«Aliados»: amar en tiempos revueltos
Segunda Guerra Mundial, Casablanca. ¿Les suena, verdad? Pues a Hollywood también. Y ha pensado que una buena opción comercial puede ser la de reverdecer los años dorados de los grandes estudios y utilizar una estrategia infalible en aquellos tiempos: dos grandes estrellas, un escenario exótico, una trama de espionaje, la inevitable aparición del romance…No se asusten, no estamos ante un temido ‘remake’ de la mítica película de Michael Curtiz, sino ante «Aliados», la nueva obra de todo un veterano empeñado en volver a ser protagonista: Robert Zemeckis. Y esto está más cerca, salvando las distancias, de la «Encadenados» de Hithcock que del filme que encumbró para siempre a Humphrey Bogart.
Tras desperdiciar casi toda la década pasada empeñado en fomentar su amada ‘performance capture’ en cintas animadas con tan poco peso como «Polar Express» o «Beowulf», Zemeckis lleva embarcado en lo que va del presente decenio en una esforzada redención, haciendo lo que se espera de un director con tanto pasado detrás. Un cine adulto, basado en historias reales, con la espectacularidad exigible como para explotar su innegable talento visual y con la suficiente profundidad para el que parece ser su objetivo actual: volver a protagonizar una gala de los Oscar, como ya lo hiciera en 1995 con «Forrest Gump». Lo intentó sin éxito con las estimables «El vuelo» y «El desafío» y ahora redobla la apuesta con esta «Aliados». Leer más…
Freddie Mercury, que estás en los cielos
El año del grunge. O del estallido del grunge. Así es como muchos recordarán 1991. Nirvana prendieron la mecha un 24 de septiembre con la publicación de “Nevermind”, pero había reservas de pólvora escondidas de sobra, y Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains y compañía contribuyeron a que la explosión fuese de tal magnitud que acabaría arrasando con todo a su paso. Y ya nada volvería a ser igual. Otros quizás recuerden 1991 como el año en que Metallica y Guns N’ Roses, o Guns N’ Roses y Metallica, se convirtieron en las bandas más poderosas del planeta, iniciando una encarnizada lucha por el trono que no llegó nunca a solventarse con un vencedor claro. Pero cómo no mencionar también que aquel año se publicaron obras tan emblemáticas como “Achtung Baby” de U2, “Out Of Time” de R.E.M., “Blood Sugar Sex Magik” de Red Hot Chili Peppers, “Screamadelica” de Primal Scream, amén de los debuts discográficos de unos tales Blur, The Smashing Pumpkins o Massive Attack… Yo, que en agosto de 1991 cumplí 12 añitos, compraría entonces algunos discos que disfruté muchísimo en su momento y puedo seguir haciéndolo ahora sin complejos, un cuarto de siglo después; cositas como “Dangerous” de Michael Jackson, “Waking Up The Neighbours” de Bryan Adams, “Joyride” de Roxette, “We Can’t Dance” de Genesis… 1991 fue un año cargadito de hitos en lo musical, tantos que nos llevaría un post entero y quizás ni con esas le haríamos justicia, así que hagan ustedes memoria, o echen un vistazo aquí sí necesitan que se la refresquen. Pero para mí, sobre todo lo demás, 1991 fue, es y será siempre el año en que murió Freddie Mercury. Del mismo modo en que, transcurridos apenas diez días de este 2016, sabía ya que siempre lo recordaría como el año en que murió David Bowie. Ya podía ser un año especialmente aciago en cuanto a defunciones (como así está siendo) o aunque pudiesen acontecer un montón de cosas determinantes (que tampoco ha sido el caso). Qué pupita hace ahora escuchar “Under Pressure”, ¿verdad?
No hace falta que nos fijemos en otras disciplinas artísticas o culturales, ya sólo en el terreno de la música hemos perdido muchos ídolos. Muchísimos. El más reciente, hace sólo un par de semanas, el señor Leonard Cohen (el padrino de este blog). Por desgracia, es ley de vida, tenemos que hacernos a la idea de que cada vez será una cosa más frecuente. Unos se fueron de manera más prematura, otros después de haber disfrutado de una larga y próspera existencia, pero siempre nos parece demasiado pronto cuando hablamos de esos tipos y tipas que nos proporcionaron tan buenos ratos, que nos acompañaron en los buenos y malos momentos, o incluso en ocasiones, de alguna manera, nos cambiaron la vida. Y ninguna muerte es más “importante” que otra, pero sí es cierto que las de algunos artistas nos sacudieron de tal forma que podríamos decir que incluso trascendieron lo musical. Y lo hicieron a nivel planetario. Es ese triste y selecto club al que pertenecerían Elvis Presley, John Lennon, Michael Jackson… y también Bowie, y por supuesto Mercury. Esto lógicamente es una impresión muy personal. Porque Queen, además, es el grupo de mi vida. Y eso, para alguien tan melómano y mitómano como yo, es decir mucho. Ésta es la cuarta vez que escribo sobre la banda, o algo relacionado con ella, en el Cadillac, y me parecen pocas. Durante una etapa de mi vida, precisamente tras la muerte de Freddie, no escuchaba prácticamente nada más y se convirtieron casi en una (creo que sana) obsesión. Mi mujer y yo nos casamos en Las Vegas hace cinco años, pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza hacerlo caracterizados como Marilyn y Elvis: ella iba vestida de Campanilla y yo con el célebre traje de Freddie Mercury en la gira The Magic Tour. Así que tengo que reconocer que Freddie, pese a tener uno tantísimos ídolos, está por encima de todos. Se cumplen ahora 25 años de su muerte. Entonces mi pilló como decía con 12 añitos, y ahora me veo plantado en los 37. Más de dos tercios de mi vida han estado marcados por su recuerdo, su música nunca ha dejado de acompañarme y mi admiración hacia él nunca ha dejado de crecer. Cualquier homenaje que uno intente rendirle difícilmente podría hacerle justicia y eso da algo de vértigo, pero algunas fechas es imposible dejarlas pasar por alto, así que de algún modo hay que hacerlo. Lo que les propongo es una selección, faltaría más, totalmente subjetiva y personal y a todas luces insuficiente no de los que yo creo que son sus mejores temas, pues ni siquiera estarían aquí muchos de mis favoritos, sino de algunas interpretaciones en las que me parece que él estuvo especialmente sublime. O bien me dejaron una huella más profunda, por los motivos que fuesen. O quedé tan atónito y deslumbrado la primera vez que las escuché que lo recuerdo casi como si hubiese sucedido ayer mismo. Aquí lo más importante es la experiencia vital de cada uno, y la memoria juega siempre un papel determinante. De la mía, con mucho pesar por dejarme tantas cosas fuera, extraigo estas 16 canciones que en un principio iban a ser 15. Encantado estaré, por supuesto, de que compartáis cuáles serían las vuestras. Leer más…
«La llegada»: el lenguaje universal
No hace tanto sacábamos nuestra bilis a pasear ante la confirmación de que se iba a rodar la secuela de «Blade Runner». Por fin, el extenuante Ridley Scott lo había conseguido, tras años de amenazar con el proyecto. Como siempre que se anuncia una secuela/precuela/’reboot’ de uno de nuestros buques insignia cinematográficos -y esto es algo demasiado habitual hoy en día- montamos en ira, no sin bastante razón. Sin embargo, la situación cambió radicalmente cuando conocimos que Scott iba ceder la silla de director a, nada más y nada menos, que Denis Villeneuve. Algo muy bueno tenía que haber visto uno de los grandes cineastas de la actualidad para meterse en semejante embrollo -o eso o es un suicida peligroso- después de haber ido incrementando su prestigio exponencialmente a cada paso que da. La guinda de un atractivo reparto puso la guinda para que, definitivamente, picáramos el anzuelo y estemos ya ansiosos para conocer el resultado de esa arriesgada empresa.
En esas estábamos, y con la efectiva «Sicario» aún relativamente reciente, cuando, casi sin avisar, se nos ha plantado una nueva obra del canadiense en la cartelera, «La llegada», su debut en la ciencia ficción, que bien podría pasar como un ensayo general de lo que está por venir, aunque más allá de compartir género, no creemos que vaya a tener que ver demasiado que ver con su próximo proyecto. «La llegada» cuenta, como bien indica su parco título, ese ansiado aterrizaje de naves extraterrestres en nuestro querido planeta, pero lo hace de una manera muy diferente a la que el Hollywood más comercial nos ha ido acostumbrando a lo largo de los años y de las décadas. Leer más…
El talento genuino siempre sale a relucir. No obstante, resalta mucho más si se le hace contrastar con su ausencia. Lo puede testificar un servidor, cuando se sometió a un maratón cinematográfico repleto de decepciones, planteamientos mediocres, realizaciones planas y ambiciones desmedidas en proyectos absolutamente insuficientes. De pronto, como un agradecido oasis en el más tórrido desierto apareció «Midnight Special», la cuarta y ya penúltima -acaba de ser estrenada en EE.UU la muy prometedora «Loving»– película de Jeff Nichols, y uno pudo por fin disfrutar de lo lindo y congraciarse con el cine de verdad.
Maltratado por los distribuidores españoles -el estreno de «Midnight Special» se ha producido de tapadillo en dos únicas salas- , el joven Nichols se ha destacado con sus anteriores «Take Shelter» y «Mud» -ambas magníficamente analizadas por mis compañeros aquí y aquí– como uno de los directores más prometedores del cine estadounidense. Su nueva obra, su debut en una ‘major’ como Warner, se presentaba así como una reválida para ascender definitivamente en el escalón. Y en lo que a un servidor respecta…lo ha conseguido con creces. Leer más…
Pixies: el sueño del mono loco
«Me enfadé mucho el día en que me enteré de que Pixies se separaban. Vaya desperdicio. Les veía un futuro inmenso. Igualmente, me enfadé cuando escuché “Nevermind” de Nirvana. La estructura de las canciones era un saqueo a Pixies en toda regla.» David Bowie
«Intenté escribir la canción pop perfecta, y básicamente me dediqué a copiar a Pixies.» Kurt Cobain
El riff de guitarra agrio y agresivo de la entrada, la estrofa calmada sostenida sobre un pulso rítmico muy subrayado, la repetición de una frase como un mantra obsesivo y el estallido de energía del estribillo violento, vociferante, consciente de ser el instante culminante de toda canción pop que se precie. Loud-Quiet-Loud. Esa era la fórmula de “Smells Like Teen Spirit”, la canción que dinamitó la barrera que separaba el underground del mainstream y definió las reglas del planeta rock para la década de los 90. El tema, sí, era de Nirvana, pero la fórmula era un atraco perfecto, aunque ese pequeño detalle en realidad no le importaba a nadie, salvo quizás al puñado de fans de los Pixies que, como el propio Bowie, se percataron de la descarada maniobra de rapiña. Pero, amigo, triunfar en el juego discográfico no es una cuestión de llegar primero sino de saber llegar, y Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering llegaron demasiado pronto. En los Pixies colisionaba la velocidad agresiva del punk, el calambre electrizante del rock y la dulzura melódica del pop, todo ello mezclado y agitado en un brebaje lunático que sabía a veneno y a antídoto, y era (continúa siendo) peligrosamente adictivo. Sin embargo también eran demasiado bizarros, demasiado psicóticos, demasiado adelantados a su tiempo, a una industria que en la segunda mitad de los 80 todavía necesitaría unos años para asimilar la transformación que se estaba cociendo en los sótanos del rock alternativo, a espaldas del top 100 de Billboard y las radiofórmulas convencionales. Para cuando apareció “Nevermind” en 1991 las cargas de dinamita ya estaban colocadas y sólo se necesitaba encender la mecha. La MTV contribuyó con la rotación intensiva del vídeo del gimnasio y las animadoras anarquistas, y el oportuno aura de hermoso maldito de Kurt Cobain (tan opuesto al de Black Francis) hizo el resto. La ironía es que para cuando la coyuntura por fin era la idónea para que el mundo acogiera y abrazara a los Pixies, éstos ya estaban a punto de desaparecer.
Pero el tiempo, a veces, también sirve para corregir injusticias históricas, y al igual que ocurrió antes con la Velvet Underground, durante el transcurso de los 90 prácticamente todo aquel que pintaba algo en la escena independiente (desde Radiohead hasta Pearl Jam, pasando por Smashing Pumpkins o PJ Harvey) admitió sus deudas y su gratitud hacia el legado de los de Boston. El boca a oreja permitió que muchos aficionados descubrieran a la banda y se generara un fenómeno de culto, de modo que empezó a disfrutar de una popularidad impensable durante el tiempo en el que estuvo en activo. Una recopilación publicada en 1997, “Death to the Pixies”, reunía un puñado de aldabonazos imbatibles que funcionaba como perfecto pórtico de entrada al universo de los duendes para todos aquellos que, como un servidor, no pudieron o no supieron escucharles en vida. Ya en pleno siglo XXI, Pixies también fue de los primeros grupos indies emblemáticos que se acogieron al fenómeno del revivalismo nostálgico (tradicionalmente adscrito a los viejos dinosaurios de los 60, 70 y 80), es decir, el de reunirse, tocar sus viejos “hits” ante un público que en su inmensa mayoría no llegó a verles en directo en su época de esplendor, tomar el dinero y a correr. Y en los últimos años la publicación de nuevas canciones han dividido al fandom entre quienes se rasgan las vestiduras ante unos anexos indignos e innecesarios a una discografía que se consideraba perfecta y entre los que acogemos de buen grado el nuevo material a sabiendas de que en el mejor de los casos será un decente eco de tiempos infinitamente mejores. Aprovechando la nueva visita a nuestro país (Barcelona, este 20 de noviembre) y que todavía está reciente su último disco, “Head Carrier”, os invitamos a acompañarnos en un recorrido por la trayectoria de los Pixies de la mano de 15 de sus mejores temas. Leer más…
«Black Mirror»: fucking user_
Con su llegada a Netflix, o quizás precisamente por su llegada a Netflix, «Black Mirror» ha dejado de ser la serie considerada unánimemente extraordinaria y ‘cool’ para empezar a sufrir sus primeras críticas, de la misma manera que ha logrado condición de ‘must’, convirtiéndose en una de las series de la temporada, en una de las series que «tienes» que ver si quieres «estar» y «ser». Pero más allá de modas y postureos, lo cierto es que los siete primeros episodios de «Black Mirror», repartidos en dos temporadas (crítica temporada 1 – crítica temporada 2) más un especial de Navidad, con sus irregularidades y evidentes diferencias de calidad entre algunos de los episodios, dejaron un regusto excepcional y unas ganas/ansias por tener más entregas de este proyecto llevado a cabo por Charlie Brooker. De esta forma, el anunciado acuerdo con Netflix para producir y albergar dos temporadas más de seis episodios cada una supuso alimento para las expectativas a la vez que maná para los ‘haters’ que inevitablemente surgen cuando algo alcanza un estatus más o menos popular, y «Black Mirror» no iba a ser una excepción.
A estas alturas seguro que ya sabes de qué va la película: los peligros de la tecnología en la sociedad, provocando la deshumanización en un futuro que quizás ya es presente, unas sociedades distópicas que probablemente cada vez sean más posibles, una mirada a través de un espejo podrido de pesimismo que alberga muy poca luz o esperanza para con la raza humana. Es muy probable que, de estar interesado en estas líneas, ya hayas visionado esta nueva tanda de capítulos, por lo que no nos la vamos a coger con papel de fumar y vamos a tratar la temporada sin miramientos por revelar o no elementos de las tramas (si bien la intención tampoco es recordar qué pasa en las historias), así que bloqueo mayúsculas y le doy cursiva, negrita y todo lo que haga falta para curarme en salud y avisar: ALERTA, SPOILERS, y ya es reponsabilidad del lector continuar con estas líneas, leer hasta donde pueda/quiera o guardar este enlace para una futura relectura. Dicho esto, me he percatado de que es costumbre, no creo que del todo sana, que cuando últimamente se habla de «Black Mirror» se inicie una especie de lucha entre capítulos, tratando el análisis de los mismos como una competición entre ellos, que si «el primero es el mejor», que si «el cuarto es definitivamente lo único salvable», que si «mi orden es tres, seis, cuatro, uno …», e incluso ha empezado a ser un uso cada vez más habitual el enumerar los defectos o episodios con los que menos se ha empatizado en lugar de enfatizar los pasajes con los que más se ha disfrutado. Tampoco voy a convertirme en abogado del diablo, así que creo que, en un alarde de objetividad y equidistancia en el que inevitablemente voy a naufragar, me limitaré a destacar los que creo que han sido aspectos más destacados y puntos más débiles de los seis últimos episodios emitidos. Así que vamos a contentar/desilusionar por igual a ‘lovers’ and ‘haters’ de «Black Mirror». O ni eso.
(AVISO SPOILERS: En el Cadillac apostamos por ser un poquito más cuidadosos de lo que han sido los usuarios de las diferentes redes sociales, así que para no ir a traición como un Paul Spector cualquiera, os recomiendo fervientemente haber visto ya «Their Solitary Way», el episodio que pone cierre a este drama policial, antes de seguir leyendo.)
Durante sus tres años de recorrido, «The Fall» ha ofrecido a su relativamente fiel audiencia tres temporadas de corte bastante diferenciado, sin perder su característica oscuridad y esa frialdad que tan bien reflejada se ha visto en las calles de Belfast que recorrió el asesino al acecho de sus víctimas. En la primera tanda de episodios, emitida en 2013, esa caza anunciada en el título de la serie en español casi se convierte en algo literal. La caza de un verdugo aún sin rostro ni identidad para el equipo de investigación. Un rostro que el espectador conocía desde el minuto uno. El rostro de un hombre del que aún no sabíamos demasiado más allá de su contexto familiar y de su doble vida.
A finales de 2014, BBC2 emitió una segunda temporada de seis episodios que no sólo marcó un antes y un después por su final y la irremediable captura del culpable, sino que supuso una bajada a los infiernos de los dos personajes principales, los responsables de este baile atroz: el ya mencionado Spector (interpretado por Jamie Dornan) y la detective Stella Gibson (o esa diosa a la que todos conocemos como Gillian Anderson). Un cara a cara entre la representación del odio y la de la justicia, una violación de intimidad.
Cuando Netflix aterrizó en España hace aproximadamente un año, uno de los grandes alicientes -aparte de un catálogo que está creciendo a pasos agigantados- fue el anuncio de su intención de producir ficción propia en España. Una mirada fresca, limpia, alejada de los vicios del mercado nacional y no dependiente de dar un pelotazo en taquilla, unida al innegable talento artístico que hay en este país, hacía -y hace- albergar muchas esperanzas para un futuro cercano.
Sin embargo, cuando se suponía que este gigante pretendería generar un gran impacto con su estreno en estas lides y echar la puerta abajo, lo que ha hecho no ha sido más que abrirla silenciosamente y echar un vistazo desde detrás. Nada de grandes nombres ni ambiciosa producción (algo que, por ejemplo, sí se dio en la reciente y estimable «El asedio de Jadotville» en su división irlandesa), Netflix no debe tener todas consigo y ha decidido minimizar todos los riesgos posibles, apostando por un largometraje (evitando el prolongado esfuerzo que podría suponer una serie) de reducida duración (76 minutos) y localizado en un único escenario como es esta flamante «7 años». Leer más…























