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“Mad Men” y el largo adiós

20/05/2015

Mad Men-The end of an era

(ALERTA SPOILER:  Prohibido leer sin haber visto el último capítulo de la serie, “Person to Person”)

Matt Weiner, la mente pensante detrás de uno de los bastiones más firmes, longevos y queridos de la Edad de Oro de la Televisión, tenía muchas formas de acabar su gran obra maestra, y probablemente todas ellas habrían sido válidas. De hecho, el tramo final de la séptima y última temporada de “Mad Men” ha ensayado varias veces, en cada uno de sus tres últimos capítulos, otras tantas posibles despedidas –y no puedo evitar pensar que el remate de “The Milk and Honey Route”, con Don Draper perdido en el medio de ninguna parte del Medio Oeste americano después de despojarse de todo lo que definía al hombre que había creado (mujeres, apartamento, trabajo , estatus social, coche) y preparado por fin para abrazar un futuro incierto y al mismo tiempo esperanzador, habría sido perfecto en su perfecta inconclusión-, pero el último, el definitivo, lo que ocurre en los últimos segundos de “Person to Person”, es la jugada maestra absoluta de Weiner, la que nos obliga a reevaluar todas nuestras perspectivas sobre ese último viaje de autodescubrimiento hacia ninguna parte de nuestro protagonista. Tan seguros estábamos de que los míticos títulos de crédito con Don en caída libre al vacío albergaban la clave, al menos metafórica, de toda la serie y posiblemente de su conclusión, que nos olvidamos de que las imágenes de esa animación terminaban con la silueta del propio Don sentado cómodamente en un sofá, como un gato con siete vidas que cae siempre de pie. Y sí, nunca un encadenado de imágenes y sonidos (primer plano cerrándose sobre un Draper a media sonrisa en modo zen, “Ommm”, el tañer de una campana –o de una bombilla iluminándose- y corte al legendario spot publicitario de Coca Cola “Hillside” de 1971) ha sido tan abracadabrante por un lado y tan coherente por el otro con la esencia cínica y escapista del personaje que hemos visto, sufrido y amado durante estos 90 episodios.

El montaje es tan sublime, y tan abierto a interpretaciones, que incluso quien no quiera comprar ese final, quien se resista a creer que la odisea de contrición Don a través de EE.UU desemboca en última instancia en un rapto de inspiración que le permitirá volver a McCann-Eriksson por la puerta grande con su obra maestra bajo el brazo, puede consolarse repitiéndose que realmente no es eso lo que sucede, o argumentando que Don tenía que llegar a ese punto de no retorno, de paz y conciliación consigo mismo, para darse cuenta de que en realidad es, siempre ha sido, es y será un vendedor de sueños, y no uno cualquiera, sino el mejor. La trayectoria de Don Draper en “Mad Men” siempre ha funcionado como el espejo de la infelicidad y desorientación del hombre contemporáneo, acechado por una sensación de extrañeza y condicionado por su propia debilidad, su inevitable tendencia a repetir los mismos errores y la necesidad de tratar de escapar de sí mismo. Toda la temporada, toda la serie, ha gravitado en torno a la figura de un hombre vaciando su identidad para descubrir quién demonios es en realidad, y Weiner ha permanecido fiel a ese concepto hasta el final. Leer más…

‘A cambio de nada': Aprobado justo en Ciencias Sociales

19/05/2015

A cambio de nada tejado

La prolongada gestación de ‘A cambio de nada’, ópera prima del actor Daniel Guzmán, es un ejemplo palmario de la situación que vive la industria española. El hecho de que un intérprete famoso, que ya cuenta con un Goya al mejor Cortometraje por ‘Sueños’ (2003), tenga que trabajar durante casi quince años para que vea la luz una película cuya modesta producción -salvo alguna secuencia aislada- no debería causar demasiados problemas tendría que ser contemplado por políticos, productores y otras instancias como un punto de no retorno a la hora de llevar a cabo un cambio ya no necesario, sino urgente. Vaya por delante pues, que ya solo por no rendirse y empecinarse a llevar a cabo su obra, contra viento y marea y teniendo que ausentarse de su mayor fuente de ingresos durante largas temporadas, Guzmán merece el mayor de los respetos. E incluso, más aún en mi caso particular, por ambientar su debut en escenarios madrileños tan reconocibles para un servidor. En este sentido, me alegro de la gran acogida dispensada al filme, e incluso de su gran triunfo en el Festival de Málaga, con cuatro premios incluyendo el de mejor película, pero, una vez presenciada, no puedo dejar de pensar que se está exagerando un poco bastante.

‘A cambio de nada’ no propone nada nuevo. La historia de un chico de 14 años que, estando en el centro del ring en el que luchan ferozmente sus padres divorciados, entra en un círculo vicioso de rebeldía infinita, dejando estudios y casa y buscando infructuosamente los caminos para seguir adelante con su vida. El eterno conflicto presente en el tortuoso y fascinante paso de la infancia a la juventud complicado ‘ad maximum’ por los conflictos parentales y el desfallecimiento de una sociedad comatosa. El traumático despertar a la vida real. Nada que no hayamos visto centenares de veces, especialmente en el cine europeo, desde los tiempos del Neorrealismo italiano o ‘Los cuatrocientos golpes’ de Truffaut. Si nos circunscribimos al cine español, ‘A cambio de nada’ encajaría perfectamente en ese renacer del cine social producido entre finales de los 90 y principios de siglo -no es asunto baladí que el proyecto comenzara a pergeñarse en aquella época- y su fórmula estaría compuesta aproximadamente en un 70% del dramatismo denunciatorio de ‘Barrio’ y ‘El Bola’ y en un 30% del costumbrismo amable de ‘Manolito Gafotas’. Leer más…

Nick Cave & the Bad Seeds: la mano derecha del diablo

18/05/2015

Nick Cave_1

Es muy difícil encontrar en la historia del rock trayectorias de largo recorrido que no hayan atravesado en algún momento por ciclos de zozobra, acomodamiento o irrelevancia. Incluso los más grandes, como Bob Dylan, Neil Young o Lou Reed, tuvieron aquellos años 80 que les pillaron con el paso cambiado a todos. Aún más infrecuente es mantener un permanente estado de inspiración cuando la producción es tan prolífica como para publicar una media de un disco cada dos años, sin apenas instantes de barbecho o de sequía creativa. El de Nick Cave es uno de esos casos para los que es complicado resolver cuál es la etapa artística por la que pasará a la posterioridad, tal es la cantidad de obras importantes que ha firmado durante más de 30 años de carrera. No hay un disco o grupo de discos que se pueda considerar fundamental sin desmerecer a tantos otros que se quedarían fuera. Un fan puede esgrimir sus razones por las que el indómito Nick Cave primerizo es superior a todo lo que vino después, y otro seguidor podría contraatacar con un puñado de motivos por los que los años 90 contienen las mayores cumbres de su historia, y un tercer incondicional del artista podría discutirle afirmando que su fase de madurez tiene poco que envidiar a los años de juventud. Y en este caso todas las opiniones son legítimas y sostenibles.

Por supuesto, la solidez y homogeneidad de la obra del rapsoda del sexo y la violencia, el crooner del lado oscuro, el enajenado predicador en llamas, el lunático yonqui de la decadencia, el chulazo favorito de Satán, no habría sido posible (o al menos no de la misma forma) sin el acompañamiento fiel de The Bad Seeds, ese colectivo maleable de francotiradores del rock que siempre han puesto banda sonora a las obsesiones de su líder. Capaces de morder como un doberman rabioso y acariciar como una amante entregada, de conjurar las tormentas abrasivas más intensas y moldear la belleza más íntima, de conectar tradición y vanguardia, las Malas Semillas han sido algo más que una simple banda de acompañamiento, y sus constantes cambios de formación han ayudado a Cave a evolucionar y a ejecutar con éxito cada una de sus piruetas artísticas. Ni siquiera cuando la coyuntura parecía demandar o favorecer la apertura de una carrera en solitario Cave ha querido prescindir de la banda porque, como él siempre ha dicho, “salir a cantar sabiendo que tienes detrás a esa jodida bestia es una sensación muy poderosa”. Aprovechando los recitales que el australiano tiene previstos para esta semana en Barcelona y Madrid (se anuncia en solitario, pero en realidad le acompaña una representación reducida de los Bad Seeds), en El Cadillac Negro queremos homenajear como se merece a esta leyenda de la música repasando su carrera de la mano de 15 canciones representativas (una por disco) de modo que la revisión también puede servir de guía a aquel que quiera introducirse por primera vez en su magno universo. Nos permitimos obviar las etapas de The Boys Next Door, The Birthday Party, Grinderman y los soundtracks para películas porque aquí venimos a hablar de Nick Cave & the Bad Seeds. Leer más…

Nace RADIO CADILLAC: Calling all stations!

11/05/2015

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Amigos, le hemos puesto radio-cassette al Cadillac!

Como habéis podido observar, hemos incrustado en un rinconcito de este rinconcito un apartado para ir colgando periódicamente nuevas listas de canciones, a veces sobre un determinado tema o acontecimiento, a veces sin ninguna excusa en concreto, a veces por el mero gusto de compartir música, que no es poco. Además, nos hemos creado un perfil en Spotify para que queden bien guardaditas estas play-list y estén siempre al alcance de todos. Nuestro usuario es, lógicamente, elcadillacnegro.

Por lo tanto, ahora más que nunca, no olvidéis poner los altavoces bien altos cuando os dejéis caer por aquí. Huelga decir que estamos abiertos a todas vuestras propuestas en esta nueva correría. Esperamos disfrutar todos juntos de Radio Cadillac.

(Como lista de prueba/inauguración os dejamos ‘Faster’, una colección de canciones para escuchar bien alto, ideal para cabalgar por la autopista, como no podía ser de otra forma).

Radio Cadillac Logo

“House of Cards”: el rey de la montaña

06/05/2015

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(AVISO SPOILERS: Prohibido leer hasta que hayas visto el último capítulo de la tercera temporada.
Si ya lo viste: Welcome back!)

Entre los numerosos recuerdos del pasado, están aquellas tardes de verano en las que la pandilla del barrio jugábamos al rey de la montaña, aprovechando un enorme montículo de arena en el parque. Aquel juego de reglas muy simples (nada de golpes, sólo empujones y tirones), se basaba en una premisa muy interesante: la participación colectiva para lograr una meta común; la colaboración entre futuros rivales para acabar con un enemigo presente. Tal y como John Nash nos enseñaba en “Una mente maravillosa“, si los competidores pensaban únicamente en su bien personal y no en el bien común, acabarían estorbándose entre ellos, con la consiguiente permanencia en la cúspide del actual ocupante. Ayudado por el esfuerzo de los demás, uno terminaba por expulsar al efímero inquilino, conquistar la cima y prepararse para alargar su reinado los pocos segundos que, tus ahora contrincantes, te permitieran. Este inocente juego, donde la persona que luchaba codo con codo a tu lado, pasaba a ser tu enemigo segundos después, guarda muchos puntos en común con la evolución de Francis P. Underwood (Kevin Spacey) en las tres temporadas emitidas de “House of Cards” y, por extensión, con la política en general. Adaptando la famosa frase sobre Inglaterra de Lord Palmerston:

En política no hay amigos, ni enemigos permanentes.

En política sólo hay intereses permanentes.

Siempre hemos tenido muy presente en El Cadillac Negro que uno de nuestros grandes olvidados era “House of Cards” y, con la emisión de su tercera temporada, nos ha llegado el momento de cicatrizar esa herida abierta. Como espectador, introducirse voluntariamente en el terreno de juego que establece HoC supone reconocer que nos encanta ver a gente horrible cometer actos horribles. Muy pocas series han conseguido que amemos estar enganchados a ese sentimiento de odio hacia un personaje, sin llegar a odiarnos a nosotros mismos por amar a una persona así… en este sentido, “House of Cards” es una de esas series y Frank Underwood, su máximo exponente. Leer más…

“Vengadores: la era de Ultrón”: mucho más de lo mismo

04/05/2015

Los Vengadores-La era de Ultrón

Confiesa Joss Whedon que está muy cansado y que da por finiquitada su relación con Marvel Studios. Que “Vengadores: la era de Ultrón” es su despedida de una mega-empresa que le ha consumido los últimos cinco años de su vida y que lo que ahora le pide el cuerpo es volver a proyectos más pequeños en los que tenga más poder de decisión. La sola idea de volver a pasar por lo mismo otra vez le resulta inimaginable. Y lo cierto es que es totalmente comprensible que cualquier cineasta con inquietudes acabe totalmente hasta las narices, porque las presiones, apremios y necesidades que implica poner en movimiento y dirigir un mamut industrial de estas dimensiones superan con mucho a las que suponen rodar una simple película. Porque “La era de Ultrón” está llena de desafíos que van más allá de contar una historia o hacer el mejor filme posible. Por un lado, hay que superar todo lo visto en “Los Vengadores” (2012) -y de paso a cualquier otro blockbuster que haya irrumpido desde entonces- a nivel de espectacularidad y colosalismo para no defraudar las expectativas de un gran público que paga para eso, con toda la aparatosa complejidad que ello conlleva. Por otra parte hay que intentar satisfacer a los que además de acción sin límites demandamos cierta chicha en el invento, cositas básicas pero no siempre fáciles de cumplir como cierto desarrollo de los personajes y sus relaciones o una mínima profundidad en la trama. Pero además de estos requerimientos hay que tener en cuenta que la cinta forma parte de un plan mucho más ambicioso, esa estrategia en “fases” de una multifranquicia gigantesca que ya está planificada a cinco años vista, y que reclama coherencia con lo ya visto en entregas anteriores al mismo tiempo que se plantan semillas para lo que ha de venir. Tampoco olvidemos en la ecuación al fandom marvelita más duro, aquellos para los que una película de este tipo es mucho más que un divertimento que disfrutas mientras dura y olvidas cinco minutos después. Lo que ocurra en esas dos horas y pico puede marcar el devenir de sus existencias y será objeto de incontables debates y polémicas durante los días, semanas, meses, años venideros. Y por supuesto hay que recordar que el estudio (que es el que paga la factura) cuenta con que el objetivo final es reventar la taquilla, de modo que todo lo que suponga una recaudación inferior al capítulo anterior (recordemos, el tercer film más taquillero de todos los tiempos) será una indisimulable decepción.

Con todo eso, es admirable que Whedon haya salido bien parado, o al menos todo lo bien parado que se puede salir cuando hay tantos frentes abiertos. Si no nos ponemos quisquillosos, si asumimos que aquí principalmente se viene a disfrutar y a pasar el rato de la mejor manera posible, “La era de Ultrón” cumple con creces, y lo hace por la vía de aplicar la misma receta que tan bien funcionó antes, pero convenientemente amplificada. Estamos ante un planteamiento narrativo muy similar al de la aventura anterior, un hilo argumental tan fino como el de entonces pero igual de efectivo, las necesarias dosis de humor made in Marvel, esta vez un poco contaminadas con algo que se parece a la oscuridad pero que en realidad no lo es, y un redoblado arsenal de descomunales set-pieces de acción que buscan y consiguen epatar al espectador. Es cierto que ya no existe el efecto sorpresa que tanto benefició a la entrega anterior, pero con eso ya contábamos. Quien no disfrute es porque nunca lo hizo con este tipo de películas o porque es un amargado. Hasta ahí todo bien, pero si elevamos un poco el nivel de exigencia encontraremos que “La era de Ultrón” se queda lejos de la hasta ahora mejor película que ha facturado Marvel, “Capitán América. El soldado de Invierno” (2014), o de la más sorprendente y desvergonzada, “Guardianes de la Galaxia” (2014). En el cómputo global  me temo que no supera a su ilustre predecesora, que personalmente tampoco me pareció nunca la maravilla absoluta que muchos vieron, y si nos ceñimos a 2015, el mejor Marvel del año hay que buscarlo en la TV, concretamente en Netflix, aunque esa es otra historia de la que ya hablaremos.  Leer más…

“The Americans”: espías como nosotros

30/04/2015

The Americans_Season3

Si tú, lector habitual de El Cadillac Negro, buscas una serie de TV a la que engancharte, ahora que algunas de las mejores ficciones que nos han acompañado durante años han echado o están echando al cierre, una que ya lleve temporadas suficientes como para garantizar que no se trata de una de esas flores de un día que empezaron siendo prometedoras y fueron desinflándose poco a poco, pero que tampoco sea tan longeva como para que la pereza de enfrentarte de golpe a un considerable puñado de capítulos ponga la empresa demasiado cuesta arriba, quizás deberías darle una oportunidad a “The Americans”. Si, por el contrario, ya la conoces y has seguido su recién concluida tercera temporada ya sabes que estamos ante algo relevante. El programa de FX fue una de las revelaciones de hace un par de años (aquí llegó a entrar en nuestro top de favoritas de 2013) pero, pese a las alabanzas de la crítica, ni el público mayoritario ni los premios televisivos le han hecho demasiado caso a un producto que ha cumplido su mayoría de edad como una de las ficciones más consistentes del panorama actual. No estamos ante una obra maestra pero sí se trata de un entretenimiento inteligente y moralmente ambiguo que difumina la la línea que separa a buenos y malos, y en el que el retrato y desarrollo de los personajes se coloca siempre por encima de unas tramas de espionaje perfumadas con el aroma añejo de los disfraces, los micros ocultos y la tecnología obsoleta de los primeros 80.

Cuando surgió “The Americans” muchos la compararon con la en ese momento incontestable “Homeland”, sobre todo por aquello de compartir el género de espías, pero lo cierto es que la serie de Joe Weisberg y Joel Fields poco tenía que ver entonces con la de Showtime y a estas alturas ya mucho menos, aunque los Jennings, dos agentes de la KGB infiltrados en Washington a finales de la guerra fría fingiendo ser un matrimonio modelo con dos hijos adolescentes integrados felizmente en el modo de vida capitalista, ha sido siempre el motor del show. Las aventuras deudoras de las novelas clásicas de espías de John Le Carré, Graham Greene o el mismo Ian Fleming de James Bond, siempre han convivido con un estudio cada vez más acentuado de los dilemas de sus dos protagonistas, Elizabeth y Philip, tanto en su faceta de matrimonio de conveniencia en aras de un bien mayor que se esfuerza conmovedoramente por sentirse verdadero, como en su vertiente de padres atrapados entre el amor que le deben a una tambaleante madre patria y el que le profesan a unos vástagos ajenos a la peligrosísima realidad en la que se mueven sus progenitores. Leer más…

“The magic whip”: Mucho más (o menos) que el regreso de Blur

28/04/2015

the magic whip.
Es posible que todavía hoy en día haya gente que cuando escucha el nombre de Blur se le venga a la cabeza aquel grupo pop con canciones insultantemente inmediatas y en apariencia alegres, pero críticas y mordaces en el fondo, que en los años 90, en dura y absurda pugna con Oasis, luchaba por ser el icono de ese movimiento llamado ‘brit-pop’. Aquel ‘brit-pop’ duró el mismo tiempo que Blur tardó en virar a otras sonoridades, primero más americanas, luego coqueteando con la electrónica. ¿Se acabó el ‘brit-pop’ con Blur o Blur acabó con el ‘brit-pop’? El caso es que después de aquello el grupo desapareció debido a los enfrentamientos entre Damon Albarn (cantante y líder) y Grahan Coxon (guitarrista y segundo de a bordo), y sin duda por las inquietudes musicales del primero, que no dudó en dar rienda suelta a partir de entonces en proyectos como Gorillaz, The Good, the Bad and the Queen o el año pasado con su primer disco en solitario. Todo ello, tanto el pasado más lejano como el más reciente, está plasmado, como no podía ser de otra forma, en “The magic whip”.

Rebobinamos un poco más, y ya por última vez. Aunque hasta la fecha el último disco de Blur oficialmente era “Think tank” (2003), en realidad es “13” (1999) la última colección de canciones de la banda británica al completo, ya que para el citado “Think tank” Grahan Coxon ya había abandonado la formación.  Tras la separación y posteriores proyectos, en 2009 la banda se reunió para una serie de conciertos. Así, entre actuaciones esporádicas y continuos rumores, en 2012 presentaron dos nuevas canciones. Y más conciertos. Estando en Hong-Kong para actuar en un festival, a última hora quedó aplazado el show, aprovechando la banda esos días en el país asiático para dar forma a nuevas canciones. Ese material quedó algo aparcado hasta que Coxon se decidió a completarlo, pasándoselo luego a Albarn para que le pusiera letra y le diera los últimos retoques. Y eso es “The magic whip”. Y ese es el germen de este regreso (si es que realmente alguna vez el grupo llegó a disolverse oficialmente). O no regreso, porque en realidad todo lo que vino después de 2003 fue necesario, fue alimento, para que los Blur actuales suenen de la forma que suenan. Pero, después de todo, al final, ¿qué tal?, ¿las canciones molan?, ¿es un buen disco? Pues sí, es un buen disco. También es cierto que no posee himnos claros, temas como todos los que se nos vienen a la cabeza al recordar a la banda, pero sí reúne un puñado de buenas canciones, muy buenas en algunos casos, sobre todo aquellas que aportan nuevos adjetivos a su carrera, nuevos aires que hacen que este regreso (o como se quiera llamar)  sea una buena noticia. Leer más…