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20 años de «Placebo»: con faldas y a lo Molko

03/06/2016

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Existen multitud de estandartes musicales en nuestra propia historia como individuos que marcan las distintas etapas vitales, artistas que nos han inspirado, discos que han funcionado como la banda sonora de nuestras victorias y fracasos, nuestros primeros calentones, nuestras pérdidas, nuestras rutinas más vulgares y nuestras memorias más surrealistas. Puede que algunos de estos símbolos estén sujetos a nuestra elección y preferencias, moldeables a causa del tiempo y las experiencias, pero con frecuencia aquel que acaba por convertirse en nuestro animal espiritual llega de manera casual, como si el universo se hubiera movido o lo hubiéramos buscado sin saberlo.  Mi historia con Placebo es una historia de magnetismo y de tiempos adecuados encerrados en los peores momentos, un meet and fuck tan directo como un tiro a quemarropa.

La banda londinense supo introducir su dedo medio en el panorama del rock alternativo de los noventa con sus canciones sobre drogas y fármacos de diseño terminados en «-ína», sobre los estados más humanos y la depresión más explícita, sobre el sexo desde todas las perspectivas. Brian Molko, vocalista y líder de la banda, acabaría por convertirse en un símbolo con su exquisita androginia, su descaro en la retórica y su evidente y sonora admiración por el hombre de las estrellas, David Bowie (del que fueron teloneros en sus comienzos). Este cóctel molotov artístico detonó en la línea temporal de mi existencia una década después, cuando ya había alcanzado la veintena y tarde, pero Molko encajaba perfectamente en todos mis vacíos de aquel entonces y los discos de Placebo se convirtieron en muy poco tiempo en un mantra que repetir, una banda sonora omnipresente que a día de hoy sigue siendo especial, aunque una década más en los huesos nos haya despojado de aquella vieja costumbre de idealizar a toda aquella figura que formara parte de nuestro desfile de ídolos y revoluciones sexuales.

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Buenas Noches Rose: la historia de un coitus interruptus

01/06/2016

BNR

Esta es la historia de un grupo que rozó con la punta de los dedos la gloria, la historia de una banda que en una ascensión fugaz quemó rápidamente todos los tópicos del rock ‘n roll para a continuación, con más urgencia si cabe, caer en el olvido y ser hoy en día uno de los nombres de culto de la escena rock nacional. «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver». Esta es la historia de Buenas Noches Rose, un grupo madrileño que en la segunda mitad de los 90 pareció tener todo lo necesario para ocupar el trono del rocanrol español pero que justo en el momento de dar el paso, se desvaneció. Esta es la historia de cinco chavales a quienes, cuando el casi inalcanzable sueño de vivir de la música se les iba a hacer realidad, se les esfumó ante sus ojos. Contamos la historia rápidamente. Nos encontramos en Alameda de Osuna, un barrio de Madrid en el que durante cierta época se vivió cierto movimiento musical más o menos importante, al menos proporcionalmente a su tamaño. Allí, en 1992, se juntan cinco tipos para dar forma a Buenas Noches Rose (Jordi Skywalker a la voz, Alfa y Rubén Pozo a las guitarras, Juanpa al bajo y Rober a la batería). Rápidamente empiezan a asaltar las salas de conciertos a golpes de versiones hasta que fichan por una pequeña discográfica (Discos Madison) y publican en 1995 su primer trabajo, titulado también «Buenas Noches Rose». Tras un inesperado éxito (7.000 copias vendidas), el camino hasta la grabación del segundo disco, «La danza de araña», con nueva compañía (BMG/Ariola), resulta cuanto menos tortuoso y accidentado, a pesar de contar con bastantes más medios y experiencia. El trabajo vende la mitad que el anterior, la discográfica deja de confiar en la banda y el vocalista abandona la formación. Con el grupo hecho añicos, sin compañía y sin un duro, buscan una última salida autoproduciéndose y autoeditándose «La estación seca», con Alfa tomando las labores de vocalista. El álbum artísticamente cumple, pero comercialmente no es más que la confirmación del final de la carrera de un grupo que explotó antes de tocar su techo.

Tras su disolución, Jordi Skywalker seguía autoexiliado en el campo viviendo de la tierra, con su hijo recién nacido y con su burro, mientras que paradójicamente algunos integrantes de la banda conocieron el éxito en mayor o menor medida con otros proyectos. Así, Rubén Pozo se dio un baño de masas con Pereza, una propuesta que siempre estuvo en entredicho por los «guardianes del rock ‘n roll», y Alfa también obtuvo una repercusión más o menos interesante con Le Punk, una banda en la que el rock se nutría de influencias swing, mediterráneas y balcánicas. En la actualidad, ambos luchan por sacar adelante su aventura en solitario, con bastante menos éxito que en sus anteriores formaciones. Jordi Skywalker, tras su retiro, también probó suerte con un disco de «rock agrícola» que pasó muy desapercibido. Y mientras tanto, la leyenda de Buenas Noches Rose no ha hecho más que crecer y hoy en día gozan de bastante más seguidores que en su momento de más éxito allá por los 90. Por lo tanto, dada la situación de cada uno de sus integrantes y el palpable deseo de su vuelta en sus seguidores, no descartemos un regreso para darle una segunda oportunidad al grupo, y es que hasta el mismo Alfa ha asegurado que «algo tendrá que pasar». Aunque seguramente su momento real quizás fue otro, un breve suspiro en el que dejaron tres álbumes notables, con pasajes sobresalientes, y que a continuación analizamos con más detalle.

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12 propuestas para salvar “Fear The Walking Dead”

26/05/2016

Fear The Walking Dead es un coñazo

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer… ¡qué demonios! Si no habéis visto aún la segunda temporada de “Fear The Walking Dead”, igual os hacemos un favor si le echáis un vistazo a esto antes. De nada)

El pasado 7 de abril, tres días antes de su emisión en EE.UU., un par de integrantes de El Cadillac Negro pudimos asistir al preestreno, en exclusiva, del primer episodio de la segunda temporada de “Fear The Walking Dead”. Con la presencia, además, de una de las productoras ejecutivas de la serie, la veterana Gale Anne Hurd. La señora a la que le debemos “Terminator” (las dos primeras), “Aliens: El regreso” o “Abyss”, entre otras. Nada menos. Y es que, valga por delante, AMC España se está currando de lo lindo la promoción de sus series con los medios y blogs especializados, así que desde aquí nuestro agradecimiento. El caso es que el evento era tan exclusivo que recibimos la consigna de que, bajo ningún concepto, escribiésemos una sola línea ni pronunciásemos una palabra sobre lo que íbamos a ver, hasta que el resto del planeta no hubiese “disfrutado” también del capítulo. Lo cierto es que no estaba en nuestros planes hacerlo, pero aunque hubiese sido esa nuestra intención, cuando terminaron los 40 minutos de “Monster” ambos coincidíamos en una cosa: ¿pero qué demonios íbamos a contar? ¿Acaso había pasado algo… reseñable? ¿Algo mínimamente interesante?

Si leísteis nuestro post analizando la primera temporada de “Fear The Walking Dead”, ya sabréis que no terminamos muy entusiasmados con la serie tras esa tanda inicial de seis episodios. Pero albergábamos la esperanza de que pudiese mejorar lo suficiente para que, al menos, se mereciese que siguiésemos prestándole atención, en un momento en que la oferta es cada vez mayor y el tiempo, en cambio, escasea más que nunca. Ese “Monster”, desde luego, no lo logró, aunque tampoco nos espantó tanto como para que, al menos un servidor, no decidiese darle unos capítulos más de margen. Y así lo hizo, llegando así hasta su mid-season finale. Siete capítulos. Siete. Demasiados. Maldita la hora. Siete capítulos en los que el spin-off de “The Walking Dead” no ha hecho otra cosa que cavar su propia tumba, cada vez más profunda. Cierto es que AMC no dudó en renovarla ya tras ese arranque de temporada, pues aunque el descenso de espectadores haya sido muy evidente, y más que merecido, aún cuenta con una audiencia aceptable. También creo que la cadena debe estar gastándose cuatro perras con esta serie, pues sus efectos especiales son tirando a cutres, su realización es nefasta, sus guionistas deben estar trabajando gratis (eso lo explicaría todo… ¡están saboteándola!). Si tras su primera temporada llegamos a defender a un par de personajes, ahora ya tenemos claro que no se salva ni uno. Menuda pandilla de indeseables. Y así, lo siento, no hay manera de levantar esto. Comprenderán por tanto que el impulso inicial fuese escribir un hate-post cargado de bilis y mala leche… pero mira, no. Vamos a darle un enfoque más… constructivo. En vez de mandarla a tomar por saco sin contemplaciones, nos esforzaremos aportando ideas para que la serie enderece el rumbo. Son 12 propuestas, las que nos han salido, que podrían hacer que “Fear The Walking Dead” no sólo mereciese la pena, sino que se convirtiese en una serie cojonuda. Allá vamos. Leer más…

«You and I»: la precuela de Jeff Buckley

23/05/2016

Jeff Buckley You and I cover

Espinoso asunto el de los discos póstumos. ¿Es lícito sacar a la luz material que el artista fallecido nunca pensó en hacer público o prevalece el supuesto ‘interés general’ que tienen esas grabaciones para el aficionado? Ante lo complejo de esta cuestión, al final la mejor opción es analizar caso por caso y dilucidar el buen o mal gusto con el que se ha realizado cada proyecto. Es verdad que es casi imposible que exista ser humano alguno que haya podido escuchar el ingente número de discos en directo y de temas más o menos inéditos de Jimi Hendrix con el que se ha ido inundando en las últimas décadas las tiendas o que Michael Jackson debe jurar en arameo en los cielos al observar cómo cualquier susurro suyo que quedara grabado en alguna cinta magnética es utilizado indiscriminadamente para pergeñar auténticos engendros de laboratorio con su nombre para engordar las arcas de su desaprensiva familia. Sin embargo, también es verdad que si no hubiese sido recuperado el material correspondientes nos hubiéramos quedado sin obras tan valiosas como el «Nico» de Blind Melon, «From a Basement to the Hill» de Elliott Smith o «Lioness» de Amy Winehouse, que engrandecieron aún más el prestigio de estos ídolos caídos.

En el caso de Jeff Buckley, el trato hacia su legado ha sido variopinto. De ejemplar cabe calificar el lanzamiento de «Sketches for My Sweetheart the Drunk», en el que Chris Cornell, amigo íntimo del cantautor, coordinaba la recopilación del material con el que Buckley preparaba, con Tom Verlaine de Television a la producción, un ansiado segundo disco que nunca vio la luz, siempre dejando bien claro que se trataba de un trabajo previo que seguramente habría cambiado mucho en su resultado final. Por contra, sobran la retahíla de discos en vivo que se han ido editado con cierta periodicidad, quedando sobradamente documentada su labor en directo con sólo dos de esas obras, «Mistery White Boy» y «Live at Sin-e», siendo absolutamente innecesario esa recopilación de ‘grandes éxitos’ llamada «So Real: Songs from Jeff Buckley», sobre todo teniendo en cuenta que el californiano únicamente editó UN SÓLO DISCO en vida. Leer más…

… Y todo se empezó a torcer con «My Sharona»

18/05/2016

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A decir verdad, no tengo ni idea de qué edad tenía la primera vez que escuché «My Sharona», pero de lo que sí estoy seguro es de que debía ser lo suficientemente pequeño y lo necesariamente mayor para que lograra volarme la cabeza. La canción se publicó en el verano de 1979 y, aunque uno ya está a punto de actualizarse a su versión 4.0, puedo asegurar no fue en ese momento cuando descubrí el tema de marras, así que imagino que el flashazo se produciría en algún momento de la primera mitad de los años 80, algún día mientras trasteaba en los vinilos de mi padre, o posiblemente fuera él mismo el encargado de descubrirme este tema y estos sonidos. Obviando esta laguna cronológica, sí puedo afirmar que esta fue la canción que me abrió las orejas a otro tipo de música, la que por primera vez me removió por dentro y con la que por vez primera experimenté esa satisfacción que te recorre todo el cuerpo (sí, todo) cuando escuchas algo que engancha contigo. Lógicamente no es ningún descubrimiento ni os estoy hablando de una joya oculta, ya que «My Sharona» es una de las canciones más conocidas y reconocibles de la historia de la música, si bien su grupo, The Knack, sí es bastante más anónimo (que no, que la canción no es de los Ramones, tal y como espeluznantemente he visto en algún sitio). Y es que estamos ante uno de los mayores ejemplos de lo que se ha venido a llamar «one-hit wonder», bandas que conocen un enorme éxito con una canción y de las que no vuelve a saberse nada más. Y es que además de vender un millón de ejemplares en apenas unas semanas y de ser uno de los temas más importantes de aquel año, posteriormente vivió una segunda juventud a mediados de los 90 como tema dentro de la película «Reality Bites», concretamente en esta escena, llegando de esta forma a una nueva hornada de oyentes.

Por lo tanto, está claro que no voy a pecar de esnob ni de cultureta si afirmo que «My Sharona» es una de mis canciones favoritas, tanto por lo que significó en su momento como, qué demonios, porque aún hoy en día, después de haberla escuchado cientos de veces, me sigue produciendo un importante subidón. Además, apuesto medio brazo derecho a que también es de los temas favoritos de buena parte de los amigos lectores de El Cadillac Negro, o al menos de los que más cariño le tenéis. Así que imagino que no os importará darle una nueva escucha. Ya sabéis, entra el ritmo de batería y a los pocos segundos se incorpora el bajo, suficiente ya para reconocer la canción. Pero el instante en que aparece el riff… ahí ya estamos moviendo la mano en plan air guitar, eh! … y «Oh my little pretty one, my pretty one, when you gonna give me some time, Sharona?».
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David Duchovny: Madridfornication

17/05/2016

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Hace un par de meses os hablamos de la primera novela de David Duchovny y de su predisposición a pisar terrenos sin miedo a resbalar. Televisión, cine, literatura… para acabar encontrándonos con un trabajo discográfico firmado por el actor en 2015. Un «Hell or Highwater» que en principio no nos mata de interés pero hemos de reconocer que funciona correctamente como un producto ameno e incluso seductor en su famoso monotone que se mueve entre el rock y el folk con algunos temas interesantes.

La noche del domingo, 15 de mayo, el hombre que ha encarnado a varios mitos de la pequeña pantalla hizo una parada en Madrid dentro de su gira europea y los miembros del Cadillac más apegados a la desvergüenza e ironía de sus personajes no contemplamos como opción el no aparecer por la Joy Eslava para verlo de cerca y escuchar aquello que tuviera que contarnos (o cantarnos). Desde la posición de seguidora ferviente desde tiempos inmemoriales que sólo buscaba verle la cara después de tantos años y no mantenía las expectativas muy altas ante el concierto, he de reconocer que en hora y media consiguió cerrarme la boca y convencerme de que sabe lo que está haciendo y lo hace porque le da la gana. Leer más…

«La bruja»: el resplandor en el bosque

13/05/2016

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Cerramos con «La bruja» esta reflexión sobre tres películas de actualidad que, cada una en su genero, sin pretensiones y haciendo frente a un limitado presupuesto, suponen (en mayor o menor medida) una ruptura con la tendencia continuista que la industria lleva mostrando en los últimos años. Finaliza aquí lo que podríamos llamar “la trilogía del inconformismo del 2016”.

(ALERTA SPOILER: Aunque no solemos poner alertas en las críticas cinematográficas; debido a su inminente estreno, preferimos avisarte del peligro que el siguiente conjuro puede suponer para aquellos neófitos en las artes oscuras, los que acaben de adquirir una cabra o los que aún no hayan visto «La bruja». ¡Hocus Pocus!).

Iniciaba nuestro compañero Sergio su análisis de «Babadook» diciendo: «Porque los peores enemigos son los creados por uno mismo». Frase a la que (con ciertas variaciones importantes) tampoco perderemos de vista hoy durante nuestro análisis de «La bruja«. Al igual que sucediera con la ópera prima de Jennifer Kent, en los últimos años nos estamos acostumbrando a ver como las películas de terror más destacadas son aquellas que nos llegan de forma discreta a las salas, sin ruido, ni grandes pretensiones; alcanzando difusión gracias a las buenas sensaciones dejadas en diversos festivales internacionales y obteniendo notable éxito mediante el siempre exigente boca a boca. Así son los casos de la anteriormente citada «Babadook», la refrescante «It follows» y también del título que hoy tratamos. Al igual que las dos películas del año pasado, «La bruja» también se aleja de la mayoría de tópicos más o menos recientes del género, como los típicos sustos y dudosos giros de guión; situando además la trama en una época que hacía ya muchos años que no visitábamos (la Nueva Inglaterra del siglo XVII), siguiendo los pasos de una puritana familia cristiana. El film muestra un inusual detallismo en su producción, atendiendo especial cuidado al dialecto antiguo que se hablaba en la época, realizando a mano todo el vestuario, respetando el diseño y los métodos de construcción de las viviendas de aquel entonces… ya sabéis, el diablo vive en los detalles.

Sin embargo, toda esta meticulosidad y sentido de la autenticidad en su producción, no sería más que algo anecdótico si el film no contara con argumentos suficientes en su historia y en su desarrollo para llamar la atención. Y aquí es donde el debutante director y guionista Robert Eggers (ahora enfrascado en el remake del «Nosferatu» de Murnau) saca pecho y consigue un título redondo que acapara titulares en todos los certámenes por los que ha pasado; pues no resulta nada fácil mezclar las mejores esencias de «El bosque«, «The Blair Witch Project» y, sobre todo, «El exorcista» y «El resplandor«, para conseguir que el profundo miedo de sus protagonistas traspase la pantalla y sumerja al espectador en la oscuridad. Un título que triunfó en el último festival de Sundance y con el que el propio Stephen King confesó haberlo pasado mal en la sala de cine. Si nunca tuviste miedo de los cuentos de brujas, enhorabuena… ha llegado el momento de saldar cuentas. Leer más…

«A Moon Shaped Pool», de Radiohead: la posibilidad de una isla

12/05/2016

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Hace mucho tiempo que el acto de enfrentarse a un nuevo disco de Radiohead es semejante a la aventura de explorar una isla. Un pedazo de tierra recóndito, aislado y rodeado de océano que, como aquel en el que sucedía “Lost”, esconde muchos más secretos de los que se atisban a simple vista. Un lugar que, como toda isla perdida, no es para todo el mundo, pero en el que es obligatorio extraviarse sin mapas ni brújulas para llegar a entenderlo y, con suerte, como el bueno de John Locke, amarlo. En tiempos de escuchas aceleradas a golpe de click de ratón y sentencias laudatorias emitidas apresuradamente cuando aún no se ha pulsado el stop, la banda de Abingdon continúa demandando un acto de fe al oyente contemporáneo, agudizar los cinco sentidos,  aplazar los juicios de valor para más tarde y sencillamente dejarse llevar.  No, no se trata de hacer un esfuerzo para que su música te guste (¿acaso tendría eso algún sentido?), sino de permitir que sea ella la que te atrape, quizás no a la primera, ni a la segunda, pero tal vez sí a la tercera, porque entonces no podrás ni querrás escapar de ahí. Hace mucho tiempo que Radiohead no es una banda de rock al uso, o que sus ¿canciones? no se rigen por los patrones habituales del género. En sus discos ya no se viene a buscar estribillos, sino sensaciones, texturas, estados de ánimo, misterios, emociones; elementos habituales en artistas y géneros vanguardistas y minoritarios, pero poco frecuentes en grupos  que copan portadas de medios generalistas. Atípico e insólito caso el de Radiohead, banda unánimemente aclamada desde que firmó “OK Computer” (1997),  uno de esos discos generacionales que capturan el signo de los tiempos, pero que se resistió a ocupar el sitio que tenían reservado a la izquierda de U2 para insistir ferozmente en un camino nada complaciente y en una búsqueda perpetua que todavía continúa. Reverenciados por sus legiones de entregados fans, respetados por casi toda la crítica especializada y también ignorados por un amplio sector incapaz de comulgar con sus postulados musicales y anímicos, Radiohead siguen marcando tendencia pese a los cinco años transcurridos desde el discutido “The King of Limbs” (2011), como demuestra que nadie mínimamente familiarizado con Internet y las redes sociales haya sido ajeno a la llegada de “A Moon Shaped Pool”.

Pero una cosa es el ruido y otra son las nueces. Que Radiohead se desenvuelven admirablemente en la estrategia puramente de marketing es algo asumido por todos desde aquel “pague la voluntad” con el que presentaron “In Rainbows” (2007); que en pleno 2016, y tras un largo hiato que olía a definitivo, todavía pudiesen ser creativamente relevantes era algo que había que demostrar. Y “A Moon Shaped Pool” es la prueba de la vigencia de un género, el suyo propio, al que quizás ya sí se le conocen los límites pero en el que todavía se puede seguir encontrando placeres inéditos y exquisitos. Eclipsada queda la cacharrería electrónica y la experimentación maquinal para hacer sitio a tramas más orgánicas en las que destaca la presencia de teclados flotantes, remansos acústicos y erupciones sinfónicas. Estamos, pues, en coordenadas más próximas a “In Rainbows” que a “The King of Limbs”, una modificación del rumbo en la que tiene mucho que ver un Jonny Greenwood que, tras el crédito obtenido en sus colaboraciones con el director Paul Thomas Anderson, reclama protagonismo para sus orquestaciones cinematográficas, más deudoras de las sonoridades de Penderecki  que del score clásico de Hollywood. Leer más…