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«The girlfriend experience»: por puro placer; por simple interés

08/08/2016

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En la tan cacareada época de esplendor que las series de televisión están viviendo desde hace varios años, con numerosas voces reclamando ya la etiqueta de séptimo arte para ellas, solo quedaba para colmar de razones a quienes defienden la supremacía de las series por encima del cine que empezaran a hacerse versiones para la pequeña pantalla de películas, y que encima el resultado fuera además infinitamente superior. Años atrás ya ocurrió con «M.A.S.H.», por ejemplo, una aguja en un pajar, pero en esa época nadie se podía plantear como una amenaza las historias contadas en capítulos. Y esto es lo que sucede con «The girlfriend experience», proyecto detrás del que está el siempre inconformista Steven Soderbergh, siempre inquieto pero no acertado en todos sus pasos, como demuestra precisamente en este título. Y es que fue él mismo quien llevó a la gran pantalla esta historia, y ha sido él también quien se ha encargado de controlar su versión para la pequeña, aunque únicamente en las tareas de productor, delegando la dirección en Lodge Kerrigan y en Amy Seimetz, quienes se reparten con demostrada solvencia los 13 episodios de esta primera temporada detrás de las cámaras.

Sin desvelar mucho de la trama, si bien no se trata esta de una serie plagada de ‘spoilers’ que puedan frustrar el visionado de nadie, «The girlfriend experience» narra la historia de Christine, una joven estudiante de derecho que se encuentra compaginando sus estudios con una beca en un bufete de patentes, y que por mediación de una amiga comienza a conocer y a disfrutar del mundo de las «acompañantes de lujo», viendo cómo esta nueva vida empieza a eclipsar todo su mundo anterior. Con este punto de partida, lo más interesante se centra en comprobar que esta forma de vida ha sido una elección 100% libre y tomada con toda la intención y consciencia. Y es que el mundo de la prostitución siempre ha estado protagonizado en la ficción por historias con mil trasfondos dramáticos, por pasados que han llevado a vender cuerpos y con presentes que obligan a traficar con la piel. Pero en este caso nada ni nadie coacciona a Christine a tomar este camino, lo hace porque le gusta, tal y como grita a su hermana en un momento de la serie, casi desesperada porque no se entienda su decisión.

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«Stranger Things»: retorno a la inocencia

01/08/2016

Stranger Things_Drew Strazan Poster

La cultura de masas lleva tanto tiempo instalada en el culto a la nostalgia que corremos serio peligro de ahogarnos en ella. ¿Cuánta nostalgia podemos soportar? ¿Cuántos rincones del desván de nuestra infancia quedan por expoliar? Contra el vicio de Hollywood de activar como un mono borracho las palancas de la memoria, bombardeándonos indiscriminadamente con continuos reciclajes de los ochenta y noventa, nos queda la virtud de cerrar nuestras carteras y proclamar que no todo vale. Enteraos, ejecutivos de majors y cadenas de TV, no queremos más remakes y secuelas de las películas que marcaron nuestra infancia y/o adolescencia (bueno, ejem, salvo de “Star Wars”, ahí os dejamos vía libre). Dejadlas en su sitio, que ya tiraremos nosotros de DVD o de fibra si nos apetece volver a ver las originales una vez más. De verdad, no necesitamos que traigáis de vuelta a los “Cazafantasmas”, aunque les cambiéis de sexo, igual que en temporadas anteriores tampoco necesitábamos que nos pusierais al día a “Poltergeist”“Terminator”“Robocop”“Carrie”“Desafío total” o “Pesadilla en Elm Street”, por citar solo unas pocas. Parad ya con ese rollo, o, si no hay más remedio que persistir en explotar nuestros recuerdos, seguid el ejemplo de “Stranger Things”.

Porque sí, admitamos que, en dosis controladas y bien administradas, la nostalgia continúa funcionando en esa generación que fuimos críos en los 80 y los 90 y que todavía nos resistimos a vernos como nosotros veíamos a nuestros padres a aquella edad. Está esa pequeña parte de cada uno de nosotros que anhela secretamente regresar a la inocencia, la falta de responsabilidades, las meriendas pegados al televisor, las visitas al videoclub y el espíritu de aquellos veranos interminables en el pueblo o en la playa con hermanos, primos o amigos. Y a ese niño que nos gustaría volver a ser es al que invoca el último artefacto de Netflix, que, en vez de presentarse como reboot o remake de un título determinado, ha optado por picotear de un nutrido puñado de greatest hits ochenteros para construir un universo propio pero inmediatamente reconocible a base de ensamblar con gusto, gracia y coherencia (y, ojo, que eso no es tan sencillo) mil referencias, personajes, subtramas, recursos, entornos y clichés de la época. Aunque “Stranger Things” a estas alturas no nos va a cambiar la vida como sí hicieron muchas de las películas que homenajea,  triunfa plenamente a la hora de crear la ilusión de retorno a aquel hogar perdido en la memoria, pero sobre todo, es el entretenimiento más  puramente disfrutable, sin darle más vueltas, que consumiremos este verano. Leer más…

«Penny Dreadful»: la estaca en el corazón

29/07/2016

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(ALERTA SPOILER: Si has visto la tercera temporada de “Penny Dreadful” hasta la emisión de su último capítulo, puedes leer este post. En caso contrario, prepárate para ver un final que, a buen seguro, no te dejará indiferente (nosotros apostamos directamente por la palabra «decepción»).

Tres años han sidos, finalmente, los que hemos podido disfrutar de Eva Green en uno de los papeles que marcarán su trayectoria artística. Y, aunque su nivel interpretativo en esta serie ha sido sorprendente (lo que tiene aún más merito, pues ya venía de cotas notables); por desgracia, no vamos a poder decir lo mismo del conjunto de la serie, que se ve muy resentido por esta última temporada. Mientras que en su primer año se situaba en la cabeza del panorama televisivo con una propuesta, ambición y puesta en escena arrebatadora que apostaba fuerte por ser la mejor muestra de terror clásico; para continuar evolucionando a todos sus personajes y ampliando el universo de la saga en su segunda temporada…el cierre  se estanca en la mayor parte de las tramas, ahogándose en un mar revuelto de nuevos personajes, a los que no es capaz de aportar entidad suficiente para justificar su presencia, introduciendo más figuras clásicas que, por sí mismas deberían captar poderosamente la atención del espectador, si no se hubiese decidido erróneamente mantenerlos en la sombra durante gran parte de la temporada, ocultos y con poco que aportar al desenlace final.

«Penny Dreadful» siempre ha adolecido de uno de los más típicos males de las series contemporáneas: intentar mantener alrededor de la trama a más personajes de los que realmente son necesarios y (peor aún) de los que son capaces de justificar de forma coherente. La tercera temporada ha supuesto una auténtica travesía por el desierto (no sólo en sentido figurado) para algunos de ellos, perdidos en tramas menores que, supuestamente, explicarían su pasado y que terminaron por encorsetar su desarrollo natural, privándoles de un desenlace coherente. Es inexplicable que contando con nuevos personajes clásicos como el doctor Jekyll, insinuando levemente al principio de temporada una futura conexión egipcia al sugerir una futura aparición de Imhotep (la momia), tirando directamente del clásico de Bram Stoker para introducir a nuevos personajes como el doctor Seward (convertido ahora en la doctora Seward), Renfield (actual secretario de la doctora Seward y, si todo hubiese seguido su cauce, futuro interno del psiquiátrico dirigido por la doctora) y hasta el mismísimo Drácula, así como creando nuevos personajes como Catriona (imposible mezcla de Abraham Van Helsing y «Buffy cazavampiros«), se quisiera al mismo tiempo intentar tejer un desenlace para todas las tramas existentes. Quizás por ello al final son conscientes del asombroso desafío que este objetivo suponía y John Logan (show runner de la serie) se limita a dar una conclusión al personaje principal, abandonando en el limbo al resto del reparto. Decisión que, salvando las innumerables distancias, bien podría recordarnos a lo sucedido años atrás con «Perdidos«.

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«Orange Is The New Black»: la historia tras cada apellido

27/07/2016

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(ALERTA SPOILERS: Este post analiza la cuarta temporada de Orange Is The New Black. Si aún no te has sentado a disfrutar del último episodio emitido, «Toast Can Never Be Bread Again» (lo cual parece poco probable a estas alturas), vuelve después de hacerlo.)

Alrededor de once meses me llevó el visionado de la tercera temporada del que un día fue uno de los primeros grandes éxitos de Netflix. Una demora a ratos propiciada por la escasez de tiempo para el audiovisual e impulsada por una desmotivación que finalmente acabó por esfumarse en los últimos episodios. En ese período de tiempo se anunció la renovación por nada más y nada menos que cuatro temporadas (hasta una séptima), asegurando a su audiencia más fiel (que viene siendo una buena parte de la población mundial) una continuación de las historias de Litchfield a la que todavía queda rato. Quizá esa falta de interés vino de la mano de una apreciación individual de que venían ofreciendo más de lo mismo en un punto del producto ficcional en el que hay que arriesgar un poco. Y eso, sumado al tener que escoger con más minuciosidad las series que vemos para poder utilizar nuestros huecos de relativo relax disfrutando de nuestras favoritas, estuvo a punto de desembocar en el abandono.

Por supuesto, eso fue antes de que Piper se tatuara a sí misma un infinito y de manera ridícula se colgara la etiqueta de gansta con «A», antes de que Alex Vause y Lolly se vieran unidas en un pacto de sangre de la manera más surrealista, antes de que Sophia probara la injusticia del más absoluto encierro y, evidentemente, antes de ese baño purificador en el lago con sabor a libertad y un poquito de cistitis que protagonizaron las reclusas al ritmo perfecto de «I Want to Know What Love Is». Leer más…

«The Americans»: espías surgidos del frío

22/07/2016

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Ha necesitado cuatro temporadas durante las que ha sido olímpicamente ignorada por la industria de los grandes premios televisivos y por gran parte del público a pesar de las loas y alabanzas de la crítica y de unos seguidores que proclamamos a quien quiera escucharnos que esta es la serie que probablemente no estás viendo y que no deberías perderte, pero finalmente “The Americans” ha recibido el reconocimiento que llevaba tiempo mereciendo en forma de múltiples nominaciones a los Emmy (mejor drama, actor y actriz principales, guión y actriz invitada ). Que gane alguno de los galardones gordos ya será harina de otro costal, pero, repasando la lista de candidatos, la serie de Joe Weisenberg y Joel Fields no es en modo alguno inferior a ninguna de las otras propuestas en liza, y menos aún cuando lo que se está valorando es su sensacional cuarta temporada, en la que el show ha exhibido su mejor forma, algo aún más meritorio teniendo en cuenta la insultante regularidad que siempre ha lucido y el alto nivel al que ya llegó el año anterior. Ojalá que esta exposición mediática signifique que más espectadores se animen a darle una oportunidad a una serie que, en todo caso, no está dirigida a todos los públicos ni enamora cegadoramente a primera vista. “The Americans” demanda cierta paciencia, no sólo por sus alambicadas tramas de espionaje ochentero, su densidad argumental o su tono generalmente pausado, sino porque su grandeza se percibe en el largo recorrido y no tanto en las distancias cortas. De lo que no me cabe duda es que es una de las ficciones imprescindibles en un panorama actual no tan sobrado de productos adultos capaces de recoger el testigo de las grandes series que han marcado esta Edad Dorada de la Televisión (que se lo digan a la HBO, a quien tanto le cuesta encontrar relevos de garantías a su legendario catálogo, “Juego de Tronos” aparte).

(A partir de aquí, SPOILERS sobre la cuarta temporada)  El programa de FX siempre ha equilibrado admirablemente el drama de personajes, la intriga de las misiones sobre el terreno y la delicada partida de ajedrez que juegan los dos bloques de la Guerra Fría, pero a estas alturas del show el foco cada vez está más puesto sobre el aspecto humano, en cómo sus protagonistas tienen que lidiar con conflictos morales delicadísimos y decisiones éticas más que cuestionables, y en cómo durante ese proceso se van desmoronando muchos de los principios que les sostenían. Los Jennings, esos dos agentes de la KGB infiltrados en Washington fingiendo vivir el sueño americano, están emocionalmente exhaustos, cada vez más al filo de ser descubiertos o de acabar muertos, y el precio que tienen que pagar por mantenerse a flote cada vez es mayor, y más inasumible. La sombra del desaliento, la fatiga y la culpa se ha adueñado de los rostros de unos Philip y Elizabeth muy conscientes de estar atrapados en una diabólica espiral de la que ni pueden si saben escapar. Pocas veces se ha retratado tan bien como en esta temporada la infinita soledad del espía que ya casi ni siquiera puede recordar  con claridad la causa, el ideal al que sirve. Y ese clima de abatimiento se hace extensible a todos los rincones de la serie, desde ese agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich) hastiado de perseguir sombras hasta Gabriel (Frank Langella), el enlace de la Central que no sabe cómo seguir protegiendo a los Jennings, pasando por el trágico William Crandall (Dylan Baker), el gran hallazgo de la season, otro agente de la KGB cuyos 25 años de servicio a la madre patria solo le han reportado aislamiento, cansancio, escepticismo y nostalgia. Leer más…

«Mi amigo el gigante»: el grande y bonachón Spielberg

20/07/2016

The BFG

No es difícil imaginar que, años después de que Roald Dahl publicase en 1982 «The BFG (The Big Friendly Giant)«, Steven Spielberg se encontrase buscando buenas historias que contar en la cama a su primogénito Max, fruto de su primer matrimonio con Amy Irving; y probablemente este cuento de Dahl fuese una de sus historias favoritas. Roald Dahl ha sido un popular escritor y guionista que ha gozado de varias adaptaciones de sus obras al cine, entre las que destacan «Matilda«, «James y el melocotón gigante» y «Willy Wonka y la fábrica de chocolate«, que años después Tim Burton volvería a adaptar bajo el título «Charlie y la fábrica de chocolate«. De su novela «El hombre del sur» también bebieron el maestro Alfred Hitchcock y posteriormente Quentin Tarantino para rodar una de las historias que formaba «Four Rooms«. Como guionista, triunfó adaptando al cine tanto a Ian Fleming en «Sólo se vive dos veces» y «Chitty Chitty Bang Bang«, como a sí mismo en «Willy Wonka y la fábrica de chocolate».

Aunque «Mi amigo el gigante» sea la primera colaboración entre Steven Spielberg y Disney, de alguna forma Roald Dahl ya sirvió de nexo de unión entre el director y la factoría; pues uno de sus cuentos publicado en 1943 y encargado por Disney para promocionar una película que nunca llegó a estrenarse, serviría de inspiración para el episodio «Pesadilla a 20.000 pies de altura», cuarto fragmento de «En los límites de la realidad» que , aunque lo dirigía George Miller, Steven Spielberg también formaba parte del equipo de dirección al responsabilizarse de dirigir el segundo fragmento. Ese mismo cuento sería también la base para otra gran película producida por Steven Spielberg en 1984…el cuento de Roald Dahl se llamaba «Los gremlins«. Sin embargo, si había algo importante que Steven Spielberg estuviese haciendo en aquel 1982 en el que Roald Dahl publicaba su obra más popular, era terminar el rodaje del que sería uno de los títulos más reconocibles y determinantes en la carrera del Rey Midas de Hollywood. Un film que ayuda a entender aún más la implicación del director en la adaptación de la obra de Dahl. Una película con la que Spielberg inició un largo camino que hoy, con «Mi amigo el gigante», concluye. Esa línea de salida era «E.T. El extraterrestre«.

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«The Smashing Pumpkins»: fundación e imperio (de Billy Corgan)

18/07/2016

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Mi memoria está plagada de la cultura popular de los noventa. Esa década que se ha vuelto a poner de moda en todo tipo de industrias contempló buena parte de mi infancia, mi preadolescencia y los primeros años de mi adolescencia. Crecí con esa cuestión televisiva de «¿quién mató a Laura Palmer?» de fondo, siempre acompañada por Mulder, Scully y los monstruos de Chris Carter. Mis años escolares vieron las peores coreografías de las bandas pop del momento y el slasher petardo llegó a convertirse en una forma de vida. Pero si algo agradezco a estos últimos diez años del siglo XX es el haber parido unas cuantas propuestas musicales que, si bien mi corta edad apartaba a un lado, supieron esperarme para ser apreciadas y convertirse en mi banda sonora unos añitos más tarde. Así acabaron llegando a mi vida varias bandas de rock alternativo (que a unos meses de la treintena puedo confirmar como el género que más he consumido a lo largo de mi existencia) de las que no logré desprenderme. Otras, por supuesto, se quedaron en el cajón del recuerdo en la transición a la etapa adulta.

Demos un paseo. Nos encontramos con los primeros discos de Radiohead, que con el transcurrir del tiempo han ido abandonando el género para centrarse en su amadísima electrónica (no olvidéis pasar por la crítica de su último álbum). El Britpop de Oasis, Blur o The Verve al que nunca he logrado encontrar la chispa o el Punk Pop de Placebo (a los que dedicamos un post recientemente con motivo de su veinte aniversario). Los tardíos ochenta de los Pixies que por aquel entonces seguían haciendo ruido (en el mejor de los sentidos). Por supuesto, este autobús destartalado cuenta con una parada en la estación de Seattle y el nuevo florecimiento del Grunge con Nirvana (el efímero gigante del eternamente adorado Cobain) o Pearl Jam. El Industrial de Nine Inch Nails, el movimiento Riot Grrrl, PJ Harvey, los Foo Fighters, el Punk Rock demasiado adolescente de Green Day, The Offspring, los enormes Alice in Chains, Rage Against The Machine, The White Stripes… Pero de todos ellos, hoy hemos venido a hablar de  Smashing Pumpkins, que si bien presenciaron su pico más alto en los noventa y después de unas cuantas idas y venidas (en realidad la única constante es Corgan), han visto pasar los años con una dignidad musical asombrosa. Además, este 2016 marca veinticinco años en su carrera. Leer más…

«Buscando a Dory»: encontrando la felicidad

01/07/2016

Buscando a Dory_cabecera

En mi caso, puedo decir que «Buscando a Nemo» fue la película que lo empezó todo en mi relación con Pixar. «Toy Story» y «Bichos» ya habían pasado por la cartelera cinco años atrás; pero no fue hasta que se estrenaron las aventuras de esos pequeños peces payaso, cuando cambiaría definitivamente mi actitud ante los títulos que llegarían desde el estudio comandado por John Lasseter, convirtiéndose durante muchos años en la vara con la que medir el resto de películas animadas; en el referente del género. Y no porque «Buscando a Nemo» consiguiese convertirse en la mejor película de animación (tampoco lo buscaba); sino porque abrió la senda a través de la cual las películas de animación de la compañía contarían historias profundas, difíciles, protagonizadas por personajes complejos, realizadas con el coraje e inteligencia necesaria para tratar temas tabú para toda su competencia y, por encima de todo, permitiendo que los adultos acudieran a ver una película de dibujos sabiendo que sería una experiencia enriquecedora para ambos espectadores, niños y mayores. Su historia estaba repleta de detalles que permitían divertir a los más pequeños y emocionar a los más veteranos; consiguiendo ser un título apreciado por todos ellos en similares proporciones. De alguna forma, «Buscando a Nemo» representa para Pixar el primer día de su madurez en el cine de animación, el título que inicia una asombrosa e interminable (r)evolución emocional en una compañía volcada en grandes y pequeños a partes iguales. Con «Buscando a Nemo» comenzaría también una de las más asombrosas rachas de Pixar, compuesta por «Los Increíbles«, «Ratatouille«, «Wall-E» y «Up«; aunque tiempo después también daría muestras de tener ciertos problemas con las precuelas y secuelas de algunos de sus éxitos (la saga «Toy Story» sería la excelente excepción, que confirmaría la regla).

10 años después de asombrar a propios y extraños con esas aventuras bajo el mar, Pixar anunciaba una (a priori) innecesaria secuela bajo el título «Buscando a Dory«. En ese momento, y tras cierta decepción con «Cars 2» y «Monstruos University«, se disparaban todas mis alarmas por el extraño intento de extender una historia ya conclusa (nunca sentí la necesidad de que la historia de Nemo necesitara una continuación, muy al contrario de lo que me sucede con «Los Increíbles», de la que llevo pidiendo una secuela desde el mismo momento que salí de la sala de cine). Con una de las principales reglas del cine dándome vueltas en la cabeza (‘si no vas a mejorar lo existente, no hagas una secuela‘), me preguntaba qué necesidad tenía Pixar de volver a uno de sus grandes referentes. Una secuela es algo, en teoría, sencillo. Basta con expandir el universo creado previamente y, al mismo tiempo, evolucionar a los personajes originales de una forma natural. Sin embargo, las escasas secuelas que recordamos con cariño demuestran que, en la práctica,  extender el legado de tu predecesor de forma efectiva es una tarea reservada a pocos elegidos. En el caso concreto de Pixar, estaríamos hablando principalmente de «Toy Story 2» y «Toy Story 3«…a la que ahora se suma con pleno derecho «Buscando a Dory», que logra enriquecer, profundizar, completar y (por momentos) superar a la historia que la originó.
Ahora sí podemos esperar con un sentimiento de confianza aún más férreo la oleada de secuelas que Pixar tiene preparada para nosotros en los próximos tres años, con la cuarta entrega de «Toy Story», la tercera de «Cars» y la segunda de «Los Increíbles».

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