«Philomena»: el honor de los Weinstein
No deben andar muy contentos los Weinstein, Harvey y Bob, con su papel en la carrera de los Oscar de este año. Acostumbrados a infiltrar uno o varios caballos ganadores entre las favoritas, esta campaña los hermanísimos se han tenido que conformar con un rol secundario en el reparto de premios previo a la gran noche de Hollywood y tampoco disponen de ninguna baza clara para llevarse al zurrón alguna de las preciadas estatuillas. Sus grandes apuestas para 2013 eran “El mayordomo” y “Agosto”, dos películas a las que se le veía el plumero a kilómetros de distancia. Era tan evidente, desde sus mismos trailers, que estaban concebidas por y para ganar galardones que uno no puede evitar alegrarse de que la jugada les haya salido mal. La primera ha sido directamente ignorada por todas las asociaciones, gremios y academias, mientras que la segunda ha tenido que consolarse colando a la inevitable Meryl Streep y a Julia Roberts en la terna de finalistas a mejor actriz principal y de reparto respectivamente, aunque sin posibilidades reales de éxito para ninguna de las dos. De las otras balas que los Weinstein tenían en la recámara (estos tipos rara vez lo fían todo a una sola carta), el oportunista biopic “Mandela. Del mito al hombre” tampoco ha corrido mejor suerte, aunque al menos tiene una oportunidad plausible en la categoría de mejor canción gracias al “Ordinary Love” de U2, y ahí supongo que habrán echado el resto con sus estrategias habituales. De modo que al final, paradójicamente, ha tenido que ser el fruto más modesto y menos “cantoso” de de su cosecha anual, “Philomena”, la que ha venido a salvar su honor en la 86 edición de los Premios de la Academia (y, de paso, cubrir la cuota británica) con cuatro nominaciones: película, actriz, guión adaptado y banda sonora.
De cualquier manera, “Philomena” no puede impedir que la veamos como una convidada de piedra entre las nueve aspirantes al codiciado galardón de Mejor Película, y si tiene alguna opción de rascar algo sería por un guión que ya dio la sorpresa en los BAFTA y se impuso en Venecia. La historia real de Philomena Lee, una anciana irlandesa empeñada en descubrir qué ocurrió con el niño que le arrebataron de sus brazos unas malvadas monjas cuando era una adolescente, no es precisamente el colmo de la originalidad; de hecho, es un material perfecto para un telefilme de sobremesa, aunque también es verdad que en las manos de un director como Mike Leigh o Ken Loach podría haber dado para un deprimente, crudo y desgarrador drama social de denuncia. Pero del libreto de Steve Coogan y Jeff Pope se encarga Stephen Frears, un tipo con menos personalidad y más irregular que los dos mencionados pero también más polifacético y menos clasificable –mi favorito de esa trinidad británica, aunque solo sea por las magistrales “Las amistades peligrosas” y “Alta fidelidad”– , y quizás sea la elección más adecuada para hacer funambulismo sobre el fino alambre que separa la comedia y la tragedia; para entendernos, ese territorio que hoy por hoy nadie domina mejor que Alexander Payne. Frears no se acerca aquí a esos niveles y le termina saliendo una road movie buenista y amable, pero también conmovedora, cercana y bastante más amena de lo que se podría esperar. Leer más…
“Treme”: Grandes Éxitos (Vol. 2)
El primer episodio de “Treme”, titulado “Do You Know What It Means” y emitido el 11 de abril de 2010, fue seguido por poco más de un millón de espectadores. El pasado 29 de diciembre de 2013, “…To Miss New Orleans”, la ‘series finale’, apenas fue vista en su momento de emisión en la HBO por 397.000 personas. Los que la fuimos siguiendo habitualmente fuera de EE.UU tampoco debemos contarnos por millones. Cierto es que esa joya alabada ahora por muchos como la mejor serie de la historia, “The Wire”, tampoco pudo presumir nunca en su día de audiencias millonarias. “Treme”, que en muchos momentos no se queda lejos de lo que llegó a ser su hermana mayor, debería acabar alcanzando con el tiempo un reconocimiento mayor que el que tiene actualmente, pero me temo que nunca será así. Lo mismo que ha venido espantando a muchos potenciales seguidores durante estas cuatro temporadas, seguirá haciéndolo en el futuro: la creencia de que “Treme” es un contenedor de música, y poco más. Nunca nos cansaremos de reivindicar precisamente todo lo contrario, que es mucho, muchísimo más, pero es que además el error es aún mayor porque, una vez perdido el miedo a su faceta musical, la cantidad de joyas que será capaz de regalarnos por episodio será infinita.
“Treme” no es sólo una serie ambientada en Nueva Orleans. Es el más sentido, preciso y respetuoso homenaje que se ha ofrecido, jamás, a esta ciudad. Y a sus habitantes. Porque “Treme” es una excepcional serie de personajes, y en este rincón del planeta resulta que prácticamente todos ellos viven por, para y en torno a la música. Durante cuatro años conviviremos con mitos y leyendas vivas de Nueva Orleans, artistas consagrados, músicos emergentes, eternos aspirantes a estrellas, trovadores callejeros, indios del Mardi Gras o simplemente gente de la calle que no concibe su existencia sin disfrutar de una animada Second Line o un abarrotado desfile, participar en el tributo a alguien fallecido o acudir a cualquiera de los innumerables conciertos, de toda índole y condición, que ofrece la ciudad. Así, David Simon y su equipo nos llevarán de la mano por estudios de grabación, salas de ensayos, festivales, prestigiosos clubes, garitos de mala muerte, cementerios, escuelas, hogares y, por supuesto, las calles de la ciudad más popular de Luisiana. Nosotros, por nuestra parte, seguimos empeñados en ofreceros una pequeña muestra de todo eso, y tras la primera entrega emitida la semana pasada, toca cubrir ahora la segunda y última etapa de nuestro viaje. De nuevo, lo de los SPOILERS se da por sabido: Leer más…
‘Her’: Más humana que los humanos
En esta frenética época que vivimos, el tiempo no hace prisioneros. Recuerdo una no demasiado lejana conversación entre los integrantes de este blog en el que nos preguntábamos qué había sido de Spike Jonze. Pese a que su tercera y anterior película, la tan extraña como preciosa ‘Donde viven los monstruos’, no quedaba demasiado lejos (data de 2009), nos teníamos que remontar hasta el nexo entre los siglos XX y XXI para hallar las dos obras que tanto nos sorprendieron y deleitaron, las que nos hacían presuponer que estábamos ante uno de los genios que marcarían el cine de las próximas décadas: ‘Being John Malkovich’ y ‘Adaptation’. Hete aquí que, unos pocos meses después, Jonze regresa dando un sonoro puñetazo en la mesa y vuelve a encaramarse a lo más alto con ‘Her’, una esas selectas maravillas que llegan muy de cuando en cuando a la cartelera.
Jonze odia los convencionalismos, es de los que les gusta complicarse la vida. Ahí es nada la propuesta de ‘Her’: la historia de amor entre un ‘negro’ escritor de cartas recién divorciado de su pareja de toda la vida y su avanzado y susceptible de evolución sistema operativo, configurado con una voz femenina. Todo podría apuntar a un arriesgado salto al vacío. Sin embargo, estamos, no solo ante el filme más accesible y universal de su carrera, sino ante la cumbre de su filmografía hasta el momento. Y es que el realizador estadounidense cuenta con una red de seguridad absolutamente infalible que mantiene en pie el arriesgado proyecto en todo momento, formada, en primer lugar, por un guión, el primero que firma Jonze en solitario, excepcional. Su gran mérito es lograr un equilibrio sublime entre su parte más cerebral (la propuesta de inicio lleva a la trama a abordar con destreza numerosas y trascendentes cuestiones) y su parte más emotiva, logrando conmover más con su peculiar historia de amor. Leer más…
«Morning Phase»: el nuevo amanecer de Beck
Parece mentira, pero ya han pasado 20 años desde que Beck Hansen inventara un género a partir de la mezcla bastarda del folk, el blues y el hip hop en aquel inolvidable “Loser”, uno de los hits definitivos de los años 90, aquella época en la que no era tan raro que el rock alternativo asaltara las listas de ventas y en la que los gustos de la crítica y los del gran público no eran tan divergentes como ahora. El artista también conocido como Bek David Campbell tenía entonces 23 años, y ya se le consideraba un genio capaz de dinamitar los cimientos de industria musical desde el underground, cosa que efectivamente haría con el magistral “Odelay” (1996), el equivalente musical de “Pulp Fiction”, un expansivo y transgresor collage sonoro que quebraba prejuicios a golpe de sampler y lograba hermanar con explosividad, locura e ironía músicas diversas y tan antagónicas como el country y la electrónica, lo viejo y lo nuevo, consiguiendo algo que muchos buscan y pocos consiguen, un sonido inédito, un sonido propio. Y como los genios escurridizos, Beck se las ingenió durante los años siguientes para sorprender a su público entregando siempre un nuevo disco distinto al anterior. Primero con el desnudo “Mutations” (1998), posteriormente con el valiente giro hacia el funk galáctico y la música negra de “Midnight Vultures” (1999), y finalmente con el introspectivo “Sea Change” (2002). A partir de ahí, es cierto, Beck no volvería a volar tan alto. Y aunque “Guero” (2005) y, especialmente, aquel “Modern Guilt” (2008) con Danger Mouse a los controles eran trabajos muy disfrutables y plenamente contemporáneos, ya no transitaban por territorios desconocidos y se contentaban con revisitar, con mayor o menor fortuna, pretéritos hallazgos de su trayectoria. Tampoco es que su reputación se haya visto menoscabada, pero es cierto que el rompedor e imprevisible artista de los 90 se ha convertido con los años en un respetable clásico que siempre mantiene un buen nivel pero al que ya no se exige que encabece ninguna revolución ni descubra la pólvora.
En ese sentido, “Morning Phase” es un paso consecuente en la trayectoria del Beck de madurez, y si “Guero” era un intento evidente de reverdecer la magia de “Odelay” sin llegar a conseguirlo, el nuevo material del autor de “Devils Haircut” nace indisimuladamente como secuela del en su momento incomprendido y después muy reivindicado “Sea Change”, pero la jugada en esta ocasión le ha salido perfecta. Tal vez porque después de seis años de silencio (descontemos proyectos de versiones con amiguetes, producciones para otros y curiosidades varias como “Song Reader”, su libro de partituras de 2012) esta vez sí que teníamos muchas ganas de Beck, o porque el registro elegido para su comeback quizás sea el más adecuado para un artista de mediana edad como él, o simplemente porque aquí hay un puñado de canciones excelentes arropadas por un sólido concepto, el caso es que “Morning Phase” se revela como el disco más valioso de su autor en mucho tiempo. Leer más…
“Treme”: Grandes Éxitos (Vol. 1)
“Treme” terminó el pasado 29 de diciembre, tras cuatro temporadas (o tres y media) en antena, y David Simon nos sorprende revelándonos que probablemente no siga haciendo televisión. Explica que “The Wire” (2002-2008) no la vio nadie en su momento, que “Generation Kill” (2008) también pasó sin pena ni gloria y que la serie ambientada en Nueva Orleans ha sido igualmente ignorada por la audiencia. Yo quiero pensar que sus dudas tienen que ver más con que su casa hasta ahora, la HBO, o incluso otra cadena vuelva a confiar en él para encargarle un nuevo proyecto, más que al desánimo por no haber logrado nunca un éxito masivo de televidentes. Al fin y al cabo, a él se le atribuye la ya legendaria frase de «Que le jodan al espectador medio», que hasta cierto punto la HBO se autoimpuso como canon, con excelentes resultados. Simon es un maldito genio y si algo le sobra es talento, así que en su mano estaría hacer productos más ‘accesibles’, si esa fuese su intención. También es innegable que hubiese alcanzado mucho mayor impacto entre el populacho si en los últimos años se hubiese decantado por hacer un “The Wire 2”, y no me refiero a haber retomado sus personajes o haber vuelto a las calles de Baltimore, sino a haber entregado otra serie ‘policial’, ya fuese en San Francisco, Chicago o Amarillo, Texas. Pero lo cierto es que en su mítica serie si algo hizo en realidad fue radiografiar, hasta el tuétano, las desgracias y vergüenzas de una ciudad, no sólo deteniéndose en las fuerzas del orden y sus peligrosos delincuentes, sino también en sus sufridos trabajadores, sus habitantes más miserables, una juventud totalmente desahuciada, su muy deficiente sistema educativo, la indeseable clase política y los también podridos medios de comunicación. Y eso, en definitiva, es exactamente lo que ha vuelto a hacer en “Treme”. Y si Nueva Orleans ya es una ciudad tradicionalmente azotada por las injusticias y las desigualdades, el huracán Katrina no hizo más que multiplicarlas por mil. Pero también es uno de los rincones del mundo con una cultura más fascinante, unos habitantes especialmente admirables, por muchos motivos, y sí, una de las capitales musicales de EE.UU, y del planeta. Es seguro que el espíritu musical de “Treme” espantó a muchos espectadores, allá ellos y su monumental error, pero la serie no podía haber sido de otra forma. Al menos en las manos de alguien como Simon.
Un servidor si ha visto “Treme”, y le estará eternamente agradecido a su creador por haber podido hacerlo. Y tras haber publicado el post “Treme”: Nueva Orleans 2.0, hace poco menos de año y medio, ahora siente que la mejor forma de homenajearla es rescatando algunos de sus mejores momentos musicales (y no sólo musicales). Podría haber reivindicado decenas y decenas de escenas memorables, pero ha sido pertinente hacer un doloroso ejercicio de contención. Y aun así, tenemos suficientes joyas entre manos como para estimar que es conveniente hacer este viaje en dos etapas, con calma y paladeando cada instante. Entiendo que lo de los SPOILERS, aunque aquí tengan menos importancia que nunca, lo dais por hecho. Disfrutad, por tanto, de esta primera entrega: Leer más…
No es un cineasta que se caracterice por su espectacularidad, no hará el plano secuencia más impactante ni creará una estructura narrativa revolucionaria pero Alexander Payne siempre está ahí. Quizás no es un deportivo último modelo pero es un coche alemán que siempre responderá fiablemente; no será de oro ni tendrá multitud de cronógrafos pero sí es un reloj suizo cuya maquinaria nunca se adelantará ni retrasará, siempre marcará la hora con exactitud. Llueva, truene o nieve, siempre podemos contar que cada cierto tiempo Payne lanzará una comedia dramática y tendremos una tarde de cine de seguro disfrute alternando entre la risa, el llanto y un análisis social tan profundo como sutil. Payne no nos cambiará la vida, pero contribuirá a hacerla mucho más agradable.
Todo este panegírico viene a cuento de que acaba de ver la luz en nuestra cartelera su última película, ‘Nebraska’, y, fiel a su tradición, Payne no nos ha fallado, regalándonos una de las grandes obras de la temporada. Dejando aparte sus iniciales ‘Citizen Ruth’ -que aún no he podido ver- y ‘Election’ -su filme más inclasificable además de divertido y tremendamente inteligente- , ‘Nebraska’ pasa a formar parte de ese virtuoso tratado sobre las relaciones humanas integrado por ‘A propósito de Schmidt’, ‘Entre copas’ y ‘Los descendientes’ y que ha dado a Payne el título de Rey Absoluto de la Comedia Dramática, con Jason Reitman -siempre que no inscribamos a Woody Allen en este género- como única competencia real. Leer más…
El cineasta estadounidense J.C. Chandor es un tipo al que conviene seguir la pista, no vaya a ser que un año de estos vaya a despacharnos una obra maestra y no lo hayamos visto venir siquiera. De momento, con solo dos largometrajes en su haber, apunta buenas maneras. Nuestro hombre escribe y dirige sus propias películas, se las arregla para involucrar en sus proyectos a auténticos titanes de la interpretación y no parece dispuesto a repetirse o encasillarse. De hecho, el filme que ahora llega a nuestras pantallas, “Cuando todo está perdido (All is lost)” (2013), está en las antípodas su ópera prima, “Margin Call” (2011), aquella lúcida disección de las causas de los colapsos financieros que cíclicamente hacen temblar los cimientos del sistema económico mundial. Si en aquel notable debut se apropiaba de los códigos narrativos del David Mamet de “Glengarry Glen Ross” para radiografiar en clave de thriller dramático un microcosmos cerrado de depredadores de escasa catadura moral, en su segunda cinta desaparece el planteamiento coral para focalizar toda la atención en un único personaje inmerso en una incierta batalla por la supervivencia en la que resuenan con fuerza los ecos del Hemingway de “El viejo y el mar”. Si en “Margin Call” Chandor disponía de siete actores de primer nivel escupiendo réplicas cínicas y certeras como aguijonazos a cada minuto, en “Cuando todo está perdido” le basta con una única estrella que permanece en completo silencio durante la mayor parte del metraje.
No parece Chandor uno de esos cineastas que se ofrecen gustosos a la gran maquinaria del Hollywood más comercial y que valen lo mismo para un roto que para un descosido. Más bien se intuye una vocación por marcar una diferencia, por alejarse del lugar común, aunque sin llegar a renunciar a ese gran público que cada vez encuentra menos entretenimientos inteligentes en las salas de cine. Al menos eso es lo que se desprende de su todavía corta filmografía. “Cuando todo está perdido” podía haber sido otro relato de aventuras más o menos emotivo en el que su protagonista se enfrenta a mil y un obstáculos que supera con perseverancia para alcanzar al final algo parecido a la redención. De hecho, en realidad sí lo es, pero Chandor se afana en vaciar ese esquema clásico de todo efectismo y concesiones, en un valiente y arriesgado ejercicio de depuración cinematográfica. Tenemos a un individuo en un maltrecho velero perdido en la inmensidad del Océano Pacífico, sin equipo de navegación y sin radio. A solas con su ingenio contra una naturaleza indomable y la implacable ley de Murphy. Y no hay más. No hay flashbacks, ni un pasado para nuestra protagonista, ni ensoñaciones, ni voz en off (salvo en un prescindible prólogo). Incluso los siempre socorridos tiburones no son más que una leve amenaza. El mayor mérito de Chandor es que no alberga pretensiones de redondear una “gran película”; su mayor interés es proporcionar una “experiencia” manteniéndose siempre fiel a las particulares normas que se autoimpone. Nunca abdica de su propósito de abrazar un realismo extremo y riguroso, aunque ello implique un riesgo -el de la monotonía y el aburrimiento que puede adueñarse del espectador que espera otra cosa- que sin embargo está dispuesto a correr. Leer más…
Los amantes de las polvorientas rutas norteamericanas transitadas por solitarios songwriters a la caza de los ingrávidos fantasmas del folk, el country y el rock que se resisten a abandonar este mundo cada vez más hipertecnificado estamos de enhorabuena porque 2014 ya nos ha traído uno de esos discos que probablemente recordaremos a la hora de hacer balance a finales de año. Se trata de “Brothers and Sisters of the Eternal Son”, o la confirmación definitiva del cantautor de Seattle Damien Jurado, diecisiete años después de su primera referencia, en la Primera División de esa amplia categoría etiquetada como “Americana”. Jurado es otro hombre desde que su camino se cruzó con el del productor Richard Swift, integrante de The Shins, en “Saint Bartlett” (2010). A veces uno no descubre su verdadero potencial hasta que encuentra al compañero de viaje ideal. Así, el austero trovador acústico de melodías deprimidas y taciturnas descubrió nuevos colores que añadir a su monocromática paleta sonora y se convenció de que se su música podía ser más panorámica y ambiciosa. “Maraqopa”, su excelente trabajo de 2012, demostró hasta qué punto la nueva personalidad surgida de la alianza con Swift podía generar una alquimia más allá de la urgencia y el vértigo del presente, y en esta continuación, concebida como una secuela de aquel disco tanto temática como musicalmente, la magia y la emoción vuelven a brotar sin aparente esfuerzo y con absoluta naturalidad.
“Brothers and Sisters of the Eternal Son” discurre en clave de road movie, como un viaje de autodescubrimiento a través de una América soñada e irreal, entre el simbolismo religioso y la ciencia ficción de serie B. Jurado y Swift diseñan esa atmósfera onírica y psicodélica que empapa su ajustadísimo minutaje- solo 34 minutos- enriqueciendo la instrumentación básica con capas y más capas de sintetizadores, cuerdas cinematográficas, coros, pianos, percusiones imaginativas, estructuras rítmicas intrincadas y mil y un detalles sonoros que pese a su exuberancia nunca asfixian a las canciones. Temazos como “Return to Maraqopa” o “Jericho Road” derrochan una intensidad expresiva majestuosa, mecidas por unas texturas hechizantes que inducen a un estado narcotizado y conducidas por la vulnerable voz de Jurado, cargada de abundante reverberación y filtros, pero siempre conmovedora. Incluso se atisba el espíritu de The Flaming Lips en cortes como “Silver Malcolm” o el de los Pink Floyd más clásicos y nostálgicos, los de “Wish You Were Here”, en “Metallic Cloud”. Leer más…






















