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U2 y “Songs of Innocence”: la salida del laberinto

15/09/2014

U2_Songs of Innocence1

En las entrevistas promocionales de “No Line on the Horizon” (2009) Bono se hartó de proclamar que ese mismo año U2 publicaría otro lote de canciones de tono más introspectivo registradas durante aquellas sesiones y que recibía el nombre provisional de “Songs of Ascent”, recordando en cierta manera la jugada de “Zooropa” (1993) después de “Achtung Baby” (1991). Era una noticia demasiado bonita para el seguidor de la banda, resignado desde hace mucho tiempo a esperar cuatro años entre disco y disco. Demasiado bonita para ser verdad. De hecho, bastó que “No Line on the Horizon” no funcionara comercialmente como ellos habían esperado para que cundiese el pánico y, pese al gran éxito del 360º Tour, la secuela prevista quedara aplazada indefinidamente, comenzando entonces un larguísimo e irritante periodo de titubeos y vacilaciones en torno a qué dirección tomar que ha estado a punto de acabar con la paciencia de los fans, entre los cuales me incluyo desde que tengo uso de razón (musical), y no sé si con el propio grupo (de hecho, el eterno gurú Paul McGuinness se quedó inesperadamente por el camino). No me importa que hoy por hoy U2 parezcan más una multinacional que una banda, ni que para muchos hipsters sean el gran dinosaurio al que derribar, o que lo sea Bono. Si hay algo peor que un fan fatal de U2 es un hater de U2. Yo amo a estos cuatro irlandeses y creo que siempre los amaré. Son demasiadas vivencias junto a ellos. Casettes intercambiadas con amigos en el colegio, horas escuchándoles en mi habitación con o sin compañía, cintas de VHS machacadas por el uso (después repuestas en DVD), canciones que pusieron banda sonora a instantes de euforia y momentos de tristeza, noches de conciertos imborrables (jamás olvidaré lo de Madrid 93), incursiones en tiendas de discos en busca de cualquier tesoro, singles, directos piratas, rarezas… Los que sois o habéis sido fan de alguna banda ya sabéis de lo que hablo. Es verdad que con los años la excitación ante un nuevo lanzamiento no es igual; ni uno es el mismo ni tampoco lo es ya el grupo, pero el vínculo emocional siempre está ahí. Por decirlo de una forma un tanto cursi, hemos crecido juntos y pese a todo lo que hemos pasado nos seguimos queriendo. Lo mismo, supongo, que les ocurre a esos cuatro chicos de Dublín que se unieron a finales de los 70 para comerse el mundo y que 35 años después aún siguen unidos (¿cuántas bandas clásicas pueden decirlo? ¿queda alguna con todos sus miembros originales?)

Por eso, como seguidor de toda la vida de U2, llevaba ya un tiempo cabreado con ellos. Me repateaba que se hubieran perdido en un intrincado laberinto del que no parecían saber salir. Está bien, y es hasta aplaudible, que una banda con su trayectoria se plantee hasta qué punto puede seguir siendo relevante, que se resista a querer verse a sí misma como un viejo mamut, pero lo que no es de recibo es marear la perdiz hasta el agotamiento. El baile de productores de los últimos años (se ha llegado a hablar de tipos del nivel de David Guetta, pero también salieron los nombres de Red One o de Will.i.am, antes de decantarse por Danger Mouse… para terminar aburriéndole y retocando casi todo su trabajo) dejaba bien a la vista que no había una hoja de ruta sólida, y los aplazamientos constantes y demoras insufribles denotaban un complejo de Penélope (ya saben, la que deshacía por la noche lo que tejía por el día) preocupante. Demasiadas ambiciones tirando de una banda que quería reaparecer con una obra maestra incontestable, que además supusiera una reinvención de sí misma como en su momento lo fue “Achtung Baby”, pero que también fuese capaz de vender millones de discos y de competir en los iPods de la chavalada con Adele, Lady Gaga y la larga lista de wannabes de U2 (con Coldplay y The Killers a la cabeza). A estas alturas U2 debería estar por encima de las expectativas del mercado y limitarse a publicar el trabajo más honesto posible. No puedes tenerlo todo a la vez, no con más de tres décadas de carrera. Creo que solo me había cabreado tanto antes con U2 cuando escuché por primera vez “Beautiful Day” y no pude evitar la decepción de comprobar que el grupo que se había pasado los 90 a contracorriente y haciendo lo que le daba la gana, haciendo leña del árbol de Joshua y defecando sobre ella, entregaba las armas y se decantaba por el camino fácil para congraciarse con el público masivo (bueno, también me enfadé cuando me pasé una mañana entera en la cola de Madrid Rock y un así me quedé sin entradas, o cuando me han obligado a volver a comprar las mismas canciones de siempre para conseguir dos nuevas, pero ese no es el tema). Leer más…

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“Sons of Anarchy”: una cita con Mister Mayhem

12/09/2014

Sons of-Anarchy - Season 7 - Poster

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el primer capítulo de la séptima y última temporada, “Black Widower”)

La Muerte. También conocida, de forma más cariñosa por sus amigos, como The Reaper. O Mister Mayhem. Esa que se pasea bordada o estampada en las chaquetas, en los chalecos, en las camisetas de un club motero con sede en el norte de California. Esa que está tallada en la robusta mesa de madera de secuoya (redwood) en torno a la que se reúnen sus miembros. Esa que siguen luciendo y venerando en la intimidad, sin intención ni posibilidad alguna de desprenderse de ella, tatuada en sus espaldas, aferrada a su piel y escarbando, siempre, en lo más profundo de sus almas. Siete años después de subirnos por primera vez a lomos de sus Harley Davidson, comprendemos que nunca un logo tuvo tanto sentido como en este caso. No había ni un ápice de pose. La Muerte. The Reaper. Mister Mayhem. Observando. Acechando. Lanzándose inmisericorde para cobrarse una nueva pieza. Dominando, en definitiva, cada instante de “Sons of Anarchy”. Desde el primer segundo y, nos tememos, hasta el último.

A un servidor le apena, pero por otro lado le complace, ver que la propia serie está ya apurando sus últimos minutos y, dentro de doce semanas, morirá. Le apena porque ha sido uno de sus shows de referencia en los últimos años. Una de las series con las que más ha disfrutado sufriendo. Y le complace porque, honestamente, le ha llegado el momento. El camino ha sido largo, complicado, tortuoso, ha tenido sus baches y nos las hemos visto canutas para no resbalar en algún charco de sangre, pero ya vislumbramos el final de la carretera, y llega exactamente cuando tiene que llegar. La ‘season premiere’ de su séptima y última temporada, un capítulo doble titulado “Black Widower”, no ha hecho más que confirmarnos lo que ya sabíamos, pero sin grandes novedades ni golpes de efecto. O, sí, ha sido sucia, y violenta, y sangrienta como pocas. Se abrió con una (casi insoportable) escena de tortura y se cerró con otra (igualmente jodida) escena de tortura… y muerte. Y vimos a Marilyn Manson haciendo de nazi. Y tuvimos mucho del viejo rollo, y empleo sus propios términos, entre blancos, negros, marrones y amarillos. Y escuchamos una atrevida versión de “Bohemian Rhapsody”. Por lo demás y, acostumbrados como estamos a recibir golpes en plena mandíbula, o directamente en el estómago, en los arranques de temporada (la violación de Gemma en la segunda, la hija de Tig quemada viva en la quinta, la masacre en la escuela en la sexta), esta vez Kurt Sutter ha parecido incluso benevolente. Lo que no vaticina nada bueno para nuestros personajes. There Will Be Blood, que diría el amigo Paul Thomas Anderson. De momento, aún estamos a tiempo de apostar, de intentar vaticinar quién tendrá una cita ineludible con Mister Mayhem, y quién logrará darle esquinazo. Así que en esta ocasión os proponemos un post un tanto distinto, y os dejamos nuestra particular quiniela. Nuestra Quiniela de La Muerte: Leer más…

La deriva emocional de “The Leftovers”

11/09/2014

The Leftovers_Poster

Pocos tipos deben haber sido más insultados, vilipendiados y denostados en su profesión que Damon Lindelof, el hombre que ofendió a tantos millones de espectadores con el polémico y cuestionadísimo final de “Perdidos”, probablemente el mayor fenómeno televisivo de todos los tiempos y razón por la que muchos volvimos a (re)engancharnos a aquella afición tan de nuestra adolescencia que era ver series. Es una lástima que a Lindelof le hayan caído (y le sigan cayendo) todo tipo de palos como máximo responsable de aquella conclusión tan insatisfactoria para todos aquellos espectadores que hubieran deseado una larga lista de explicaciones lógicas que dejara atados todos y cada uno de los misterios de aquella isla, sepultando por el camino el mérito de haber sido uno de los impulsores clave de una las aventuras más extraordinarias, alucinantes, ambiciosas y adictivas de la televisión moderna. Ahora, diez años después de la emisión de aquel mítico capítulo piloto que presentaba a los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic, muchos parecen renegar de “Perdidos”. Pero claro, desde entonces todos hemos disfrutado de tantas y tan buenas series que podemos caer en la tentación de subestimar a la creación de J.J. Abrams, Jeffrey Lieber y el propio Lindelof, u olvidar por qué a su modo (que no es el de “Los Soprano” o “The Wire”) y a pesar de sus posibles flaquezas fue tan grande, revolucionaria e irrepetible. En El Cadillac Negro seguimos teniendo una deuda pendiente con “Lost” que esperamos saldar algún día como se merece, porque agradecemos eternamente los impagables momentos que nos proporcionó.

Pero hablábamos de Lindelof, el tipo que además de ejercer muy a su pesar de sempiterna piñata humana es el responsable máximo, junto a Tom Perrotta, de “The Leftovers”, la última apuesta fuerte de una HBO decidida a conservar su hegemonía en el campo de la ficción de calidad ante el empuje de AMC, FX o Showtime. Lindelof es muy hábil con las premisas conceptuales, y la de su nuevo invento (el 2% de la población mundial desaparece del planeta sin explicación aparente, y tres años después los que se quedaron siguen lidiando como pueden con el duelo colectivo) es en principio bastante sugerente. Pero, consciente de que las comparaciones con “Perdidos” no iban a tardar en llegar y de que muchos iban a tomar “The Leftovers” como una reválida personal, el showrunner advirtió desde el principio que la serie no iba a centrarse en resolver el misterio que sirve como mcguffin, sino en sus consecuencias (como también ocurre en la novela de Perrotta, Ascensión, que sirve de base) . No creo que ni Lindelof ni ningún otro creador deban ofrecer justificaciones previas sobre su trabajo, pero dado los precedentes se puede entender que esta vez tratara de cubrirse las espaldas. Quizás en esta ocasión sí era pertinente indicar al espectador dónde y qué mirar. Y quien haya sabido, podido o querido entrar en el juego de “The Leftovers” ha terminado siendo sacudido por un artefacto tan imperfecto como altamente estimulante y demoledor. En una época en la que el público y la crítica tiende a dictar sentencia desde el primer episodio, sin esperar a una mínima maduración (“The Wire” lo habría seguido teniendo tan crudo en estos tiempos como en su momento), la serie de Lindelof y Perrota no ha jugado a ponerle las cosas fáciles al espectador medio. Leer más…

Extremoduro: Diez hostias bien dadas

04/09/2014

Extremoduro2

Esta semana Extremoduro actúa dos noches consecutivas en la madrileña Plaza de Toros de Las Ventas, en lo que es sin duda el acontecimiento musical del verano en la capital y me atrevería a decir que también uno de los más importantes del año. Y es que a estas alturas, la banda liderada por Robe Iniesta se ha convertido ya definitivamente, después de más de 25 años de carrera, en el grupo de rock más importante del país, sin ninguna duda. Atrás han quedado ya los años de etiqueta de “grupo kalimotxero”, y poco a poco la incontestable poesía de las letras de Robe se ha erigido en el referente de una propuesta que tiene en la honestidad y la crudeza otras de sus señas de identidad. Los textos de Extremoduro hablan de amor y de sexo, de lucha social y de angustias, de terror y de valentía, de drogas y de cielos, de sangre, sudor y semen, de vida. Envuelve y adorna una música directa, un rock urbano y contundente, que sin embargo en los últimos años ha ido incorporando matices, abriéndose a nuevos aires y, sobre todo, a nuevas estructuras, sin perder un ápice de la rabia de sus inicios.

Muchos son los artistas que presumen de “hacer lo que les da la gana”, pero también aquí Robe Iniesta lleva sus principios al extremo. Ejemplificamos: publicar un álbum de una sola canción de media hora de duración (“Pedrá”); presentar un disco en una casa okupa, un disco que lleva por título “Iros todos a tomar por culo” (pretendidamente incorrecto gramaticalmente, porque ¿¿¿quién coño dice “idos”????); desaparecer durante años y volver sin dar más que explicaciones que un grandioso trabajo como “La ley innata”, para muchos su obra maestra; ser Extremoduro; ser Robe Iniesta. Pero a lo que veníamos, que aquí estamos para calentar motores, para empezar a sacudir la cabeza y bombear sangre, desde el corazón o desde donde sea, para repasar diez de las canciones más representativas de una discografía en ascenso, y ya de paso para ver si ganamos para la causa a algunos de esos escépticos que siguen viendo en Extremoduro a un simple grupo de rock melenudo. Leer más…

Steel Panther: Esta broma va muy en serio

03/09/2014

Steel Panther conejos

 (ALERTA: Este post contiene palabras malsonantes e imágenes soeces. Individuos especialmente sensibles…intenten disfrutarlo)

Una de las ‘cuestiones calientes’ cuando se va con un grupo de amigos a un concierto es sin duda la de los teloneros. ¿Pasamos de ellos ahora que estamos de buen rollo tomando unas cervezas, que al final solo hemos pagado para presenciar al cabeza de cartel? o ¿nos tiramos tres horas de pie para ver a un grupo que pasa desapercibido y que ha sido castigado con un sonido nefasto? Bien, puede haber al respecto innumerables posiciones, pero la mía, la de un loco de la música, es intentar ver todos los grupos que me sea posible. Pero hay veces que las circunstancias lo hacen imposible. Al respecto tengo marcados dos puntos especialmente negros: cuando ignoré a My Morning Jacket el día que telonearon a Pearl Jam y poco después era uno de mis grupos preferidos y, hace solo unos meses, cuando una cola histórica ante los dislates de la organización nos dejó a la mayor parte de los asistentes a uno de los recientes conciertos de Scorpions en Madrid sin poder observar las evoluciones en directo de uno de mis grupos del momento: Steel Panther.

Apenas dos meses antes del evento, solo conocía de la banda su nombre, su estilo, su creciente éxito y sus orígenes como banda de versiones. Dos meses después, esperaba con ansia el poder corear su buen puñado de adictivas canciones y divertirme de lo lindo con una de las formaciones que más me han hecho disfrutar en los últimos tiempos. Un modo fácil y concluyente de definir a Steel Panther es ‘los Darkness americanos’. Si la banda de Justin Hawkins, una de las favoritas del Cadillac como podéis ver aquí, aglutina con impecable frescura y gracia una buena cantidad de ‘plagios’ a grupos legendarios como Queen, Def Leppard, Thin Lizzy, Sparks o AC/DC, Steel Panther hacen algo muy parecido con los grandes nombres hardrockeros que convirtieron en los años 8o Los Angeles en una gran e ininterrumpida fiesta (Motley Crüe, Poison, etc.). Si The Darkness han tenido que cargar con el ‘sanbenito’ de ser un grupo de broma por tomarse las cosas con humor y proponer hilarantes videoclips y puestas en escena, Steel Panther van mucho más allá y son directamente una bufonada sin matices, exagerando al extremo todos y cada uno de los tópicos de la escena ‘sleazy': cardados, mallas y melenas teñidas imposibles, apología de la fiesta sin descanso, un machismo que despedaza cualquier tipo de corrección política  y, sobre todo, sexo, sexo, sexo y más sexo como ‘leitmotiv’. Leer más…

Juan José Millás: “La mujer loca” y el síndrome del sustantivo

01/09/2014

La-mujer-loca

Millás es uno de esos autores que uno llega a reconocer de manera irremediable, que imprime su sello en cada uno de sus trabajos creando un estilo narrativo realmente propio. Cualquiera de sus lectores frecuentes sabría adivinar que una novela es suya aunque se la entregaran en mano sin firmar y sin ninguna información previa. Ese sello tan propio consiste en un uso magnífico de la metaliteratura, un amor profesional y vocacional evidente por las letras, un surrealismo moderado en todo lo cotidiano y unos personajes complejos con particularidades psicológicas que suponen un reto en cualquier estudio narratológico. Aún no he encontrado una obra del autor que no haya disfrutado, que no lo haya confirmado como mi escritor vivo nacional favorito. Es por eso que cuando sostuve su última novela se me extendieron por la piel unas buenas expectativas que, adelanto, han terminado por verse cumplidas.

“Una novela que miente, una novela de verdad”, reza esa falsa cubierta que a veces colocan sobre las solapas del libro. Palabras que el lector entiende una vez se ha zambullido sin miramientos en la historia. Julia es una mujer un tanto peculiar que se gana la vida como pescadera en el mercado de un centro comercial. En sus ratos libres, la joven estudia gramática con el propósito de seducir a su jefe, que aunque se gane la vida destripando besugos para el consumo de los vecinos del barrio, es filólogo. Esto es todo lo que sabemos del personaje antes de comenzar con la lectura. Esto, y que un tal Juan José Millás que nos suena de algo se ha empeñado en escribir una novela sobre ella, cuando la conoce al ir a la casa en la que tiene una habitación alquilada para entrevistar a su enferma dueña, ya que pretende hacer un reportaje sobre la eutanasia. Suena casi surrealista pero la premisa es tan propia del escritor que casi dan ganas de abrazarse al argumento. Leer más…

Por fin liberados de “True Blood”

27/08/2014

True Blood Season 7

(ALERTA SPOILER: Este artículo está dirigido a los y las valientes que hayan llegado a “Thank You”, el último episodio de “True Blood”, aunque si alguna vez seguiste la serie pero te bajaste del barco a tiempo y no te importa enterarte de qué pasó al final también estás invitado a leer)

En el particular universo de “True Blood” el vampiro mantiene un curioso vínculo emocional con el chupasangre que le convirtió, de modo que éste puede sentir la muerte o el dolor de su descendencia y también puede darle órdenes que tienen que ser rigurosamente acatadas. Básicamente un vampiro vive sometido a la voluntad de su progenitor, aunque no esté de acuerdo ni con él ni con sus métodos, y esas ataduras sólo se rompen cuando el vampiro original pronuncia las palabras “como tu creador, yo te libero”. Y así es como nos sentimos muchos espectadores tras siete largas temporadas en Bon Temps, liberados por fin de un yugo que habíamos soportado demasiado tiempo, aunque con la diferencia de que nosotros no estábamos obligados a nada y podíamos habernos bajado del barco cuando hubiésemos querido. Muchos lo hicieron y otros nos quedamos, bajo nuestra propia responsabilidad.

La realidad es que “True Blood” dejó de ser ella misma hace mucho tiempo, tanto que casi ni recordamos que en sus comienzos, en 2008, su explosivo cóctel de supersticiones sureñas, grotesco sentido del humor, atmósferas turbias, sangre y sexo a borbotones supuso una fresca vuelta de tuerca a los mitos vampíricos, dejando en evidencia a la saga cinematográfica “Crepúsculo”, que también comenzó ese mismo año. Pero desde hace ya varias temporadas (¿desde la tercera, quizás incluso desde la segunda?) a “True Blood” no había que tomársela en serio. Su juego era el “todo vale” y no se avergonzaba en absoluto de traspasar con frecuencia la línea de lo ridículo porque también en ocasiones caía del lado de lo genial(oide). De serie de culto pasó a placer culpable, y de ahí, con la acumulación de temporadas cada vez menos inspiradas y más estúpidas, a mala costumbre que uno mantiene por inercia y no sabe quitarse de encima. A “True Blood” siempre le ha ayudado que se emite en plena canícula, cuando los sentidos están más atontados y la competencia seriéfila es menor, pero en mi caso estaba decidido a dar carpetazo al asunto tras la conclusión de la sexta temporada (reseñada aquí) y solo el comunicado posterior de la HBO  anunciando que la séptima sería la última (consciente de que, aunque las audiencias aún seguían acompañando, el invento estaba más que exprimido) me hizo recular. No habíamos llegado hasta aquí para abandonar tan cerca de la orilla, así que decidí asumir cristianamente la penitencia por mis pecados y remar hasta el final. La realidad es que mis expectativas eran bajísimas de cara a estos últimos diez capítulos y juro que tras visionar “Jesus Gonna Be Here”, el primer episodio de la tanda, estuve cerca de abandonar. Se adueñó de mí una mezcla de pánico y pereza infinita. Quizás no estaba preparado para semejante via crucis, quizás no debía perder mi tiempo en las patéticas andanzas de los habitantes de Bon Temps mientras otras series prometedoras descansaban en el banquillo de mi ocio personal esperando a salir al campo. Pero una promesa es una promesa, y finalmente he llegado a “Thank You” con una impagable sensación de expiación y liberación. Y ni rastro de nostalgia, algo bastante grave cuando se trata de una serie que has seguido durante seis años. Leer más…

“Locke”: el pasado sobre ruedas

26/08/2014

Locke

Aquellos que vieron el trailer de la última película de Steven Knight, podrán llegar a pensar que estamos ante un nuevo “Buried“, pues se anuncia como un thriller claustrofóbico (sustituyendo un ataúd, por un coche) y en tiempo real (recurso que ya utilizaron títulos como “La soga”, “Solo ante el peligro” o “12 hombres sin piedad”, y puesto nuevamente de moda por “A la hora señalada”, “Antes del atardecer” o la serie de televisión “24”). Pero esta vez no estamos ante un nuevo “Speed”. Aquí no hay rehenes, no es la vida del protagonista la que está en juego durante los siguientes 90 minutos. Todo lo contrario, más bien es su alma, su integridad, su oportunidad de superar un pasado que le atormenta. A pesar del título “spielbergiano” de esta entrada, en mi opinión, “Locke” más bien es un drama; el de un hombre que observa, desde un coche, como su vida familiar y profesional va colapsando, cual edificio en plena demolición…aunque, eso sí, narrado con el ritmo propio de un thriller.

Al finalizar su jornada de trabajo, un empleado de la construcción llamado Ivan Locke (Tom Hardy) sale de las instalaciones, se quita las botas con restos de cemento, sube a su coche (un BMW X5) e inicia la marcha con un rumbo que, muy pronto, empezaremos a deducir. Mientras tanto, activa el manos libres y llama a su jefe (Andrew Scott, el James Moriarty de “Sherlock”) para notificarle que le ha surgido un tema personal y no podrá acudir al trabajo la mañana siguiente. Pero el día siguiente, no es un día cualquiera. De hecho, es el día más importante de esa construcción, de su carrera profesional, de la empresa para la que trabaja y un hito a nivel europeo en el sector, que ha llevado meses de preparación y planificación. Su jefe, conocedor de que no hay sustituto posible para Locke, intenta entender su actitud, preguntando por ese hecho que le obliga a excusarse de su puesto de trabajo en una fecha tan crítica; pero Locke es tajante, no hay detalles y no hay marcha atrás. Esa conversación es el inicio de una creciente tensión que irá aumentando con cada una de las llamadas que realice y reciba Locke a lo largo de la noche. De esta forma, Ivan (que no renuncia a sus responsabilidades en ningún momento, ni siquiera cuando es despedido), llamará a su mano derecha en la obra (Ben Daniels, el fotógrafo Adam Galloway en “House of Cards”), al que facilita una larga lista de hitos que debe asegurarse que se realizarán correctamente durante esa noche…y que pronto empezará a dar muestras de estar sobrepasado por los acontecimientos, incapaz de hacerse cargo de la enorme responsabilidad que Locke lleva sobre sus hombros cada día con naturalidad y diligencia. Posteriormente, le tocará hablar con su mujer (Ruth Wilson) y sus dos hijos (Tom Holland, visto en “Lo Imposible” de J.A. Bayona y Bill Milner, visto en “X-Men:First Class) que le esperan para cenar y disfrutar del partido de fútbol televisado de esa noche. Con todos ellos mantendrá una actitud distante, sin aportar muchos detalles al hecho de que no llegará a tiempo para ver el partido y sentarse a la mesa esa noche con todos ellos. En sucesivas llamadas, su mujer irá elevando también la tensión en las conversaciones. Extrañada al principio por el comportamiento de su marido y, posteriormente, sospechando que algo grave está pasando para que actúe de esa manera. Por último, recibirá llamadas constantes de Bethan (Olivia Colman), una mujer a la que Locke apenas conoce y al que llama desde un hospital. Leer más…