«Iron Man 3»: caballero sin armadura
Es probable que “Los vengadores”, el mayor pelotazo del cine de superhéroes de la historia, no hubiese llegado a existir sin el éxito artístico y comercial unos años antes del “Iron Man” de Jon Favreau. Aquella cinta que en 2008 pretendía establecer los cimientos del nuevo universo cinematográfico de Marvel podía haberse quedado en esa imprecisa tierra de nadie en la que habían caído las recientes incursiones en el celuloide de otros míticos superhéroes de la factoría como Hulk o Los Cuatro Fantásticos, es decir, una taquilla decente pero insuficiente para plantear una franquicia de largo recorrido, indiferencia de la crítica y una marcada división de opiniones entre los fans. Sin embargo, “Iron Man”, que a mi entender no era ni mucho menos uno de los personajes Marvel más célebres, rompió todos los pronósticos y no solo se convirtió en un considerable hit en salas, sino que su frescura, ironía y sentido de la diversión puso de acuerdo de forma casi unánime a público y crítica. Admito que nunca compartí del todo ese entusiasmo generalizado por la cinta de Favreau, que me parecía un divertimento más que digno pero claramente inferior a otras películas del género más o menos contemporáneas como las segundas partes de “Spider-man” o “X-Men”, por no hablar de “Batman begins” o la en ese momento todavía inédita “El caballero oscuro”, pero sí reconozco que disponía de una carta ganadora de la que carecen muchos blockbusters, un personaje central con el que la audiencia conecta automáticamente y que además estaba interpretado por un actor que se le ajusta como un guante. Es difícil precisar dónde termina Tony Stark y dónde empieza Robert Downey Jr., porque el protagonista de “Chaplin” parece haber nacido para ser ese socarrón, cínico, mujeriego y genialoide multimillonario fabricante de armas que se termina convirtiendo en el Hombre de Hierro.
El triunfo de “Iron man” dio vía libre al ambicioso plan de Marvel Studios que culminaría con “Los vengadores” y en el que también se incluía, como no podía ser de otra forma, una secuela para las aventuras de Tony Stark. “Iron Man 2” (2010) aspiraba a ser más grande, más espectacular, más cómica, más dramática, más de todo… y terminaba siendo bastante menos que la película original, aunque no el absoluto desastre que muchos quisieron ver. Notablemente desequilibrada, víctima de ese virus que lastra a todas las secuelas de Hollywood consistente en calzar cuanto más personajes mejor (¿qué pintaba la Viuda Negra en ese tinglado?), “Iron Man 2” disparaba alocadamente en demasiadas direcciones pero con balas de foguero y ni siquiera el carisma de Robert Downey Jr. era suficiente en esa ocasión para sostener la función. La reacción del público, que en cualquier caso volvió a atiborrar los cines, fue bastante más tibia. Pero si algo demostró “Los vengadores” el año pasado es que Tony Stark es “el puto amo” del Universo Marvel cinematográfico y que robaba el show cada vez que aparecía en pantalla junto a Thor, el Capitán América, Bruce Banner o Loki. Definitivamente el público estaba listo para otra película en solitario del Hombre de Hierro, pero Marvel era consciente de que había que afinar bien el tiro porque el nivel de exigencia tras la cinta de Whedon se había elevado y porque “Iron Man 3” debía inaugurar la Fase 2 que desembocará en una nueva entrega de los héroes más poderosos del planeta en 2015. Leer más…
El casi eterno páramo ‘post Oscar’ que estamos atravesando nos obliga a los cinéfilos a rebuscar más de lo habitual en la cartelera para poder paliar nuestra bendita adicción. Son tiempos en los que reina el cine de género, como bien ejemplifica el hecho de que en la misma semana se estrenaran dos, a priori, interesantes muestras de ‘thriller psicológico, ese subgénero que tantas alegrías nos ha dado en el pasado (por citar dos clásicos muy alejados en el tiempo, ahí tenemos a ‘Vértigo’ y a ‘Memento’), que demuestran la gran variedad de tonos y estilos (y nacionalidades) que puede englobar dicha etiqueta: ‘Tesis sobre un homicidio’ y ‘Efectos secundarios’.
‘Tesis sobre un homicidio’, dirigida por el argentino Hernán Golfrid, es una cinta a mayor gloria de la gran estrella del cine latinoamericano no relacionada con Hollywood: Ricardo Darín. El hallazgo de un cadáver de una joven asesinada interrumpe la lección de un cercano curso de Criminología que imparte un abogado retirado y solitario (Darín) y entre cuyos alumnos está el inteligente hijo (Alberto Ammann) de un viejo conocido suyo. El profesor se obsesiona con un detalle de la escena del crimen y empieza a pergeñar una teoría sobre el asesinato que implicaría a su alumno. De este modo, desde un hecho exterior, el filme inicia un viaje hacia la mente del profesor mientras éste hace sus pesquisas extraoficiales sobre el luctuoso hecho. Golfrid nos hace ver toda la película desde el razonamiento de un protagonista que ve en este crimen un vehículo ideal para recuperar su orgullo, teniendo en tensión al espectador hasta llegar a un final tan coherente como anticlimático, metáfora perfecta de un filme que busca tanto la corrección, que teme tanto caer en el ridículo que no acaba de echar a volar nunca. La interpretación de Darín, tan impoluta como siempre en su enésimo personaje hastiado pero idealista en busca de redención, y de los secundarios ayuda a sobrellevar una producción demasiado encerrada en sí misma, que echa de menos un empujón de creatividad, de garra que le haga subir de nivel, algo a lo que no ayuda la plana dirección de Golfrid. Un buen intento que podía haber llegado a más. Leer más…
Rammstein: desde el Infierno
Lo de Rammstein no tiene nombre. Podría usar cientos de adjetivos para definirlos y aún así creo que no acabaría haciéndoles justicia. Podríamos decir, simplemente, que son la banda de rock/metal de mayor éxito internacional de la historia de Alemania, con permiso de Scorpions. Vale, es posible que la grandeza que alcanzaron estos últimos en los años 80 sea difícil de igualar, pero lo que han logrado los otros seis muchachotes germanos no deja de ser otro hito monumental. Dejémoslo en que ambos triunfaron en dos épocas muy distintas y que en realidad, salvo su nacionalidad, son difícilmente comparables: si los autores de “Rock You Like A Hurricane” hubiesen emergido en los años 90, aún con todo su catálogo de temazos a cuestas, tristemente no se habrían comido un colín, mientras que si Rammstein, como grupo, hubiese nacido un par de décadas antes… bueno, en realidad todos sabemos que eso es imposible. La banda liderada por Till Lindemann es hija de nuestros tiempos, los convulsos años del cambio de siglo y milenio, y de hecho hoy, casi 20 años después de su fundación, sigue siendo rabiosamente moderna, extrema y escandalosa. El haber logrado triunfar en todo el planeta, y de qué manera, con una propuesta tan radical como la suya (metal industrial cantado en un idioma tan jodidamente duro como el alemán) es una hazaña sin precedentes que difícilmente nadie volverá a repetir.
La clave del éxito de Rammstein quizás esté precisamente en que nunca, jamás, han renunciado a sus señas de identidad, ni en lo musical, ni en lo estético, ni menos aún en sus inagotables ganas de provocar al personal. En cuanto a lo primero, y como me comentaba Nacho, mi compañero de fatigas en la noche del pasado domingo, lo suyo es sota, caballo y rey. Riffs abrasivos y machacones, ritmos marciales y troglodíticos y estribillos que te taladran como una Black&Decker y te golpean como un martillo pilón. Tan simple y, a la vez, tan efectivo. En cuanto a lo segundo, asistir a un concierto de Rammstein es sumergirse en un mundo apocalíptico, infernal y distópico en donde el fuego, la pirotecnia y el humor macabro son los protagonistas principales. Y en cuanto a lo tercero… pues ahí están títulos como “Mein Teil”, que recrea el célebre y escabroso episodio del ‘Caníbal de Rotemburgo’, “Mann gegen Mann”, una canción contra la homofobia que muchos quisieron entenderla como todo lo contrario (ese grito de ‘Schwulah’ (‘Maricón’) justo después del segundo estribillo), “Ich tu dir weh”, de temática sadomasoquista, “Te quiero puta!” o “Pussy”, y creo que aquí sobran todas las explicaciones, y un larguísimo etcétera. Tampoco faltan los que les han acusado de ser abiertamente neonazis, cuando son justamente lo opuesto, ni los que llevan casi una década proclamando que se llevan a matar y que van a separarse, cuando viendo las entrevistas o los jugosos ‘making of’ de sus vídeos uno tiene la sensación de que en realidad siguen siendo una piña. Y es que no deja de ser otra cuestión admirable el hecho de que no hayan tenido un solo cambio de formación en toda su carrera, algo poco habitual en este mundillo, y sigan al pie del cañón los mismos seis colegas de siempre. Quién sabe, en realidad, lo que sucede en el seno de un grupo, pero todas las señales externas apuntan a que los Rammstein que se presentaron el domingo en el Palacio de los Deportes de Madrid atraviesan uno de sus mejores momentos y están más fuertes que nunca. Leer más…
«Banshee»: una historia de violencia
Aquellos que nos hemos acostumbrado a reservar una parte de nuestro tiempo diario al consumo de series de TV sabemos que hay obras que se convierten en parte de nuestras vidas, que dejan una huella perdurable que recordaremos por siempre y que una vez concluyen (ya sea la temporada de turno o de manera definitiva) dejan un vacío que resulta difícil de reemplazar. Y luego están esas otras series que uno sabe que no revisará nunca, que no tienen ni desean la vocación de trascender, que funcionan como un puro entretenimiento o “placer culpable” pero que en determinados momentos apetece consumir para tomarse un respiro de los productos “importantes”, o en ausencia de éstos. En mi caso, un ejemplo perfecto de esta segunda categoría sería “True blood”, la delirante serie de vampiros creada por Alan Ball para la HBO, más disparatada y descabellada a cada temporada que pasa (la última la reseñamos aquí). Ball era también el responsable de “A dos metros bajo tierra”, una serie que yo no he visto pero que mi compañero de viaje Rodrigo me ha asegurado en más de una ocasión que pertenece con todas las de la ley al primer grupo. “Banshee”, el último invento impulsado por el afamado showrunner (aunque en esta ocasión solo en calidad de productor ejecutivo), cae claramente del lado de las series del “polvo rápido”, ese “aquí te pillo aquí te mato” que disfrutas mientras dura y que olvidas cinco minutos después sin ningún complejo de culpa.
Lo bueno de “Banshee” es que no pretende ser otra cosa. Es honesta y pone las cartas sobre la mesa desde el principio. La serie propone desde su episodio piloto un cóctel pulp-noir de acción y drama con sabor a serie B ambientado en un feísta e ignoto pueblo perdido de la América profunda, reforzado con generosas dosis de sexo gratuito y una violencia demencial que por momentos roza lo gore. Todo ello condicionado por una necesaria exigencia de suspensión de la credulidad. Si el espectador no comulga con lo que pasa en esos primeros 50 minutos (y entiendo perfectamente que no lo haga) lo mejor es que invierta su tiempo en otra cosa, pero si le pica el gusanillo y decide darle una oportunidad probablemente no le decepcionará, porque salvando algún bache en los primeros episodios (la temporada consta de diez) “Banshee” es trepidante, salvaje y estúpidamente entretenida, y una vez que coge carrerilla ya no hay quien la pare hasta el final. Leer más…
“Justified”: un hombre con un sombrero
(ALERTA SPOILER: Revela detalles de la trama de la serie, hasta el decimotercer y último capítulo de la cuarta temporada)
Pagaría mucho dinero por tener en mi poder todos los guiones originales de “Justified”, desde el primero hasta el último. Podría así leer y releer esas páginas, que estarían garabateadas, subrayadas, manoseadas, una y otra vez, paladear cada una de sus inigualables secuencias y líneas de diálogo, en el metro, en un largo viaje de avión, tumbado confortablemente en el sofá, en la cama justo antes de dormir… En cualquier caso, sería ésta quizás la mejor forma de combatir la tentación de ver sus capítulos con el mando a distancia en una mano, una libreta en la otra y el bolígrafo sujetado entre los dientes, lo que haría irremediablemente que cada episodio acabase durando hora y media en lugar de los 40 minutos habituales. En realidad estoy repitiendo lo que ya escribí en mi primer post sobre la serie, ‘”Justified”, un brillante western ‘noir’ del siglo XXI’, aunque esta vez a la manera de Boyd Crowder, diciendo con 40 palabras lo que podría expresar con cuatro: que es, sin ningún tipo de dudas, «la serie mejor escrita de la actualidad».
Uno querría, también, que “Justified” durase 12 ó 15 temporadas, y que su emisión se prolongase durante seis u ocho meses al año. Lo cierto es que, seguramente, la serie se resentiría y no tendría en ese caso la grandiosidad que exhibe hoy en día, así que puestos a soñar pediría que fuese eterna pero sin bajar su actual nivel de calidad; o sea, que fuese siempre excelsa. Yo, al menos, nunca podría cansarme de ella. La serie creada por Graham Yost y basada en los relatos de Elmore Leonard cerró el pasado martes 2 de abril su cuarta temporada, otros 13 episodios (casi) perfectos, más de 480 minutos de goce absoluto que no han hecho más que confirmar que estamos ante uno de los productos televisivos más sólidos, redondos y satisfactorios del momento. Como ese jugador en estado de gracia al que todo le sale bien, que se gusta, disfruta e intenta cualquier virguería con la seguridad de que se saldrá con la suya. “Justified” es tan férrea, está tan bien construida y tan trabajada que este año ha podido permitirse regodearse en su propia grandeza, afianzar sus señas de identidad y sacar aún más brillo a sus muchísimas virtudes. Así, a la espera de saber durante cuántos años podremos disfrutar de las aventuras del US Marshal Raylan Givens (de nuevo un sublime Timothy Olyphant), nos hemos tenido que volver a conformar con 13 semanas de serie, poco más de tres meses, que han vuelto a sabernos a poco porque, como siempre, hemos disfrutado tanto que nos hemos quedado con ganas de más… lo que no deja de ser otro punto a favor de la serie, aunque ahora nos joda y tengamos que aguantar el monazo hasta, suponemos, enero de 2014.
La Divina Comedia de «Mad Men»
(ALERTA SPOILER: Revela detalles de la trama de la serie, hasta el primer capítulo de la sexta temporada)
“Mad Men” es admirable por muchas razones pero si hay algo que todavía me sigue sorprendiendo de la genial serie de Matthew Weiner es su capacidad para mantenerse fiel a sí misma sin aparente esfuerzo. Pocas, muy pocas series (diría que únicamente las más grandes, ya saben, “Los Soprano”, “The Wire” o “Breaking Bad”) pueden lucir igual de lozanas a la altura de su sexta temporada que cuando empezaron sin perder ninguna de sus señas de identidad por el camino. Y el caso de la serie bandera de la AMC es especial, puesto que su propuesta siempre se ha aferrado a una narrativa adulta y compleja, un rigor dramático y una sutileza exquisitamente elegante que concede muy poco margen al efectismo, a la intensidad más frenética o al “más difícil todavía”. Su rollo no es el del “cliffhanger” brutal que deja al espectador suplicando por otro chute al final de cada episodio; su forma de enganchar es otra, una que no puede (ni quiere) conectar con todo tipo de sensibilidades y que conlleva que más de uno la despache con un desabrido “aquí no pasa nada”, cuando en realidad a sus personajes les suceden más cosas que a los de la mayoría de ficciones televisivas. No es el caviar un manjar para todos los paladares, aunque sí puedo admitir que a veces “Mad Men” da la sensación de ir muy sobrada, de estar tan segura de sí misma que no tiene ninguna prisa por tejer la intrincada red en la que cada temporada uno termina atrapado. Y aunque Weiner ya ha anunciado que la próxima tanda será la última, que el final está cada vez más cerca, a estas alturas la serie no va a cambiar, ni va a empezar a acelerarse, ni va a volverse loca, y ninguno de sus seguidores lo queremos, por eso el doble capítulo de regreso “The doorway” sabe a clásico “Mad Men”, a punto de partida o “jumping off point” sobre el que empezar a construir otra etapa en las vidas de los locos de Madison Avenue, y lo hace en 90 minutos pausados y densos, plagados de simbolismos, metáforas y autorreferencias, quizás no tan redondos y enfocados como “A Little Kiss” (el primero de la quinta) pero indudablemente jugosos.
“The phantom”, el último episodio de la tanda anterior (reseñada aquí), nos dejó con la promesa de la vuelta a la acción del viejo Don Draper. Después de trece capítulos en los que el antaño adúltero depredador sexual e implacable vendedor de sueños se había sosegado ostensiblemente en brazos de Megan Calvet, en la última secuencia de la temporada se encontraba frente a frente con una pregunta que quedaba en el aire, “Are you alone?”, y sobre la que, según ha avanzado Weiner, pivotará esta nueva temporada. Sin embargo, durante buena parte de esta “premiere” , situada temporalmente en las navidades de 1967, no estamos seguros de ante qué versión de Draper nos encontramos, porque aunque al principio le vemos felizmente tumbado a la bartola en una paradisíaca playa de Hawaii junto a la espectacular Megan, el libro que tiene entre manos, “El infierno” de Dante, no es precisamente una placentera lectura vacacional. Leer más…
En un reciente viaje a Amsterdam para visitar a una vieja amiga (vieja porque nuestra amistad se remonta a un montón de años, porque en realidad se conserva joven, guapa y lozana) mi mujer y yo empezamos a hablar de “Californication” y ella preguntó, sorprendida: «¿Pero todavía la emiten? Yo pensé que había terminado en su cuarta temporada». Pues no, la comedia de Showtime protagonizada por David Duchovny sigue vivita y coleando y el pasado domingo 31 de marzo cerró su sexto año en emisión, y con la renovación por, al menos, una temporada más en el bolsillo. Aunque es cierto que esa ‘season finale’ emitida en 2011 podía haber sido un punto y final más que satisfactorio para la serie, aunque un tanto agridulce. De hecho, más que un punto y seguido fue un punto y aparte, pues cuando regresó al año siguiente nos encontramos con que, en la cronología de la serie, habían pasado en realidad tres años en los que Hank Moody había vivido ‘exiliado’ en Nueva York, y descubrimos que muchas cosas habían cambiado. Mi amiga no es la única persona que descubro que veía “Californication” en su momento y luego dejó de hacerlo, y aunque ella lo hizo tras esa cuarta temporada presuntamente debido a una confusión, supongo que en el fondo en realidad la serie fue poco a poco dejando de interesarle, y no se molestó un año después en comprobar si las aventuras de Hank y compañía tenían continuidad o no.
Conozco muy pocas series, y creo que ninguna comedia, que sobrepasado ese límite de cuatro, cinco temporadas, no comience a despertar el hartazgo de muchos de sus seguidores, y así es habitual que empecemos a escuchar y leer, cada vez más, comentarios del estilo de «es que ya no es lo mismo», «ha perdido toda la gracia», «está agotada», «debería haber terminado en tal temporada», «la han estirado sólo porque tuvo éxito en su día», «qué pesados», etc, etc. Ni siquiera “Friends”, aunque yo no esté nada de acuerdo, se libra. Pero no negaré que en otros muchos casos suele ser verdad. Yo de hecho comencé a ver “Californication” a la vez que “Weeds”, su compañera de cadena, y escribí en su día que para mí ésta se alargó en exceso y celebré su conclusión en la octava temporada. Pero creo que son casos distintos, pues la serie de Jenji Kohan tenía una trama de continuidad que, cuanto más se estiraba, más absurda y forzada resultaba. Hay muchas series a las que les ha pasado esto, y otras que ahora mismo nos encantan y tenemos miedo que les ocurra. Pero “Californication”, al fin y al cabo, sigue las andanzas de un escritor golfo y mujeriego en el actual Los Angeles y yo al menos sí creo que ha llegado en buena forma a su sexta temporada. Una sexta temporada que, de hecho, creo que ha sido notablemente mejor que la quinta. Mi mujer sin ir más lejos empezó a ver la serie conmigo hace años y la disfrutó bastante hasta que acabó dejándola, creo recordar, en algún momento de la segunda, aunque de vez en cuando veía algún capítulo suelto. Pero este año no sólo ha acabado enganchándose de nuevo, sino que le ha dado mucha pena que esta tanda de doce capítulos haya llegado a su fin. Así que los que nos mantenemos fieles a “Californication” sabemos que aún conserva muchos alicientes para seguir disfrutándola, los que aún no la habéis visto ya estáis tardando en dejar de leer y poneros a buscar sus primeras temporadas, y los que en algún momento la dejasteis de lado… pues os dejo diez razones por las que, creo, deberíais volver a darle una oportunidad. Intentando no desvelaros demasiado, pues más que ‘spoilers’ os dejo pinceladas que puedan picar, de nuevo, vuestra curiosidad. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el primer capítulo de la tercera temporada de la serie)
Dos de las series que más alegrías nos han dado en El Cadillac Negro en nuestro primer año de historia, “The Walking Dead” y “Juego de tronos”, tuvieron el detalle de hacernos la puñeta el pasado 31 de marzo, Domingo de Resurrección, haciendo que coincidiesen dos de los eventos seriéfilos del año: la ‘season finale” de la tercera temporada de una y la ‘premier’ del que será también el tercer año en antena de la otra. Así que, tras darnos un poquito de prisa en entregaros nuestro balance del cierre temporal de la serie de los zombis de la AMC, hemos tenido que esperar unos días para centrarnos en la adaptación de la saga “Canción de hielo y fuego” de George R. R. Martin hecha por la HBO. Pero ya estamos aquí de vuelta. Y es que cuando decía que nos han dado alegrías me refería como espectadores, pues son dos de los programas que seguimos con más interés, pero también como blogueros, pues son probablemente las dos series que más pasiones y entusiasmo despiertan entre nuestros queridos lectores. Porque, y supongo que lo entenderéis, nos llena de orgullo y satisfacción, nos anima y nos ilusiona más de lo que ya estamos, y nos infla nuestros egos comprobar cómo, cada vez que publicamos algo sobre estas series, nuestros números se disparan y las estadísticas de visitas crecen exponencialmente. Que quede claro que seguimos escribiendo sobre ellas porque, como decía, nos encantan y además nos proporcionan suficiente material para ello, pero coño, que te lea mucha gente también mola… Para redondear la jugada, el pasado domingo cerró sus puertas la sexta temporada de “Californication” y este mismo martes concluyó la cuarta de “Justified”, otras dos de mis series favoritas, que también gustan a buena parte de nuestros seguidores y de las que prometemos que nos ocuparemos en breve. Y el próximo domingo, aviso, vuelve “Mad Men”, así que estad atentos. Felizmente, se nos acumula el trabajo.
Lo del Domingo de Resurrección me viene además al pelo para aplicárselo no ya tanto a “The Walking Dead”, que en realidad lo que hizo fue morir (aunque no definitivamente, como maliciosamente dicen algunos) para revivir, y yo confío que en buena forma, con su cuarta temporada en octubre, sino a una “Juego de tronos” que sí ha reaparecido en nuestras vidas para darnos, espero, muchas alegrías hasta finales de mayo. Lo cierto es que ambas batieron sus respectivos récords de audiencia, la primera con unos milagrosos 12,4 millones de espectadores y la segunda con 4,4 millones, que para tratarse de una cadena por cable tampoco está nada mal. Y eso que se hicieron la competencia, aunque por primera y última vez. Las reacciones que despertaron sus respectivos capítulos sí fueron, a simple vista, bastante distintas. «Pero qué basura de ‘season finale’ de “The Walking Dead”, y qué gran ‘premier’ de “Game of Thrones”» me wasapeaba un amigo (y también lector del blog) el martes por la mañana. Ese parecía ser el sentir general, pero echando un vistazo por ahí creo que puedo decir que en realidad hubo un poquito de todo. El cierre de la serie de la AMC es verdad que no convenció demasiado a sus fans, y muchos incluso se cabrearon bastante, pero otros sí se mostraron mucho más entusiasmados y algunos, y es mi caso, nos esforzamos por valorar en su conjunto una tercera temporada irregular pero que en líneas generales ha sido más que buena. El capítulo de “Juego de tronos”, titulado “Valar Dohaeris”, como respuesta al “Valar Morghulis” que cerró la pasada temporada, sí parece que convenció a casi todo el mundo… pero digo ‘casi’ porque no han faltado los que se han sentido seriamente decepcionados y han cargado de nuevo contra los supuestos despropósitos que los guionistas de la HBO llevan cometiendo desde el pasado año. Yo, por mi parte, intento ver las cosas de forma un poco más equilibrada y si bien “Juego de tronos” no me parece perfecta, porque poquísimas series lo son, sí creo que sigue y que va a seguir demostrando que anda sobradísima de calidad. Leer más…























