Algún incierto día durante los últimos diez años, Johnny Depp cruzó una línea roja: la que separaba la interpretación asistida por el atrezzo, de la simple caracterización. Desde los principios de su estrellato, nunca mostró recelos a la hora de equipar el vestuario y prótesis necesarias para dotar a sus personajes de una singularidad lejos del alcance de cualquier actor. Esa combinación única de talento interpretativo y desatado diseño de producción y vestuario alcanzó muy probablemente su cumbre con «Eduardo Manostijeras«, obra maestra de Tim Burton. Sin embargo, el desmesurado éxito de «Piratas del Caribe» y su (histriónico, singular, atractivo y todos lo epítetos que el lector quiera añadir al personaje de Jack Sparrow) pareció disparar un resorte en el propio Depp, pues aquella valentía para volcarse al servicio de un personaje acabó derivando en decenas de excéntricas interpretaciones que se hundían bajo una gruesa e injustificada capa de maquillaje y vestuario («Alicia en el país de las maravillas«, «Dark Shadows«…). Para colmo, aquellas pocas producciones que mostraban a un Depp casi natural («The Tourist«, «Transcendence«) fracasaban estrepitosamente en taquilla y crítica. Atrás, muy atrás, quedaban aquellas interpretaciones naturales que iluminaban la pantalla («Donnie Brasco«, «Ed Wood«, «A quién ama Gilbert Grape«).
Ahora, con el estreno de «Black Mass«, Depp parece dar un giro de 180 grados y recuperar el tipo de películas que esperábamos para alguien del (demostrado años atrás) talento de Johnny Depp, interpretando a su cuarto personaje mafioso (tras Donnie Brasco, George Jung en «Blow» y John Dillinger en «Enemigos públicos«). Empezando no sólo por representar a un personaje real (James «Whitey» Bulger, un mafioso irlandés afincado en el sur de Boston); sino además dejando atrás todos esos alocados y caricaturescos personajes que (por saturación) tanto daño acabaron haciendo a su carrera como actor. Por primera vez en mucho tiempo, (quizás desde que interpretó a Donnie Brasco, ya que su James Barrie de «Descubriendo nunca jamás» adolecía de algunos manierismos) vemos a un Depp contenido, natural, transformado (no convertido) en su personaje. A pesar de seguir manteniendo un nexo de unión con sus anteriores papeles (Deep hace uso nuevamente del latex, de prótesis y de lentillas de color para conseguir representar a un duro, medio calvo y descuidado irlandés de ojos azules), esta vez la apariencia sólo es un elemento más que juega a favor de la gran interpretación que logra el actor, abriendo nuevamente su talento a un interesante catalogo de personajes…cuando quiere.
No han sido los últimos unos buenos años para Guillermo del Toro. Nada hacía preveerlo cuando en 2006 el mexicano culminaba con esa maravilla que es ‘El laberinto del fauno’ un largo camino de ascenso jalonado de una mezcolanza de proyectos, unos dedicados a exhibir sus ambiciones más personales y otros a hacerse un hueco cada vez mayor en la industria de Hollywood. No todo fueron aciertos (recordemos la muy irregular ‘El espinazo del diablo’), pero en todo se veía un estimulante, vibrante sello que hacía evidente que Del Toro iba a ser uno de los grandes protagonistas del cine del nuevo siglo XXI.
Con el gran éxito de crítica y público de la película protagonizada por Maribel Verdú y Sergi López, con tres Oscar incluidos, Del Toro parecía haber llegado al final del tortuoso camino y lograr la meta que persigue todo cineasta: rodar lo que le plazca con los mayores medios posibles. Pero en la vida hay pocas líneas rectas y las curvas llegaron pronto, tras finiquitar con un nuevo acierto su compromiso con la secuela de ‘Hellboy’, viéndose apartado de realizar la saga de ‘El Hobbit’ cuando ya tenía muy avanzado un proyecto que volvió a caer en manos de Peter Jackson, Poco después le fue denegada la gran ambición de su carrera: versionar el clásico de Lovecraft ‘En las montañas de la locura’. Ante estos contratiempos, tuvo que recuperar viejos ‘planes B’ que tenía archivados en el cajón y, después de la desigualmente recibida ‘Pacific Rim’, se puso manos a la obra con otro añorado proyecto, la flamante ‘La cumbre escarlata’.
Si bien en ‘El laberinto del fauno’ logró redefinir el gótico en un ambiente tan inesperado como la Guerra Civil española, su vuelta a estos territorios en ‘La cumbre escarlata’ es, sin embargo, todo un homenaje a la vertiente más clásica del género. No faltarán a la cita una tenebrosa mansión llena de secretos, amores desgarrados más grandes que la vida, espíritus vagando por doquier y la decadencia y el esteticismo inherentes a ese movimiento decimonónico que tanto ha sabido perdurar. Leer más…
Parafraseando la ilustre presentación del director del parche en el ojo ante el sindicato de cineastas estadounidenses -“Me llamo John Ford y hago westerns”-, la tarjeta de visita del director de “Gladiator” debería rezar “Me llamo Ridley Scott y hago películas”. Dale un guión, un reparto estelar y un presupuesto cerrado y él te monta el filme que tú quieras, rápida y eficazmente, sin muchas quejas ni discusiones fastidiosas (ya se desquitará él si eso con su ‘montaje del director’). Hace mucho tiempo que el ‘visionario’ –y pocas veces la sobadísima etiqueta tuvo más sentido- director de “Alien” y “Blade Runner” ni está ni se le espera, pero, a cambio, Hollywood dispone de un artesano superprofesional capaz de echarse a los hombros cualquier producción, grande o no tan grande, con la garantía de que si el espectáculo termina no funcionando probablemente no sea por su culpa. Si la cinta es un bodriete como “Robin Hood” casi seguro que la máxima responsabilidad es de algún otro, seguramente del guionista. Normalmente, él cumple con su parte (como en “Prometheus”, ¿verdad, Damon Lindelof?), porque pocos ruedan con la clase del tito Scott. El tipo sabe entender el material que tiene entre manos y le dota de un empaque visual y un sentido del ritmo que no muchos pueden igualar. Ahora bien, ya no esperen de él obras maestras; alguna película brillante o notable, de vez en cuando; apañadas, la mayoría; y algún cagarro importante, también, más de uno. De las ínfulas autorales, de los ‘universos personales’, de ‘inventar’, en definitiva, que se ocupen ya otros, parece decirnos cada vez que nos casca uno de sus “blockbuster” adultos con el recuerdo aún reciente del anterior. Si “Regresión” se la hubiesen dado a Scott, el hombre la habría filmado, montado y empaquetado en tres o cuatro meses –con un ojo ya puesto en su siguiente proyecto- y el resultado habría sido seguramente el mismo que el de Alejandro Amenábar, que se ha tirado años con el asunto.
Lo que viene a corroborar “Marte (The Martian)” es que si Scott tiene una buena base sobre la que trabajar él entrega un buen producto. Y aquí el punto de partida es la exitosa novela de Andy Weir sobre las aventuras y desventuras de Mark Watney, un astronauta y botánico que queda abandonado a su suerte en Marte tras ser dado por muerto por sus compañeros de expedición durante una tormenta de arena que les obliga a evacuar de urgencia y cancelar la misión. Watney tendrá que afinar su ingenio y valerse de sus conocimientos científicos para mantenerse con vida en un ambiente hostil, mientras que la NASA trata de orquestar una complicada operación de rescate. El interés del libro reside en su voluntad de desvestir a la ciencia de la ficción por la senda del rigor y el realismo, aportando numerosos datos y conceptos botánicos, matemáticos, químicos o astrofísicos, en un tono divulgativo, cercano y plagado de humor. Y es precisamente eso, el tono, lo que el guión de Drew Goddard captura a la perfección y le da la clave a Scott para facturar su película más disfrutable desde “American Gangster” (2007). Leer más…
Tiempo atrás ya superamos fechas que el cine nos señaló con una gran «X» en el calendario. Citas marcadas a fuego que ponían a prueba la supervivencia de nuestra civilización. Son los casos de, por ejemplo, aquel 27 de agosto de 1997 denominado en la saga «Terminator» como el día del juicio final, aquel 19 de octubre del 2009 de «Señales del futuro» en el que la Tierra quedaría asolada por una inusual actividad solar o aquel año «2012» plagado de variados cataclismos naturales que ya predijeron los antiguos mayas. Sin embargo, todos sabíamos que nada de eso ocurriría realmente, que el mundo no terminaría porque, precisamente hoy, teníamos una cita ineludible con el destino.
¿Carreteras?…a donde vamos no necesitamos carreteras
¡Y qué razón tenía el bueno de Emmet Brown, porque a donde nos dirigimos hoy con el Cadillac tampoco precisa de carreteras. No estamos aquí para celebrar ningún aniversario de las tres entregas de esta saga de Robert Zemeckis (apadrinada por Steven Spielberg). No, la cita que hoy rememoramos es mucho más cinéfila que un simple aniversario. Hoy es el día en el que Marty McFly, Emmet Brown y una inconsciente Jennifer Parker nos visitaban a bordo de una flamante máquina del tiempo con forma de automóvil. Hoy os queremos llevar a dar un repaso por todo lo que vivimos en la actualidad, un paseo por nuestro presente, una visita a nosotros mismos, a nuestra sociedad; pero analizada a través del prisma que nos proporcionaba «Regreso al futuro 2» en el año 1989. Hoy es el día en el que podemos sustituir al DeLorean por nuestro Cadillac para analizar qué hemos conseguido hacer realidad y qué se quedó por el camino respecto a aquel futuro pronosticado. Así pues, sin necesidad de obtener 1,21 gigavatios, ni de alcanzar los míticos 140 kilómetros por hora, arrancamos esta visita al presente…al nuestro y al que podía haber sido.
¡Bienvenidos todos al Back to the Future Day! Leer más…
Apuesto gran parte de mis escasas posesiones a que nadie de los que descubrimos al cineasta chileno Pablo Larraín con su anterior y exitosa ‘No’ hubiéramos acertado la autoría de su nueva obra, ‘El club’, en cien siglos si no hubiéramos sido informados previamente. Tal es el grado del cambio de registro del director en apenas tres años, uno de los más espectaculares que se hayan dado en el cine reciente.
Si aquella, que ya reseñamos aquí en su día, era un vibrante thriller político, tan profundo como buenrrollista, pleno de color, en la mejor tradición norteamericana, bastan apenas unos minutos de contemplación de esa expresionista fotografía terrosa (y tenebrosa) para inscribir a ‘El club’ en la austera visión del cine centro y norteuropea, con Michael Haneke y Lars von Trier entre los referentes, aunque sin llegar a los aspectos más tremendistas de estos dos ‘enfant terribles’.
Desde luego que Larraín sabe escoger puntos de partida potentes. Ya lo era el de ‘No’, donde asistíamos al desarrollo de la campaña de marketing de la opción del ‘no’ a Augusto Pinochet en un vital referéndum, pero el de ‘El club’ es de órdago: la vida en una casa de retiro de un grupo de sacerdotes católicos, y la monja que les atiende, apartados de sus funciones tras cometer abusos sexuales sobre menores.
(ALERTA SPOILER: En este post repasamos algunas de las mejores canciones que han sonado a lo largo de la historia de “Supernatural” e incluimos descripciones y vídeos de sus respectivas escenas, así que si queréis disfrutar del viaje por vosotros mismos, ya sabéis cómo va el tema)
La semana pasada, “Supernatural” regresó con el arranque de su undécima (¡undécima!) temporada. Llevamos once años salvando personas, cazando cosas, el negocio familiar (Saving people, hunting things, the family business). Y ni siquiera los que hemos seguido asiduamente la serie hasta la fecha, o precisamente nosotros, tenemos claro si su longevidad es una buena o una mala noticia. Bueno, yo en realidad pertenezco al club de los que se inclinan a favor de que quizás lo mejor hubiese sido respetar los planes originales del creador y primer showrunner de la serie, Eric Kripke: cinco temporadas y se acabó. Así al menos lo hizo él, pues una vez ‘cerrada’ su visión de la historia tras esa espléndida Season 5, no impidió que “Supernatural” siguiese su camino, aunque sí se desentendió del asunto (por mucho título de ‘executive consultant’ que le adjudiquen). Lo cierto es que un show que brilló, y mucho, durante sus primeros cinco años en antena, lleva ya camino de seis arrastrándose más mal que bien por la parrilla de la, por otra parte, a menudo denostada The CW. Y aun así, muchos de los que estamos seriamente desencantados seguimos ahí, y nos resistimos a bajarnos del Chevrolet Impala del 67 de los hermanos Winchester (ahora es cuando los fans más recalcitrantes gritarían eso de «¡Pues si no te gusta no la veas, pero no la critiques!»), bien sea por cariño, por nostalgia, porque nos fastidia dejar las cosas a medias, o porque, cada cierto tiempo, nos topamos con un capitulazo que nos hace recobrar las mejores sensaciones. Como todas, y digo TODAS las series acostumbradas a entregar 22 ó 23 episodios al año, “Supernatural” siempre tuvo su inevitable cuota de tiempos muertos, minutos de la basura y capítulos de relleno. Pero contó desde su planteamiento con una trama de fondo muy potente, que se iría desarrollando durante esos cinco magníficos primeros años. A la vez, sus arcos de temporada eran muy sólidos y atinados, y algunos de esos episodios que habrían de moverse más en el terreno del procedimental (lo que llamaríamos ‘El Monstruo de la Semana’) eran brillantes. Por no hablar de sus ‘chorrisodios’, delirantes y geniales, o sus meta-episodios, un terreno en el que “Supernatural” se ha sabido mover como ninguna otra serie y nos ha entregado pequeñitas obras maestras. Ahora, en cambio, esa trama de fondo parece haberse diluido definitivamente, los arcos de temporada cada vez resultan más confusos y aburridos y las pinceladas de genialidad siguen apareciendo, sí, pero cada vez más dispersas y con cuentagotas.
Podría enumerar muchos motivos por los que “Supernatural” mola(ba), pero darían para otro post que probablemente nunca escribamos. El carisma de sus dos intérpretes protagonistas, Jared Padalecki y Jensen Ackles, y de los dos personajes que interpretan, Sam y Dean Winchester, y la extraordinaria buena química que desprenden. Su larga y fenomenal lista de secundarios, muchos de los cuales se han ido quedando por el camino. El haber sabido construirse su propia y apasionante mitología, año tras año, y verla crecer con el apoyo de un ‘fandom’ fiel como ningún otro, mimado y alimentado a su vez por los propios responsables de la ficción, encontrándonos así con una comunión perfecta entre una serie y su público, pocas veces vista. Y, no menos importante, su acojonante banda sonora. Otro motivo más para estar eternamente agradecidos a Eric Kripke, melómano apasionado por el rock clásico, y fan número uno de Led Zeppelin, una banda que nunca ha sonado en el show (por motivos de presupuesto) pero ha sido citada en numerosas ocasiones y ha dado título a muchos de sus capítulos. Centenares de temazos y clásicos indiscutibles del rock han sonado a lo largo de sus 11 temporadas y 219 episodios emitidos hasta la fecha. Así que no se nos ocurre mejor homenaje posible que bajarnos unos minutos del Cadillac Negro, montarnos en el Chevrolet Impala negro de los Winchester, y disfrutar de unos cuantos trallazos acompañando a algunas de las mejores escenas de la serie. Subid el volumen al 11 que arrancamos: Leer más…
“Fear The Walking Dead”: ¿quién dijo miedo?
(ALERTA SPOILER: No es recomendable que sigas leyendo si no has visto «The Good Man», el sexto y último episodio de la primera temporada de «Fear The Walking Dead»)
La serie “The Walking Dead” presentaba en su arranque, en octubre de 2010, un planteamiento original, o al menos no demasiado explotado, en las historias de zombis. Original o no demasiado explotado si no fuese porque era casi calcado al de “28 días después”, otra pieza fundamental para entender el bestial resurgimiento del género (¡que no son zombis, son infectados!) experimentado en los últimos años. Pero tendremos que creer al creador del cómic “Los muertos vivientes” en el que se basa la serie, Robert Kirkman, cuando asegura que ambas obras se gestaron a la vez (aunque la suya viese la luz casi un año después –octubre de 2003− del estreno del film de Danny Boyle −noviembre de 2002−), por lo que vale, estaríamos de nuevo ante uno de esos casos en los que dos personas tienen la misma idea al mismo tiempo separados por miles de kilómetros de distancia. Esa premisa inicial, en la que ambas coincidían, nos presentaba al protagonista principal de la historia despertando del coma en un hospital, tras sendos percances, y encontrándose ya con un mundo totalmente devastado. No asistimos por tanto a la génesis del apocalipsis, no presenciamos los desconcertantes inicios de la epidemia, no nos recreamos en la histeria colectiva ante el hundimiento de la civilización ni vemos como, poco a poco, el mundo se va yendo irremediablemente al carajo. En ambos casos, nuestro ‘héroe’ ha de enfrentarse de improviso y sin recursos, desorientado y totalmente perdido, a una situación inexplicable en la que todo ha cambiado y nada queda ya del mundo que conocía, y en la que debe jugarse la vida a cada paso que da mientras teme, desde su más profunda ignorancia, por la suerte de sus seres queridos. Y en ambos casos, la elipsis lo es todo. Ahí está la gracia. Es lo que no vemos, lo que jamás se nos muestra, lo que refuerza y da mucho más empaque a la historia. Porque imaginarse el horror puede ser más horripilante que presenciarlo de primera mano. Serie y película tendrán luego un desarrollo totalmente diferente, y además en “The Walking Dead” (como en las mejores obras del género) nunca sabemos, ni sabremos, las causas de este apocalipsis, algo que sí sucedía y de hecho jugaba un papel fundamental en “28 días después”. Y si no hay causa u origen conocido, tampoco hay cura o remedio posible, por lo que lo único que importa es sobrevivir y adaptarse como sea a ese mundo que ya nunca volverá a ser el que fue.
Un lustro después de su estreno y con su supervivencia garantizada por muchos años, “The Walking Dead” se ha convertido en la joya de la corona de la AMC, al menos en cuanto a audiencia, superando en su momento álgido los 17 millones de espectadores, algo totalmente inconcebible hasta ahora para un programa emitido en un canal por cable. No es extraño, por tanto, que la cadena haya puesto en marcha un spin-off de la misma, otro viejo hábito de las televisiones que sin embargo parece haber vuelto con fuerza en los últimos tiempos. ¿Cómo lo hacemos?, debieron plantearse en su día las cabezas pensantes de la AMC. ¿Contamos exactamente lo mismo, pero desde otro punto de vista, con otro grupo de supervivientes? ¿Trasladamos directamente la acción a otro lugar, con los mismos elementos ya conocidos y que tan bien nos funcionan? ¿O a alguien se le ocurre algo distinto? Finalmente se decantaron por esta última opción, pero claro, ¿cómo diferenciarte de algo cuya gracia estaba precisamente, al menos en sus inicios, en una idea original? Pues con un producto que ha de ser, necesariamente, mucho más convencional. Una precuela, en este caso. Un ‘Así Empezó Todo’. O dicho de otro modo: lo mismo de siempre contado por enésima vez de la misma forma. Qué pereza, ¿no? Venga, vale, no debemos juzgar las cosas sobre el papel, y además, qué demonios, si todos vamos a verla viniendo de donde viene. Pero está justificado que nos preguntemos si “Fear The Walking Dead”, que así se llama el invento, era algo realmente necesario, aunque sea hija de la indiscutible reina del género. Un género que sí, aún goza de muy buena salud, pero corre peligro de acabar decayendo (o pereciendo) por la desmedida proliferación de productos y subproductos de toda índole y condición. Leer más…























