
Uno lo tiene terriblemente fácil/difícil cuando intenta escribir unas líneas sobre uno de los mejores y más importantes discos de la historia del rock. Quizás lo más sencillo sea empezar por el principio, por MI principio, y es que «Sticky Fingers» fue el primer álbum de los Rolling Stones que escuché, y me refiero a disco como tal, obviando canciones sueltas o incluso recopilatorios. De esta forma, empezar directamente por su mejor disco* hizo que caer rendido ante ellos fuera la respuesta más evidente y fácil. Por comparar con los Beatles, y prometo que va a ser la última vez que lo haga en todo el texto, el primer álbum que escuché de aquellos fue el «White Album», por lo que en ese caso fue más meritorio el comulgar de inmediato con otro de los grandes nombres de la música.
*Primer aparte valorativo: Lógicamente, hablar de «mejor disco» en un grupo de esta trascendencia es algo subjetivo y debatible. No obstante, no acepto que no se incluya «Sticky Fingers» siempre entre sus tres mejores obras (aunque realmente no creo que nadie haya osado hacer eso), y entre este, «Let it bleed» y «Exile on Main St.» puedo aceptar cualquier opción. Incluso, ya como una debilidad personal, incluiría el «Some girls» para completar el póker definitivo de Sus Satánicas Majestades (y sé que bordeo el sacrilegio al dejar un peldaño por debajo “Aftermath” y «Beggars Banquet»).
Como decía, en una edad aún fácilmente epatable y ávido de energías a las que agarrarme, los primeros fogonazos de «Brown Sugar» (aunque esta era una de las que ya conocía) rápidamente me hicieron identificarme con lo que se me iba a ofrecer, si bien mi sorpresa fue mayúscula y bienvenida cuando descubrí entre los evidentes fogonazos de rock ‘n roll de la ya nombrada «Brown Sugar» o «Bitch» el irresistible blues y el delicioso country que inunda el disco, sonidos por entonces casi nuevos para unos oídos todavía en fase de aprendizaje. Desde entonces, «Sticky Fingers» se quedó como mi disco preferido de los Stones y hoy en día, ya con un buen puñado de horas de vuelo a las espaldas, sigue siendo uno de los que siempre nombro y nombraré ante la impertinente pregunta de «¿Cuál es tu disco favorito de siempre?».

Vivimos una era donde los horizontes del panorama televisivo se expanden hacia el infinito sin miedo a topar con una pared de ladrillo. Una etapa donde David Lynch ha vuelto a revolucionar el formato, donde las plataformas de contenido crecen y crecen, donde la diversidad, tanto temática como humana, cada vez es mayor en las historias contadas y donde los puntos de vista han dejado de ser exclusivos. Sin embargo, sigue existiendo cierto tabú a la hora de hablar de las series de animación para adultos. Un tabú que cada vez es más pequeñito, pero que sigue estando ahí, detrás de cada «no empatizo con dibujos animados». Es, en cambio, un género muy reivindicable que cada vez nos brinda productos de mayor calidad y complejidad, que tras décadas de recorrido se ha ido ganando su credibilidad por mérito propio.
Podríamos quedarnos a divagar en el rotundo éxito y la longevidad de «Los Simpson», en los maratones de sobremesa de «Padre de familia», en los innumerables animes que ha dado parido la historia del audiovisual, en el humor gamberro de «Rick y Morty» o un sinfín de productos que forman parte del canon televisivo. Hoy, en cambio, venimos a hablar de «Bojack Horseman», que lejos de ser sólo una serie, es ni más ni menos que la razón más concluyente de que a veces este formato es necesario, y una obra a reivindicar porque, por más que el mundo haya oído hablar de ese potro decadente de Netflix, sigue siendo una gran desconocida con menos espectadores de los que cabría esperar.
«El mismo cielo»: el infierno sobre Berlín

No podemos dejar de regocijarnos por el gran año que nos está proporcionando la ficción televisiva estadounidense. Grandes acontecimientos del verano como el desenlace de «Twin Peaks» y esa enérgica séptima temporada de «Juego de tronos» se vieron precedidos de una excelente cosecha primaveral de la mano de una sugestiva mezcolanza de veteranos y noveles («The Leftovers», «The Handmaid’s Tale», «Feud», «Big Little Lies», «Master of None»…) que han conseguido enterrar en el recuerdo nuestras pequeñas decepciones, que, ojo, también las ha habido.
Esta avalancha cuantitativa y cualitativa americana hacen que, incluso involuntariamente, ignoremos el resto del mercado internacional, algo comprensible pero también muy injusto ante el nivel cada vez más alto con que nos sorprende un crisol de producciones de enorme variedad y de las más distintas procedencias, más allá de las fronteras del territorio que preside Donald Trump. Bien, hemos decidido involucrarnos en esa causa aunque sea minimamente y destacar una de las obras más ambiciosas con la que nos ha sorprendido este 2017 en el Viejo Continente: la germano-británica «El mismo cielo (The Same Sky)». Leer más…
Un rockero en la corte de ABBA
Difícil papeleta se le presenta al aficionado a la música de cierta veteranía. Siempre toca debatirse entre dos opciones. La primera, ir siguiendo puntualmente los nuevos lanzamientos de esa ingente cantidad de músicos y grupos favoritos que ha ido acumulando durante años y años. Antes la situación era más fácil: al igual que iban surgiendo nuevas bandas iban muriendo otras y el número de formaciones al que seguir se mantenía más o menos estable. Pero, en la actualidad, la fiebre por la nostalgia -que ha supuesto toda una tabla de salvación para la maltrecha industria discográfica- ha provocado que prácticamente no quede ningún grupo legendario sin su correspondiente reunión y, por tanto, nuevos discos a los que atender. Además, el lanzamiento de reediciones y revisiones varias del legado histórico son cada vez más numerosas y es otra fuente de lanzamientos al que estar atentos. Por otra parte, viene la segunda opción: el ansia de expandir nuestro universo musical nos hace seguir sedientos de descubrir nuevo material en terrenos inéditos hasta ese momento. No sólo se trata de estar atentos a la ya de por sí inabarcable actualidad musical y los nuevos grupos que van surgiendo, sino a ir rellenando huecos que hemos ido dejando en nuestro caminar por la historia de la música.
En esas estaba un servidor, abriéndose paso como podía para poder abarcar los nuevos lanzamientos de mis grupos emblema cuando atisbé en una tienda de discos -sí, aún quedan- un apetitoso cofre que contenía todos los álbumes de estudio oficiales de ABBA. Nunca había tenido mayor contacto con el cuarteto sueco que la inevitable escucha de sus grandes ‘hits’, algunos de ellos a altas horas de la madrugada y en un cuestionable estado. Curioso que es uno, vi inmejorable la oportunidad de adentrarme en un universo adorado por millones de personas en todo el mundo -algunas de ellas de fiable criterio- y por el que siempre había estado tentado. Pensado y hecho, el cofre se fue directo a caja y en apenas unos minutos pasé de ser un absoluto desconocedor de su obra a un ‘orgulloso’ poseedor de su legado completo. Leer más…
The Doors: el blues de la hija M’Gill
The Doors están unánimemente considerados como uno de los grupos más importantes de la historia del rock, si bien en ocasiones la extraordinaria e inigualable personalidad de Jim Morrison ha llegado a eclipsar los valores estrictamente musicales de la banda. Intentando obviar esta arrolladora e icónica presencia, en nuestro primer artículo dedicado a este legendario grupo vamos a intentar centrarnos casi únicamente en su música, focalizando en el disco «Morrison Hotel» y concretando la visión más aun en el tema que cerraba aquel álbum, «Maggie M’Gill». Para tal tarea tenemos el lujo de contar con Carlos H. Vázquez, reconocido periodista musical que ya ha dejado sus letras en publicaciones como Esquire, Popular 1, Forbes, Efeeme o el programa «Hoy por hoy» de la Cadena Ser, y de su vasto conocimiento de la historia musical y su sobresaliente pluma nos valemos para sumergirnos en los sonidos más blues de, señores y señoras, The Doors.
Al volante: CARLOS H. VÁZQUEZ
Romperse por las costuras cuando la pena aprieta y el blues descose los hilos. Expresar cantando que algo se ha enquistado y que la manera de hacerlo salir es así, con música y una letra que cuente la causa de la pena mayor. El blues, el flamenco, el rock, el pop… Canciones que tienen tanto drama como «La piedad» de Miguel Ángel.
Cuando The Doors entraron a grabar «Morrison Hotel» (Elektra, 1970), el que iba a ser su quinto trabajo de estudio (el penúltimo con Jim Morrison), no estaba claro qué era lo que tenían entre manos. «The soft parade» (Elektra, 1969) había dejado seco al grupo y los últimos años de la década de los sesenta no estaban -históricamente hablando- como para desperdiciarlos: la Guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, la llegada del Apollo 11 a la Luna… Un flujo de hechos históricos que saturaron seseras y le dieron la vuelta a más de una persona, sobre todo en Estados Unidos.
Volver a la carretera y buscar las raíces de lo que te defiende contra el mundo. ¿Cuántas veces ha estado el planeta tan jodido? El blues, como el martinete flamenco, viene del canto provocado por la esclavitud; unos recogían algodón y otros trabajaban el yunque en la fragua. Es casi lo mismo. De hecho, hubo pulmones que estuvieron pagando las hipotecas de mil vidas acostumbradas al dolor, a la pérdida, al sufrimiento, a la muerte, al demonio, a las mujeres (u hombres), al dinero, la noche… “Creo que en este país seguimos volviendo al blues y al country porque son nuestras dos formas musicales indígenas. ¿Sabes lo que podría pasar? Que las grandes mentes musicales del pasado que se han vuelto clásicas podrían entrar en terrenos populares”, explicaba en 1969 para Rolling Stone Jim Morrison quien, por entonces, encarando el final de su carrera musical, quería ser más bluesman que poeta: «Morrison Hotel» y «L.A. Woman». No hay que olvidar que sin Morrison como vocalista los tres componentes que quedaban de The Doors (Robbie Krieger, Ray Manzarek y John Densmore) publicaron «Other voices» (Elektra, 1971) y «Full circle» (Elektra, 1972).
El 21 de mayo de 2017 quedará impreso en nuestra memoria como el día en que, veintiséis años después, una de las series más importantes de la historia regresaba a nuestros hogares. Una fecha que los más fervientes seguidores esperaron con curiosidad, con miedo, con un millón de preguntas y unas expectativas inexactas ante la falta de información sobre esa suerte de revival en el que estábamos a punto de saltar sin red. Y fue un parto exquisito. Si en los noventa esta serie marcara un punto de inflexión en el terreno televisivo, en la forma de entender la ficción serializada y en la experiencia colectiva, un David Lynch con casi tres décadas más en los huesos quiso dejar más clara que nunca su manera de entender arte y realidad en el que posiblemente quede como su testamento. Un testamento magistral.
Pero si una fecha va a representar un evento histórico en el universo de la ficción audiovisual, esa es la del 4 de septiembre de este mismo año: el día en que acabó «Twin Peaks». Escribo estas líneas unas veinticuatro horas después de haber visionado el episodio doble que pone cierre a esta historia de demonios y personajes de antología y aún tiembla un poco el pulso. Aún se siente el nudo en la garganta de la despedida. Aún no hemos terminado de dar vueltas a unos sesenta segundos de metraje que pueden significarlo todo en este universo. Podrían ser años, podrían ser siglos. Y si el mundo sigue en pie en un tiempo muy lejano, habrá quien siga intentando averiguar qué quiso decirnos el genio y será lo de menos. Hoy entendemos muchas cosas y poco tienen que ver con la trama. Esto es parte de algo mayor, algo mucho más grande. Algo único. Leer más…
«La seducción»: domesticar al animal

Si estuviera leyendo esto hace 14 años, en el 2003 de aquella excepcional «Lost in Translation», me parecería simplemente increíble esta afirmación, pero así de tozuda es la realidad. No había visto nada de mi otrora reverenciada Sofia Coppola desde aquella discutida «María Antonieta» que un servidor, aún consciente de que no era su mejor obra, se dedicó a defender ante las exageradas críticas que recibió. Sin embargo, obviando ese tibio especial navideño de Netflix sobre Bill Murray llamado «A very Murray Christmas», había pasado por alto las posteriores «Somewhere» y «The Bling Ring» y llego así con pocos referentes de su actual estado de forma a su flamante regreso a la cartelera con «La seducción».
No en pocas ocasiones la vástaga del maestro Francis Ford había basado sus guiones en conocidos libros, pero «La seducción» se trata de la primera ocasión en la que la cineasta adapta una obra tan conocida como «A painted devil», de Thomas P.Cullinan, especialmente famosa por la adaptación cinematográfica que realizara en 1971 Don Siegel con Clint Eastwood como protagonista.



















