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Don’t Stop Believin’, Tony

21/06/2013

Tony Soprano 1

Hace diecisiete meses que pusimos en marcha este blog llamado El Cadillac Negro y en todo este tiempo no le hemos dedicado una sola entrada a “Los Soprano”. Y eso que es nuestra serie favorita. Y lo es porque, sencillamente, es la mejor serie de todos los tiempos. Un mérito que en realidad para nosotros compartiría con “The Wire”, sin que tenga sentido, y menos en un día como hoy, decidir cuál debería ir primero. Dejémoslo en un empate (¡bendito empate!) y punto. Y si hasta ahora no le hemos hecho un hueco en condiciones a ninguna de las dos grandes joyas históricas de la HBO es, simple y llanamente, porque les tenemos un respeto reverencial, casi rayando lo enfermizo, y siempre hemos estado esperando el momento oportuno para decidirnos, o buscando cuál sería la mejor forma de acercarnos a ellas sintiendo que podríamos hacerles realmente justicia, o preguntándonos si el texto estaría a la altura de lo que creemos que merecerían ambas series… Sí, efectivamente, nos han faltado pelotas. No le demos más vueltas. Y entonces, una calurosa mañana de junio, uno viaja aburrido en el tren de camino al centro de Madrid, entra en su Facebook con más desinterés que otra cosa, por aquello de matar el tiempo como sea, y se entera de que al maldito James Gandolfini le ha dado por morirse a los 51 años, en Italia, al parecer víctima de un infarto. Y el móvil de repente empieza a pesarle como un puto ladrillo entre los dedos temblorosos. Unos dedos que apenas se han recuperado varias horas después, cuando comienzan a dar forma en el ordenador al post que nunca hubiesen querido escribir.

Le debemos una entrada en condiciones a “Los Soprano”. Ahora más que nunca. Y una promesa es una promesa. Pero esto, por desgracia, es otra cosa. Esto es una despedida. Porque Tony Soprano nos ha dejado. Se ha ido, y para siempre. Ahora ya sí. El fundido en negro definitivo. Y duele. Aunque supiésemos desde hacía siglos que no volveríamos a tener nunca más a “Los Soprano” entre nosotros. Si alguna vez existió esa posibilidad, por mínima que fuera, de retomar, o rematar (que parece un término más apropiado) la serie mediante una película, ya quedó definitivamente descartada hace tiempo. Pero esto es una caída del telón que ninguno nos esperábamos. Un brusco “The End” en toda regla. Bueno, vale, en realidad Tony Soprano no ha muerto ni lo hará nunca. Porque Tony Soprano es eterno. Infinito. Inmortal. Pero ya sabéis a lo que me refiero. Que estoy jodido, vamos. Que creo que muchos lo estamos. Y uno siente la necesidad de rendirle homenaje y no sabe muy bien cómo hacerlo. Y entonces se pregunta cómo es posible que se sienta tan miserablemente triste por la muerte de un actor al que a su vez admiraba profundamente por haber interpretado a un grandísimo hijo de puta por el que llegó a sentir un cariño y una devoción incondicional y absoluta, sí, pero también miedo y pavor. Porque todos recordamos hoy el afecto que nos provocaba ese intimidante mafioso, y ensalzamos eso como el mayor logro de Gandolfini, pero no olvidemos que en cuestión de segundos también era capaz de helarnos la sangre y de horrorizarnos hasta extremos inconcebibles. Y ahí es donde residía realmente su grandeza. Leer más…

‘The Happiness Waltz’, la vuelta al redil de Josh Rouse

18/06/2013

Portada-TheHappinessWaltz

Erase una vez un joven cantautor estadounidense, concretamente establecido en Tenessee, llamado Josh Rouse que fue poco a poco sumando adeptos entre finales de los años noventa y principios del siglo con su pop sencillo y sensible, crecimiento que se fue plasmando poco a poco en discos como ‘Dressed up like Nebraska’ o ‘Under Cold Blue Stars’. Aquí en España los melómanos comunes le conocimos en 2003, coincidiendo con la salida de ‘1972’, un disco que pintaba irresistible con esa portada  tan retro y que no engañaba: el resultado era un excelente muestrario de pop con aires a los setenta y con oportunos dejes negroides que cristalizaron en sus primeros clásicos indiscutibles: las irresistibles ‘Love Vibration’ y ‘Comeback (Light Therapy)’. Sin embargo, pocos podíamos prever lo que se nos avecinaba dos años después con ‘Nashville’, todo un clásico para la posteridad, una exhibición de talento en un disco tan bonito como conciso y perfecto para relajarnos en noches de insomnio (y hablo por propia experiencia). Temas como ‘It’s the Nightime’, ‘Streelights’, ‘Caroliña’ o ‘Sad Eyes’ confirmaban a Rouse como uno de los grandes autores de pop del momento, quizá solo comparable al inefable Ron Sexmith. Todo parecía preparado para que nuestro protagonista se coronara definitivamente con su siguiente trabajo.

Sin embargo, Rouse conoció la felicidad en el cuerpo (y alma) de una española, que le trajo a vivir a nuestro país, concretamente a Altea (Alicante), y nuestro hombre se relajó. ‘Subtítulo’ era un buen disco, incluyendo su mayor ‘hit’ hasta el momento, esa ‘Quiet Town’ omnipresente en anuncios publicitarios o en películas como ‘Primos’, pero ni mucho menos al nivel que sus fans esperábamos. Conforme se asentaba en terreno ibérico, Rouse dejó de lado la ambición de convertirse en una estrella y la tensión en su música para instalarse en un tono buenrollista, con cada vez más influencia de la bossanova y otras músicas tropicales. De esta manera, y exceptuando otro gran disco como ‘Country Mouse City House’ (2007), el estadounidense se inmiscuyó en proyectos cada vez más modestos, como el que protagonizó con su pareja Paz Suay. Un servidor, que seguía teníéndole un considerable aprecio, llegó a adquirir ‘El Turista’, un disco curioso, absolutamente relajado, que llegaba a recordar al Jonathan Ritchman más desatado, ése que sacaba temas ‘chapurreados’ en su gracioso castellano. Es fácil deducir que uno ya había dejado prácticamente de lado a ese cantautor que una vez le había maravillado, cuando, de repente, se topó en pleno 2013 con unas cuantas críticas muy elogiosas de fiables autores sobre el nuevo álbum de Rouse, ‘The Happiness Waltz’. Es fácil deducir que uno, amante de los retornos gloriosos inesperados, se lanzó raudo a por el disco para comprobar si las alabanzas eran merecidas y si habíamos recuperado para la causa a nuestro pequeño gran hombre. Leer más…

El «Superman» de Richard Donner: el arte de volar

17/06/2013

Superman

Hace unos días recibí un correo electrónico de Kinépolis invitándome a participar en un concurso para asistir al preestreno de “El hombre de acero”, la esperada revisión del icónico superhéroe de DC de la mano de Zack Snyder y Christopher Nolan. Para optar a la entrada debía responder antes a una simple pregunta: “¿Qué representa para ti la S de Superman?”. Me lo pensé durante unos instantes (se supone que la respuesta debía ser original), rebuscando en la memoria de la infancia para tratar de comprender, efectivamente, qué había significado la S para mí. Recordé las fiestas de cumpleaños que se celebraban en casa de uno de los amiguetes de la pandilla, el primero de nosotros que tuvo un reproductor de vídeo en los albores de la era del Beta y el VHS, y cómo su padre solía alquilar para fecha tan señalada una película de Superman, que siempre era la misma, la de 1978 (aunque como la portada variaba de un videoclub a otro él creía que eran distintas), pero tanto la primera vez como las siguientes inevitablemente todos –que tendríamos 5, 6, 7 años– terminábamos embobados con las fantásticas aventuras de ese superhombre vestido de rojo y azul que hacía cosas que nunca habíamos visto hacer a nadie. También recordé una de las primeras veces que fui al cine, de nuevo con la pandilla y por supuesto con la supervisión paterna. Era un cine de barrio y ponían “Superman II”. A tan tierna edad esa combinación era todo un acontecimiento, un espectáculo asombroso que un niño difícilmente puede olvidar. Era imposible no salir de allí con el corazón en la boca y creyendo que uno podía salvar al mundo y patearle el culo a los malos, mientras la antológica fanfarria de John Williams resonaba en la cabeza. Y, de repente, ahí estaba la respuesta. La S, o Superman, que para el caso es lo mismo, era el sueño de un niño que descubría que era posible volar, al menos en ese lugar lleno de magia e ilusión que entonces era una sala de cine.

Y no nos engañemos, nunca, jamás, nadie ha volado en una pantalla de cine como lo hacía Christopher Reeve. Da igual que hayan pasado 35 años y los FX hayan envejecido, que en ese tiempo hayamos visto surcar los cielos con mucha más rapidez a Iron-Man, a Spider-Man, a Thor, a la Antorcha Humana o incluso a otro Superman. Nadie lo ha vuelto a hacer con el porte, la elegancia, la confianza y la convicción de Reeve. Pero sobre todo, nadie nos ha vuelto a persuadir de que el simple hecho de elevarse por los aires era un suceso maravilloso, un truco de magia imposible, y Reeve, con esa sonrisa que lanzaba a la cámara al final de sus películas con el globo terráqueo al fondo, nos transmitía justamente eso. Para mi generación, los que nacimos en la segunda mitad de los 70, solo ha habido un Superman posible, ni siquiera el de los cómics era el auténtico, y mucho me temo que esa fue una de las razones (aunque evidentemente no la única) por la que no tragamos la versión de Bryan Singer de 2006. Y lo siento por el tal Brandon Routh, que al fin y al cabo no tenía culpa de nada y bastante hizo aceptando el desafío, pero el recuerdo de Reeve era una losa demasiada pesada que  aquella película timorata y continuista no pudo soportar. Espero que, una vez roto el melón, Henry Cavill tenga más suerte y encuentre su propio camino. Sin embargo, cuando hablamos del  “Superman definitivo” a veces olvidamos que tanta importancia tuvo Reeve como el tipo que se empeñó en que ese sueño fuese posible, alguien que puso toneladas de pasión y entusiasmo para llevar al celuloide al superhéroe por antonomasia tal y como debía ser. Sí, no os equivocáis, me refiero al bueno de Richard Donner. Leer más…

“Juego de tronos”: Paint It Red

11/06/2013

Game Of Thrones Season 3 - Robb, Catelyn & Talisa

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el décimo y último capítulo de la tercera temporada de la serie)

Erase una vez un señor muy gordo y risueño de larga barba blanca, atuendo de hobbit, gorra de marinero y grandes gafas que reposaban sobre una nariz ancha, tras las que se escondían unos diminutos y chispeantes ojos traviesos, que moraba en la pequeña localidad de Santa Fe, en el estado norteamericano de Nuevo México. Para cualquiera que se cruzase con él en aquellos días, podría pasar perfectamente por un entrañable y pacífico jubilado, un adorable abuelito de esos que suelen gastar su tiempo arreglando el césped de su jardín, o pescando tranquilamente con sus nietos en el lago, o acompañando a su esposa a hacer la compra al Drugstore de la esquina. Quizás pocos hubiesen podido averiguar que aquel tipo de aspecto apacible era en realidad, para millones de fanáticos de la fantasía en todo el mundo, algo así como una especie de Dios… aunque otras decenas o cientos de miles de personas le consideraban, en cambio, un bastardo sádico sin corazón hijo de las mil putas. Esto último venía siendo así más o menos desde principios del nuevo milenio, después de que publicase la tercera novela de su saga “Canción de Hielo y Fuego”, titulada “Tormenta de espadas”. Y a ese mismo sentir se sumaron, allá por principios de junio de 2013, no pocos espectadores de la serie “Juego de tronos”, adaptación de la HBO de su célebre saga literaria, que descubrieron llevándose las manos a la cabeza, o cubriéndose los rostros con mantas o cojines, cualquier cosa que encontraron a mano, qué era aquello que venía horrorizando a los lectores de sus libros desde hacía más de una década.

Ahí están los famosos vídeos que inundan la red con las reacciones de los fans al histórico noveno episodio de la tercera temporada de la serie, “The Rains of Castamere”, para corroborarlo, pero a mí me bastó darme un paseo por Facebook o Twitter la pasada semana para tenerlo claro: comentarios del tipo «no volveré a ver “Juego de tronos”», «¡¿pero qué coño han hecho?!» «cabrones, se han cargado la serie»… El propio George R. R. Martin, el venerable personaje del principio de nuestra historia, explicó recientemente cómo algunas de sus decisiones le costaron hace ya 13 años un buen número de seguidores, aunque seguro que también le hicieron ganar unos cuantos, y reforzaron aún más la lealtad inquebrantable de otros muchos. Y en la misma entrevista el escritor defendía su peculiar forma de entender la ficción: frente a todos aquéllos que leen con la única finalidad de encontrar consuelo y evadirse de las putadas de la vida diaria, ese tipo de historias en las que «el chico siempre obtiene a la chica, los buenos ganan y reafirman que la vida es justa», algo que es muy respetable y comprensible, sus novelas intentan ser «más realistas acerca de cómo es la vida real», y así tienen «alegría, pero también dolor y sufrimiento», y «capturan la vida en su parte clara y oscura». Yo no puedo estar más de acuerdo y le aplaudo por ello. Como aplaudo también a los máximos responsables de su adaptación televisiva, David Benioff y D. B. Weiss, por ser igualmente valientes y plasmar con fidelidad la palabra escrita a la pequeña pantalla hasta las últimas consecuencias. Ya expliqué hace un año, en el post que escribí con motivo del cierre de su segunda temporada, titulado “Héroes, villanos, furcias y bastardos”, dónde residían para mí los grandes aciertos de esta apabullante “Juego de tronos”, cuáles eran en mi opinión esos detalles que la convertían en algo único y excepcional, y en este 2013 todos esos hallazgos no sólo han seguido ahí, sino que se han agigantado de manera monstruosa. Algunos odiarán, u odiaréis, al ‘bueno’ de Martin por haber concebido algunos de los eventos que hemos disfrutado/sufrido en esta temporada que acaba de llegar a su fin. Yo en cambio soy de los que cree que ese es, precisamente, el motivo por el que deberíamos profesarle adoración eterna. Leer más…

‘Turistas’: Dos (muy brutos) en la carretera

07/06/2013

Turistas película

Fans de las comedias negras e inusuales, ¡aquí tenéis vuestro estreno de la temporada! Si unas partículas de ‘Bonnie and Clyde’ y ‘Deliverance’ colisionaran con otras de la desenfadada ‘Zombies Party’, el Big Bang resultante sería algo muy parecido a ‘Turistas’, la tercera película del, para mi desconocido pero considerado de culto, director británico Ben Wheatley, todo un soplo de aire fresco para el género.

Las primeros momentos del filme engañan. Los personajes, dos desheredados con presumibles traumas infantiles que inician su primer viaje como pareja y la castradora madre de la chica parecen sacados de cualquier película de Mike Leigh. Pero pronto comprobamos que, lejos de estar ante un profundo drama social, hemos topado con una corrosiva comedia (inmejorable gag inicial el del perro, absolutamente desaconsejado para amorosos poseedores de canes), que nos hará  estallar en carcajadas ante las peculiaridades de dos ‘freaks’ de tomo y lomo y su no menos extraño ‘planning’ turístico por Inglaterra  (el Museo del Tranvía y el del Lápiz no figuran entre los 10 destinos más ‘hipsters’ de la temporada precisamente). Leer más…

“13” de Black Sabbath: el principio del fin

06/06/2013

Black Sabbath 13

Canta Ozzy Osbourne en las primeras estrofas de “End Of The Beginning”, el corte que abre “13”, el esperadísimo nuevo álbum de Black Sabbath: «¿Es éste el final del principio, o el principio del final?». Y uno, que está más que acostumbrado a los ejercicios de nostalgia, se da cuenta de que está ante uno de los más monumentales y de mayor alcance de toda su vida. Hablamos del disco número tropecientosnosequé de la discografía de los Sabbath, ya hemos perdido la cuenta, pero tenemos claro que es el noveno con Ozzy, y el primero desde el desangelado “Never Say Die!” de 1978. O sea, que han pasado 35 años. Yo aún no había nacido. Pero uno no sólo piensa en estas cosas. La semana pasada escribí un macropost loando la carrera de Iron Maiden, y días después pude verles en directo en el Sonisphere de Madrid. El paso del tiempo es más que visible en todos sus componentes pero siguen siendo un jodido ciclón en concierto, aunque ese viernes los elementos desluciesen su actuación. Pero uno asume, con tristeza, que dentro de cinco, diez, quince años, ya no les tendremos por aquí. Y Judas Priest se retiran, o se están retirando, o se van a retirar, o algo así nos dijeron en su día. Y los Scorpions algo parecido. Pienso también en ese disco que, dicen, están preparando AC/DC, que publicarán dentro de ocho meses, o dos años, cuando a ellos les plazca, y se marcarán otro pedazo de gira en la que Angus Young volverá a demostrarnos que es un prodigio huido del inframundo, pero tendremos la certeza, más que nunca, de que será la última. Aún maravillado por el genial regreso de David Bowie con “The Next Day”, pero habiendo perdido toda esperanza de que se atreva a salir a la carretera, observo en la distancia las imágenes de esa gira 50 aniversario de los Rolling Stones por tierras norteamericanas, rezando (al Diablo) para que se decidan a saltar el charco. Y hace meses que tengo guardadas en un sobre entradas para ver en Madrid, dentro de unas semanas, a Europe, Whitesnake y Def Leppard, y a Bon Jovi al día siguiente. Bandas que dieron lo mejor de sí mismas hace décadas y hoy en día siguen viviendo de ello, aunque los suecos sean una excepción y sigan sacando discazos, pero eso es otra historia que contaremos cuando llegue el momento. Pienso también en esos Deep Purple a los que vi por primera vez en 1994. Han pasado 19 años, y nueve conciertos, en los que les he visto envejecer sobre las tablas, el pasado verano nos tocó llorar la pérdida del Maestro de Maestros Jon Lord, y acaban de publicar un disco, “Now What?”, con claro sabor a despedida. Pienso también en los recitales de The Who en 2006 y John Fogerty en 2009 en Madrid, dos de los mejores a los que he asistido, pero también en las reuniones fugaces de Pink Floyd en 2005 y Led Zeppelin en 2007, que al final no fructificaron en esas anheladísimas giras mundiales que habrían sido la última oportunidad para una generación, la mía, de poder vivir de primera mano la magia reservada para nosotros únicamente a través de añejas grabaciones. Soy consciente, incluso, de que la presente reunión de Black Sabbath no sería posible si ese Dios llamado Ronnie James Dio no nos hubiese dejado, alzando por última vez los cuernos a modo de despedida, hace ahora tres años.

Podría seguir poniendo muchísimos ejemplos, pero nos bastan dos muy recientes: hace apenas dos semanas, el Mago Ray Manzarek interpretó un último y definitivo “The End”, y el pasado sábado el viejo Lou nos dio un susto de muerte. Hasta ahora sabíamos que, salvo algunas excepciones, los Héroes del Rock o morían jóvenes o eran inmortales. Ahora empezamos a ser conscientes de que no es así. Dentro de unos meses cumpliré 34 años, llevo desde los 7 comprando discos y desde los 14 asistiendo a conciertos. Y aunque de vez en cuando me intereso por alguna joven banda, y éstas precisamente suelen ser las que me recuerdan a los ‘clásicos’, llevo más de media vida mostrando fidelidad absoluta a unos ídolos con edad suficiente para ser mis padres, o mis abuelos. Así, en dos décadas he sido testigo de innumerables lecciones de genialidad, talento, garra y pelotas, exhibiciones muy lejos del alcance de músicos que podrían ser sus hijos, o sus nietos. Pero el paso del tiempo es implacable, y me pregunto a quién cojones iré a ver yo en concierto dentro de 20 años… Probablemente sólo quede Bruce Springsteen, que habrá enterrado ya a toda la E Street Band, pero seguirá rodeado de músicos jóvenes tocando conciertos rebajados para entonces a dos horas y media o tres horas. Todo esto viene a que, respondiendo a Ozzy, me temo que sí, yo lo tengo claro: estamos ante el principio del fin. El fin de una era que ya no volverá, aunque quedará para siempre grabada en los surcos de nuestros vinilos, o los datos de nuestros CDs o discos duros, pero sobre todo en lo más profundo de nuestras almas. A partir de ahora nos tocará ir despidiéndonos de nuestros iconos y deidades musicales, pero lejos de echarnos a llorar en un rincón, deberíamos apreciar, con más motivo que nunca, regalos como este “13” de Black Sabbath. Pues, como tal, debemos entenderlo. Leer más…

Muse: música para las masas

05/06/2013

Muse_2013

(Post revisado y actualizado en mayo de 2016)

Reconozco que cuando escuché por primera vez “Showbiz” allá por el año 2000 no se me pasó ni remotamente por la cabeza que los británicos Muse pudieran llegar a convertirse en una de las stadium band definitivas del siglo XXI, porque, a diferencia de otros compañeros generacionales como Coldplay a los que desde el principio se les intuía gran potencial comercial, el sonido oscuro, melodramático y visceral de Matt Bellamy,  Chris Wolstenholme y Dominic Howard no parecía lo bastante radio friendly, pero lo cierto es que trece años después los tenemos  ofreciendo shows apabullantes ante masas de fervientes seguidores y de público ocasional en recintos de gran capacidad que hasta hace poco parecían reservados para vacas sagradas tipo U2, Rolling Stones o Bruce Springsteen. Que en un país como España una banda como Muse toque (y llene) en el madrileño Vicente Calderón o en el Lluis Companys de Barcelona supone un logro que habría sido inaudito en la década de los 90 para artistas como Radiohead o Oasis, pero que parece más factible para un grupo de rock alternativo en una época en la que, a pesar de la crisis, el aficionado medio no tiene demasiados reparos en gastarse en conciertos el dinero que ya no invierte en comprar discos.

Muse pertenece a esa clase de bandas que despiertan tantas adhesiones inquebrantables como odios irracionales, y es que un grupo que en alguna ocasión se definió como “heavy neoclásico metalcore punk hyper-band” no podría (ni debería) ser del gusto de todos.  Incluso entre las filas de los fan fatales están los que reciben con alborozo cada nueva ocurrencia que la banda se saca de la manga y los que se echan histéricamente las manos a la cabeza cada vez que se alejan, aunque solo sea mínimamente, del sonido canónico de su disco favorito. Como ya sabrá el pasajero veterano de El Cadillac Negro que recuerde nuestras críticas de “The 2nd Law” (2012) y «Drones» (2015) , en lo referente a Muse somos pulcramente aristotélicos y no nos alineamos incondicionalmente con ningún extremo. Nos gustan, pero en dosis moderadas para no sufrir indeseables cortes de digestión, que ya estamos un poco mayores para ciertos excesos. Desde esa línea ponderada que probablemente no contente ni a unos ni a otros, os invitamos a recorrer en once pasos la trayectoria de un grupo que, para bien o para mal, es una de las grandes referencias del pop-rock de gran formato de aquí y ahora. Leer más…

Iron Maiden: las joyas de la Doncella

31/05/2013

Iron Maiden 2013

La Doncella está de nuevo en nuestro país, y eso es siempre motivo de celebración. España es uno de los países en donde más se ama, más se reverencia a Iron Maiden, la banda más importante de la historia del heavy metal junto a Judas Priest (cada cual que les ponga en el orden que prefiera). La Península es uno de los territorios más visitados por la banda capitaneada por el bajista Steve Harris, que siempre ha sido una de las más currantas y entregadas a su público en sus más de tres décadas de existencia. Su actividad en los últimos años, con sus miembros ya más cerca de los 60 años que de los 50 (el batería Nicko McBrain ya los ha cumplido) ha sido incansable, encadenando una gira tras otra ya sea presentando un nuevo disco, recreando alguno de sus tours más épicos o conmemorando alguno de sus álbumes clásicos. Y sus seguidores, que en su inmensa mayoría nunca les han dado la espalda, ni siquiera cuando han atravesado algún delicado bache, siempre ha sabido agradecérselo. Su actual gira, con motivo de la reedición de su directo de 1989 “Maiden England”, arrancó en su tramo europeo el pasado lunes en Bilbao, con un concierto ante 4.000 privilegiados que sirvió un poco a modo de ensayo general. Tras una parada previa en Lisboa, desembarcan viernes y sábado en Madrid y Barcelona como cabezas de cartel del festival Sonisphere. Toca dedicarle también un sentido y merecido homenaje a su primer batería, Clive Burr, fallecido hace un par de meses tras varios años castigado por la esclerosis múltiple. Así que la cita es, de nuevo, ineludible.

En El Cadillac Negro no hemos querido dejar pasar la ocasión de unirnos a esta celebración, y mis dos compañeros de blog, que también son seguidores de la banda, me han concedido el honor de ser yo el encargado de rendirles tributo, con un post a modo de viaje a través de las joyas de su discografía. Tarea ardua y difícil, habiéndome decantado en esta ocasión por destacar una canción, con su correspondiente vídeo en directo, de cada uno de sus 15 álbumes de estudio. No siempre será la mejor (a veces sí), no siempre será la preferida por la mayoría de sus fans (a veces también), pero siempre será MI FAVORITA, por los motivos que sean. Ya sabéis cómo funcionan estas cosas. Y es más que probable que muchos de vosotros estéis poco o nada de acuerdo con los temas elegidos… Es lo de menos. ¡Qué demonios! Esto no deja de ser una excusa para hacer un exhaustivo repaso a su larga y brillantísima producción discográfica. Espero que disfrutéis el viaje. Leer más…