«Black Mirror», al filo del abismo
Independientemente de que “Black Mirror” me parezca una serie estimulante, sugestiva y, en definitiva, cojonuda, no se me ocurre un programa de televisión más necesario y de visionado obligatorio en estos tiempos estúpidos que vivimos. Porque en una época en la que nos sentimos desnudos y desamparados si salimos a la calle sin nuestro smartphone, nos relacionamos con un ojo puesto en la persona que tenemos delante y con otro en el último whatsapp que nos han enviado, twitter ha sustituido a una buena conversación de cañas en el bar, cualquier banal reality show de medio pelo hace hervir las redes sociales y la política se ha convertido en una mascarada protagonizada por una panda de payasos, se hace pertinente que alguien nos ponga un espejo delante y nos muestre lo cerca del abismo que estamos. No se trata de verter críticas irascibles sin ton ni son contra la innovación tecnológica o la comunidad 2.0, cuyas bondades y ventajas son indiscutibles, pero sí es indispensable lanzar una llamada de atención, proferir un grito de aviso, porque corremos el riesgo de que los árboles no nos dejen ver el bosque, de perdernos a nosotros mismos en el rebaño de la trivialidad y la intrascendencia. Las distopías futuristas de “Black Mirror” nos hablan en realidad (como toda buena distopía futurista) del aquí y el ahora, y nos perturban tanto porque podemos identificarnos plenamente con lo que nos cuentan. La serie de Charlie Brooker nos arroja a la cara una reflexión lúcida y cínica sobre el lado oscuro de nuestra sociedad, buscando sin disimulo provocar una reacción en el espectador, y si para ello tiene que ser por momentos maniquea y efectista pues lo será.
En ese sentido, la segunda temporada de “Black mirror” se mantiene en las mismas coordenadas que ya rigieron su rompedor debut (reseñado aquí), es decir, tres episodios autoconclusivos perfumados con ese aroma sci-fi de la añeja “The twilight zone”, que narran historias independientes y nos presentan futuros muy cercanos y realidades demasiado reconocibles. Incluso el esquema temático es el mismo, si bien ordenado de manera diferente. Por eso mismo, esta segunda tanda no cuenta con el factor sorpresa y su impacto tal vez sea menor, pero su mensaje sigue siendo igual de brutal y despiadado, y las ganas de más con las que se queda el espectador que sintoniza con la propuesta son las mismas. El lector que ya haya visto la primera temporada sabe de lo que hablo, y el que todavía no lo haya hecho debería correr inmediatamente a agenciarse los seis episodios disponibles (de menos de una hora de duración cada uno, no les llevará mucho tiempo ponerse al día) y comprobarlo de primera mano (para muestra, el impresionante trailer con el que se anunció su regreso). A partir de aquí me centraré en los capítulos “Be right back”, “White bear” y “The Waldo moment” tratando de soltar los menores spoilers posibles, aunque si el lector no los ha visionado todavía y tiene intención de hacerlo yo recomendaría interrumpir la lectura desde este momento, porque “Black mirror” es de esos productos que funcionan mejor cuanto más se ignora lo que se va a presenciar. Avisados quedan. Leer más…
Tenemos los cinéfilos muchas maneras de sobrellevar la resaca de los Oscar. Admitámoslo, aunque después de cada entrega de premios siempre estemos diciendo eso de que si los Oscar tal o los Oscar cual, que si los premios cada vez son menos esto y cada vez más aquello, que si ésa se lo merecía y ese otro ni de coña, al final, año tras año, caemos en sus redes y nos pasamos unas cuantas semanas haciendo pronósticos y quinielas, y viendo el máximo de nominadas posibles para llegar a esa noche tan señalada con los deberes hechos. Tenemos varias maneras, decía, de encarar los días posteriores a la gran gala de los Oscar, y la más habitual quizás sea echarle un vistazo a aquéllas películas premiadas que dejamos pasar o no nos dio tiempo a ver en su momento, o incluso revisitar esos filmes que nos dejaron tan buen sabor de boca en un primer visionado. También puede ser que, directamente, algunos quieran desintoxicarse y pasen una buena temporada alejados de las pantallas. Nosotros, que ya dimos buena cuenta en este blog de todas las cintas en liza, hemos optado por retomar la senda del cine sumergiéndonos en una de las grandes ignoradas del año, “El Atlas de las Nubes”, firmada por los hermanos Andy y Lana Wachowski, creadores de la trilogía “Matrix”, y el alemán Tom Tykwer (“Corre Lola corre”, “El perfume”). De hecho, para ser más precisos, debemos decir que se trata de uno de los mayores batacazos del pasado año en Estados Unidos, en donde apenas consiguió recaudar unos 100 millones de dólares, más o menos lo que costó. Con esa vitola de fracasada y cuatro meses de retraso, la película llegó por fin el pasado viernes a las pantallas españolas.
Reconozco que yo le tenía echado el ojo a “El Atlas de las Nubes” desde que vi el pasado verano su larguísimo, apabullante y excesivo tráiler. Mientras que los adelantos de algunos films tienen la mala costumbre de destripárnoslos sin piedad, quitándonos a veces las ganas de darles una oportunidad, los 5 minutos y 42 segundos de delirio visual que nos mostraron hace más de medio año los Wachowski y Tykwer me dejaron totalmente noqueado y con una gran duda en mi cabeza: «¿De qué coño va esto?». Así que la apunté en mi agenda. Ni siquiera me desanimaron su hundimiento en la taquilla norteamericana ni las muchísimas críticas despiadadas, más numerosas que algunas algo más entusiastas, que la cinta ha ido recolectando en todo este tiempo. Ahora, tras haberme tragado por fin sus casi tres horazas de metraje, puedo decir que, en mi opinión, no es ni el deleznable truñazo que algunos nos quisieron vender ni, tampoco, la revolucionaria, incendiaria y deslumbrante película con la que tenía la esperanza de encontrarme. Leer más…
‘Fell On Black Days’ rezaba el título de uno de los grandes himnos de la época clásica de Soundgarden. Porque en la música de la banda de Seattle no había medias tintas, todo era prácticamente negro tenebroso, en una mágica exploración a través de música y letras de la complicada y turbia psique humana. De vez en cuando, este profundo negro mutaba repentinamente en un blanco cegador, con sus siempre pletóricos aportes melódicos, lo que hacia del conjunto una utilización maestra del contraste entre dos caras que siempre se mostraban en su máxima expresión. No cabía ni un ligero matiz del resto de la paleta cromática.
Ya en su momento os contamos las enormes ganas que teníamos de su regreso, 15 años después de su disolución, y su reaparición en España en directo en el Sonisphere de Getafe, que dejó opiniones para todos los gustos. Pues bien, ahora nos enfrentamos a lo más relevante, su esperadísimo retorno discográfico con ‘King Animal’. Anhelábamos contar de nuevo con Soundgarden en el circo del rock, pero no es menos cierto que ante este tipo de regresos el fan siempre alberga un miedo interior a que nada vuelva a ser como antes, es decir, a que ese sagrado nombre que creías no iba a ser nunca manchado, te decepcione y te haga mirarlos bajo otro prisma menos apasionado y más cínico.
Comienza la escucha y la impresión es buena. ‘Been Away Too Long’ es un primer single perfecto para el disco. La mente se retrotrae a demasiados años atrás cuando escuchas la prodigiosa voz de Chris Cornell -siempre he pensado que las guitarras fuertes era el acompañamiento perfecto para ella- , la inconfundible guitarra de Kim Thayil y la exhuberancia rítmica de un maestro de la percusión como es Matt Cameron, todo ello bajo la eficaz y maximalista producción de Adam Kasper (en una onda mucho más cercana al Michael Bierhorn de ‘Superunknown’ que al Terry Date de ‘Badmotorfinger’ o a la producción del propio grupo en ‘Down on the Upside’). La canción funciona perfectamente, es más sencilla de lo que es habitual en la banda, pero es enérgica y contiene un muy buen estribillo. No decrece la satisfacción con ‘Non State Actor’, sobre todo por ese gran riff, tan original como inconfundible para un buen seguidor de Soundgarden. Con la de guitarristas mediocres que hay en el mundo, que Thayil haya estado tanto tiempo en el dique seco es algo que no nos podemos volver a permitir Leer más…
Oscar 2013: la venganza de Ben Affleck
En los Premios Oscar 2013 había dos guiones escritos: uno, demasiado caprichoso e incierto, había sido propuesto por la Academia el pasado 10 de enero, cuando hizo públicas unas “extrañas” nominaciones que dinamitaban la lógica de la carrera por los grandes galardones al ningunear en el apartado de dirección a favoritos tan obvios como Ben Affleck , Kathryn Bigelow o Tom Hooper y colocar una “falsa” alfombra roja a Steven Spielberg y su “Lincoln”, principal aspirante en ese momento merced a sus doce distinciones. El segundo libreto, más aplastantemente realista, es el que se ha ido gestando durante la carrera hacia el Dolby Theatre, con paradas en los Globos de Oro, los Bafta, y los premios de los Sindicatos de Actores, Productores y Directores, y ahí ha habido poco espacio para la sorpresa. El veredicto es unánime: “Argo” es la mejor película de 2012. La Academia, probablemente a regañadientes, ha tenido que subirse al carro de la inercia, proclamar el triunfo a los puntos de la cinta de Ben Affleck (aunque con uno de los botines más escasos para una gran ganadora: tres estatuillas –película, guión adaptado y montaje-) y repartir democráticamente el resto de galardones.
La victoria de “Argo” también se puede interpretar como una pequeña venganza del ahora barbudo cineasta contra una Academia cuyos criterios selectivos han quedado puestos más en evidencia que nunca, porque es imperdonable que una película que, por encima de sus actuaciones o del guión, es un triunfo del director (y del montador), no estuviese nominada precisamente en la categoría en la que más brilla. Dejar fuera de la terna de aspirantes a Affleck en beneficio del David O.Russell de “El lado bueno de las cosas” o del todavía demasiado tierno Behn Zeitlin era una broma de muy mal gusto que solo podía explicarse como un castigo por los pecados del pasado, es decir, por dilapidar el crédito obtenido con el Oscar de “El indomable Will Hunting” en tantas y tantas interpretaciones mediocres en proyectos de medio pelo. En El Cadillac Negro nos alegramos por el éxito de “Argo”, gran cine de entretenimiento adulto rodado con pulso narrativo férreo que no inventa nada pero que lo que hace lo hace muy bien, y sobre todo celebramos la consagración definitiva del Affleck director, al que solo le falta dejar de ponerse delante de la cámara en sus propias películas para ser realmente grande. “Adios, pequeña adiós”, protagonizada por su hermano pequeño Casey (últimamente muy desaprovechado), es el ejemplo a seguir. Leer más…
‘No’: la publicidad al poder
Todos esos numerosos admiradores de la multipremiada ‘Argo’, esos que tengan ‘mono’ de otro ‘thriller’ que les haga conocer una realidad histórica no demasiado sobada de manera muy entretenida no harían mal en echar un vistazo a ‘No’, el filme del chileno Pablo Larraín que ha logrado colarse, por primera vez en la historia del país sudamericano, en las nominaciones al Oscar a Mejor Película de Habla No Inglesa. Seguramente se llevarán una agradable sorpresa.
No esperen niveles semejantes de tensión a los de la película de Ben Affleck, pero aunque en principio el filme parece querer vestirse de drama costumbrista, en su corazón late oculto un ‘thriller’ que poco a poco se irá desvelando como tal, apartando subtramas familiares que quedan pronto amputadas. La acción se sitúa en el Chile de 1988, cuando la dictadura de Augusto Pinochet, presionada por las instituciones internacionales, decide lavarse la cara convocando un plebiscito sobre la continuidad del régimen, que éste esperaba ganar sin problemas. De este modo, ven la luz dos campañas enfrentadas: la del ‘sí’, que propugna la continuidad de Pinochet, y la del ‘no’, cuya victoria provocaría automáticamente la convocatoria de unas elecciones democráticas.
René (un entonado Gael García Bernal) es un joven publicista de éxito que cargará, pese a sus iniciales reticencias, con el peso de la campaña del ‘no’. Dura tarea, puesto que René tendrá que partir de cero con un conjunto de fuerzas políticas tan variadas como disgregadas y sin experiencia en estas lides y, además, lograr destacar lo suficiente tanto con el logo y demás elementos de mercadotecnia como, especialmente, en los breves quince minutos diarios en televisión con los que cuenta la facción para promocionarse. Y hacer todo ello en secreto, ya que su propio jefe es el que lidera la campaña del ‘sí’, a lo que se unen unas circunstancias personales -está separado y tiene a su cargo a su hijo- poco propicias. Leer más…
Mi compañero Rodrigo hacía en su crítica de “Django desencadenado” un ejercicio memorístico que le llevaba a aquel 1994 en el que “Pulp fiction” irrumpió en las salas de cine como un tsunami para convertir a Quentin Tarantino en “lo más ‘cool’, lo más moderno, lo más transgresor, en definitiva, lo más de lo más”. Y, como ocurre con todo acontecimiento que rompe la baraja y propone nuevas reglas de juego (loadas por muchos, repudiadas por otros tantos), los imitadores no tardaron en proliferar como las setas, propiciando toda una avalancha de thrillers ultraviolentos salpicados por un delirante sentido del humor y armados de una narrativa juguetona, en los que ciertamente era complicado separar el grano de la paja. Algunos de ellos, como Robert Rodríguez o Guy Ritchie, se lo montaron muy bien y consiguieron hacer carrera, pero muchos otros cayeron en el olvido al mismo tiempo que la moda “tarantiniana” fue declinando poco a poco tras exprimir la fórmula hasta el agotamiento. El propio Tarantino fue lo suficientemente inteligente como para desmarcarse del modelo “Reservoir dogs” y reinventarse en el díptico “Kill Bill”, que mantenía la esencia de su cine pero que exploraba otros caminos estéticos.
Pero de vez en cuando todavía surgen cineastas que nos recuerdan al primer Tarantino y al cine americano más “moderno” de los 90, e incluso entre mucha mediocridad alguno parece tener algo más, algo que, intuimos, podría hacerle especial. Ese es el caso del británico Martin McDonagh, ganador de un tempranero Oscar por el cortometraje “Six shooter”, que firmó una de las sorpresas más agradables de 2008 con “Escondidos en Brujas”, un thriller trufado de muchos “tics” tarantinianos pero que sabía revestir la comedia gangsteril con una capa de existencialismo y sensibilidad dando como resultado un cuento navideño negro, insólito y estimulante, un perfecto ejemplo de película “de culto” que podrían haber firmado los hermanos Coen, ese otro tótem del cine USA cuya sombra también es muy alargada. Su segundo largometraje, este “Siete psicópatas” que nos ocupa, mantiene a McDonagh como una de los cineastas más prometedores del nuevo cine de autor con ínfulas comerciales, aunque seguimos pendientes de que moldee definitivamente su propia voz y encuentre un estilo enteramente personal, libre de deudas con sus ilustres referentes. Leer más…























