«Nightcrawler»: la noche del cazador
Hay actores que, por muy buenos que sean, no podemos evitar reconocer en la pantalla. Aparecen en escena e impregnan cada fotograma con su aura particular, para bien o para mal. Los mejores de esta categoría son capaces de convertir ese posible defecto en virtud, en estilo, en una marca personal que si bien puede conducir al encasillamiento, también puede convertirles en mito, en icono. Pero también están aquellos otros actores que desaparecen en su personaje, que consiguen que mientras estás viéndoles en una película te olvides completamente de cómo eran y cómo se comportaban en las anteriores, y no es algo que tenga que ver obligatoriamente con radicales transformaciones físicas. Esto es lo que al menos a mí me ocurre con Jake Gyllenhaal, especialmente con el Gyllenhaal de los últimos tiempos, aquel que sale del batacazo de “El Príncipe de Persia” (2010) con las ideas más claras sobre hacia dónde conducir su carrera y qué concesiones comerciales no volver a realizar. En realidad, su trayectoria hasta ese gatillazo de blockbuster ya era ejemplar, con roles estelares en algunas de las películas clave de la primera década del siglo XXI (“Donnie Darko”, “Brokeback Mountain” y “Zodiac”), pero en su última etapa, y especialmente en las dos cintas con Denis Villenueve (“Prisioneros” y “Enemy”), Gyllenhaal está cargando de argumentos de peso a los que consideramos que es uno de los más brillantes intérpretes de su generación, aunque la liga de los Oscar aún se resista a incluirlo en su club de niños bonitos. La indiferencia de la Academia es aún más escandalosa e intolerable cuando uno ve y experimenta lo que ha hecho en “Nightcrawler”, una de las películas más estimulantes de la pasada cosecha del cine USA.
Y si “Nightcrawler” es una cita imprescindible en la actual cartelera española en gran parte se debe al portentoso trabajo de Gyllenhaal en la piel de Louis Bloom, uno de los personajes más memorables del cine reciente, sobre todo por lo que tiene de definitorio de una sociedad grotesca, que es la nuestra, adicta al morbo, a la desgracia ajena y a la violencia consumida directamente desde una pantalla. La película de Dan Gilroy funciona en distintos niveles –como thriller enfermizo, como sátira perversa y brutal, como bizarro policiaco noir– pero si por algo merece la pena verse es porque supone un inolvidable estudio de un arquetipo tan despreciable como magnético, y su disolución absoluta en el actor que lo interpreta. Digámoslo ya, sin Gyllenhaal “Nightcrawler” no sería lo mismo. Leer más…
Belako toma la palabra (a gritos)
Cris Lizarraga (voz, teclados), Josu Billelabeitia (guitarra y voz), Lore Billelabeitia (bajo y teclados) y Lander Zalakain (batería). Ninguno tiene más de 23 años. Desde que acometieron sus primeros acordes como banda, hace tres años, ya han tocado dos veces en el BBK Live y han teloneado a Elvis Costello y a Crystal Fighters; han publicado un tremendo disco de debut («Eurie»); han roto con su compañía y han creado una propia y editado en ella dos EP’s («AAAA!!!!» y «Bele Beltzak Baino Ez»). Se llaman Belako, son vascos y una de las grandes revelaciones de la escena musical nacional de los últimos años. Y ha llegado su hora.
¿Y qué hacen estos Belako? Pues su música podría ser una mezcla de post-punk con aires de new wave, grunge incluso (¿aceptamos un cruce entre Joy Division y Sonic Youth?), adornado a veces de paisajes electrónicos, todo aderezado de rabia, gotas de dulzura, honestidad, ganas de hacer las cosas bien y la frescura y el descaro propias de su edad. Sin embargo, esto son únicamente inmerecidas e injustificadas etiquetas, solo para que puedas imaginarte levemente por dónde van los tiros. De todas formas, vas a saber de ellos, ya que sin duda van a ser una de las bandas que más presentes van a estar en la próxima ronda de festivales veraniegos, y a buen seguro que su nombre en los carteles va a ir subiendo y ganando tamaño de forma exponencial. Al tiempo. Y si además, como anuncian, tendrán nuevo LP en los próximos meses, sin duda éste puede ser su año.
(AVISO: Estamos probablemente ante la más enrevesada vuelta de tuerca que se haya dado a los viajes en el tiempo, un film en el que una palabra o una imagen puede tirar por tierra una de las más sorprendentes propuestas de este género. De nada sirve colocar avisos de «spoilers», cuando tratamos de analizar una película cuyo mismo título ya puede ser considerado uno de ellos. Si no has visto «Predestination» aún, no continúes leyendo, disfruta de una película que jamás podrás volver a vivir con el mismo impacto y sorpresa que esta primera vez y, dentro de dos horas, vuelve y no dudes en comentar cómo se te ha quedado el cuerpo. Te aseguramos que no te habrá dejado indiferente).
Resulta muy difícil conseguir una película de ciencia ficción que, hoy en día, sorprenda en gran medida a un espectador que ya está ‘de vuelta’ en este género. Indudablemente, aún hay detalles que pueden incorporarse a la trama principal de una película para que aporten frescura; pero, tratándose de viajes en el tiempo, a uno siempre se le queda una cierta sensación de (perdonadme la broma) ‘déjà vu‘. Desde aquella antológica ‘paradoja-temporal-que-crearía-una-reacción-en-cadena-que-rompería-la-continuidad-espacio-tiempo-y-destruiría-todo-el-universo-conocido’ (Doc Brown, «Regreso al futuro 2«), nada ha vuelto a ser lo mismo…hasta que llegó «Predestination«. Ciertamente, la trama principal nos sonará a todos: Agente especial del gobierno (Ethan Hawke) persigue mediante continuos saltos en el tiempo a un demente terrorista que planea en el año 1975 una masacre que provoque más de 10.000 víctimas en Nueva York, con el fin de detenerle antes de que el terrible suceso se produzca. Esta breve descripción, automáticamente nos traslada a aquel equipo de policías que evitaban delitos con la ayuda de precognoscientes (‘precogs’) en «Minority report«. Sin embargo, mientras Steven Spielberg nos deleitaba con todos los detalles sobre el funcionamiento interno de PreCrimen; en «Predestination», se agradece no saber apenas nada de este cuerpo de once agentes que intentan que el sistema funcione de una determinada manera, eliminando las amenazas (muy al estilo de «The adjustment bureau» y sus agentes del destino). Destaca que el proceso de viajar en el tiempo no se complique artificiosamente con teorías temporales que, aunque forman parte de la trama, no deberían distraer nuestra atención de la historia principal (al igual que sucediera con «Looper«). Ciertamente, se nos presenta una máquina que permite viajar en el tiempo y, sí, está instalada en la funda de un violín (¡!). Pero, si aceptamos esta sencilla premisa, nos evitaremos entrar en excesivos detalles técnicos que, seguramente, pudieran justificarlo; pero, con lo que se muestra en pantalla, ya es información suficiente para poder centrarse en lo realmente importante, la historia. En ese sentido, también podremos encontrar similitudes con «Cronocrímenes» de Nacho Vigalondo, donde la trama es mucho más importante que el mero hecho de haber sido provocada por un viaje en el tiempo. «Predestination» vence también la tentación de perderse por el camino en subtramas que no aportan mucho, o en enredar una y otra vez los hechos para hacerlos parecer más interesantes (error en el que sí caía «Primer«). Y, por supuesto, en ningún momento entra en una lucha por mostrar los mejores efectos especiales en pantalla. El mejor efecto especial de esta película es, sin duda alguna, su guión. Y, sólo con eso, ya supera la espectacularidad de muchas grandes superproducciones veraniegas.
Bajo la aparente simpleza con la que la historia se va abriendo camino, se ocultan un sinfín de sorpresas (algunas previsibles, otras no tanto). En «Predestination», todas estas similitudes y diferencias con los títulos anteriormente citados, acaban siendo retorcidas y llevadas a un plano mucho más oscuro en el preciso instante en el que un hombre, sentado a la barra de un bar, comienza a contar una historia. Leer más…
«The Hour»: The Times they are a-changing
La BBC. Ese modelo inalcanzable de televisión pública. Ese ejemplo. Ese faro. Esa eterna suministradora de gran ficción. Esa que se atreve a diseccionar su propia historia de manera nada complaciente, explicitando la censura y las injerencias del gobierno en la labor de sus periodistas. ¿Se podrían llegar a imaginar algo así como un ‘Cuéntame’ que analizara a fondo el trabajo de los servicios informativos de TVE durante los tormentosos años de la Transición? ¿No, verdad? Pues esa sería la traslación perfecta a España de la serie británica ‘The Hour’, una de esas delicias injustamente tratadas, que solo nos pudo regalar, entre 2012 y 2013, dos estimulantes temporadas. Y aquí está de nuevo El Cadillac Negro para intentar modestamente evitar su olvido.
No escatimó medios la cadena británica en una producción con la que quería marcar terreno ante la tremenda competencia estadounidense. Una dirección artística al nivel de lo mejor de lo que nos tiene acostumbrados la BBC, Un ‘showrunner’ de altura como Abi Morgan, guionista de películas como ‘La dama de hierro’ o ‘Shame‘; directoras reputadas como la experta en miniseries Coky Giedroyc y un reparto de campanillas compuesto por la ya megaestrella Dominic West y otros dos intérpretes que están a un paso de ello (Romola Garai y Ben Whishaw) dejaban pocas dudas acerca de la ambición de la producción. Llevando casi desde su inicio el sambenito de ser la ‘Mad Men’ británica, ‘The Hour’ no alcanza las dosis de ‘glamour’ de la producción de AMC, pero sí comparte con su ‘prima’ norteamericana ese ritmo sosegado, amante de los pequeños detalles, en el que la acción avanza paulatinamente y sin prisas y, sobre todo, y esto es lo mejor de la serie de la BBC, la aguda observación de la época que recrean, evitando subrayados innecesarios e impregnando poco a poco al espectador de ella mediante una excelente dosificación de datos. Leer más…
«Into the Woods»: cuentos no tan asombrosos
Hace ya trece años que se estrenó “Chicago” (2002), la cinta que abanderó la moda del trasvase del musical de Broadway hacia Hollywood y que triunfó allí donde “Moulin Rouge” no pudo hacerlo doce meses antes que ella, en la lucha por el Oscar a la Mejor película. Sin ser ninguna obra maestra (ni probablemente superior a ninguna de sus contendientes en aquella 75 edición de los premios de la Academia), “Chicago” aún luce como el mejor filme de Rob Marshall, un tipo que nunca ha vuelto a brillar como en aquel debut, aunque tampoco es que desde entonces se haya prodigado demasiado. “Memorias de una Geisha” (2005) y “Nine” (2009) eran producciones engalanadas e ideadas para volver a optar a los grandes premios pero que bajo su exuberante superficie se quedaban a medio camino de muchas cosas. Marshall no es un director genial ni tampoco posee una gran personalidad aunque sí ha demostrado ser solvente y eficaz a la manera de un Ron Howard, pero incluso ese valor quedó en entredicho cuando se pasó al “blockbuster” más comercial para tomar el testigo de Gore Verbinski en la hipertrofiada franquicia de “Piratas del Caribe” y encargarse de perpetrar el peor episodio de la saga, “En mareas misteriosas” (2011), lo cual ya tiene su mérito. Tras ese traspiés que estuvo a punto de quebrar toda su reputación, Marshall ha preferido volver a su zona de confort, regresar al territorio del musical que tan bien conoce y adaptar otra de esas obras que triunfaron en Broadway y que todavía no habían dado el salto a la gran pantalla.
La elegida para la ocasión es “Into the Woods”, obra de Stephen Sondheim y James Lapine de 1987 que entrelazaba y deconstruía varios cuentos populares de los hermanos Grimm desde una perspectiva eminentemente adulta. De hecho, parece ser que la versión original estaba trufada de referencias siniestras y mordaces poco aptas para el público infantil. Un servidor, que desconocía por completo su existencia, no puede calibrar el grado de fidelidad de esta adaptación, pero sí advertir que aunque mucha de esa supuesta mala baba haya quedado convenientemente dulcificada por Disney aún perviven ciertos rescoldos de acidez y violencia implícita. Tal vez por eso mismo la película de Marshall termina quedándose en una incómoda tierra de nadie y no convenza ni a unos (los adultos) ni a otros (los niños). O sencillamente lo que ocurre es que “Into the Woods” es un mejunje que en los primeros sorbos entra fácil y tiene un sabor dulce sin llegar a ser delicioso pero que según sigues tomándolo se torna indigesto y te empalaga hasta el punto de desear regurgitarlo. Leer más…
Lo sé. Es el estreno de Nirvana en el Cadillac, Y sí, seguramente hubieran merecido un post inaugural que hubiera diseccionado toda su carrera o, al menos, su disco más famoso, el que siempre les hará pasar a la posteridad, ‘Nevermind’. Pero así es el Cadillac, amigos. A veces elegimos temas -siempre que nos interesen, claro- por su carácter informativo o de actualidad y a veces el corazón nos puede y optamos por rendir tributo a obras clave en nuestra existencia, opción que ha elegido en esta ocasión el aquí firmante. Uno vivió de primera mano, en los trascendentales albores de la adolescencia, la eclosión de Nirvana como gran sensación mundial, su corta pero muy fructífera carrera, la tragedia final, su gran influencia y el enorme cambio de reglas musicales que provocaron. Pero, más allá de escuchar hasta la saciedad sus distintos ‘singles’ en las radios comerciales españolas (sí, por aquel entonces ponían algo de rock), mi entrada por la puerta grande a la discografía de Nirvana se produjo ya con Kurt Cobain criando malvas y en forma de ansiado regalo en las Navidades de 1994. Cuando, tras laboriosas maniobras, logré abrir el envoltorio apareció resplandeciente ‘Unplugged in New York’, que se convertiría en un resistente okupa en mi equipo de música.
Hoy puede parecer antediluviano, pero hace 20 años la moda de hacer actuaciones acústicas, especialmente propiciadas por la cadena MTV en su serie ‘Unplugged’ pero no necesariamente monopolizadas por ella, estaba en pleno esplendor. Tras el inesperado éxito cosechado por los siempre reivindicables Tesla con su magnífico ‘Five Man Acoustical Jam’ en 1990, pocos artistas se resistieron a desenchufar sus guitarras y ofrecer, supuestamente, su faceta más íntima y desnuda. Incluso el fenómeno llego a España con los famosos ‘Básicos’, que tanto supieron rentabilizar Revolver. Muchas leyendas pasaron por allí intentando revitalizar sus algo alicaídas carreras en aquel momento (Bob Dylan, Bruce Springsteen, Jethro Tull), al igual que grupos de plena actualidad (Roxette, Pearl Jam, Stone Temple Pilots, Alanis Morisette); e incluso aún hoy en día quedan algunos rescoldos (Scorpions lanzaron el año pasado una actuación francamente intrascendente), pero su importancia, más allá de sus desiguales resultados, residía en su mayoría en un acto meramente promocional. Pocos, muy pocos, escaparon de la categoría de anécdota. De entre los que sí lo hicieron, cabe destacar la absoluta reivindicación que supusieron para sus respectivas trayectorias los multiventas discos acústicos de Eric Clapton y Rod Stewart. Tampoco nos podemos olvidar de que la grabación del muy correcto ‘MTV Unplugged’ de Kiss supuso el primer paso hacia su histórica reunión de mediados de los años noventa. Y nunca dejaremos de recordar, tanto por su relevancia histórica como por su sobresaliente calidad, el de Alice in Chains, una actuación absolutamente sobrecogedora y, por desgracia, una de las últimas que pudimos disfrutar del gran Layne Stanley. Por supuesto, entre estos pocos elegidos se encuentra nuestro protagonista, el ‘Unplugged in New York’ de Nirvana. Leer más…
No son de extrañar las recientes declaraciones de Alejandro González Iñárritu en las que advierte del marcado tinte autobiográfico de su última película, ‘Birdman’, especialmente en lo referente a la psicosis de autoestima que sufre su protagonista. El cineasta mexicano irrumpió con la delicadeza de un terremoto en el panorama internacional con una obra tan impactante como ‘Amores perros’, que le trasladó de golpe al primer escalafón cinematográfico. Sus siguientes pasos, ya inscritos en la industria estadounidense, ’21 gramos’ y ‘Babel’ también obtuvieron, pese a unas cuantas voces divergentes, un amplio reconocimiento crítico. Sin embargo, de repente, su fórmula, en agonizante asociación con el guionista Guillermo Arriaga, de puzzles temporales y dramatismo exacerbado parecía agotada, seguramente más por el insondable cambio de las modas y los afectos que por verdaderos deméritos cinematográficos. La situación no cambió demasiado con ‘Biutiful’, su acercamiento a España y el comienzo de su nueva etapa sin Arriaga, con una obra muy estimable por momentos pero irregular y algo excesiva en ambiciones. Todo parecía dispuesto para que González Iñárritu se convirtiera en un nuevo Fernando Meirelles, otra revelación latinoamericana al que le ha pesado demasiado una inicial obra maestra como ‘Ciudad de Dios’. Por ello, el estreno de ‘Birdman’ supone una alegría tan grande, porque supone una recuperación por todo lo alto. Iñárritu ha acertado de pleno rescatando sus mejores virtudes -su virtuosismo visual, su excelente manejo de la cámara en mano, su pulso nervioso, enfebrecido- para trasladarlas a un nuevo escenario: la de la comedia dramática ambientada en el mundo del teatro, que resulta una improbable pero muy afortunada combinación del humor frenético de ‘¡Qué ruina de función!’, el dramatismo de la ‘Opening Night’ de John Casavettes y el desbordante surrealismo de los mejores momentos del guionista Charlie Kaufman con Spike Jonze y Michel Gondry.
‘Birdman’ no pasará a la historia por la originalidad de su argumento. El intento de redención del actor Riggan Thomson, de gran éxito en el pasado gracias a encarnar al superhéroe Birdman, con un montaje teatral de una obra de Raymond Carver, es un tipo de historia bastante explotado en cintas como ‘The Wrestler’. Sin embargo, acierta González Iñárritu al hacer de su protagonista, agobiado por la enorme distancia entre sus aspiraciones vitales y su situación actual y por una tormentosa voz interior, un intérprete, una profesión en la que los cambios de estados de ánimo son constantes y en la que el ego está en un continuo zozobrar. De este modo, iremos descubriendo como todos los compañeros de función y el resto del entorno de Riggan están repletos de miedos e inseguridades por resolver. Al mismo tiempo, se escenifica el cambio de paradigma y la banalidad que han provocado las redes sociales, un estado de las cosas en el que nos movemos entre arenas movedizas, en el que puede valer más cualquier suceso intrascendente que largos años de carrera, y, ya de paso, mete una contundente pulla a los críticos de arte (y aquí nos ha tocado la patata a los hacedores de este blog). Leer más…
«Whiplash»: la baqueta metálica

Son numerosos los títulos en los que el eje central de la trama es la relación entre un mentor y un discípulo. Hollywood se ha visto atraído en multitud de ocasiones por estos conflictos interpersonales; ya sea en una academia militar, en una elitista escuela, en medio del mar, en lo alto de una montaña o en una galaxia lejana. En la gran mayoría de estos títulos, las aristas entre el veterano y el novato acaban limándose de forma más o menos idealizada para acabar consiguiendo los objetivos que parecían inalcanzables al comienzo de cada una de esas historias. No obstante, muy lejos de esa visión casi romántica de superación personal y empatía entre dos personas a priori incompatibles (ahí están títulos tan dispares como «El indomable Will Hunting«, «Rocky» o «The Karate Kid«), nos encontramos con otros títulos que tratan estos conflictos personales de forma mucho más cruda, mostrando la terrible necesidad de alcanzar sus metas y, lo que es peor, mostrando sin concesiones lo que sucede cuando no las consigues alcanzar, el hundimiento psicológico y la progresiva destrucción interna del alumno. Es en este caso donde nos encontramos los títulos más interesantes, siendo claros exponentes «Cisne negro«, «La chaqueta metálica» o el film que hoy nos ocupa; que, como veremos a continuación, comparte más de un punto en común con el primer tramo de la mítica cinta de Kubrick.
La trama de «Whiplash» se centra en la intensa relación que se establece entre un profesor y un alumno del (ficticio) conservatorio de música Shaffer en Nueva York. El profesor Fletcher (J. K. Simmons) es el máximo responsable de una banda de jazz que se nutre de aquellos alumnos más destacados de dicha escuela de música. Fletcher ha generado una competitividad extrema entre sus músicos, los cuales ven en cada candidato recién llegado, un nuevo enemigo; creando Fletcher, en torno a su figura, un aura de perfección absoluta, exigencia extrema y crueldad gratuita, que le ha convertido en una leyenda en todo el centro educativo. Todos los alumnos aspiran a poder ser bendecidos con una audición suya, entendiendo por audición a los menos de cinco segundos que Fletcher necesita para desaprobar con un gesto de absoluto rechazo las pocas notas que el alumno (temeroso y excitado a partes iguales) ha sido capaz de ejecutar. Esta eminencia, que recuerda a una imposible mezcla entre el sargento Hartman (por su dureza y gusto por la humillación) y el doctor Gregory House (por su innegable talento y dominio de la materia que profesa), pronto empezará a preguntarse si, bajo los destellos de genialidad que demuestra el joven alumno Andrew Neymar (Miles Teller), se oculta algo más. Leer más…






















