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Los Goya 2013: Un justo pero aburrido reparto

18/02/2013

Goya Blancanieves

La última edición de los Premios Goya presentaba no pocos alicientes. La lucha de titanes entre la ‘artística’ ‘Blancanieves’ de Pablo Berger ( de hondo calado crítico pero discreto paso por salas) y el gran éxito histórico español de taquilla, ‘Lo imposible’ de J.Bayona, con ‘Grupo 7», de Alberto Rodríguez, y ‘El artista y la modelo’, de Fernando Trueba como invitados de lujo. Al fin, dos películas importantes frente a frente, con la previsión de una gala agitada en cuanto a lo político-social ante la gran subida del IVA cultural y los múltiples recortes sociales llevados a término en 2012.

Y nada se salió de este carril. Todo fue como se esperaba. Se produjo el enfrentamiento entre titanes, se presenció una multitud de dedicatorias reivindicativas (empezando por la conductora de la gala, una Eva Hache que dejó claro desde el principio el tono que tendría la entrega de premios), se les dio unos mas que merecidos galardones a dos ilustres veteranos como Concha Velasco (el de Honor) y José Sacristán (el de Actor Principal) y todos contentos. Sí, contentos pero algo aburridos. Y es que cuando nada se sale de la norma, la desidia empieza a ganar la batalla.

Y eso que todo empezó más que bien con esa intro que  utilizaba el discurso de ‘Bienvenido Mr.Marshall’ para hacer un jocoso resumen de lo que había acontecido en el cine español de 2012. Fue la cuota de brillantez de una gala que Eva Hache condujo con menos gracia que el año pasado y que poco a poco fue cayendo en un aire funcionarial y soporífero que, exceptuando unos pocos momentos, ya no logró remontar, ni siquiera en el esperado homenaje a la Velasco: frío y falto de emoción (algo a lo que también contribuyó el un tanto desconcertante discurso de la galardonada). Leer más…

‘Dos días en Nueva York’: Delpy tropieza con la misma piedra

15/02/2013

Dos días en Nueva York beso

Hace cosa de seis años, ‘Dos días en París’ se convirtió en un pequeño ‘hit’ indie. La promesa de una comedia romántica ‘diferente’, con ecos de Woody Allen, la siempre sugerente presencia de una ciudad tan bella como la capital francesa y la labor como directora, guionista y actriz de Julie Delpy, con un gran prestigio bien ganado -especialmente por esa maravillosa  saga que conforman ‘Antes del amanecer’, ‘Antes del atardecer‘ y la próxima ‘Antes de medianoche’- fueron motivos de peso para que el filme lograra una atención mucho mayor de la esperada.

De hecho, ‘Dos días en París’ era algo así como el reverso de la saga dirigida por Richard Linklater. Si en éstos filmes los encuentros entre los dos protagonistas eran minúsculos oasis con los que escapar de la cruda realidad, en la cinta dirigida por Delpy era precisamente esta salida de la rutina -un breve paso por París-  la que dinamitaba los cimientos de una pareja, desnaturalizada una vez fuera de su zona de confort. Un punto de partida interesante que, sin embargo, era lo único que recordaba a las ‘Antes del…’- Ni rastro de la concreción, de la sutileza y de la magia de esos filmes. ‘Dos días en París’ quería ser muchas cosas a la vez y apenas lograba ninguna. Su supuesto ingenio se quedaba en una sucesión de tópicos sobre la cultura francesa, los problemas de la pareja no lograban calar emocionalmente y, sobre todo, la pretensión de Delpy de quedar como la más ‘cool’ del barrio era tan omnipresente como cargante. El resultado: una película ligera, razonablemente entretenida si uno la ve en una aburrida sobremesa de domingo, pero muy lejos de las cotas que parecía querer alcanzar. Leer más…

«Push the sky away», de Nick Cave & the Bad Seeds: la semilla del diablo

12/02/2013

Push the sky away_cover

Leonard Cohen, Bob Dylan, Neil Young, Tom Waits, Lou Reed… casi siempre recurrimos a estos nombres cuando nos preguntamos  por clásicos atemporales que aún continúan en activo y en un buenísimo estado de forma, pero, tal vez porque pertenece a una generación posterior, o porque carece del status de “icono cultural”  o porque el “mainstream” nunca ha terminado de aceptarle pese a mirarle de reojo con respeto, a  veces nos olvidamos imperdonablemente de que Nick Cave también pertenece a ese panteón exclusivo de los artistas que más y mejor han hablado de los Grandes Temas (Dios, amor, sexo, violencia) y que aunque no volvieran a grabar nada decente durante el resto de su carrera ya son incuestionables.

Además, el australiano puede presumir, siempre al frente de sus Bad Seeds, de una carrera mucho más regular que la de otras leyendas, en la que apenas ha habido margen para el paso en falso o para un disco decididamente mediocre. Cave lleva construyendo desde los años 80 un personaje maldito, el artista luciferino envuelto en un hálito romántico y decadente, que ha cristalizado en altas cotas de expresividad y potencia emocional tanto en su faceta eléctrica más visceral y telúrica como en la intimidad desnuda al calor de un piano de su vertiente más “crooner”. El autor de “The mercy seat” nunca se ha sentido muy cómodo quedándose demasiado tiempo en un mismo sitio, y por eso cuando el excesivo “Abbatoir Blues/ The Lyre of Orpheus” (2004) se antojaba como el retrato definitivo y definitorio del Cave de madurez, se descolgó autoinyectándose  una dosis del elixir de la eterna juventud con el proyecto Grinderman, en el que el rock volvía a ser primario, febril y peligroso como las dentelladas de un doberman. Y mucha de la chulería macarra de esa banda divertimento permaneció en su regreso con los Bad Seeds en el fantástico “Dig Lazarus Dig” (2008), pero cuando esperábamos que el flamante “Push the sky away” mantuviera, cinco años después, la apuesta estilística y sonora de su predecesor, nos encontramos con un nuevo (y estimulante) golpe de timón. Leer más…

“Las ventajas de ser un marginado”: héroes

08/02/2013

ThePerksOfBeingAWallflower1

Pittsburgh, Pennsylvania, Estados Unidos de América. Principios de los años 90. Charlie, un joven de 16 años, se enfrenta a su primer día de clase de preparatoria (‘high school’). Su hermana mayor, Candace, tiene que alternar con los del último año y no puede estar muy pendiente de él. Susan, su amiga de secundaria, ahora de repente le ignora por completo. Brad, que jugó en el equipo de fútbol junto a su hermano mayor, no le devuelve el saludo. A su compañera de pupitre en la clase de literatura, sin ningún motivo aparente, le ha dado por insultarle todo el tiempo. No, definitivamente Charlie no es el chico más popular del instituto. Está muy lejos de serlo. Hasta aquí nada nuevo, ¿verdad? Nada que no nos hayan contado ya decenas de veces en otras tantas películas. Salvo que… bueno, de alguna forma intuimos que Charlie no es un tipo normal y corriente. Escribe cartas dirigidas a un amigo ficticio para desahogarse. Para expulsar sus demonios. Porque algo le ha ocurrido. Algo que le hace ser diferente. Por ese motivo, ni más ni menos, no nos cuesta nada empezar a quererle y a sentirnos identificados con él. Charlie es diferente. Como cada uno de nosotros.

“Las ventajas de ser un marginado” (“The Perks of Being a Wallflower”) es el segundo film como director y guionista de Stephen Chbosky, uno de los creadores de la serie “Jericho”, tras la casi inédita “The Four Corners of Nowhere” (1995). Adapta, asimismo, el libro de mismo título publicado por el propio cineasta en 1999, una novela epistolar de gran éxito en Estados Unidos que aquí, felizmente, ha visto la luz con motivo del estreno de la película. En esta ocasión, sin que sirva de precedente, la traducción del título es más o menos acertada aunque, como sucede con su versión latinoamericana, “Las ventajas de ser invisible”, siempre hay un matiz que se pierde. “Wallflower” vendría a referirse, más concretamente, a “la fea del baile”, o a “esa persona que nadie saca a bailar en las fiestas”. Una metáfora potentísima que explica a la perfección de qué diablos estamos hablando… Sí, efectivamente, de la adolescencia. Esa época tan terrible. Esos años en los que todos, y el que diga lo contrario miente, nos sentimos en una y mil ocasiones como “la fea del baile”. Y la cinta de Chbosky es uno de los retratos más lúcidos, acertados, sinceros y, por lo tanto, emocionantes y dolorosos que se han hecho sobre este tema en muchos, muchísimos años. Leer más…

Ang Lee: La modestia de un maestro

06/02/2013

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Mi compañero Jorge hacía, en su crítica de ‘La vida de Pi’, una afortunada comparación entre su director, el taiwanés Ang Lee, y Michael Curtiz, afirmando que, al igual que el director de ‘Casablanca’, Lee se adapta como un guante a la historia que le toque rodar, es decir, entraría en esa lista de venerables ‘artesanos’ del Hollywood clásico. Es cierto, Lee carece del carácter ególatra de muchos de sus compañeros y es de aquellos que pone su enfásis en todos los elementos que puedan favorecer a la historia y no en colocar cada cierto tiempo su ‘marca de autor’ en el filme. No nos engañemos, es muy agradable que cada película que aparece de Quentin Tarantino, David Lynch o Woody Allen siga engrosando su muy particular universo autoral, pero por cada Kitano o Nolan hay miles de cineastas que buscan a toda costa promocionar su personalidad que no le llegan ni a la suela de los zapatos al señor Lee. No podemos negar que la ya muy considerable filmografía de Lee es una de las más variadas, en cuanto a tonos y ambientaciones, del actual panorama. Sin embargo, a poco que rasquemos en sus películas, podemos ver una serie de rasgos comunes que le alejan de  la simple condición de ‘artesano’  y que, pese a que su modesto deseo parece ser el de desaparecer tras sus películas, nos permiten esclarecer un bosquejo de características identificables del que es uno de los grandes maestros del cine de los últimos 20 años. ¡Comenzamos!

El conflicto entre lo viejo y lo nuevo

Si hay un tema tronca que se puede aplicar a la filmografía de Lee es éste, ese punto indefinido en el que chocan bruscamente las antiguas costumbres y valores y los nuevos usos vitales. Un dilema nada fácil de resolver que el taiwanés no para de analizar película tras película, estableciendo el diálogo y el entendimiento intergeneracional como única solución posible. En ocasiones, Lee muestra una clara simpatía por los valores tradicionales de honor, integridad y buen hacer en títulos como ‘Comer, beber, amar’, con ese venerable anciano cocinero que tanto ama la cocina, y ‘Tigre y dragón’, en el que el antiguo orden se ve roto por la ambición y la falta de ética que propugnan los nuevos tiempos. Sin embargo, Lee no es ningún retrógrado: ‘El banquete de boda’, ‘Sentido y sensibilidad’, ‘Brokeback Mountain’ y ‘Taking Woodstock’ demuestran que el taiwanés, pese a comprender las reticencias de los veteranos, aboga por la necesidad de que prosperen las nuevas ideas que amplían las libertades individuales. Pero el filme paradigmático para analizar este tema en el cine de Lee es una de esas maravillas a las que el tiempo ha terminado por ocultar demasiado, ‘La tormenta de hielo’: el retrato del desconcierto que provoca en una familia estadounidense convencional la oleada de libertad sexual de los años 70. Lee elude la moralina mediante una encomiable sutileza a la hora de retratar la disfunción familiar que provoca las ansias de experimentación de unos padres que intentan desesperadamente no perder el carro de los nuevos tiempos. La majestuosa gradación que lleva al filme a ir mutando de una comedia de enredo a una tragedia en toda regla, y ese hipnótico y apoteósico final, es uno de los grandes hitos de la trayectoria de nuestro protagonista. Y seguramente el menos reconocido. Leer más…

«Hitchcock», la turbulenta gestación de «Psicosis»

01/02/2013

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Allá por 1990 TVE emitió un ciclo sobre Alfred Hitchcock que abarcaba la mayor parte de su filmografía americana y que para muchos pre-adolescentes de mi generación significó el descubrimiento del cine del genial director británico. Corrían otros tiempos para la televisión pública, en los que era habitual y natural encadenar ciclos dedicados a Jack Lemmon, Fritz Lang, Bette Davis, Paul Morrissey o el terror de la Universal;  ahora el cine clásico en TVE está reducido a una película a la semana, “Clásicos de La 1”, eso sí, publicitado a bombo y platillo en los bloques de autopromoción. En fin, que en aquella época los grandes cineastas del pasado estaban al alcance de cualquiera, y si lo que querías eran películas recientes te bajabas al videoclub.  Yo me subí al carro de Hitchcock en la segunda película que emitieron en aquel ciclo, “Náufragos”, y semana tras semana esperaba con avidez mi dosis de misterio y suspense. En mi caso creo que fue la primera vez en mi vida en que fui realmente consciente de que el cine no era solo una cuestión de historias y actores, de que detrás de eso había un director que movía los hilos y que, dependiendo de dónde decidiera poner la cámara y de cómo la moviese, podía transmitir cosas muy diferentes. Con Hitchcock aprendí a dar valor al significado de un travelling, la intención de un plano secuencia o el propósito de un plano detalle. Fueron cayendo “Extraños en un tren”, “La soga”“La sombra de una duda”, “La ventana indiscreta”, “De entre los muertos” o “Con la muerte en los talones”, pero si hubo una que me causó un desasosiego especial esa fue “Psicosis”, porque pocas experiencias se pueden comparar a visionar esta obra maestra por primera vez, sobre todo si se hace completamente virgen y a la edad adecuada.

Ahora “Psicosis” ya está plenamente integrada en el imaginario popular y sus “sorpresas” son de dominio público, y aunque no fuera así posiblemente no impresionaría al joven cinéfilo de hoy en día que ha crecido con películas de “twist” imprevisible como “El sexto sentido”, “Los otros”, “El club de la lucha” o “Sospechosos habituales”, pero quiero creer que su atmósfera sórdida y su tensión opresiva se mantienen tan frescas como el primer día. En su momento, en 1960, “Psicosis” fue toda una revolución por muchos motivos, pero el principal fue que por primera vez el monstruo de una película de terror no era un vampiro, un hombre lobo, una bestia gigante o un extraterrestre, sino alguien terriblemente humano. Por primera vez en una sala de cine el mal era algo demasiado tangible y real; y la muerte, la locura y el sexo estaban escabrosamente relacionados. Hitchcock, además, se atrevió con el insólito hecho de finiquitar a su protagonista a los 40 minutos de haber empezado la película, y lo hizo en la celebérrima escena del asesinato en la ducha, un prodigio de planificación fílmica comprimido en 45 angustiosos segundos y 68 planos que caen como cuchilladas envueltas en el papel de lija en staccato de Bernard Herrmann.  “Psicosis” fue también un éxito personal del orondo director, quien tuvo que financiarla él mismo ante las reticencias de la Paramount, que hubiera preferido una cinta al estilo de “Con la muerte en los talones” -la cinta que “Hitch” había entregado un año antes a la MGM-, y la desconfianza de la prensa y parte de su entorno más cercano, que recelaban de una historia tan truculenta –inspirada en las andanzas reales del psicópata Ed Gein ,“el carnicero de Plainfield”-. De los avatares, dificultades y escollos que se encontró el cineasta para levantar “Psicosis” es de lo que trata “Hitchcock”, el segundo largometraje de Sacha Gervasi, una de las grandes olvidadas (merecidamente) en el reparto de nominaciones a los Oscar de este año. Leer más…

“Bestias del sur salvaje”, la belleza en la miseria

30/01/2013

Extrañas nominaciones a los Oscar las de este año. Sorprendentes… aunque a estas alturas ya deberíamos haber dejado de elucubrar o intentar comprender el sentir de la Academia, cuyos designios son, ciertamente, y cada vez más, inescrutables. Pero así es, sorprende que “The Master”, aunque en realidad no se nos ocurra ninguna película más anti-Oscars que ésta, no haya obtenido nominaciones a mejor film o mejor director, cuando hace sólo unas semanas estaba en todas las quinielas, o que “Argo”, “La noche más oscura”, “Los Miserables” o “Django desencadenado” prácticamente se hayan caído de la carrera por el premio gordo al no estar ninguno de sus directores nominados, o las a todas luces excesivas candidaturas (ocho) de “El lado bueno de las cosas”, incluso las cinco (además bien gordas) de “Amor”… Por eso se hace difícil catalogar a “Bestias del sur salvaje” como la gran sorpresa del año, pero sí es innegable que es una de las mayores e, independientemente de lo que pueda cegarnos el oro de la preciada estatuilla, es una de las más felices.

Por supuesto que los Oscar son un escaparate impagable para el debut en el largometraje del neoyorquino Benh Zeitlin, pero siempre existe el riesgo de que parte del público le acabe cogiendo algo de tirria o diga eso de «pues no es para tanto» o «por qué narices la han nominado», máxime cuando “Bestias del sur salvaje” no es una película para todas las sensibilidades. Incluso a mí, que creo que el film es extraordinario y fascinante, me parecen un tanto desproporcionadas las candidaturas que ha recibido. La nominación a mejor película es defendible como en su día lo pudieron ser las de “District 9” (2009) o “Winter’s Bone” (2010), que en sus respectivos años fueron los pelotazos ‘indies’ de la temporada y consiguieron meterse en la gran categoría para darle algo de color, aún sin posibilidades reales de victoria. La del propio Zeitlin sí me parece a todas luces excesiva. El cineasta, responsable también del guión junto a la autora de la obra en la que se basa la cinta, Lucy Alibar, y además compositor de la espléndida, excepcional música (que sí debería haber estado en cambio nominada) junto a Dan Romer, es desde ya uno de los directores con mayor proyección de la actualidad, un autor total, con personalidad y voz propia, algo que últimamente no abunda y que recibimos con los brazos abiertos. Pero no deja de ser en cierto modo aún, a sus 30 años, una promesa, que esperemos que se haga realidad y no se quede en nada, por lo que su nominación sólo puede ser entendida como una especie de castigo hacia Quentin Tarantino, Tom Hooper y sobre todo Kathryn Bigelow (que tiene que estar muy jodida), Ben Affleck (que no debe entender nada) y Paul Thomas Anderson (que se la debe pelar bastante), nombres estos que se han caído de la lista cuando casi todos los daban por seguros. Si en los Oscar existiese la categoría de dirección novel, no habría duda, pero no siendo así su inclusión resulta, cuando menos, llamativa. Leer más…

«El lado bueno de las cosas»: el mérito es del señor Weinstein

25/01/2013

El lado bueno de las cosas_poster

No hay en la industria de Hollywood un personaje más poderoso que Harvey Weinstein. El creador, junto a su hermano Bob, de la en su momento revolucionaria Miramax es todo un especialista en conseguir que las películas producidas o distribuidas por él se conviertan en coleccionistas de Oscar. Ni siquiera necesita tener entre manos un gran filme; le basta con que la cinta sea apañada, porque él pone el resto. Agresivas campañas promocionales que bordean lo ilícito, compra de votos, estrategias de presión a los académicos, suntuosas fiestas privadas y rastreras operaciones de descrédito contra las competidoras,  entre otras muchas tretas, son sus armas para conseguir crear un clima favorable a sus productos. Solo así se explica que una peliculita simpática pero poco más que eso como “Shakespeare in love” se alzara con los premios gordos en 1999, o que la  correcta “Chicago” se llevara en 2003 el Oscar a la mejor película. Ni siquiera su marcha de Miramax por diferencias con los mandamases de Disney pudo con él, aunque es cierto que tardó un poco en rehacerse con su propia compañía, The Weinstein Company. “Malditos bastardos” no pudo rascar bola en  2010 en el combate entre James Cameron y Kathyrin Bigelow, pero en 2011 “El discurso del rey” se merendó a “La red social” y el año pasado “The artist” arrasó con todo a su paso.  Además, otros filmes apadrinados por él como “The reader (el lector)”, “Vicky Cristina Barcelona”, “The fighter” o “La dama de hierro” lograron estatuillas para sus actores en las últimas temporadas.

La apuesta fuerte de este año de Weinstein para los Oscar iba a ser “The master”, de Paul Thomas Anderson (puedes leer nuestra crítica aquí) pero rápidamente, en cuanto fue exhibida en Venecia, se dio cuenta de que un producto tan críptico y árido podía servir para postrar a sus pies a toda la crítica pero no era una buena baza para volver a conquistar a la Academia. Y entonces se encontró con el gran éxito en el Festival de Toronto de “El lado bueno de las cosas”, una “feelgood movie” mucho más acorde con los gustos de las masas, y a Harvey se le iluminó la bombilla. Acababa de encontrar su caballo ganador para 2013 e iba a apostar fuerte por él.  A día de hoy todavía le queda la mitad del trabajo, pero no se puede negar que Mr. Weinstein lo ha vuelto a lograr. Nada menos que ocho nominaciones a los Oscar (película, director, guión adaptado, montaje y pleno para los actores, algo que no se veía desde “Rojos”, en 1981) y una entusiasta recepción de la crítica estadounidense, que ha llegado a compararla con ¡“El apartamento”! (¿pero estamos locos o qué?) Leer más…