«AM», de Arctic Monkeys: la noche es nuestra
Hace unas semanas repasábamos en este post la carrera de Arctic Monkeys y concluíamos que la banda de Alex Turner, Jamie Cock, Matt Helders y Nick O’Malley es de las pocas de su generación que ha sabido sortear los peligros que se ciernen sobre un debut arrollador y emblemático, de esos que marcan a fuego a un artista hasta el punto de convertirse en una maldición que esclaviza el resto de su trayectoria. No sabíamos en 2005 que Arctic Monkeys podrían ser especiales, ni tampoco importaba porque pasara lo que pasara con ellos siempre nos quedaría “Whatever people say I am, that’s what I’m not”. Ahora, en 2013, no nos queda ninguna duda de que el grupo de Sheffield es una de las tres o cuatro grandes referencias del rock del siglo XXI. Y lo es porque con cada nueva entrega discográfica han dado un valiente paso al frente, sin miedo a perder fans o a que la coyuntura no fuese favorable, construyendo una personalidad única a la que van añadiendo nuevos matices con cada mutación sin que se resienta su identidad. Nada habría sido posible sin “Humbug” (2009), el disco con el que dejaron de ser una banda indie para empezar a convertirse en otra cosa. Allí, en el desierto de Joshua Tree y bajo la supervisión de Josh Homme, esculpieron una musculatura pedregosa y ganaron seguridad en sí mismos. La suficiente como para no temer sonar gloriosamente atemporales y directos en su siguiente y magistral largo, “Suck it and see” (2011), con el que definitivamente reclamaban la corona de gran banda de nuestro tiempo. Un estatus que confirman con el flamante “AM”, nueva demostración de que Arctic Monkeys ya juega en su propia liga y bajo sus propias reglas, y que, albricias, insisten en seguir a su bola, en seguir probándose disfraces que en la percha de otros quedarían ridículos y ordinarios pero que a ellos les sientan jodidamente cool.
Homme definió “AM” semanas antes de su aparición como un disco “moderno, bailable y sexy”, y hay que reconocer que el tipo lo clavó. El quinto álbum de los Monkeys suena sofisticado y nocturno, clásico y al mismo tiempo rabiosamente contemporáneo. Pocas obras escucharemos en 2013 (y en años venideros) que suenen tan arrogantemente seguras de su propio magnetismo. Es el sonido de una banda de rock consciente de su mojo, de que este es SU momento y de que ahora mismo son los putos amos. Es también una obra que JAMÁS habría podido hacer el imberbe cuarteto que golpeó los cimientos de la moribunda industria musical en 2005. Y es que para llegar aquí Turner y compañía han deglutido y digerido todo lo aprendido en los pasos previos y se las han ingeniado para encontrar un nuevo desvío hacia territorios que todavía no habían explorado. Por tanto, “AM” no es ni una secuela de “Suck it and see”, ni tampoco un retorno a la hosquedad de “Humbug”, sino una nueva versión, corregida y mejorada (atentos a la producción del habitual James Ford, un tiro) de una banda en constante evolución. Descuiden si le pegan un par de pasadas al disco y concluyen apresuradamente que no hay para tanto. “AM” es un grower que se crece con las escuchas y que termina atrapando irremediablemente en su hechizo. Leer más…
«Cruce de caminos»: exceso de ambición
Pregunta para el pasajero asiduo de El Cadillac Negro (que sabemos que haberlos, haylos): ¿Qué tienen en común “La caza”, “Stoker”, “El gran Gatsby”, “Trance” o “Elysium”? Sí, son películas estrenadas en 2013, pero también son películas sobre las que NO hemos escrito en el blog, pese a que deberíamos haberlo hecho. Y aunque uno de nuestros propósitos es hablar (bien o mal) de los estrenos cinematográficos que pueden merecer la pena, la realidad es que, como os ocurrirá a la inmensa mayoría de vosotros, no nos da tiempo a ver todo lo que nos gustaría. Y cuando por fin encontramos ese momento para ponernos al día con alguna cita que lleva pendiente desde hace meses quizás ya nos parece demasiado tarde para contároslo. Precisamente eso es lo que nos pasó con “Blue Valentine”, de Derek Cianfrance, cinta que pululaba por esos mundos de dios desde 2010 pero que a los cines españoles no llegó hasta febrero de este año. Y nosotros no estuvimos ahí. Culpa nuestra, porque los dos conductores del Cadillac que ya la hemos visto creemos que la emocionante y dolorosa radiografía del origen y defunción de esa cosa tan intangible llamada amor es de lo mejor que se ha estrenado por aquí en este 2013. Dispuestos a no volver a cometer el mismo error le echamos el ojo al nuevo filme de Cianfrance, el tercero de su corta filmografía, llamado “The place beyond the pines”, o, como se ha traducido en España en un alarde de originalidad, “Cruce de caminos” (cuando veo el poster en la marquesina del autobús os juro que busco instintivamente a Ralph Macchio con su guitarra). Y aquí estamos puntualmente, esta vez sí, para contaros nuestras impresiones.
Si en “Blue Valentine” Cianfrance encontró la manera idónea de contarnos una historia íntima y cotidiana con elementos mínimos pero sabiamente administrados y sacando lo mejor de los actores de modo que cualquiera podía empatizar con lo que allí ocurría, en “Cruce de caminos” el cineasta estadounidense trata de ir no uno, sino tres pasos más allá, como si tuviese prisa por firmar su obra maestra definitiva, y desgraciadamente se pasa en el intento. Cianfrance es víctima de su propia ambición y, aunque deja sobradas muestras de su talento narrativo, lo que queda es un forzadísimo drama suburbial con demasiadas ínfulas que quiere abarcar mucho y que termina apretando bastante menos de lo que debería. Y es una lástima, porque el arranque, sus primeros cincuenta minutos (y son dos horazas y 20 minutos), prometen bastante. No creo que sea un inconveniente, muy al contrario, me parece hasta saludable, que el espectador sepa de antemano que esta es una historia en tres actos muy distintos, y que solo el primero cumple las expectativas. Quien prefiera llegar a la película totalmente virgen que se baje aquí y vuelva después. Leer más…
(SPOILERS a cascoporro de la película «Kick-Ass 2» y los cómics «Kick-Ass 2» y «Hit-Girl»)
Qué grande es el cine, como diría aquél, cuando en una misma semana uno puede disfrutar con cosas tan dispares, qué digo, tan diametralmente opuestas como “Mud” o “Kick-Ass 2”. De la primera ya os dejé oportunamente mis impresiones en este post publicado hace ahora una semana, y de la segunda debería deciros, para que sepáis a qué os estáis enfrentando desde el principio, que soy un fan acérrimo de la saga “Kick-Ass”, aunque aclaro que mucho más de los cómics que de las películas. Quiero decir que me gustó el primer film, que además vi en el cine junto a mis dos compañeros de blog hace ahora tres años, antes de que pusiésemos en marcha los motores de este Cadillac (pues ya sabéis que nuestra amistad viene de largo) pero ya está, luego no he sentido la necesidad de revisitarla, ni de adquirirla en DVD, ni siquiera de hacerme con ella por métodos menos lícitos… Sin embargo, los tres libros (sí, tres) que conforman de momento la saga escrita por Mark Millar y dibujada por John Romita Jr. sí ocupan un lugar privilegiado en mi estantería, y los he releído y vuelto a releer y paladeado y disfrutado como un enano en infinitas ocasiones.
Una vez vista la secuela de la cinta dirigida por Matthew Vaughn en 2010, estrenada el pasado fin de semana, las sensaciones han sido un tanto parecidas. Si acaso, “Kick-Ass 2” se situaría un peldaño por debajo de su predecesora, perdido en parte el elemento sorpresa, y sin el toque y el brío que sí supo darle Vaughn (ahora apartado a las labores de productor) y que un tipo claramente menos talentoso como Jeff Wadlow no ha sabido encontrar… Pero no quiero meterme ahora en esos berenjenales. A estas alturas de la película, nunca mejor dicho, ya habréis leído suficientes críticas, si habéis mostrado algo de interés en el tema, así que lo que yo os propongo es otra cosa. Con este post pretendo centrarme en las diferencias entre el cómic y el film, poner ambas versiones frente a frente y hacer algo parecido a nuestra propia versión comparada. Pero tranquilos, no será algo en plan exaltado, ni gritaré preso de la indignación cosas como «¡el cómic es mejor!» o «¡vaya mierda de adaptación!». No. Será algo moderado y, al menos lo intentaré, más o menos imparcial. Y creo que puede ser una opción interesante y que puede aportar algo, más allá de hacer una mera review o un comentario de las bondades o fiascos de la película. Tampoco esperéis una revisión plano a plano, viñeta a viñeta o frase a frase, ni algo supercientífico. Además, tampoco quiero dármelas de experto ni erudito en la materia. Vamos a intentar pasárnoslo bien y se hará lo mejor que se pueda. Y si la cago… pues no me toquéis los cojones. Cabrones. Lo siento, era por ir metiéndome en el papel… Leer más…
“Mud”: el fin de la infancia
Comienzo a escribir este post cuando faltan pocos días para que cumpla 34 años. De hecho, lo hago con la intención de emitirlo precisamente en vísperas del 30 de agosto, el día de mi cumpleaños, que coincide con el estreno en España de “Mud”, la tercera película del director y guionista Jeff Nichols. No destacaría este hecho, pues no es gran cosa, eso de emitir un post en una fecha así, ni tampoco hacen especial ilusión los aniversarios a estas edades, si no fuese porque de lo que habla la espléndida, preciosa cinta que nos ocupa es exactamente de eso: de crecer, madurar, perder la inocencia, en definitiva, dejar atrás la infancia y adentrarse en esos años tan convulsos que terminarán instalándonos ya para siempre, y sin remedio, en eso que llamamos la edad adulta. Esos años plagados de sueños y decepciones, anhelos y desengaños, ilusiones irrefrenables y sonoros batacazos. Esos años sembrados de incertidumbres, indecisiones e inseguridades. Esos años en los que, la mayoría de las veces, no nos queda más remedio que aprender a base de hostias. Como ya vimos, aunque contado de forma bien diferente, en otra de mis películas favoritas del año, “Las ventajas de ser un marginado”. Y como tampoco tardarán en comprender los protagonistas de esta otra historia, Ellis y Neckbone, dos muchachos de 14 años. 14… 20 menos que yo. Joder, y parece que fue ayer…
Hay muchos motivos por los cuales “Mud” cae bien desde el principio. El principal es precisamente ese, la facilidad con la que consigue hacernos empatizar con esos chavales, aún puros y vírgenes de muchas cosas, aunque no por mucho tiempo, con los que podemos perfectamente identificarnos. Al fin y al cabo, no ha pasado tanto tiempo… ¿verdad? ¿VERDAD? Y, bueno, da igual que uno se haya criado en Madrid y haya veraneado toda su vida en Santa Inés, Salamanca, y Ellis y Neckbone sean de Arkansas y vivan sus aventuras estivales a orillas del río Mississippi. Los sentimientos y las experiencias son las mismas. Aunque, como decía, uno es consciente, y más en días como éstos, de que tiene un par de décadas más que ellos a sus espaldas, y así observa ese mundo adulto que les rodea y acaba sintiendo también una inevitable conexión, y una amarga dosis de comprensión por lo que ve. Seres castigados, desencantados, cansados o atenazados por el miedo. Y en medio de todo ello irrumpe el personaje que da nombre a la cinta, un tipo al que sólo conoceremos por su apodo, ‘Mud’ (lodo, barro), y que se encargará de poner el mundo de Ellis y Neckbone patas arriba. Leer más…
Puede que algunos no lo recuerden, pero hubo un momento en el que Franz Ferdinand fueron la banda más cool del mundo. Tenían las canciones, la actitud, el estilo, la imagen y, sobre todo, tenían un plan: hacer bailar a las chicas. Con guitarras. Ni más ni menos. Puede que “Franz Ferdinand” (2004) y “You could have it so much better” (2005) no inventaran nada nuevo, como tampoco lo habían hecho The Strokes unos años antes, pero llegaron en el momento adecuado para poner de acuerdo a todo el mundo. La sencillez no estaba reñida con la inteligencia, especialmente si venía servida con altas dosis de frescura, descaro, euforia y energía. Hitazos como la mítica “Take me out”, “Dark of the Matinée”, “Michael” o “Do you want to” demostraban que la combinación de riffs efectivos, estribillos contagiosos y ritmos pegadizos es todo lo que necesita el rock para seguir vivo. Y, sin embargo, todo cambió más o menos desde 2009. La banda de Alex Kapranos, Nick McCarthy, Robert Hardy y Paul Thomson dejó de molarles a los modernos. Los fans del Primavera Sound patalearon sonoramente cuando se anunció su incorporación al cartel de la edición de 2012, cuando solo cinco años atrás habrían dado palmas con las orejas. El NME dejó fuera de su lista de los 100 mejores discos de la pasada década a “Franz Ferdinand” después de haberlo encumbrado en 2004 como disco del año (para que os fieis de las listas). Y así. ¿Qué había pasado? ¿Realmente era “Tonight: Franz Ferdinand” (2009) tan malo como para hacerles perder todo el prestigio ganado en un abrir y cerrar de ojos? Pues no, en absoluto. Posiblemente “Tonight” no contenía tantos hits por metro cuadrado como sus antecesores ni su misma inspiración, pero aquella aproximación (ligera, en todo caso) a elementos más electrónicos distaba bastante de ser el desastre que muchos quisieron hacernos creer que era. Simplemente, al contrario que el disco de debut, llegó en mal momento. La parroquia indie, tan dispuesta a devorar a sus hijos, como Saturno, cuando éstos crecen demasiado, estaba ya a otras cosas, y no iba a volver a ensalzar a una banda que podían disfrutar los seguidores de Shakira.
Los de Glasgow debieron acusar el golpe, porque al parecer estuvieron al borde de la separación, y se han tirado cuatro añitos pensándose mucho hacia dónde tirar. No tiene que ser fácil encajar que ya no eres la niña bonita de alguien, sobre todo cuando no has hecho nada grave para dejar de serlo, pero el mundo de la música funciona así. Las modas vienen y van. Al menos ellos disfrutan de un cierto status entre el público más mainstream, obviamente no al nivel de Coldplay, The Killers o Muse, pero sí suficiente como para que “Right thoughts, right words, right action”, su flamante nuevo álbum, no pase desapercibido. ¿Y qué encontramos aquí? Pues el regreso de Franz Ferdinand al calor del hogar, a la fórmula que mejor conocen y de la que en realidad nunca se apartaron, pero tratando de afinar el tiro y de recuperar las sensaciones de sus dos primeros discos. Esa voluntad queda patente en los dos temas que se han extraído como singles. “Right action” busca la irresistible pegada de los Ferdinand más característicos, los de “Take me out” y “Do you want to”, una tonada simple, ágil y pegajosa, que se mete en el cerebro para no salir. No alcanza el listón de aquellas, pero tampoco se queda tan lejos. Y “Love illumination” funciona como un remake de “This fire”, con sus enérgicas maneras glam y su estribillo directo y memorable, añadiendo arreglos de viento y una contagiosa melodía de órgano. Es cierto que las dos podrían despacharse con un “más de lo mismo”, pero escuchándolas uno recobra las ganas de salir a la calle a quemar la noche, que es de lo que siempre ha ido esta banda. Leer más…
¿Qué hacemos con «True Blood»?
(ALERTA SPOILER: Revela detalles de la trama de la serie, hasta el último capítulo de la sexta temporada)
Decíamos en nuestro post de balance de su quinta temporada que nunca ha convenido tomarse demasiado en serio a “True Blood”, una serie que ha hecho del delirio y el exceso su seña de identidad y a la que nunca le ha temblado el pulso a la hora de rebozarse en los lodazales del ridículo. Cualquier tentación de bajarse del barco por parte del espectador siempre ha sido frenada a tiempo por una ida de olla genial(oide), por una burrada de levantarse y aplaudir o por algún instante de preciosa intimidad. Pero la coartada del “todo vale” empieza a no ser suficiente cuando la inspiración escasea flagrantemente y el cansancio acumulado tras tantas idas y venidas es cada vez más evidente. Digámoslo ya, terminada su sexta temporada “True Blood” se encuentra en su punto más bajo. Y no le echaría la culpa a la marcha de Alan Ball, el tipo que lo empezó todo allá por 2008, porque los síntomas de decadencia ya vienen de lejos y esta última tanda de episodios no ha hecho sino confirmar que el particular universo de Bon Temps está más que exprimido y extenuado. Por supuesto, respeto a quienes aún sigan viendo en “True Blood” un entretenimiento excitante e imprescindible, pero un servidor ha estado más cerca que nunca, según iban transcurriendo los capítulos, de abandonar definitivamente la serie, y si no lo he hecho ha sido casi más por llegar hasta el final para escribir estas líneas que porque realmente necesitara una ración semanal de “sangre fresca”.
Y eso que, fiel a su tradición, la serie se despidió en 2012 con un potentísimo cliffhanger –Bill Compton convertido en el nuevo Lilith- que prometía nuevas y sugerentes posibilidades para la serie pero, también coherente con sus propias costumbres, “Who are you, really” –el primer capítulo de la temporada- rebajaba considerablemente las expectativas creadas. La trama vampírica articulada en torno al gobernador de Louisiana, Truman Burrell, y su proyecto de confinar a los vampiros en unas instalaciones científicas para experimentar con ellos, ha sido lo más rescatable de la season. Una lástima que ese prometedor nuevo personaje desapareciera demasiado pronto. Y sin embargo, pese a lo sugestivo del planteamiento de base, la sensación que han dejado los guionistas es que sabían a qué punto querían llegar –la resolución vista en “Life matters”, quizás el mejor capítulo del lote- pero no tanto cómo llegar a él. A pesar de la reducción del número de capítulos de este año –de los doce habituales a diez-, los responsables de la serie se las han visto y deseado para estirar una trama con un Bill decepcionante en su condición de semidios, que se ha pasado el tiempo en paseos atribulados por su mansión, confusos estados de trance que no llevaban a ningún sitio y una incapacidad manifiesta para idear un plan mínimamente inteligente para salvar a los vampiros. Menos mal que Eric Northman ha sido definitivamente recuperado para la causa y nos ha dejado algunos de los mejores momentos de la temporada, como su infiltración en el despacho del gobernador o la emotiva muerte de su hermana Nora en sus brazos. A la vista de lo ocurrido con él en “Radioactive”, habría que pensar que su futuro es incierto, aunque supongo que sólo la negativa del gran Alexander Skarsgard a seguir en la serie podría privarnos de uno de los personajes favoritos del fandom. Leer más…
El mexicano Guillermo del Toro es, probablemente, una de las almas más creativas, ingeniosas, particulares e independientes que pueblan el panorama cinematográfico actual. Poseedor de un mundo propio y muy personal que ha ido plasmando a lo largo de una filmografía en la que ha hecho pocas concesiones a la industria (“Blade II”) y sí en cambio nos ha legado hasta la fecha un puñado de películas, mejores o peores, en las que nunca ha renunciado a sus grandes obsesiones y fantasías: su gusto por lo anómalo y lo tétrico, su fascinación por los monstruos, su devoción por los seres grotescos y marginados, su fetichismo por las máquinas… Es, asimismo, un personaje inquieto e incansable, con una loable y muy meritoria labor como productor (“El orfanato”, “Biutiful”, o el reciente éxito “Mamá”, entre otras) y una incipiente carrera como novelista (la “Trilogía de la Oscuridad”, escrita a cuatro manos junto a Chuck Hogan). Y es, además, un tipo indudablemente osado y valiente, que no ha dudado en escapar cuando lo ha estimado oportuno de las comodidades de Hollywood para realizar, en España, alguno de sus films, como “El espinazo del diablo” o “El laberinto del fauno”, siendo este último, de largo, su mejor trabajo y el que más alegrías le ha dado, con excelentes críticas y taquilla, seis nominaciones al Oscar y tres estatuillas.
Del Toro es, también, uno de esos niños grandes que se resisten a crecer tan necesarios en esta industria. Gordo, con gafas y barbudo, su entrañable aspecto y su innegable alma de friki siempre le han emparentado, al menos yo siempre lo he pensado, con ese otro loco neozelandés llamado Peter Jackson, por lo que resultó un movimiento completamente lógico su fichaje, a principios de 2008, como director de la adaptación cinematográfica de “El Hobbit”, una vez que el responsable de la trilogía de “El Señor de los Anillos” quiso echarse a un lado y ejercer sólo de productor y guionista. Pero los innumerables avatares y problemas por los que atravesó la producción acabaron agotando la paciencia del mexicano que, en mayo de 2010, decidió abandonar la Tierra Media, tras más de dos años de trabajo y antes de iniciarse el rodaje, para centrarse en los muchísimos proyectos personales que se acumulaban sobre su mesa. Pero, ironías del destino, fue precisamente tras su salida y con el regreso de Jackson como realizador cuando “El Hobbit” tomó carrerilla y la primera película de la ahora trilogía acabó viendo la luz en diciembre de 2012, antes de que el mundo viese estrenado un nuevo trabajo de Del Toro. Y el regreso de éste a la dirección, cinco años después de “Hellboy 2: El ejército dorado”, se produce por fin con “Pacific Rim”, que puede ser que algunos de los que leáis esto estéis poco o nada de acuerdo pero es, en mi opinión, y dejando “Blade II” a un lado, su trabajo menos personal, la película en la que menos se atisban su inconfundibles señas de identidad, la cinta menos Del Toro de su filmografía. Leer más…
«Breaking Bad»: si no sabes quién soy…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el noveno capítulo de la quinta temporada de la serie, «Blood Money»)
Sentarse cómodamente en el sofá, pulsar el play y comenzar la fase final y definitiva de un viaje en el que has disfrutado, has sufrido, te has emocionado, indignado y asombrado a partes iguales es una sensación jodidamente especial. Uno sabe que quedan ocho dosis, y únicamente ocho, de una droga pura condenadamente adictiva y solo espera apurar cada una de ellas con la certeza de que serán las últimas. Esa es la magia de la buena televisión, de esa que ha encumbrado al Olimpo de las ficciones a tantas joyas (no empezaremos con la enumeración, pues todos sabéis de cuáles hablamos) y al que irremediablemente, sin necesidad de esperar al final, pertenece “Breaking Bad”. 47 minutos después, los que dura “Blood Money” -primer capítulo de la segunda mitad de la quinta y última temporada-, solo podemos ratificarnos en que será muy duro, jodidamente duro, hacernos a la idea de que después de “Felina” -el último episodio de la serie- no habrá más. Todo se habrá acabado. Fin del juego de Heisenberg. Y así debe ser, porque si algo nos demuestra “Blood Money” es que “Breaking Bad”, o lo que es lo mismo, Vince Gilligan, tiene las ideas muy claras y sabe perfectamente hacia dónde se dirige. Otras series en su última temporada (o posiblemente en cualquier temporada) comenzarían remoloneando, postergando su mejor jugada, enfriando la partida para soltar la artillería pesada en el momento preciso. “Breaking Bad” no. Esta serie no se va a andar por las ramas, no va a amagar sin pegar, ni a enredarse con argumentos prescindibles sacados de la manga a última hora para despistar. “Blood Money” pone las cartas encima de la mesa en todo un alarde de seguridad en sí misma. Sí señor. Esto es “Breaking Bad”. Aquí se va de frente. Las marrullerías y los jueguecitos, para otros.
En ese sentido, la reanudación de la quinta temporada, que en realidad parece una season premiere en toda regla, es modélica, “Breaking Bad” quintaesencial, una demostración de que la maquinaria está engrasada desde el principio y no necesita periodo de calentamiento. Sin prisas, pero sin tregua, el episodio se encamina hacia una secuencia que todos los fans llevamos tiempo anhelando ver. El esperado enfrentamiento entre Walter White y Hank Schrader, cara a cara y sin máscaras. De hecho, “Blood Money” es el capítulo de Hank, ese cuñadísimo que al final de “Gliding over all” descubría sentado en el retrete la verdad sobre su archienemigo. Atrapar a Heisenberg se había convertido en la gran obsesión de Hank, pero nada le había preparado para lo que se enfrenta, así que le vemos pasar por diferentes estados de ánimo tras su revelación. De la estupefacción inicial a la confusión, de ahí al pánico y a la ansiedad, y posteriormente a la decepción y la ira. Estupendo trabajo de un enorme Dean Norris que, aunque haya sido oscurecido tantas veces por el fulgor de Bryan Cranston, siempre ha sido uno de los bastiones más firmes de la serie. Leer más…























