En 2003, justo ahora hace una década, Peter Jackson culminaba con “El Retorno del Rey” un proyecto faraónico y de dimensiones temerarias que resolvía con extraordinaria solvencia la ardua tarea de adaptar a la gran pantalla un texto tan legendario como inabarcable que en sus más de 1.300 páginas describía culturas, razas, criaturas, ciudades, aventuras, batallas y conceptos tan universales como el honor, la lealtad, la amistad, el poder, la avaricia y la traición. Como apuntábamos en nuestro análisis de la trilogía de “El Señor de los Anillos”, el mayor mérito de Jackson y sus colaboradores fue “su capacidad para capturar el espíritu de la obra de Tolkien sin ser esclavo de la fidelidad absoluta a la letra (…) de modo que no les tembló el pulso a la hora de eliminar pasajes del libro que obstruirían la fluidez de la historia o readaptar otros”. El resultado, ya lo sabemos todos, marcó un nuevo hito en el cine de evasión y se convirtió en el “Star Wars” de su tiempo. Diez años después, Jackson ha vuelto a embarcarse en otra misión titánica en la Tierra Media pero que implica un desafío completamente distinto, en su origen casi antagónico al primero, pues aquí se trata de llevar al celuloide las poco más de 300 páginas de «El Hobbit», un cuento mucho más liviano y orientado al lector juvenil. Cuando Jackson anunció que iba a afrontar la empresa de la misma forma que hizo la primera vez, es decir, con una nueva trilogía de películas tamaño King Size, muchos nos llevamos las manos a la cabeza. Demasiado arroz para tan poco pollo, como se suele decir. “El Hobbit” da para lo que da, y el esfuerzo de estirar e hinchar una historia ligera y carente de la resonancia mítica y emocional de “El Señor de los Anillos” se antojaba aún más arduo y arriesgado que el de la primera visita a la Tierra Media.
Sin embargo, Jackson -que es ese tipo de cineasta capaz de montar una epopeya de nueve horazas hasta de “Los tres cerditos” si se lo propone- tenía en mente, más que una adaptación literal de “El Hobbit”, una prolongación fílmica del universo de J.R.R. Tolkien que conectase directamente con la trilogía original a modo de precuela, extendiendo secuencias que en el libro se despachan en un párrafo y sumando sucesos, eventos y personajes mencionados en los apéndices de “El Señor de los Anillos”, en “El Silmarillion” y en otros escritos o, directamente, inventándolos. En nuestra opinión (y aunque muchos discreparan) el director de “Criaturas celestiales” salía bien parado del primer envite, “El Hobbit”: Un viaje inesperado” (2012) (puedes leer la crítica de mi compañero Rodrigo aquí), equilibrando con tiento el tono más infantil del libro y la resonancia épica de la trilogía de los anillos en una especie de revisitación de “La Comunidad del Anillo” (2001). Como era de esperar, Jackson se demoraba y se tomaba su tiempo para arrancar la historia y presentar a sus personajes, pero volvía a exhibir un cariño y admiración reverencial por las criaturas y parajes de su amada Tierra Media y nos obsequiaba con varias secuencias para el recuerdo, como la lucha de los gigantes de piedra o el segmento de los acertijos en las tinieblas con un recuperado Gollum en todo su esplendor. Sin embargo, y ya por fin llegamos a lo que nos importa, a la altura de “El Hobbit: La desolación de Smaug” el problema de base se vuelve más evidente: “El Hobbit”, la novela, es lo que es, y el afán por conferirle el mismo tratamiento grandilocuente que a “El Señor de los Anillos” termina jugando en su contra. Y es que, por primera vez y lamentándolo mucho, las casi tres horas que duran por norma las películas de Jackson a mí se me hicieron largas. Leer más…
“Sons of Anarchy”: directos al Infierno
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer –o ver las fotos– sin haber visto hasta el último capítulo de la sexta temporada, “A Mother’s Work”)
Hace unas semanas, perdonadme si no recuerdo dónde, me topé con una viñeta sobre “Sons of Anarchy” en la que un importante personaje de la serie fallecido el año pasado le decía a Jax: «Somos los Ángeles del Infierno», a lo que éste le replicaba, «¿Y eso?». «Pues porque resulta que ya estamos más miembros aquí abajo que ahí arriba, así que hemos montado nuestro propio club». El presidente de SAMCRO zanjaba la conversación: «Pues preparaos para lo que os vamos a enviar esta temporada…». El autor de la viñeta no podría haber estado más acertado, y eso que no podía saber lo que Kurt Sutter nos tenía reservado en estos últimos episodios del curso. Yo, por mi parte, tengo que reconocer que ciertamente cada vez me resulta más difícil encarar un post sobre el show estrella del canal FX (éste es el quinto que le dedico en el blog), pues tengo la sensación de haber agotado ya y manoseado hasta la extenuación adjetivos como ‘trágico’, ‘oscuro’, ‘salvaje’, ‘violento’ y todas sus variantes… y encima el puto Sutter parece empeñado en ir cada vez más lejos, encontrando siempre la manera de llevarnos a un nivel superior de crueldad dramática. Y no será porque no nos lo venga avisando desde un principio. «¿Qué parte de tragedia shakesperiana no habíais entendido?», parece espetarle con cada nuevo golpe a la audiencia. Además, el ínclito ‘showrunner’, omnipresente en las redes sociales, en donde se lo pasa en grande anticipando eventos, a su manera, y jugando con las expectativas de sus seguidores, ya había anunciado que ésta sería una temporada especialmente jodida para los habitantes de Charming. Pues sí, amigo, y que lo digas. Tanto que ahora que sólo nos queda una por delante, cuesta imaginarse cómo saldremos de ésta…
Tres meses después, aunque ahora me parezca una eternidad, del post (‘Una historia de violencia’) que escribí con motivo de la ‘season premiere’, estamos en condiciones de responder a muchas cuestiones que entonces quedaron en el aire. La primera, y la más importante, es si aquella última y controvertidísima escena de “Straw” tendría justificación en la trama o era un simple golpe de efecto gratuito. Por suerte, y confiábamos en que así fuera, podemos decir que ha sido lo primero. En otras predicciones, en cambio, sí que un servidor se equivocó de pleno. Cuando vaticiné, sin ir más lejos, que el ex US Marshal Lee Toric (Donal Logue) sería el gran antagonista de los Sons esta temporada, y uno de los más temibles de la serie hasta la fecha. Al final, sirvió como detonante de muchas cosas, pero ese peso recayó sobre los anchos hombros de la fiscal del distrito Tyne Patterson (CCH Pounder), a la que no conocimos hasta el siguiente episodio. Sin perder de vista, claro está, a los hijosdelagranputísimamadrequelosparió de los irlandeses (no ofense). También erré cuando creí ver la despedida definitiva de la serie de Wendy (Drea de Matteo), cuando no sólo ha acabado estando más presente que nunca, sino que su importancia ha sido capital en muchos momentos. Y bueno, es cierto que entonces estábamos terriblemente perdidos con lo que podían estar maquinando personajes como Tara (Maggie Siff), Clay (Ron Perlman), Bobby (Mark Boone Junior)… pero eso siempre ha formado parte del juego de “Sons of Anarchy”, y esta temporada de maquinaciones, intrigas, enredos y traiciones hemos andado sobradísimos.
‘Tres bodas de más’: Alta artesanía cómica
Situados en pleno ‘boom’ (¿o ese momento ya ha pasado hace unos años?) de la comedia estadounidense -con la factoría de Judd Apatow, Greg Mottola y los brillantes Sacha Baron Cohen y Ben Stiller, entre muchos otros- , en España apenas vemos una escena que pueda ser llamada así. Mientras que nombres como Nacho Vigalondo, Santi Amodeo o Juan Cavestany tratan el genero desde el punto de vista más heterodoxo, Javier Ruiz Caldera se posiciona en el lado, digamos, más clásico, rememorando la comedia ‘yanki’ de los años ochenta, desde Jim Abrahams y los hermanos Zucker hasta cintas como ‘La revancha de los novatos’, con sus dos primeras cintas, ‘Spanish Movie’ y ‘Promoción fantasma’.
Partiendo de esta premisa, la trama de su tercera película, ‘Tres bodas de más’, tampoco es un alarde de originalidad. Una bióloga treintañera, inmersa en una tremenda crisis afectiva tras ser dejada por su novio y ver como su entorno más cercano pertenece al mundo de la pareja estable, vive el colmo de los colmos: ser invitada a las bodas de tres de sus ex, con la consiguiente necesidad de tener que demostrar que su vida no va tan mal. Por ello, convence a su recién llegado becario para que le acompañe. Leer más…
“The Walking Dead”: ¿cuentas saldadas?
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el octavo episodio de la cuarta temporada de la serie “The Walking Dead”. También hablamos, sin revelar demasiado, de los cómics “Los muertos vivientes” de Robert Kirkman)
“The Walking Dead” está haciendo historia. Y me temo que ni siquiera los que escribimos habitualmente sobre la serie (éste es el séptimo post que le dedicamos en este blog) somos realmente capaces de alcanzar a explicar la magnitud del fenómeno, pues deberá ser analizado más fríamente y con mayor perspectiva una vez haya pasado, dentro de unos cuantos años. No lo digo solamente, aunque también, por sus apabullantes audiencias en EE.UU, números inconcebibles hasta hace poco para una serie emitida por cable, a los que habría que sumar los cosechados en su emisión en el resto de países y, por supuesto, las descargas en todo el planeta. Me refiero, sobre todo, a los inagotables ríos de tinta (en sentido figurado, claro) que hace correr semana tras semana, a los encendidísimos debates que genera cada capítulo, a la cantidad de tiempo y energías que dedicamos a analizarla, desmenuzarla, examinarla casi secuencia por secuencia, diálogo por diálogo, cuando… er… vamos que… ¡coño, que no deja de ser una serie de zombis! No me entendáis mal, no la estoy menospreciando, todo lo contrario. Simplemente digo que, si hace cinco años, nos hubiesen dicho que una serie sobre zombis iba a tener tanto éxito pero, sobre todo, iba a generar tantísimo ruido, ninguno nos lo hubiésemos creído.
“The Walking Dead” es, por tanto, la serie sobre la que más se escribe, más se discute y, aquí llega lo más extraordinario del asunto, más gente reniega de ella y asegura una y otra vez que dejará de verla pero, paradójicamente, cada vez suma más y más espectadores. Todo un fenómeno paranormal. Todo el mundo tiene derecho a ver algo y criticarlo. En este mismo blog, algunas cosas nos gustan más que otras, la serie nos ha convencido bastante en algunos momentos y en otros menos, e incluso comprendemos a alguien que siendo fiel a la serie desde el principio en un momento dado se pueda sentir profundamente defraudado, por lo que sea… Pero en serio, aquéllos que lleváis tres o cuatro años diciendo en todos los blogs y foros que encontráis que es una absoluta basura y que no pensáis seguir viéndola, pero os habéis tragado religiosamente los 43 episodios emitidos hasta la fecha: haceos y hacednos un favor a todos, y cumplid de una maldita vez vuestra amenaza. Porque si algo ha quedado claro en esta primera tanda de ocho episodios de la cuarta temporada es que “The Walking Dead” nunca va a acabar contentando a todo el mundo. Sin ir más lejos, no pocos han seguido echando pestes semana tras semana mientras que a un servidor, aún reconociendo que algunas cosas son, siempre en la opinión de uno, mejorables, le ha parecido que el nivel ha sido francamente notable. Leer más…
Hablaba esta misma semana en el post de “Los juegos del hambre: En llamas” sobre secuelas y sagas y, qué oportuno, precisamente este viernes llega a las carteleras españolas “Bienvenidos al fin del mundo” (“The World’s End”), la tercera y última entrega de una de las trilogías más ingeniosas y descacharrantes de los últimos tiempos, la británica “Trilogía del Cornetto”. Conformada en realidad por títulos totalmente independientes –“Zombies Party” (“Shaun of the Dead”, 2004), “Arma fatal” (“Hot Fuzz”, 2007) y ésta que nos ocupa–, su nexo de unión no es otro que el estar dirigidas por Edward Wright, escritas a cuatro manos por el cineasta y el actor Simon Pegg, y protagonizadas por éste y su inseparable Nick Frost. Y también, aunque ya lo explicaremos más adelante, las tres cintas tienen, además del tono, otras cuantas cosas en común, como numerosos rostros, gags y chistes recurrentes (uno de ellos, he ahí el asunto, sobre el famoso helado en cuestión), por lo que disfrutar de esta “Bienvenidos al fin del mundo” supone algo así como reencontrarse con una pandilla de viejos amigos. Y esto que digo, en este caso, cobraría más sentido que nunca.
Porque, en el fondo, si hay algo que define y vertebra la obra conjunta de Wright, Pegg y Frost es su continua apología de la amistad. Se nota, en los dos films precedentes pero aquí está llevado hasta su máxima expresión, que esto es cine hecho entre colegas. Y eso es algo que de alguna forma traspasa la pantalla. Este equipo, forjado a finales de los 90 al calor de la serie “Spaced” (1999-2001), destila buen rollo, química y camaradería, pero también un personalísimo (y muy británico, por supuesto) estilo del humor, su propio sello, su marca inconfundible, que ha ido arrastrando con los años a una nutrida base de fans. Y así podríamos decir que “Bienvenidos al fin del mundo” no decepciona y da a sus más fieles seguidores todo lo que podrían esperar, y más incluso, pero a la vez puede suponer una perfecta puerta de entrada para los no iniciados, que se encontrarán, ni más ni menos, con una de las mejores y más divertidas comedias (de ciencia ficción) de la temporada. Leer más…
«Boardwalk Empire»: sin eslabones débiles
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el último capítulo de la cuarta temporada)
Parece mucho más tiempo pero sólo han pasado tres años desde el estreno a bombo y plantillo de aquel piloto de “Boardwalk Empire” dirigido por Martin Scorsese que recibió todo tipo de parabienes y que convirtió a la entonces flamante nueva serie de la HBO en “the next big thing”, en un más que probable nuevo clásico televisivo. Tres años y cuatro temporadas después, tengo la sensación de que se habla muy poco de “Boardwalk Empire”, de que son muchos los que en algún momento de la travesía se bajaron del barco y bastantes menos los que aún seguimos siendo fieles. No culpo a los desertores. La serie de Terence Winter, fiel al más puro espíritu de David Simon, nunca ha querido ponérselo fácil al espectador medio. Demanda una predisposición y un estado de ánimo muy poco frecuentes en el actual panorama televisivo, y ante tales exigencias es normal que el televidente escoja otras opciones (ojo, no digo que peores) para sus momentos de ocio. Sin embargo, los que seguimos siendo devotos seguidores creemos que nunca ha dejado de ser una maravilla y que, digan lo que digan las audiencias, es, junto con “Mad Men”, la serie adulta con más clase y calidad (así, en bruto) de la actualidad. En mi caso, el enorme vacío dejado por “Breaking Bad” en mi menú televisivo semanal lo ha cubierto la cuarta temporada de “Boardwalk Empire” bastante más satisfactoriamente que el resto de opciones que me he planteado. HBO también lo debe ver de la misma forma, puesto que, a pesar de que los ratings en EE.UU de esta manga han sido bastante discretos, no tardó mucho en anunciar la renovación para una quinta temporada. Es de agradecer que una cadena de TV, aunque sea de cable, apueste con tanta firmeza y convicción por un producto en el que cree, sin sentirse coartada por un millón más o menos de espectadores. El tiempo terminará dándoles la razón (como en su momento se la dio con “The Wire”; semi-ignorada cuando fue emitida, hoy por hoy unánimemente considerada una obra maestra) porque, aunque algunos no se enteren, “Boardwalk Empire” son palabras mayores.
A estas alturas, los que seguimos en la partida ya conocemos las reglas y sabemos cómo se juega. Aquí se trata de dejarse llevar por una narrativa pausada y elegante que se toma su tiempo para ir desgranando sus múltiples líneas argumentales y las dobleces de sus personajes, acuchillada puntualmente por estallidos de violencia que siempre se las arreglan para ser impactantes. Se trata de paladear cada capítulo como si fuese una pieza de un gigantesco rompecabezas que sólo al final revela su total grandeza, y es que no hay una serie que entienda mejor que ésta el concepto de temporada como arco argumental dentro de una historia aún mayor. En su cuarta season, “Boardwalk Empire” ha sido perfectamente fiel a sí misma y a su enrevesada estructura coral, pero no se ha limitado a reciclar viejos argumentos y a repetir esquemas sino que ha puesto sobre la mesa nuevos personajes y nuevos situaciones en las que involucrar a los antiguos. Leer más…
Desterremos ya ese absurdo de que segundas partes nunca fueron buenas. Al menos si hablamos de cine, hace ya unas cuantas décadas “El Padrino: Parte II” y “El imperio contraataca”, sin ir más lejos, se encargaron de hacer añicos esa expresión. Es verdad que, cuanto más se fuerza y exprime una idea, más posibilidades hay de agotarla y desvirtuarla, pero también es cierto que no son lo mismo esas continuaciones que nacen únicamente forzadas por un éxito inicial, que aquéllas que brotan con sentido aprovechando las jugosas posibilidades surgidas a partir de una atractiva historia de partida, y no digamos esas otras que están pensadas y concebidas desde un inicio. Por supuesto que hay secuelas espantosas, como también hay primeras partes pésimas. Al final, todo se reduce a que hay buenas y malas películas, y ya está, da igual que sean primeras, segundas o quintas partes. Y como nuestra generación ha disfrutado (a veces sufrido), el fenómeno de las grandes sagas, se me ocurren un buen número, además de las ya citadas, de segundas entregas que han igualado, o superado (aunque eso siempre es debatible y va por gustos) o al menos han mantenido el tipo respecto al film fundacional: “Indiana Jones y el Templo Maldito”, “Aliens”, “Regreso al futuro II”, “Terminator 2: El juicio final”, “Toy Story 2”, “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres”, “X-Men 2”, “Antes del atardecer”, “Spider-Man 2”, “Kill Bill Volumen 2”, “El Caballero Oscuro”… Y a la lista, que podría ser más amplia pero tampoco es plan de estar aquí hasta mañana, un servidor añadiría con todos los honores y sin ningún tipo de pudor a “Los juegos del hambre: En llamas”.
Ya dije en mi post dedicado a “Los juegos del hambre” que la cinta dirigida por Gary Ross me dejó muy buenas sensaciones, sobre todo cuando acudí a verla sin esperar demasiado, o mejor dicho, sin un nivel de exigencia excesivamente alto, pues aclaro además que no he leído los libros. Me pareció un entretenimiento dignísimo y, sobre todo, muy por encima de la media que ofrecen, en los últimos tiempos, los productos cuyo target comercial supuestamente son los espectadores jóvenes/adolescentes, que son los que mayoritariamente han devorado la saga literaria escrita por Suzanne Collins. También vaticiné entonces que el film podía ser «el inicio (…) de una saga que esperamos que no sólo mantenga el nivel, sino que crezca y sea capaz de ir llegando un poquito más lejos en futuras entregas». Y en ese sentido me alegra comprobar, al menos esas han sido mis sensaciones, que estaba en lo cierto. Porque “Los juegos del hambre: En llamas” es mejor que su predecesora. Notablemente superior, en todos los aspectos. Tanto es así que, si en algún momento llegamos a pensar que esta saga, por aquello de su procedencia literaria, tendría que batirse el cobre con otros fenómenos como “Crepúsculo”, “Hermosas Criaturas”, “Cazadores de Sombras”, etc, para luego comprobar que se meaba en todos ellos, ahora ya la comparación carece de sentido, resulta casi un insulto, pues “Los juegos del hambre” juegan en otra liga. En la liga de los mayores, y allí se defienden con total dignidad y buenas maneras. Leer más…
‘Blue Jasmine’: Pobre niña rica
No es que sea ahora momento de ponernos quisquillosos con una figura que tan buenos momentos nos ha hecho pasar, pero es verdad que los fans de Woody Allen respiramos aliviados cada vez que el neoyorquino anuncia que va a rodar en EE.UU. Pese a que el periplo europeo de Allen nos ha dejado obras tan notables como, por este orden, ‘Match Point’ y ‘Midnight in Paris’, no se puede negar que en este periodo ha sido el más irregular de su filmografía, incluyendo sus dos mayores tachones -‘Vicky Cristina Barcelona’ y ‘A Roma con amor’– y completándose con tres obras correctas pero que no pasan de la parte media-baja de su producción: la intrascendente pero muy divertida ‘Scoop’, la correcta ‘Conocerás al hombre de tus sueños’ y la fallida ‘Cassandra’s Dream’. Por eso disfrutamos tanto cuando recuperó un antiguo guión para ‘Si la cosa funciona’, porque, pese a no estar entre lo mejor de su legado, ofrecía un fresco regreso al Allen de siempre, aquel del que nos quedamos prendados. Pues bien, ‘Blue Jasmine’, su segunda producción rodada en EE.UU en los últimos nueve años, supone de nuevo la recuperación de la esperanza tras su olvidable aventura italiana, supone su vuelta a la zona Champions, aunque esta vez no lo hace en forma de regreso a las esencias sino en la de una de sus películas más singulares.
Pocas veces había dirigido Allen una película tan grave, inscribamos pues a ‘Blue Jasmine’ en la órbita de filmes como ‘Cassandra’s Dream’, ‘Interiores’ o Delitos y faltas’; pero, sobre todo, nunca había filmado una película tan social. Dejen de arquear las cejas, esto no es Ken Loach, no se trata de poner en el primer plano un determinado conflicto para analizarlo en profundidad, aquí todo es mucho más sutil. Pero es extraño (y excitante) ver al neoyorquino, mucho más interesado habitualmente en analizar los rasgos eternos del comportamiento humano que los de un determinado contexto histórico, tan apegado a la realidad del momento.
Los efectos de la galopante crisis financiera que seguimos sufriendo, y especialmente el celebérrimo fraude de Bernie Madoff, se hacen sentir en todo el metraje, aunque no se citen explícitamente. Jasmine es una mujer psicológicamente destruida después de que su enmoquetado suelo se abriera súbitamente bajo sus pies cuando su acaudalado marido inversor es detenido por sus múltiples fraudes y se ve desposeída de su acomodado estilo de vida en Nueva York para verse obligada a cruzar el país hasta San Francisco para pedir alojamiento a su desdeñada y humilde hermana y poder reconstruir allí sus pedazos. Leer más…























