«El regalo»: un presente con cargo al pasado
«Tú has olvidado el pasado, pero el pasado no te olvida». Esta sentencia lanzada por «el malo» (o no) es la base sobre la que se sustenta «El regalo», una película que, si bien en su tramo inicial nos remonta a los típicos thrillers de los 90 con extraños personajes que amenazan la idílica convivencia de familias aparentemente normales (recuérdense «La mano que mece la cuna», «Mujer blanca soltera busca…» o «De repente, un extraño»), con el paso del metraje se va convirtiendo en algo más, dejando de un lado los esperados giros de guión que logran que te replantees todo lo visto hasta entonces para ahondar en la psicología y los pasados de los personajes, eso sí, dejando para el final un sorprendente desenlace, no de esos que acabamos de comentar que hacen que nada de lo que creías fuera cierto, pero sí lo suficientemente espectacular y coherente como para cerrar la cinta por todo lo alto. Tampoco el factor sorpresa es la baza principal de «El regalo», ya que los descubrimientos que se van revelando están más o menos cantados desde el principio, no creo por culpa de un inocente guión, sino más bien con esa intención, no basándose así toda la fuerza del filme en conseguir epatar al público, un recurso efectivo aunque fácil. De esta forma, el film se presenta como un poco innovador ejercicio de estilo que en la concreción, la contención y el buen hacer tanto de sus protagonistas como de su director-guionista tiene sus ejes diferenciales sobre los convencionales títulos que inundan las cadenas de televisión generalistas los fines de semana a eso de las cuatro de la tarde.
Dirigida por Joel Edgerton, que en su ópera prima se reserva además la mejor interpretación de la película, con los más reconocibles Jason Bateman y Rebecca Hall completando el triángulo que vertebra toda la historia, «El regalo» consiguió un gran recibimiento en el Festival de Sitges, que precisamente otorgó a Edgerton el galardón al mejor actor. En Estados Unidos, la película logró 11 millones de dólares en su primer fin de semana y después multiplicó por cuatro su taquilla, lo que la marca como claro ejemplo de película que va ganando adeptos y fama gracias al boca-oreja, lo que a su vez demuestra las cualidades del film: grandes dosis de intriga, una narración precisa que no cae en efectismos y que te tiene las casi dos horas pegado a la butaca y un gran final que te hace salir de la sala predispuesto a recomendarla. Leer más…
«Fortitude»: el infierno de hielo
(ALERTA SPOILER: este artículo menciona de forma muy general algunos asuntos clave de la primera temporada, aunque sin desvelar detalles concretos que arruinen la sorpresa. Vosotros mismos.)
El prolongado momento dulce de la ficción televisiva también tiene sus contrapartidas. Ante el constante aluvión de interesantes producciones, aquellos que no nos conformamos únicamente con las series más masivamente aplaudidas buscamos constantemente esa joya poco conocida, con la que, además de disfrutar y poder aportar textos menos predecibles en espacios como este blog, cultivar nuestra vanidad, no nos vayamos a engañar. Y la confianza generada por esta edad dorada, nos hace a veces minusvalorar los riesgos y meternos de lleno en apuestas que no merecían tanto atención, Eso es lo que le sucedió a un servidor -atraído por la original ambientación y la inusual presencia de una estrella española como Verónica Echegui- con la serie de la Sky británica «Fortitude».
La primera secuencia no puede ser más sugestiva: observamos a un hombre siendo devorado por un oso polar (un día habría que analizar la importancia de este animal en los capítulos iniciales de las series) y que es liberado de su terrible agonía por un disparo en la cabeza efectuado por un veterano explorador que resulta ser el gran Michael Gambon. Lo peor es que este primero sea seguramente el mejor momento de todo el metraje. A partir de este momento, la trama nos presenta a la pequeña comunidad de Fortitude, un inhóspito territorio isleño noruego en el Ártico en el que, entre imponentes montañas, se inscribe un espectacular glaciar. La tranquila convivencia se vera sacudida tanto por esta muerte como por el posterior asesinato de un científico en su propio domicilio, mientras que el hallazgo mantenido en secreto de un yacimiento de cadáveres de mamuts en perfecto estado de conservación colisiona de frente con la intención de la gobernadora del lugar de construir un hotel en el glaciar para atraer turismo y riqueza. Leer más…
Un podrido porcentaje de 28% de votos positivos en Rotten Tomatoes, una demoledora nota de 4,4 en Metacritic, paladas de reseñas enojadas poniéndola a caldo sin piedad por todos los rincones de internet… echando un vistazo a los paneles de la crítica, cualquiera pensaría que estamos ante la peor película del género superheroico jamás realizada, una capaz de rivalizar de tú a tú con las ‘imbatibles’ “Catwoman” de Halle Berry o “El motorista fantasma” de Nicolas Cage y vencerlas en su propio terreno. ¿Ese es el nivel de “Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia”? ¿Realmente es así de horrorosa? Pues no. Desde luego que no es tan mala. Siendo honestos, no desentonaría en la zona media de las producciones de Marvel Studios. A nuestro modo de ver, esto de ningún modo es peor que, por ejemplo, las dos de “Thor” o “Iron Man 2”. Al parecer, el público (o al menos el público que ha votado hasta el momento en imdb o filmaffinity) tampoco comparte esa inquina general que ha generado entre la crítica, aunque eso tampoco la convierte en una buena película. Ocurre que, pese al decepcionante precedente de “El hombre de acero”, muchos albergábamos la esperanza de que de la unión por primera vez en la pantalla grande de los dos mayores iconos del cómic de superhéroes (con permiso de Spiderman) hubiese surgido una obra si no maestra sí al menos capaz de instalarse sin problemas entre la crème de la crème del género. Por tanto, lo que sí que es “Batman v. Superman” (de ahora en adelante “BvS”) es una cinta frustrante, casi siempre incapaz de igualar sus intenciones con sus resultados, emocionalmente frígida, desesperantemente dispersa y por momentos sencillamente caótica. Lo peor de “BvS” es que se intuye una estimulante película de superhéroes en su interior, pero ni el director Zack Snyder ni el guionista Chris Terrio consiguen dar cohesión a un rompecabezas excesivo, roto en decenas de piezas que se resisten a casar entre sí.
El principal problema de “BvS” es anterior a su filmación, y proviene de la necesidad de Warner de mover ficha frente al plan, comercialmente perfecto, que Marvel Studios viene orquestando desde hace varios años y que ha derivado en que el estudio propiedad de Disney parezca tener la fórmula ganadora y exclusiva sobre cómo hacer cine de superhéroes para las masas. Marvel Studios no construyó su “imperio” cinematográfico en un día, sino que se ciñó a un macroproyecto hábil y pacientemente diseñado en fases, dando salida a filmes mejores y peores pero que construían un universo compartido para confluir en los grandes eventos de “Los Vengadores”. La receta Marvel, con toda su falta de gravedad, su sano hedonismo y sus hechuras industriales, podrá gustar más o menos, pero no se puede negar que ha funcionado en su principal cometido, que es llenar las salas, y eso a pesar de no poder contar con algunas de sus figuras más emblemáticas como el lanzarredes (hasta ahora) o los mutantes, en manos de otros estudios. Mientras Marvel desarrollaba su plan, Warner lo fiaba todo primero a cerrar la catedralicia trilogía del Batman de Nolan (para un servidor, la Capilla Sixtina del género, pese a no pertenecer a él en rigor) y después a reinventar a Superman bajo las reglas conceptuales y estéticas impuestas por Nolan en la fallida “El hombre de acero” (cinta que mi compañero Rodrigo reseñó aquí). Entre medias, palos de ciego tan dudosos como aquel “Linterna Verde” que nadie quiere recordar. Hasta que alguien en Warner decidió que allí también se necesitaba un plan para DC porque Marvel amenazaba seriamente con comerse todo el pastel. El inconveniente es que ya llevaban un retraso considerable con respecto a la competencia, por lo que había que ponerse las pilas y acelerar. Aquí no iba a haber margen para una planificación en fases con superhéroes susceptibles de fracasar en taquilla. Era necesario sacar los tanques desde el principio. Marvel ha tardado ocho años en enfrentar a los dos primeros espadas de su universo cinematográfico (en la inminente “Capitán América: Civil War”); Warner lo ha tenido que hacer a las primeras de cambio. Leer más…
Break the Senses: una nueva esperanza
No dejaremos de glosar el gran momento cualitativo que vive en la actualidad el rock hecho en España pero aún quedan huecos por llenar. Es verdad que gran parte del indie cantado en español se ha convertido en la realeza del pop rock patrio (Love of Lesbian y su reciente número uno de ventas, Vetusta Morla, Lori Meyers, Manel…) y que ya en los terrenos del hard rock, el hardcore y el metal se puede competir casi de tú a tú con lo mejor de Europa. Sin embargo, más allá de la labor que hicieron en su día Dover, Sexy Sadie o Australian Blonde, ha quedado muy desierta -quizás nuestros queridos Belako sean la alternativa más clara- la plaza del rock moderno en inglés, aquel que triunfa más allá de nuestras fronteras y que aquí recibimos con júbilo y venta masiva de entradas cuando sus máximos representantes nos visitan dentro de sus giras mundiales.
Afirmar que la aparición de Break the Senses viene a llenar este vacío sería algo muy exagerado, pero sí es verdad que «Perfect Nature», el debut discográfico del joven grupo malagueño, supone un reseñable paso adelante al respecto. El sonido del grupo de las jovencísimas Rocío García (voz y guitarra) y Priscila Rey (bajo y coros) y del batería Marcelino de la Torre, ganador de concursos como el del Weekend Beach Festival, parece el resultado de unos chicos plenamente inmersos en su contemporaneidad musical que, además, han dado un amplio repaso al rock alternativo de los años noventa, siendo el resultado una mezcla de lo más atractiva. Leer más…

Podríamos decir que he seguido con mayor o menor regularidad la carrera de David Duchovny desde aquellos maravillosos años en los que comenzó a perseguir monstruos en la cadena Fox. Con más perspectiva, después de unos cuantos papeles y tras un paso del tiempo evidente (unos veinte años que se nos caen a los pies de golpe), no resulta atrevido afirmar que el actor no es un intérprete especialmente destacable ni visceral, aunque sí hay un registro en el que se encuentra especialmente cómodo y encaja a la perfección para el espectador: el humor, en el sentido más restringido posible y matizando muchísimo. Duchovny no es el rey de la comedia en su definición más amplia, sino que cuenta con la capacidad (quizá por esta razón, porque es el registro que domina) de otorgar a sus papeles un tono irónico, una facilidad para los chistes más ácidos, un aire canallesco y despreocupado en tipos que no dudan en hacer uso de la crítica mordaz. Y nos encanta. Es algo de lo que están impregnados sus papeles más emblemáticos en la televisión: el desenfado y la seguridad de Denise Bryson (Twin Peaks), el humor tras los demonios de Fox Mulder (The X-Files), el gran Hank Moody en todo su esplendor (Californication) e incluso en el actual Sam Hodiak (Aquarius), un detective incapaz de seguir las normas del cuerpo.
Hay algo que de un tiempo a esta parte he valorado en el recorrido de este actor, algo que merece la pena destacar y que creo que lo define muy correctamente. Duchovny se atreve con todo: dirección, producción, guión… Es un artista que, creativamente hablando, gusta de probar con todo lo que se ofrece y disfruta de su profesión. Bien es cierto que cuenta con un apoyo por parte de la industria, pero al César lo que es del César. Aunque esta faceta no se limita al terreno audiovisual. En mayo de 2015 publicó su primer trabajo discográfico, «Hell or Highwater», un álbum que casi nació gracias a Hank Moody y que supuso una pequeña sorpresa en algunos sectores. No va a pasar a la posteridad como uno de los mejores discos de rock de la historia, pero ese monotone tan suyo funciona a la perfección dentro de ese folk en el que se mueve. No nos demoremos más. Hoy hemos venido a hablar de su libro. Leer más…
«Love» no tiene ni puta gracia
Dicen: La nueva comedia de Netflix… La comedia madura de Judd Apatow… Comedia para treintañeros… La comedia de los ‘losers’… Un nuevo giro a la comedia romántica… La comedia más realista… Pues para mí no. Para ser comedia lo fundamental es que tiene que hacer gracia, y a mí particularmente «Love» pocas veces me hace reír. Tiene cosas interesantes, algunas incluso buenas y disfrutables, pero permítanme repetir que, gracia y originalidad, las bazas que en principio son con las que se apuesta, no demasiada. Imagino que mis expectativas eran otras, esperaba una serie divertida, liviana quizás, con la que echar unas risas y descansar un poco de otras más densas y que solicitan una mayor implicación, una comedia ligeramente inteligente que no me tratara como si fuera subnormal, pero que tampoco solicitara demasiado de mi intelecto. Pues no, si lo que esperas es eso revisa otros títulos que deambulan por las diferentes plataformas (sigue huyendo de la televisión convencional, por favor), y te recomiendo desde ya «Silicon Valley», por ejemplo. Porque cuando mejor funciona «Love» es cuando pone definitivamente el foco en el drama (aunque quizás la palabra drama suene demasiado tremenda), cuando de verdad hurga en los personajes y realmente sí puede haber cierto espejo en el televisor, y en esos momentos de dolor, de confusión, de dudas, es cuando te das cuenta ya no solo de que no te estás riendo, sino además de que lo que estás viendo no te está haciendo ni puta gracia porque está empezando a remover sensaciones agridulces por todos vividas/sufridas. Hasta entonces, ese tremendo realismo del que hablan, ese giro a las sitcom que nos están vendiendo, me parece sinceramente humo (y aburrimiento).
Y voy sospechando ya a estas alturas que lo de Judd Apatow empieza a estar más que inflado. Me explico. A la postre, el tipo este no ha dirigido más que cinco películas, a cual más normalita, y sin embargo ha conseguido que su nombre se haya convertido ya en una marca de éxito en el panorama cinematográfico mundial, algo así como lo son Quentin Tarantino o Woody Allen, ejemplos de nombres que en cuanto se asocian a algún título ya se aseguran un relativo éxito o, al menos, expectativa. Pero estos dos directores se lo han ganado a pulso, con grandes películas y un estilo perfectamente reconocible. El caso de Apatow es más curioso, ya que ninguno de sus films ha inventado nada ni son especialmente divertidos o buenos. Pero ahí está, poniendo su nombre ya sea como productor o guionista, o como mero reclamo, a un buen puñado de cintas que, de nuevo, ninguna de ellas es destacable en casi nada. Y así llegamos a lo que nos ocupa que es «Love», la serie para Netflix en la que Apatow vuelve a dejar su firma, esta vez en labores de producción y guionista, y que no es más que la extrapolación de su particular universo a la pequeña pantalla, con ligeras modificaciones que en breve apuntaremos. De cualquier modo, sentenciando rápidamente, que en muchas ocasiones es lo que se espera cuando uno se acerca a cualquier reseña:
¿Es «Love» divertida? Para mí, muy poco.
¿Entonces es mala? Tampoco. Leer más…
Charles Bukowski: la voz de los condenados
Como anunciamos hace unas semanas y coincidiendo con el cuarto aniversario de El Cadillac Negro, este año quisimos ir un paso más allá en nuestro crecimiento como medio. Es por ello que decidimos dar la bienvenida a la sección de «Viajeros ocasionales», en la que abrimos las puertas del Cadillac a amig@s y compañer@s que se pasarán de vez en cuando por estas carreteras, con cosas muy interesantes que contaros y temas muy jugosos de los que hablar con total libertad. Por supuesto, os recordamos que no nos hacemos responsables de las opiniones y palabras de estos autores y autoras, aunque toda esa retaíla ya la conocéis muy bien y no es necesario quedarse a vivir en ella. Hoy cedemos las llaves a Carlos Ruiz, cuya pasión principal es la escritura, que ejerce desde Escocia y que plasma en su blog El Hombre Uróboros, donde os recomendamos hacer una parada tras leer esta entrada.
Al Volante: CARLOS RUIZ
“Los placeres de los condenados
se limitan a
breves momentos
de felicidad”.
Dicen que hay un monstruo malvado y sediento en las calles de Los Ángeles, que moja niños en cerveza para desayunar y que tiene un harén de mujeres secuestradas en su guarida de las cloacas. El monstruo escribe en una máquina desvencijada sobre los cuerpos de sus víctimas y todas las noches araña una hora más sobre la hora de cierre y el texto toma la forma de un caballo en llamas que desgarra el cielo de California para que todos ardan con él. Décadas después el monstruo ha muerto y es un héroe para muchas generaciones, mientras tú sigues sin entender qué es lo que te has perdido. Si nos sentásemos ante Charles Bukowski (1920-1994) para preguntarle las claves de su éxito, nos respondería lo mismo que ya dijo una vez: “No estoy aquí porque tenga las respuestas, sino porque vosotros haceís las preguntas”. Nos queda, pues, indagar en su vida para descubrir por qué se sigue rindiendo culto a un estandarte de las letras norteamericanas. Leer más…
Si alguien nos hubiera dicho allá por mediados de los 90 que The Cult iban a ser en 2016 una de las bandas más estables y solventes de todo el espectro hard rock le hubiéramos tomado por un loco peligroso. Por aquella época, una vez aminorado el éxito multiventas cosechado en los años 80 con la concatenación de obras maestras formada por «Love», «Electric» y «Sonic Temple», el vocalista Ian Astbury y el guitarrista Billy Duffy se tiraban constantemente los trastos a la cabeza en medio de una preocupante indefinición musical, cambiaban miembros un día sí y al otro también y estaban mucho más pendientes de sus respectivos proyectos en solitario que en preservar con mimo una marca tan prestigiosa como The Cult.
Ni siquiera un discazo de regreso como «Beyond Good and Evil» (2001) mejoró, ante su fracaso en ventas, una situación que sólo se enderezó cuando, tras muchas intentonas, Astbury y Duffy se dieron cuenta que sólo serían verdaderamente relevantes en el mundo de la música si se acogían bajo la sombra de su legendario grupo. Un puñado de irregulares giras nostálgicas y un disco muy correcto aunque alejado de sus mejores cotas como «Born into This» (2007) sirvieron no sólo para devolver su nombre al primer plano del rock sino también para consolidar una banda verdaderamente potente gracias a la aportación de un crack como John Tempesta a la batería y el solvente Chris Wyse al bajo. Todo ello cristalizó en 2012 en un álbum tan potente como «Choice of Weapon» -glosado en su día por mi compañero Rodrigo aquí– , que mostraba a un grupo pleno de fuerza y garra que era tan fiel a sus postulados clásicos como suficientemente abiertos para plasmarlo en un sonido absolutamente actual. Leer más…






















