
El año pasado fue Silvia Alcalde Triñañes quien ganó dos entradas de cine. En El Cadillac Negro queremos seguir ampliando el listado de ganadores, por lo que queremos volver a invitaros al cine. Y la mejor forma que se nos ocurre es aprovechando la gala de premios cinematográficos por excelencia: los Oscar. Por eso, organizamos nuevamente una quiniela con las 20 principales candidaturas de los premios Oscar. Los ganadores de dichas nominaciones se desvelarán durante la gala que tendrá lugar la madrugada del lunes 27 de febrero en el Dolby Theatre de Los Angeles. Aquel de vosotros que acierte un mayor número de candidaturas podrá ir gratis (y acompañado de la persona que quiera) a disfrutar de la película que más ganas tenga de ver, eligiendo entre más de 535 salas disponibles en toda España. Nosotros ponemos las butacas, tú simplemente disfruta.
Al igual que el año pasado, tenemos unas sencillas normas y condiciones: en primer lugar, el ganador se designará por mayor número de aciertos y por fecha de envío más antigua. Es decir, el que más aciertos tenga gana y, en caso de empate, ganará el que antes realizara el envío de sus apuestas. Solo para poder ponernos en contacto contigo en caso de resultar vencedor, te pedimos tu usuario de Facebook o Twitter en el último paso de la quiniela. Te aseguramos que nunca te molestaremos si no eres el ganador, ni se facilitarán o utilizarán de ninguna otra forma tus datos. Una vez finalice el concurso y el ganador haya recibido su regalo, todos los datos recibidos serán borrados. Todo el mundo puede participar (tenéis hasta las 23:59 del domingo 26 de febrero para enviar vuestras apuestas), aunque las entradas sólo se otorgarán al ganador que tenga dirección en España. Es decir, habrá un ganador oficial de la quiniela y, en caso de que a dicho ganador no podamos enviarle el premio a un destino en España, se designará además a otra persona (el siguiente en número de aciertos y fecha de envío) a la que sí podamos enviarle las dos entradas de cine. Somos conscientes de que muchos de vosotros nos leéis más allá de nuestras fronteras y queremos que, en caso de victoria, podáis ser anunciados como ganadores oficiales de la quiniela de este año, aunque no os sea posible disfrutar de una velada en alguna sala de España. Las dos entradas se sortearán entre todos aquellos participantes que sean seguidores de al menos una de nuestras redes sociales (Facebook o Twitter) y que hayan publicado, compartido o retuiteado este post en alguna de ellas. Toda duda o comentario al respecto, no dudéis en publicarla en los comentarios. Y ahora ya sí, os dejamos con vuestra quiniela. ¡Mucha suerte!
«The Affair»: a la tercera fue vencida
Creo no equivocarme si afirmo que «The Affair» ha estado desde siempre en entredicho, o al menos en el alambre, incluso en sus mejores momentos. No deja de sorprenderme este hecho porque en otros títulos más radicales sí es fácil encontrar opiniones totalmente contrapuestas debido precisamente a ese planteamiento al límite que te hace amar u odiar la propuesta, pero «The Affair» no creo que lleve a ese extremo su ideario, por lo que no me explico muy bien el porqué había un sector de la audiencia tan marcado que denostaba la serie. Hasta ahora, porque, dejo ya el titular, después de dos grandes temporadas, en la tercera se ha caído con todo el equipo. No voy a volver a analizar aquellas dos primeras temporadas en las que «The Affair» se convirtió en una de las series importantes del momento, os remito al post en el que ya las despaché en su día : (De océanos y tormentas), pero es de justicia recordar que aquellas dos primeras tandas sí que me sedujeron, por lo que era yo de los que no estaban con el cuchillo entre los dientes esperando cualquier tropezón, me sedujeron y las disfruté, con sus fallos e irregularidades, pero sí fui defensor de ellas. Pero lamentablemente en la tercera temporada se ha desmoronado el castillo de naipes.
Los diferentes puntos de vista desde los que la serie contaba su historia en un principio resultaron especialmente un artefacto de novedad, algo que la hacía original y ponía en entredicho la verdad del narrador. Cuando esos ángulos pasaron de dos a cuatro en la segunda temporada, la serie adquirió más matices y perspectivas, enriqueciéndola y dándole nuevas excusas para no caer en la monotonía, y además dio un salto de calidad sobre todo porque el personaje de Helen adquiría más protagonismo, resultando una portentosa interpretación la de Maura Tierney, quien se adueñaba de algunos de los pasajes más memorables. Además, la intriga que envolvía aquellas dos temporadas, aunque era una trama paralela y dejaba el protagonismo principal en la historia sentimental de la pareja protagonista, ahora se entiende que fue fundamental para mantener el hilo de aquella narración, sirviendo como cable conductor de unos acontecimientos que desembocarían en un clímax final en el que tanto las historias de los cuatro protagonistas como la trama policial se unían, atando todos los cabos, dando sentido a todo lo contado. Pues bien, todo eso es lo que le ha faltado a esta tercera temporada: sentido, una dirección en la que caminar y un equilibrio entre sus protagonistas.
Pretendía la Academia una gala de entrega de los Premios Goya 2017 de carácter amable, apolítica, ágil y conciliadora, y a buen seguro que lo ha logrado, provocando también una gala sosa, blanca y olvidable. «Tarde para la ira», la favorita de la mayoría de los conductores de este blog, se alzó con el premio a la mejor película, además del de mejor director nóvel para Raúl Arévalo, mejor actor secundario para el breve pero inolvidable papel de Manolo Solo y mejor guión original, por lo que debería considerarse la gran vencedera, si bien en cuanto a cantidad «Un monstruo viene a verme» se llevó en el saco hasta nueve ‘cabezones’, entre ellos el de mejor director para José Antonio Bayona. Pero es que el resto de las cintas nominadas tampoco se fueron de vacío, con «El hombre de las mil caras» pescando el de mejor guión adaptado y el de mejor actor revelación para Carlos Santos por su reencarnación de Luis Roldán, con el premio a la mejor interpretación masculina para Roberto Álamo por «Que Dios nos perdone», y con Emma Suárez dando a «Julieta» su recompensa, precisamente allí donde Pedro Almodóvar mejor se mueve, en el terreno de la interpretación femenina.
No podemos dejar de pasar más líneas sin hacer alusión a Dani Rovira. En su tercera gala consecutiva como presentador, podríamos decir que su participación ha quedado en empate, como cabía de esperar en una gala tan neutral. Sin la gracia de la primera vez, pero sin el sonrojo que produjo en varios momentos de la segunda. Correcto, sin más. Su monólogo inicial, esos 15 minutos que a la postre son los que sirven para calibrar la labor del conductor de estos eventos, se resolvió con algunos destellos graciejos pero sin genio y con excesivas referencias hacia su persona y hacia su enfrentamiento con parte del mundo internetil. Del resto de sus apariciones queda poco para el recuerdo, para lo bueno y para lo malo. No comparto ese subirse a los tacones como método para reivindicar el trabajo de la mujer y me inquieta que no falten cada año los dos o tres besos en los morros pretendidamente provocadores, pero a cambio le aplaudo ciertos ramalazos o aparentes salidas de guion (que seguramente ni lo son), que es donde mejor se desenvuelve (ese «muy buena la de ‘Psicosis'» a Agustín Almodóvar creo que fue lo único que me provocó una carcajada).
Desde que se proyectó en el Festival de Sundance de 2016, “Manchester frente al mar” ha ido acumulando parabienes y convirtiéndose en uno de los títulos ineludibles de la temporada de premios. Mejor película del año según la National Board of Review, seleccionada en el Top 10 del American Film Institute, ganadora de incontables distinciones de las asociaciones de críticos americanas por la actuación de Casey Affleck y acaparadora de nominaciones en Globos de Oro, Baftas, César y, por supuesto, en los Oscar. La industria nos ha gritado bien alto que “Manchester frente al mar” es una de esas películas que no solo hay que ver, sino que hay que cubrir de elogios, y por eso mismo un servidor se queda con cierto complejo de oveja negra al comprobar tras su visionado que está lejos de poder sumarse alegremente a los corifeos que la proclaman como una obra maestra. La cinta de Kenneth Lonergan («Puedes contar conmigo», «Margaret») es un drama familiar, pero no uno de esos dramas intensos y desgarradores que te encogen el corazón y te ponen la piel de gallina, sino de la variante contenida, discreta e intimista, ese tipo de filme de vocación indie que huye siempre que puede del exceso sentimental y prefiere hablarle al espectador en voz baja. La cuestión es que si uno es un poco duro de oído (como probablemente sea mi caso) quizás no oiga todo lo que se le cuenta, o puede que sí lo haga, pero no le deje la huella que debería. El riesgo con la contención es que si te aplicas mucho en no pasarte quizás no llegues. Y “Manchester frente al mar” a mí no me termina de llegar. Le reconozco ciertas virtudes y creo entender la propuesta de Lonergan, pero después de 135 minutos (que son muchos y, sí, se hacen largos, aunque no exactamente aburridos) no me siento tan removido por dentro ni tan impresionado como la mayoría de la crítica.
Casey Affleck es Lee Chandler, un individuo sin esperanza que pasa su gris existencia como un espectro que se ha forzado a subsistir en los márgenes, ajeno a todo contacto humano que pueda significar algo real. Hace su trabajo de conserje en una comunidad de Boston eficazmente pero con la cabeza agachada y sin levantar la vista, imperturbable tanto ante el coqueteo de una vecina como ante las quejas de un cliente insatisfecho. Pasa las noches solitarias anclado a la barra de un bar, bebiendo para olvidar y dispuesto a sacar los puños a pasear si se presenta la menor oportunidad. Un día recibe una llamada anunciándole la muerte inminente de su hermano y eso le obliga a regresar a su pueblo natal, Manchester (no el británico, sino Manchester by the Sea, en el estado de Massachusetts), un lugar del que huyó mucho tiempo atrás incapaz de lidiar con una tragedia cruel e inasumible. Entre trámites funerarios y recuerdos de un pasado que parece pertenecer a otra vida, a Chandler le comunican que su hermano le ha cedido en su testamento la responsabilidad de ejercer de tutor de su sobrino Patrick. A partir de ahí descubriremos por qué Lee es quién es y cómo ambos personajes conviven, cada uno a su manera, con la pérdida y el dolor. “Manchester by the sea” es precisamente eso, una fotografía borrosa de unas cicatrices que nunca curaron, un taciturno retrato de la culpa que se clava debajo de la piel, un fiel testimonio de la imposibilidad de recomponer un alma que se ha roto en mil pedazos. Leer más…
Todo suma. Este podría haber sido el primero de los estatutos sobre los que se formara Mano Negra, aquella banda multicultural liderada por Manu Chao que durante finales de los años 80 y la primera mitad de los 90 azotó la escena musical europea con una propuesta que llevaba el mestizaje y el eclecticismo a su máxima expresión, un collage sonoro en el que tenían cabida todos los estilos, desde el rock hasta el reggae, del flamenco a los ritmos árabes, del punk a la canción francesa, del hard-rock al hip-hop. Esta descarada propuesta quemó sus cartuchos en muy poco tiempo, aproximadamente seis años en los que llegaron a publicar cuatros discos de estudio e incendiar los escenarios de más medio mundo.
Echando la vista atrás y mirando de reojo la actualidad, ¡cuánta falta hace un grupo así! Reconozcámoslo, necesitamos una inyección de positivismo y un buen azote de energía. Mano Negra representaba una forma de encarar la música sin prejuicios pero sin perder de vista el rumbo; todo valía, sí, pero sin olvidar de dónde venían y cuál era el objetivo. Y es que no es necesario ser constantemente intensos y trascendentales para mostrarse reivindicativos, no es obligatorio dejar de pasarlo bien para enarbolar cualquier bandera.

Había llegado un momento en que Joaquín Sabina ya era considerado más o menos un excantante en activo con poca actividad. Sabina ha sido uno de los compositores más grandes que ha parido esta bendita patria, pero seamos realistas, hacía ya tiempo que había dejado de ser referente más o menos actual. Casi todo el mundo coincide en que su gran obra maestra fue «19 días y 500 noches», disco de, ojo, 1999 (y que en estas líneas recordamos y analizamos con admiración). Su continuación, «Dímelo en la calle», de 2002, podía mantener más o menos el nivel (más menos que más), pero desde entonces su producción discográfica, su carrera como artista y, lamentablemente, su estado de salud, entraron en un importante agujero. Además de dos discos menores (en resultado, que no en intención), «Alivio de luto» y «Vinagre y rosas», por todos son conocidos los problemas de salud que el de Úbeda sufrió y que a punto estuvieron de adelantarle el último viaje. Para más inri, la siempre alerta Hacienda española también se apuntó a estrujarle el cuello, mientras él trataba de mantener la llama junto a Serrat con giras y álbumes que poca esperanza de futuro aportaban.
Pero ‘el flaco’ se retuerce en la tumba como pocos y la palabra resignación no está en su (extenso) diccionario, por lo que quizás como último clavo incandescente al que agarrarse se puso en manos de otros para intentar salvar su carrera, o para ponerle el más bello punto y final, quién sabe. Así, levantando el pescuezo y oteando qué se cuece por estos lares, decidió poner su próximo disco al recaudo de Leiva, sin duda uno de los nombres de mayor éxito del panorama actual, confiándole la música y la producción del mismo. Y llega el momento en que Sabina se planta una vez más delante de la audiencia, quizás más desnudo que nunca, y nos enseña un adelanto de ese álbum, que se llama «Lo niego todo», mismo título del primer single, que acaba de llegarnos al oído y cuyas sensaciones apresuradamente dejamos esparcidas.





















