
Chicos, voy a contaros una historia increíble. La historia de cómo conocí a vuestro padre…no, Luke, no habéis hecho nada malo y sí, Leia, ésto tardará un rato. Aunque, en esta ocasión, prescindiremos de inusuales serendipias y paraguas amarillos, e iremos directos al grano. No hace relativamente mucho tiempo, en una galaxia hoy en día ya no tan lejana, descubrimos todo un universo de personajes y aventuras que cambiarían para siempre la industria del cine y del entretenimiento. Hasta el verano de 1980, (y con perdón de los trekkies que puedan leerme), la mejor película de ciencia ficción era «La Guerra de las Galaxias«. Para el que no quisiera saber nada más de las aventuras de Luke Skywalker, Darth Vader, Han Solo y la princesa Leia (aquella historia era auto-conclusa), esta afirmación probablemente seguiría siendo cierta a día de hoy. Sin embargo, todos los que acogimos con los brazos abiertos una entrega más, sabemos que ese primer puesto se lo ganaría con creces la primera secuela de esta saga. Una pieza maestra que ha influido en generaciones enteras de directores, actores, guionistas y amantes del cine en general.
Tras el masivo éxito de «Star Wars», la única cuestión en el aire era cuándo sería posible entregar una continuación. La dirección de este capítulo la delegaría George Lucas en el veterano Irvin Kershner; en uno de los últimos movimientos lúcidos que Lucas tendría en esta saga y que, por contra, rompería en la siguiente trilogía. Los desafíos que conllevaba esta nueva entrega eran enormes, pues el avance técnico que se requería para poder llevar a la pantalla la gran mayoría de pasajes que formaban la nueva trama, establecerían un nuevo listón en la historia de los efectos visuales. Una ardua tarea que supondría el reinado tecnológico durante décadas de la compañía IL&M, creada expresamente por y para esta saga espacial. De hecho, dado que la fecha de estreno se iría a 1980 (tres años después de «Star Wars»), George Lucas tampoco dudaría en producir en 1979 un especial navideño (un poco de benevolencia, que tiene 36 años) con el reparto principal de la saga, para que los espectadores no olvidasen la cita que les esperaba un año después. Sería precisamente a partir de 1980 cuando la pareja formada por George Lucas y Steven Spielberg empezaría a moldear (gracias a los éxitos ya adquiridos para entonces) la industria cinematográfica hasta convertirla en lo que hoy tenemos. El primero, por su apuesta total (y posterior control) por una historia que acabaría convertida en una de las más longevas y mayores minas de oro nacidas en Hollywood y, el segundo, por su inmenso talento narrativo cuyo constante éxito en todo lo que se involucraba le llevaría a ganarse el sobrenombre de rey Midas. De hecho, es muy probable que lo que presenciemos el próximo 17 de diciembre sea la fusión perfecta entre el sentido de aventura de Lucas (que se le presupone a la nueva continuación) y la sensibilidad de Spielberg; pues J.J. Abrams es seguramente el director al que Steven más ha influenciado (como ya dejó bastante claro en «Super 8«). En mi caso, de haber tenido la oportunidad (y la edad suficiente), éste podría haber sido el inicio de un emocionante relato sobre mis experiencias en el estreno de «El Imperio Contraataca«. Por suerte o por desgracia, mi tierna edad por aquél entonces no me habría permitido degustar su visionado; por lo que me vi relegado a ver las dos primeras entregas en un cine de barrio poco antes del estreno de «El Retorno del Jedi«, formando así un legend…(wait for it)…ary programa doble. Leer más…
El 18 de diciembre de 2015 muchos percibiremos, o habremos percibido (según cuando leas esto), una gran conmoción en la Fuerza, algo que no habíamos sentido desde… bueno, desde que éramos unos niños y un tipo barbudo secuestró nuestra imaginación haciéndonos soñar con mundos imposibles, valientes héroes, villanos implacables, criaturas extrañas, naves espaciales y sables láser. Ese cosquilleo previo, esa emoción creciente y apenas contenida que experimentamos los que tenemos una cierta edad antes de enfrentarnos por primera vez a “Star Wars VII: El despertar de la Fuerza” no tiene tanto que ver con el ritual de visionar una de esas películas muy esperadas (al fin y al cabo, otra más), sino que en realidad proviene del reencuentro de ese niño que nunca hemos dejado de ser con un universo al que, a pesar de los muchos años y vivencias transcurridos, siempre hemos pertenecido. Por eso, ese simple “Chewie, we’re home” que pronuncia Han Solo en el teaser nos hizo sentir como Proust y su magdalena, como Anton Ego probando el ratatouille, como Matthew McConaughey llorando como una nenaza en aquel impagable montaje de Internet. Y sí, en el fondo sabemos que Hollywood está apelando a nuestra nostalgia para llenar sus arcas, como este mismo año ha hecho con dinosaurios y Terminators, pero, diablos, esto es “Star Wars”. Aquí ya no manda la razón, y nuestra curtida armadura de adulto cínico y descreído queda hecha pedazos cuando volvemos a ver al Halcón Milenario surcar los cielos en la pantalla.
Hay cosas que si te llegan en el momento adecuado se quedan para siempre, y “Star Wars” es una de ellas. No me acuerdo exactamente de cuál fue la primera película de la trilogía original que vi, pero sí recuerdo perfectamente que “El Retorno del Jedi” la disfruté en el cine, en la época de su estreno, junto a un amiguete y nuestras benditas madres. Dos veces. En la misma tarde. Una detrás de otra. En aquellos tiempos en los que existía la sesión continua y llegar con la película empezada no era un problema fatal porque podías quedarte a volver a verla. El impacto, como no podía ser de otra forma en unos chavalines de apenas 7 años, fue indescriptible, de esos que te vuelan la cabeza y marcan un antes y un después. El fervor perduró con infinitos visionados en vídeo de la saga, colecciones de cromos, tebeos, libros, muñecos y con los juegos en los que nos repartíamos roles galácticos e inventábamos nuevas aventuras para ellos. Algunos críticos y analistas aseguran que George Lucas y Steven Spielberg fueron los responsables de la destrucción del cine adulto, inquieto y desafiante de los años 70; muchos otros estamos convencidos de que sin las fantasías juveniles que nos proporcionaron estos dos tipos nuestra infancia habría sido mucho menos apasionante, y nunca podremos estarles lo suficientemente agradecidos por ello. Muchos asociamos nuestro amor por el cine al que sentimos por “Star Wars”, por eso durante los próximos días vamos a aparcar nuestro Cadillac Negro y nos subiremos en el Halcón Milenario para viajar por el hiperespacio hacia aquella galaxia muy, muy lejana, pero que en realidad está muy cerca, aquí mismo, clavada en nuestros corazones. Leer más…
El milagro de “The Leftovers”
(AVISO SPOILER: Terminantemente prohibido leer sin haber visto “I Live Here Now”, el décimo y último episodio de la segunda temporada de “The Leftovers”)
Desde Mapleton, Nueva York, hasta Jarden, Texas, una pequeña ciudad rodeada y protegida por el parque nacional de Miracle. Ése ha sido el trayecto geográfico que “The Leftovers” ha recorrido entre su primera y su segunda temporada, en el plano argumental. Pero la serie ha realizado un viaje mucho más grandioso, profundo y trascendente, en lo esencial: ha cruzado con éxito esa peliagudísima frontera que separa las buenas series de las jodidas obras maestras. Porque en esto último es en lo que se ha convertido la creación de Damon Lindelof y Tom Perrotta con su segunda tanda de diez episodios. Diez genialidades que nos han ido endosando, una tras otra, durante dos meses. Sin descanso. Sin clemencia. Sin apiadarse lo más mínimo de nuestros corazones y nuestras cabezas. Pocas series han conseguido jamás tenernos tan en vilo semana a semana, calarnos tan hondo, golpearnos con tanta fuerza donde más nos duele, y aturdirnos (en el mejor sentido) por el camino con sus rompecabezas y sus juegos narrativos como esta “The Leftovers” que cerró su segunda (¿y definitiva?) temporada el pasado domingo 6 de diciembre. Virtudes, todas ellas, que ya estaban ahí el año pasado, aunque un tanto lastradas por sus imperfecciones, o con menos brillo con el que han refulgido en esta superlativa continuación. De ahí que, después de que mi compañero Jorge diseccionara a la perfección su primera temporada en su post «La deriva emocional de “The Leftovers”» , un servidor estuviese tentado de titular esta entrada «El terremoto emocional de “The Leftovers”». Imaginaos.
Mucho ha cambiado, para mejor, la serie en el plazo de dieciséis meses, y más valor tiene que lo haya hecho sin traicionarse a sí misma. Aquellos que disfrutamos de su puesta de largo, los que nunca llegamos a dudar de ella a pesar de su abrupto recorrido y la aridez de su propuesta, y que llegados al final obtuvimos sobradamente nuestra recompensa, esta vez hemos recibido un regalo muchísimo mayor. Audiencias aparte, éste parece haber sido el sentir general de público y crítica. Una de las series que más debates, discusiones y sentimientos encontrados levantó en 2014, en este 2015 ha sido elogiada y encumbrada a lo más alto de forma prácticamente unánime. Cierto es que debemos recalcar que “The Leftovers”, una vez más y no es extraño viniendo de la HBO, no es ni mucho menos para todos los públicos. Pero todos aquellos para los que este tipo de productos es puro veneno ya estaban sobradamente prevenidos y se habrán alejado de ella como de la peste, con buen juicio. Esta temporada estaba exclusivamente diseñada para los que nos quedamos. Que no seremos muchos, pero a estas alturas estamos total e incondicionalmente entregados. Y, aviso, podemos llegar a ser muy ruidosos y pesados. Leer más…

(AVISO: Es posible que este post vaya más dirigido a seguidores que a quien aún no se ha paseado por el universo de Chris Carter. Aún así, parece legítimo advertir que los spoilers están ahí fuera y recomendar que pongáis remedio a eso de no conocer a la pareja que encabeza estas líneas.)
El 24 de marzo de 2015 existió, no fue un sueño colectivo en un universo en el que una multitud importante de seguidores había dejado de esperar que estos héroes tan cercanos regresaran a casa. Hace ya casi nueve meses que Fox anunció la vuelta de uno de los productos más míticos de la televisión, dejando prácticamente en estado de shock a todo ese sector mundial que llevaba años pidiendo una tercera entrega cinematográfica que nos trajera respuestas, un cierre, un resarcimiento de aquel caso descafeinado y mal llevado que nos trajo I Want to Believe, estrenada en 2008.
Tal vez este post tenía que haber llegado antes, mucho antes, cerca del hervidero de sensaciones que supuso la noticia. El problema es que queríamos creer pero no terminábamos de creerlo. Que después de tantos años de campañas, peticiones, de un precioso Don’t give up como máxima repetido hasta la saciedad en todas las redes sociales, ni siquiera sabíamos cómo reaccionar. Hacía mucho que los fans más acérrimos de Mulder y Scully habíamos asumido que el final era ese, Roswell, un motel, la lluvia. Que el segundo filme era un epílogo sin fuerza para contarnos en qué lugar se encontraban nuestros personajes favoritos después del dolor de la conclusión de la serie. ¿Por qué queríamos (y queremos) más? ¿Por qué los fans de Expediente X (x-philes, que nos llaman y llamamos) parecen incapaces de despedirse? ¿Por qué, pese a que exista un mundo seriéfilo ahí fuera que aún desconoce la serie y su legado, es este producto tan especial? Hoy voy a hablar con el corazón y la cabeza, pero voy a permitirme el lujo de que el primero sea quien guíe, pues ahí, en ese amor incondicional, en el espíritu aventurero, es donde yace la esencia. Leer más…
Te echaremos de menos, Scott Weiland
Odio decir eso tan manido de «se veía venir» -aparte de que revela una repugnante intención de superioridad moral- pero es verdad que, cuando nuestro despertar ha coincidido con la terrible noticia del fallecimiento de Scott Weiland, seguramente pocos de sus seguidores nos hemos sentido demasiado extrañados. Weiland llevaba más de dos décadas viviendo en el alambre con una adicción a las drogas que iba y venía pero siempre acababa estando presente y ha tenido que ser un maldito autobús de gira -la que hacía con su nuevo proyecto en solitario junto a los llamados The Wildabouts- su último hogar, el que le despide para siempre a unos tan tempranos 48 años.
Paradójicamente hace sólo una semana mi compañero Sergio analizaba los últimos documentales sobre otros dos mitos recientes caídos demasiado pronto: Kurt Cobain y Amy Winehouse. Weiland tuvo una vida mucho más prolongada que los del terrible ‘club de los 27’ y su caso se asemeja más al del icónico cantante de Alice in Chains y Mad Season Layne Staley, aunque el vocalista de Stone Temple Pilots fue mucho más activo hasta su final y no lo dejó todo por su adicción como hiciera Staley, sino que fue cargando con ella a medida que no paraba de probar suerte con los más variados proyectos.
Aunque vuelva a ser un tópico, ahora lo que nos queda es seguir disfrutando de su música, es el mejor homenaje que le podemos hacer, porque, mucho más allá de sus numerosos escándalos y su tumultuosa existencia, si algo nos deja Weiland es buena, buenísima música y esto es lo que este post de urgencia va a tratar a partir de ahora. Leer más…

Bajo los efectos de lo que comúnmente se conoce como efecto mariposa, una ligera variación ocurrida hace 65 millones de años en el rumbo de un asteroide, cambió el destino de todas las especies de nuestro planeta. Pasando de provocar un apocalipsis que sumiría a nuestro (cada vez menos) azul hogar en una crisis ambiental de miles de años de duración y la extinción de gran parte de los seres vivos que lo habitaban, a simplemente iluminar fugazmente el cielo nocturno y no inmiscuirse en la evolución natural de las especies que poblaban en ese momento nuestro planeta. De esta forma, el curso de la vida se abriría a un mundo nuevo de posibilidades, entre las cuales «El viaje de Arlo» («The good dinosaur», dirigida por Peter Sohn) nos muestra una en la que, millones de años después de la inocente visita de aquel asteroide, los dinosaurios han evolucionado hasta el punto de dominar la agricultura y, al igual que los primeros colonos del nuevo mundo, levantar los primeros esquejes de una futura sociedad en las inmensas y solitarias planicies del continente, coexistiendo con una primitiva forma del ser humano. No es la primera vez que vemos a dinosaurios y humanos compartiendo una historia, desde «Los picapiedra» de nuestra infancia (por cierto, Arlo recuerda mucho a aquella mascota llamada Dino), hasta la última entrega de «Jurassic Park» que analizamos aquí este mismo año. Sin embargo, «El viaje de Arlo» utiliza un punto de vista muy diferente al de todos sus predecesores.
Al igual que aquel asteroide, esta película se vio también afectada por un efecto mariposa que, en su caso, no pasaría de largo. La decimosexta película del estudio de animación, tuvo numerosos problemas en su desarrollo que llegaron al punto de tener que retrasar un año la fecha de su estreno. Por primera vez en sus veinte años de historia, Pixar estrenaba dos films en el mismo año. En su planificación original, «El viaje de Arlo» debería haber llegado a las salas de cine tras «Monstruos University«; sin embargo, acabó estrenándose cinco meses meses después de la llegada de «Inside out«, de la que ya dijimos que no es sólo una de las tres mejores películas del año; sino, probablemente, el mejor título de Pixar hasta la fecha. De no haber sufrido este retraso (motivado por profundos cambios que trataremos más adelante) y haber podido respetar el año previsto para su estreno (2014), estaríamos hablando del film que retomaría (desde el estreno de «Up» y «Toy Story 3«) la excelente sensibilidad que Pixar nos tiene acostumbrados a utilizar como llave maestra para contar una historia; sin embargo, tras la obra maestra que resultó ser «Inside Out», en la que se trataban los cinco sentimientos más básicos de nuestro comportamiento, «El viaje de Arlo» supone un estudio más profundo, sí; pero limitado a sólo uno de ellos: el miedo. Motivo por el cual se entiende que la agenda de estrenos original que Pixar manejaba colocara la exhibición de «El viaje de Arlo» antes de «Inside Out» y formar así un tandem in crescendo tanto en calidad, como en complejidad y ambición.
Contábamos hace unas semanas en este mismo rincón lo que supuso hace 25 años para un joven chaval el descubrimiento del disco «Senderos de traición», de Héroes del Silencio. Narrábamos en estas líneas cómo aquel adolescente se abría a golpe de surco de vinilo a unas canciones que le cambiarían tanto musicalmente como quizás hasta personalmente, quedando ya ligado los próximos cinco lustros a una voz, a un estilo de componer y a una forma de entender el rock. Hoy, aquellos dos protagonistas se enfrentan al espejo para comprobar cómo el paso del tiempo les ha transformado, y lo hacen sin ningún rubor, satisfechos de su madurez, de sus errores y de sus nuevos abrigos. Hoy quizás confirman con la voz más alta que nunca aquello de que realmente la búsqueda es el destino y de que la evolución es casi una obligación de vida. Y hoy, aquel chaval que con los nervios a flor de piel y el corazón acelerado, plantado frente a una cadena de música, sentía cómo unas canciones se le iban incrustando en las venas, afronta la escucha del nuevo trabajo de este artista de forma bastante diferente. Porque las cosas cambian.
Los nervios al entrar en su habitación, sacar cuidadosamente el vinilo y seguir (e intentar descifrar) en el sobre del LP las letras, apartando la mirada de ellas y de las potentes fotografías de la banda únicamente para ver cómo la aguja avanzaba por el disco, quedan sustituidos en esta ocasión por imágenes bastante menos románticas. Aquel adolescente ha abandonado la isla del aprendizaje y va camino de plantarse en el medio de la vida. Para disfrutar del nuevo disco de Bunbury tiene que esperar hasta llegar a su casa después de la jornada laboral, casi a medianoche, mal-alimentarse con lo primero y más urgente que encuentre y, entonces sí, bucear entre las decenas de canales de televisión para encontrar aquel otrora icónico MTV (otro que acusa los cambios, aunque, tajantemente, esta vez a peor), retroceder unos minutos su emisión en directo, y sumergirse en lo que desde hace meses le han venido anunciando a través de la redes sociales: un unplugged para la citada cadena en el que el vocalista de Héroes del Silencio ofrecerá un sorprendente set-list, con varias canciones de su antigua banda, alguna inédita y temas muy poco evidentes de su carrera en solitario, todo lleno de nuevos arreglos, armonías y abundantes detalles, con la contención, la madurez, la delicadeza y el buen gusto como elementos unificadores. Y aunque el bombardeo de información deja poco espacio para la sorpresa, el asombro sí llega al descubrir la transformación de algunos himnos que décadas atrás había bramado a pleno pulmón y que ahora disfruta en silencio, con los oídos más experimentados y la sensibilidad más educada.
En los últimos meses se han estrenados sendos documentales sobre Kurt Cobain y Amy Winehouse, dos cintas que plasman el auge y ocaso de dos artistas con numerosas cosas en común, entre ellas formar parte de ese «club de los 27» que tantos insignes nombres alberga (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Brian Jones… da escalofríos la verdad). Dado el material que tratan, «Cobain. Montage of heck» y «Amy» son carne de post conjunto, ya que aunque formalmente presentan ciertas diferencias, en el fondo ambas películas tienen el mismo tono y se centran en los mismos aspectos, sus complicadas infancias, su estrellato repentino y su ocaso igualmente urgente, con trágico final como guinda. Además, ambos documentales se asientan en un buen número de grabaciones caseras e inéditas hasta el momento, lo que acerca definitivamente su drama al público, si bien de sobra ya se intuía que su día a día debía ser más o menos como ahora podemos descubrir. Con el beneplácito de sus familias, no se esconden muy crudas escenas que contrastan con la estela de grandes figuras de la escena musical que tenían en su momento. Además, los dos títulos cuentan con los testimonios de personas muy cercanas a ambas estrellas, completando así un retrato personal que difícilmente se podrá superar en intentos posteriores.
Tampoco se puede afirmar que sean las obras cinematográficas definitivas sobre ambos. Si bien el aspecto personal sí queda definitivamente plasmado, se echa en falta más metraje sobre su evolución musical, sobre lo que representaron artísticamente y sobre sus inquietudes y métodos de creación, especialmente en el film sobre el líder de Nirvana. Sí queda clara la gran fama que alcanzaron y el desorbitado éxito que lograron, siendo éste a la vez el causante de su drama, pero no se analiza su música, las diferencias entre sus (pocos) trabajos, sus influencias. Basta con decir que no recuerdo ningún momento de «Cobain. Montage of heck» en el que aparezca la palabra ‘grunge’ o ‘Seattle’. Por lo tanto, ambas películas harán las delicias de sus seguidores pero no aportarán casi nada musicalmente que pueda hacer descubrir nuevas facetas o redescubrir aspectos que se pasaron por alto en su día.




















