‘Prisioneros’: Ha nacido un clásico
Difícilmente podría haber caído más de pie en su primera incursión en Hollywood de Denis Villeneuve. Hartos como estamos de ver grandes promesas de la dirección internacional venirse a menos en su carrera estadounidense (ya sea porque parecen ahogarse entre holgados presupuestos y superestrellas, ya sea porque sus aspiraciones son cortadas de cuajo por el gran estudio correspondiente), nos alegramos porque el canadiense, toda una estrella en su país y revelado internacionalmente con su anterior ‘Incendies’, haya firmado ‘Prisioneros’, el debut en la élite al que siempre aspiramos: manteniendo las constantes de su cine pero viendo ampliados sus medios y su difusión gracias al nombre de los intérpretes y la incursión en un género como el ‘thriller’, susceptible de llegar a las grandes audiencias.
Una historia en apariencia sencilla como es la de la desaparición de las dos hijas pequeñas de dos matrimonios que celebran juntos el Día de Acción de Gracias es aprovechada al máximo, gracias a que la mera intriga, ya de por sí interesante, se engrandece sobremanera al centrarse en gran medida el argumento en las dispares reacciones que provoca este hecho en los personajes, especialmente en los desolados padres, obteniendo múltiples ramificaciones en la historia que el guión logra coordinar y trenzar con éxito. Mientras que en la familia Dover se dan los casos más extremos y opuestos -el paso a la acción más radical e ilícito del padre Keller frente a la postración en cama, masiva ingestión de somníferos mediante, de la madre Grace- , el matrimonio Birch representa la reacción más convencional: la civilizada, que no dejará de convertirse posteriormente en la más hipócrita. Añadan a la coctelera al joven y eficaz detective Loki, encargado del caso, y una dimensión trascendental (similar a la que exhibía la soberbia ‘Mystic River’), gracias a la problemática relación con Dios de algunos de los personajes, y verán como estamos ante uno de los mejores combinados de la temporada. Leer más…
El viejo Lou
Ha muerto Lou Reed. Y yo tengo ganas de llorar. Ahora mismo, perdónenme si no me salen las palabras para expresar la enorme tristeza que me provoca su pérdida. La profunda admiración, la devoción que un servidor sentía, siente y siempre sentirá hacia el señor Reed es compartida, creo que en igual medida, por mis compañeros de El Cadillac Negro, así que de alguna forma este blog tenía que rendirle un homenaje. Y aunque sé que es poca cosa, y que nunca estará a la altura de tan gigantesco personaje, esta triste noche de domingo sólo puedo rescatar el post/relato que le dediqué en esta misma página, hace ahora poco más de año y medio. Eso deberá bastar.
Gracias, amigo Lou. Y buen viaje.
(«El viejo Lou». Publicado originalmente el 26/04/2012)
Domingo por la mañana. El viejo Lou se encuentra sentado en su sillón favorito, en su rincón favorito, en la biblioteca de su apartamento, que es, sin discusiones, su estancia favorita de la casa. Mira por la ventana, que acaba de abrir de par en par, para percibir con todos sus sentidos esa ciudad en ebullición que tanto ama, y que nunca se detiene un solo instante, ni siquiera, o menos aún, los fines de semana. Sobre sus rodillas, un viejo ejemplar de “In Dreams Begin Responsibilities”, de Delmore Schwartz. Se siente cansado. Le pasa casi todos los domingos; echa de menos su sesión matutina de Tai Chi, pero ése es el único día de la semana en que su maestro no acude a visitarle. Se siente cansado y, además, se aburre. Su mujer se ha encerrado en el cuarto oscuro para revelar fotos. Se recorrieron medio Manhattan el sábado con la cámara a cuestas, así que imagina que estará allí dentro todo el día, probablemente ni siquiera saldrá para almorzar algo. Saca su teléfono móvil del bolsillo de su bata de felpa y se le ocurre que, por qué no, va a llamar a los muchachos; hace mucho que no sabe nada de ellos. Busca en la agenda el teléfono de James, duda por un segundo, y pulsa el botón verde. Cinco tonos, seis tonos, siete, y salta el buzón de voz. Hace mucho que no consigue hablar con su amigo, y se pregunta incluso si no habrá cambiado de número de teléfono. En una profesión como la suya, a veces te ves obligado a hacerlo. Así que decide llamar a Lars. No le cae tan bien, es un tipo bastante cargante, de hecho, pero quiere saber qué tal les va a los chicos. Esta vez pierde la cuenta de los tonos, doce, quince, hasta que su llamada se extingue de nuevo sin respuesta. Se lo piensa un poco, y se dice que por qué no llamar al otro, nunca consigue recordar su nombre a la primera… Kirk, eso es. Esta vez, se encuentra directamente con el teléfono apagado, así que desiste. Había un cuarto hombre, sí, pero ni siquiera sus compañeros parecían hacerle mucho caso, por lo que se resigna a intentarlo en otro momento. Coge el libro que reposa sobre sus rodillas. Acaricia su lomo gastado, se acerca las páginas amarillas a la nariz y aspira su olor. Lo abre al azar y descubre que lo ha hecho por uno de sus poemas favoritos. Comienza a leer, a recitarlo solemnemente para sí mismo, y apenas tres minutos después se queda totalmente dormido. Leer más…
“Peaky Blinders”, tío. “Peaky Blinders”. Sí, ya sé, el título es probable que no te transmita mucho, quizás sea mejorable, pero déjame decirte que tiene su explicación. Mira, es una serie de la BBC sobre gángsters en la Birmingham de los años 20… Bueno, en realidad arranca en 1919, pero no nos pongamos quisquillosos… ¿Cómo? ¿Una versión británica de “Boardwalk Empire”? Ya, eso es lo que pensé yo también, y lo primero que me dice todo el mundo cuando le hablo de ella, pero déjame decirte una cosa: basta que veas cinco minutos, diez a lo sumo de su primer capítulo, para que te des cuenta de que no es así, de que “Peaky Blinders” puede que tenga algunos puntos en común con esa joya absoluta de la HBO, por supuesto, pero es una cosa totalmente distinta. Su creador es Steven Knight, el guionista de “Negocios ocultos” de Stephen Frears, y de “Promesas del Este” de David Cronenberg, de la que ya hablamos aquí en este blog en nuestro ciclo “El cine del siglo XXI”. El caso es que yo creo que Knight, tipo listo, consciente de que las comparaciones serán inevitables, y de que a menudo son odiosas, quiere que su serie tome distancia con “Boardwalk Empire” o cualquier cosa que se le parezca desde el principio. Y lo consigue. Vaya si lo consigue.
Los protagonistas son Cillian Murphy, el de “28 días después”, “Origen” y El Espantapájaros de la última trilogía de “Batman”, y Sam Neill, ya sabes, el de “Parque Jurásico”, que últimamente anda un poco de capa caída… Pero antes quería hablarte de otra cosa. De aquello que convierte a “Peaky Blinders” en algo único y especial. Jodidamente especial. Y es que cada plano, cada movimiento de cámara, su montaje, sus cámaras lentas (habrá quien piense que demasiadas), su fotografía, sus decorados, su apabullante diseño de producción, que nos trasladan a un Birmingham poco menos que de pesadilla, todo luce condenadamente moderno, excelso y virtuoso en “Peaky Blinders”. No obstante, sus primeros tres episodios (son seis) están dirigidos por Otto Bathurst, famoso por haberse encargado del primer capítulo de “Black Mirror”, el ya mítico “The National Anthem”. Pero el remate, y eso que ya nos lo avisan cuando vemos esos títulos de crédito en un genial plano secuencia al ritmo del “Red Right Hand” de Nick Cave & The Bad Seeds, llega cuando empiezan a descerrajarnos trallazos y más trallazos de rock ‘n’ roll… Como suena, tío. Y queda de puta madre. Sí, técnica y visualmente es un verdadero prodigio, y de hecho, si de algo puede pecar “Peaky Blinders”, al menos en sus dos o tres primeros capítulos, es de que por momentos parece más preocupada por la forma que por el fondo. Y no porque no tenga algo realmente interesante que contar, ni mucho menos, ni porque sus guiones no estén bien construidos, aunque sí creo que cometen algunos pecadillos que te detallaré más adelante. Aunque, para ser justos, en realidad creo que ese problema que te comentaba se va corrigiendo según va avanzando la serie, no sé si porque dejan de abusar un poco de tantas florituras, o porque consiguen que nos vayamos acostumbrando a su forma de narrar, o porque poco a poco nos va atrapando una historia que va ganando muchísimo episodio a episodio… Al menos veo que he captado tu atención. Seguimos entonces, ¿no? Leer más…
«Capitán Phillips»: Tom Hanks a toda máquina
¿Alguien sabe en qué agujero ignoto había estado metido Tom Hanks durante, digamos, los últimos ocho años? Porque el tipo que interpretó al profesor Robert Langdon en las insípidas “El código Da Vinci” (2006) y “Ángeles y demonios” (2009) no podía ser Tom Hanks. De hecho, tengo para mí que debía ser un desaborido y triste suplantador (y a aquel terrible estilismo capilar me remito) que desde que se hizo pasar por la versión animada del actor en aquella fallida “Polar Express” (2004) se ha empeñado en tirar por tierra toda la reputación que el bueno de Hanks había acumulado durante los años precedentes. Porque, aunque cueste recordarlo, hubo un tiempo en el que este tipo fue la mayor estrella de Hollywood y uno de los mejores actores del mundo, y se lo reconocían tanto la taquilla, como los premios, como la crítica. Y se lo ganó a pulso, venciendo la resistencia de todos los que pensábamos que el rey de la comedia USA ochentera no podía ser nunca un intérprete “serio” de esos que ganan Oscars. “Filadelfia” (1993) fue el primer zas en toda la boca, y después “Forrest Gump” (1994) le convirtió en icono generacional, máximo exponente del cine estadounidense de los 90, junto con los gangsters trajeados de Tarantino, el chaquetón de cuero negro de Neo, las cuchillas de Eduardo Manostijeras, el bozal de Hannibal Lecter o el cuelgue permanente de El Nota. Desde entonces, Hanks encadenó trabajos impecables en grandes películas que además funcionaban de maravilla en taquilla –“Salvar al soldado Ryan” (1998), “La milla verde” (1999), “Náufrago” (2000), “Camino a la perdición” (2002) o “Atrápame si puedes” (2002)-. Papeles de lo más variopinto que Hanks resolvía con la naturalidad y empatía de un intérprete que, sin poseer un físico magnético o imponente, parecía haber nacido para actuar. El James Stewart de nuestro tiempo. Incluso puso voz al emblemático vaquero Woody de “Toy Story”. Y entonces llegó el impostor, y con él los trabajos alimenticios, las interpretaciones rutinarias y un criterio un tanto dudoso a la hora de elegir proyectos. De ser James Stewart pasó a convertirse en un émulo del último Harrison Ford.
Pero “Capitán Phillips” trae buenas noticias: el auténtico Tom Hanks está de vuelta, justo cuando ya no le esperábamos. No hay rastro del suplantador. Admito que la película de Paul Greengrass me inspiraba una profunda pereza, y el hecho de volver a ver a Hanks como protagonista, lejos de servir de acicate, casi me provocaba más desaliento. Craso error. La crónica del secuestro de un barco mercante estadounidense en aguas somalíes podía haber sido el tópico telefilme plagado de lugares comunes, pero en cambio es una de las sorpresas más agradables de este segundo semestre de 2013, principalmente porque se encomienda a un Hanks espléndido, que firma una de las mejores construcciones de personaje de los últimos tiempos. El actor, entregado y comprometidísimo, imparte una clase magistral de cómo dominar la pantalla y hechizar la mirada del espectador a través de un extenso catálogo de gestos, matices, expresiones corporales y modulaciones vocales (aunque esté de más decirlo, es obligatoria la versión original). Hanks se mete en la piel de un tipo ordinario, padre de familia, extremadamente profesional en lo suyo, que termina convirtiéndose en héroe por accidente muy a su pesar, y lo hace desde el minuto 1 (salvando como puede el muy simplista y trillado diálogo con Catherine Keener que se ve obligado a mantener en la prescindible primera escena del filme) hasta los últimos cinco, en los que sencillamente está sobrecogedor y logra poner los pelos de punta. Otros han ganado Oscars por muchísimo menos de lo que Hanks transmite en esa escena. Leer más…
Paul McCartney y «New»: vivo y coleando
En El Cadillac Negro respetamos las canas. Nos gusta honrar y reverenciar a aquellos artistas que a lo largo de nuestra vida nos han proporcionado instantes mágicos, únicos e inolvidables. Y aunque nos encanta descubrir músicos nuevos y seguir a aquellos que están definiendo el signo de nuestro tiempo, nunca olvidamos a los clásicos, a aquellos que se ganaron nuestra gratitud y admiración eternas porque a ellos les debemos en primer jugar nuestra pasión por la música. Basta echar un vistazo a nuestro archivo histórico para comprobar que, sí, somos mitómanos y casi siempre lo celebramos cuando “uno de los nuestros” vuelve al ruedo o publica nuevo trabajo. Y si resulta que no hay nada que celebrar porque la razón de ese retorno no está a la altura de lo que se puede esperar, o porque directamente es una bazofia, nosotros casi preferimos callar y obviarlo. Echar mierda contra “uno de los nuestros” es el equivalente a pegar a un padre. Está muy feo. Pero no es el caso de Paul McCartney porque “New” es un buen disco, incluso por momentos un gran disco, que podemos defender con orgullo todos los que pensamos que el bueno de Macca es quizás el mito del rock más infravalorado de todos los tiempos. No insistiremos hoy sobre un tema del que ya hablamos por aquí el año pasado (en nuestro post “¿Por qué McCartney no mola?”), ni tampoco caeremos en la tentación fácil de proclamar que “New” es el mejor trabajo del ex Beatle desde… -y pongan aquí el título que prefieran, aunque muchos coincidirían en señalar “Flaming Pie” (1997)-, porque eso significaría, por ejemplo, dejar de reconocer esa pequeña maravilla que es “Chaos and Creation in the Backyard” (2005), u olvidarnos de ese “Electric Arguments” (2008) junto con Youth en el que se arriesgaba como poquísimos artistas de su generación se atreverían.
No podemos negar que la larguísima carrera de McCartney tras The Beatles es irregular y en algunos momentos hasta dudosa, pero también es cierto que hace muchos años que no entrega un mal disco. No hay un“Back to the Egg” (1979) ni un “Press top lay” (1986) en su discografía de los últimos quince años y sí, en cambio, obras tan reivindicables como aquel tributo al rock’n’roll primigenio que era “Run Devil run” (1999). De hecho, el propio McCartney ha puesto mucho de su parte para que su trayectoria reciente no sea todo lo reconocida que merecería debido a su frecuente renuncia a defender el material más reciente en sus presentaciones en directo. Desde hace muchas giras Macca ha preferido ser complaciente con el público y darle lo que pide (es decir, Beatles a porrillo) reduciendo su temario en solitario a alguna canción del último disco publicado, alguna otra de “Flaming Pie” y a los cuatro o cinco clásicos de los 70 que no fallan nunca (“Band on the Run”, “Jet”, “Live and let die”, “My love”). El resultado son conciertos incuestionables desde el punto de vista emocional (y, para qué negarlo, bien que nos gusta que así sea), pero a costa de sacrificar su talla como artista con trascendencia en el aquí y el ahora. Con “New” bajo el brazo McCartney podría (o debería) hacer una excepción en su modus operandi habitual y darle cancha en directo porque estamos ante un trabajo muy disfrutable que corrobora el viejo dicho de “quien tuvo retuvo” y nos presenta al septuagenario Macca bien vivo y coleando. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto el primer episodio de la cuarta temporada de la serie “The Walking Dead”. También hablamos, sin revelar demasiado, de los cómics “Los muertos vivientes” de Robert Kirkman)
“The Walking Dead” está de vuelta, y con ella regresarán inevitablemente los ardorosos debates en la red entre los que la defienden y los muchísimos que la critican, bien porque se pasa por el forro cuando le conviene la fidelidad al cómic original de Robert Kirkman, bien porque los zombis salen poco, bien porque los protagonistas hablan demasiado o bien porque no pasa nada. Y lo que también volverán son las audiencias millonarias que han convertido a la serie de la AMC en la ficción más vista de la historia de la televisión por cable, porque, como bien pronosticaba mi compañero Rodrigo en su análisis de la tercera temporada, por muchas pestes que se viertan sobre la serie al final (casi) nadie termina faltando a la cita anual con los muertos vivientes. Y es que ni sus propios detractores saben explicar qué misteriosa adicción les obliga a seguir las andanzas de Rick Grimes y compañía, así que algo tendrá el agua cuando la bendicen. En El Cadillac Negro, ya lo sabéis, siempre hemos creído en “TWD”. Admitimos que su mayor problema es su incapacidad para sostener el mismo nivel durante todo una temporada (hasta ahora, en las tres tandas anteriores, no lo ha conseguido), pero cuando exhibe su mejor forma, cuando logra combinar la intensidad emocional, el drama de supervivencia postapocalíptico en su versión más cruda y deshumanizada, la acción frenética y las dosis justas y necesarias de truculencia gore, la serie vuela alto de verdad.
Así que, en el inicio de su cuarta temporada, el primer y principal reto del nuevo showrunner, Scott M.Gimple (guionista de episodios tan estimables como “Pretty much dead already”, “Clear” o “This sorrowful life”) es lograr que la calidad del show sea constante y no se produzcan las bajadas de tensión que impiden que “TWD” sea todo lo que podría (o debería) ser, aunque somos conscientes de que no facilita la tarea el hecho de tener que armar largas temporadas de 16 episodios. Por ello, celebramos que, tras la un tanto decepcionante season finale de la tanda anterior, “30 days without an accident” cumpla perfectamente con lo que se espera de una season premiere y señale con tanta confianza el rumbo a seguir en las próximas entregas. Como ya sabíamos, Gimple no iba a renunciar, al menos en un principio, al escenario de la prisión, aquel en el que se desarrolló el mejor arco argumental de las páginas de Kirkman, aunque también ha sido lo suficientemente astuto como para, tras dar un conveniente salto temporal de seis meses, remodelarlo y convertirlo en el centro neurálgico de una comunidad más grande (debido a la llegada de los supervivientes de Woodbury y a otros que se han agregado después) y mejor organizada, en la que existe un reparto de tareas, rutinas de supervivencia, un consejo de “sabios” que toma las decisiones importantes y, en definitiva, algo parecido a un brote de civilización (lo que entronca veladamente con el arco argumental de Alexandria en los cómics). El planteamiento nos parece prometedor, aunque habrá que observar cómo gestiona el incremento de personajes una serie que en el pasado ha tenido problemas para dibujar correctamente a sus secundarios (un saludo a T-Dog, allá donde esté). Un mayor número de personajes debería equivaler a un mayor número de conflictos y problemas entre ellos. En manos de Gimple y su equipo de guionistas está el no repetir los errores de la segunda temporada y evitar los diálogos intrascendentes y los sucesos que no llevan a ninguna parte. Leer más…
The Black Crowes, los últimos de una estirpe
Pues aquí están de nuevo. Tras la no por esperada menos agradable noticia de la reactivación de The Black Crowes tras otro de sus ya habituales parones, hemos podido confirmar el buen estado del grupo con la subsiguiente gira europea y su paso por España en el Azkena Rock. De nuevo tenemos algún cambio de formación, esta vez es Jackie Greene (un tipo de recomendable aunque muy poco conocida por aquí carrera en solitario) el que entra a la banda para sustituir a un Luther Dickinson (el genio que lidera los espectaculares North Mississippi All Stars) que se hizo un hueco en la historia y el corazón de los fans de los Crowes en tiempo récord. Es lo mismo, los hermanos Chris y Rich Robinson y su exquisito gusto a la hora de elegir compañeros de ruta siguen ahí y eso ya es suficiente garantía para afirmar que la Diosa Música está de enhorabuena: unos de sus más aventajados discípulos están dispuestos a alegrarnos la vida otra vez.
No vamos a pecar de nostálgicos, actualmente hay grandes grupos en su mejor momento que han tenido carreras ejemplares (ahora me vienen a la cabeza Queens of the Stone Age o Arctic Monkeys), pero no hay nadie como The Black Crowes, unos ‘clásicos’ en vida, la última de las bandas cuya trayectoria y ‘modus vivendi’ se corresponden con las grandes leyendas rockeras de los años 70 (ya saben, los Led Zeppelin, Grand Funk, Deep Purple, Aerosmith, etc.). Curriculums extensos, con sus altos y sus bajos, pero siempre con un elevado nivel de calidad, dando conciertos memorables y un único interés: la MÚSICA, así con mayúsculas. Celebremos entonces el nuevo vuelo de los cuervos negros como se merece: con un repaso a su fenomenal producción, convenientemente seccionada. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto el primer capítulo de la tercera temporada de la serie, «American Horror Story: Coven»)
En El Cadillac Negro nunca hemos sigo amigos, y nunca lo seremos, de hacer reviews semanales de nuestras series favoritas, pese a que en más de una ocasión hemos tenido alguna sugerencia o petición en este sentido. Tenemos nuestros motivos. Uno de ellos es que, aunque hay épocas del año, como ésta, en que no nos queda más remedio que volcarnos especialmente en ellas (y lo hacemos encantados), no pretendemos ser un blog dedicado exclusivamente a las series. También es cierto que nos resultaría muy difícil, por no decir imposible, hacerlo aunque quisiéramos, más que nada por falta de tiempo y efectivos. Y la razón principal es que no nos apasionan especialmente ese tipo de posts que al final se limitan a contar y repasar, punto por punto, la trama del capítulo de la semana y poco más, algo que no criticamos, pues cada cual tiene su estilo y su fórmula y es muy respetable, pero a nosotros nos gusta siempre tener más chicha a la que poder hincarle el diente. Por eso casi siempre nos conformamos con dedicarle, a aquellas series que seguimos regularmente, uno o dos posts por temporada (o en el caso de “The Walking Dead”, como algo excepcional, tres, aprovechando su ya habitual parón de ‘midseason’). De hecho, cuando regresa una serie sobre la que ya hemos escrito varias entradas en el blog, o a la que ya rendimos cuentas al final de su temporada anterior, siempre nos surge la incógnita de si merecerá la pena publicar algo basándonos sólo en lo que podrán ofrecernos los 40 ó 50 minutos de su ‘season premiere’. En ese caso, sin mayores dramatismos, solemos esperar para ver el capítulo en cuestión antes de decidirnos. Pero con “American Horror Story” esto no sucede. Llega octubre y sabemos que la serie de la cadena FX tendrá un sitio fijo en el Cadillac. Voy incluso más allá, para nosotros es necesaria e imprescindible. Con eso de que cada nueva temporada cambiemos de historia, de escenario y de personajes, el plantel habitual de intérpretes se mantenga año tras año, desempeñando distintos roles (lo que no deja de ser un puntazo), y que todo sea siempre, siempre, tan retorcidamente loco y demencial, tenemos la garantía de que habrá mucha, muchísima tela que cortar.
Si muchas series, además, por su propia naturaleza son capaces de hacer que acabemos sometiéndonos a una serie de rituales y liturgias, esto alcanza su grado máximo en el caso de “AHS”. Como ya sucediera en los dos años anteriores, con la primera entrega, rebautizada a posteriori “Murder House”, y con la segunda, “Asylum”, según se iba acercando la fecha del estreno de esta “American Horror Story: Coven” nos iban llegando, como un bombardeo constante, esos brevísimos teasers, siempre impactantes, enfermizos, provocativos, sugerentes y muy poco reveladores, que ya se han convertido en sello y marca de la casa. Este año la campaña promocional (al ritmo de una inquietante versión del “House Of The Rising Sun” a cargo de Lauren O’Connell y de “Winter Song” de Sara Bareilles & Ingrid Michaelson) se ha superado a sí misma y ha sido especialmente brillante, tanto que no nos hemos resistido a la tentación de recopilar todos los vídeos y las imágenes que se nos fueron revelando semana a semana, en un par de galerías que os animamos a visitar. Las ganas de ver qué demonios nos tenían preparado en esta ocasión esos dos dementes llamados Ryan Murphy y Brad Falchuk, qué aventuras y disparates nos esperaban en esa Nueva Orleans tomada por las brujas, eran tremendas. Y más aún cuando el propio Murphy, esta vez en un movimiento nada habitual, filtró hace un par de semanas en twitter la nueva cabecera de la serie. Tan jodidamente retorcida e insana como las anteriores, por supuesto. Leer más…























