA Auténtico, los carteles de la droga colombianos o la mafia rusa, ampliando sus negocios cuando les ha convenido al mundo del porno o la prostitución, y resolviendo los enfrentamientos con sus enemigos y, lo que es peor, sus problemas internos, a golpes, navajazos o tiros, dejando un número ingente de cadáveres por el camino… No, todos sabemos lo que es “Sons of Anarchy” a estas alturas y cómo se las gasta su creador y ‘showrunner’, Kurt Sutter. Y el nivel de drama y crudeza que es capaz de alcanzar la serie en los últimos tiempos. Esto no sólo no ha sido un obstáculo para el éxito de la serie, sino todo lo contrario, me atrevo a decir que es la base sobre la que se sustenta gran parte de su auge y popularidad. De hecho, es el programa más visto en la historia de la cadena FX, muy por encima de shows de la talla de “American Horror Story”, “Justified”, “The Shield”, “Nip/Tuck”, “Damages” o la reciente “The Americans”. Y parece que cuanto más trágica, oscura y salvaje es la serie de Sutter, más parece ganarse los favores de la audiencia: los récords alcanzados con los respectivos estrenos de la cuarta (4,93 millones de espectadores) y quinta temporada (5,37 millones) ya son historia. “Straw”, el primer episodio de la sexta y penúltima temporada de “Sons of Anarchy”, reunió el pasado martes a 5,87 millones de personas delante de sus televisores. Otros cuantos cientos de miles tuvimos que aguantarnos hasta el día siguiente para poder ver el capítulo en nuestros hogares. Acostumbrados como estamos a esperarnos (sobre todo en una ‘season premiere’) cualquier cosa, cualquier salvajada que nos deje sin habla, totalmente noqueados o con la moral por los suelos… seguro que ninguno estábamos preparados para lo que vimos. Madre mía, Sutter, ¿estás como una puta cabra o tienes los cojones bien puestos? El debate está en la calle. O incendiando la red, que viene a ser lo mismo.
Pero ya hablaremos del evento en cuestión más adelante, y de si Sutter ha cruzado en esta ocasión una línea roja y ha ido demasiado lejos, aunque yo os avanzo que, de momento, me inclino por pensar que NO lo ha hecho. Pero todo dependerá de lo que venga a continuación y de cómo gestione el creador y principal guionista de la serie la trama de los próximos episodios. Lo que “Straw” sí deja bien claro, y eso sí nos lo esperábamos, es que todo va a ir a peor esta temporada para los habitantes de esa Charming, California, que cada vez se parece más al mismísimo Infierno. Aunque cueste creerlo. No, parece que no hemos tenido suficientes tragedias, ni suficientes pérdidas, que aún no alcanzamos a ver el fondo del agujero y que seguimos en caída libre… Y todo está tan podrido que ya no hay vuelta atrás, y nadie puede salir vivo o entero de una casa que se cae a pedazos. Es como esa condena a muerte a la que está sentenciado Otto Delaney (interpretado por el propio Sutter): algún día llegará, pero no lo hará hasta haber vivido antes un horripilante martirio en prisión. Ésa es la actual situación de SAMCRO: nada bueno aguarda al final del túnel, y además no hay forma de salir de él sin atravesar antes un verdadero calvario. Leer más…























