(ALERTA SPOILER: No leer sin haber visto hasta el último capítulo de la primera temporada de «Better Call Saul»)
Vince Gilligan y Peter Gould sabían, todos lo sabíamos, que la alargada sombra de “Breaking Bad”, esa inapelable obra maestra de la televisión, iba a planear para bien y para mal sobre “Better Call Saul”, su legítimo spin-off, lo que de entrada iba a concitar sobre su nuevo producto una atención y una predisposición que jamás habría captado de otra forma, pero también provocaría que la vara de medir fuese en última instancia más estricta, que las comparaciones pudieran ahogar los posibles méritos y subrayar hipotéticos errores. En definitiva, todos, en mayor o menor medida, teníamos cierto temor a que “Better Call Saul” se quedase en un voluntarioso pero a la postre innecesario intento de prolongar la fórmula, o que se convirtiese en una predecible imitación de la serie madre ideada para satisfacer al fandom nostálgico de las peripecias de Walter White. O peor aún, que simplemente no diese la talla. Sus dos primeros capítulos, “Uno” y “Mijo”, emitidos en dos jornadas consecutivas, sirvieron para disipar casi todas las dudas iniciales que pudiéramos albergar. “Better Call Saul” molaba, sí, pero había que esperar a visionar toda la temporada para comprobar hasta qué punto iba a ser capaz de capitalizar el legado de “Breaking Bad”, de transformarlo a su favor sin pervertirlo ni verse fagocitado por él, de ser SU propio serie. Mi compañero Rodrigo ya dijo, muy acertadamente, en un post escrito tras aquel díptico inicial que “para que un spin-off tenga sentido, tiene que mantener parte del espíritu en el que germinó la semilla pero ofrecernos, asimismo, algo radicalmente distinto, novedoso, complementario. Que no sea más de lo mismo, aunque eso mismo fuese muy bueno.” Ahora podemos decir que “Better Call Saul” lo ha conseguido. No solo mola, sino que es GRANDE, y lo mejor es que se atisba que puede ser aún MÁS GRANDE.
“Better Call Saul” conserva el maravilloso estilo visual de la serie madre (no en vano gente como Michelle MacLaren, Terry McDonough o Thomas Schnauz ya pusieron sus talentos al servicio de “Breaking Bad”), sus planos insólitos más propios del cine de autor que de la televisión convencional, el uso de los colores como elemento simbólico o el magistral manejo de los espacios para transmitir determinadas sensaciones, pero sabe encontrar su propia personalidad y su propio tono, más ligero en apariencia, con instantes impregnados de un delicioso humor negro, pero no exento de momentos terriblemente dramáticos. Incluso los deliberadamente cutres y cambiantes títulos de crédito han revelado una voluntad clara de hacer las cosas a su propia manera. Temáticamente no es una serie que se deje clasificar fácilmente porque a lo largo de sus diez episodios muda de género y de piel varias veces. Su estructura volátil se asemeja a piezas que no quieren encajar de todo, cambiando de tramas a su conveniencia, moviendo el foco aquí y allá, pero terminan complementando una primera temporada ejemplar, en la que si ha habido alguna flaqueza ésta queda oculta al contemplar el cuadro completo. Entonces sí, se percibe aquí la huella de “Breaking Bad”, pero corresponde a una bestia distinta, una que con el tiempo podría pelear de tú a tú a con su progenitor con opciones de victoria. Y eso son palabras mayores. Leer más…
Ecléctico. Una de las palabras de las que más abusamos los del gremio de la crítica musical. Con que a cualquier grupo se le ocurra hacer un ritmo funky en algún tema o incluir una guitarra acústica ya se lleva ese, en teoría halagador, adjetivo. Pues bien, hoy nos hemos empeñado en hacer justicia con ese término. Y la mejor manera de utilizarlo en la escena rockera es, sín duda, aplicándolo a los incomparables Faith No More. Rock alternativo, heavy metal, hip hop, gospel, soul, bossa nova, jazz, thrash…todo eso y mucho más se puede encontrar en esa loca coctelera de sonidos que es Faith No More y que les lleva mucho más allá de sus grupos ‘hermanos’, aquellos con los que coincidieron en época de mayor éxito y en aspiraciones, los Primus, Red Hot Chili Peppers, Living Colour, Fishbone o Jane’s Addiction. ¡Ay, esos años 90! Esos años en los que unas bandas tan…diferentes podían convertirse en multiventas e influir a millones de personas por todo el globo. Unos años en los que la banda de San Francisco vio como, tras permanecer largos años en el ‘underground’ desde el comienzo de los 80, explotó definitivamente legándonos una serie de discos y canciones irrepetibles hasta la inevitable decadencia y separación en 1998.
Cuando todo parecía haber quedado en un bonito recuerdo, el grupo se apuntaba en 2009 a la ya eterna moda de los regresos sonados, dedicando los siguientes cuatro años a hacer conciertos puntuales en loor de multitudes. La marca Faith No More se había revalorizado durante su ausencia y el excelente estado de forma de la banda redondeó uno de los mejores retornos de lo que llevamos de siglo. El silencio posterior parecía un claro signo de que la situación se había enfriado, pero, cuando ya menos lo esperábamos, Mike Patton y los suyos oficializaban que estaban trabajando en un nuevo álbum. Será este mayo cuando ‘Sol Invictus’ sacie la acuciante sed de sus seguidores. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el decimosexto y último episodio de la quinta temporada de “The Walking Dead”. También hablamos, aunque poco y sin revelar nada importante, de los cómics “Los muertos vivientes” de Robert Kirkman)
Pues sí, a lo tonto llevamos ya cinco temporadas de “The Walking Dead”… aunque a mí a veces me parece que hayan sido diez. Y es que, por mucho que algunos se empeñen en afirmar justo lo contrario, han sucedido muchísimas cosas desde ese 5 de noviembre de 2010, cuando se emitió su piloto “Days Gone Bye”, tanto dentro como fuera de la ficción. Basta con fijarse en cosas fácilmente cuantificables, como los escenarios que ha visitado la serie o los personajes que han pasado por ella, para darnos cuenta de que ese cansino mantra de que «aquí nunca pasa nada» es totalmente erróneo. De hecho, si miramos la evolución de las fotos de familia de sus distintas temporadas, creo que tendríamos que admitir que ningún otro show tiene la osadía (que, en televisión, lo es) de renovar tanto su elenco principal, hasta el punto de que sean más los que se han quedado por el camino que los que actualmente resisten. Ni siquiera “Juego de tronos” lo supera.
En cuanto a su tumultuosa, aunque a la vista de los resultados muy afortunada, producción, tres showrunners en sólo cinco años tampoco es algo que veamos todos los días: Frank Darabont (primera temporada e inicio de la segunda), Glen Mazzara (final de la segunda y tercera) y Scott M. Gimple (cuarta y quinta, y esperemos que algunas más). Sobre el papel demasiados vaivenes, excesivo jaleo en los despachos y en las mesas de los guionistas que, sin embargo, en la práctica ha funcionado tan rematadamente bien que podríamos decir que “TWD” no sólo ha cumplido sus primeros cinco años de vida en su mejor momento en cuanto a audiencia, sino también luciendo, quizás, su mejor estado de forma hasta la fecha. La serie se despidió el pasado domingo en EE.UU con 15,8 millones de espectadores, nuevo récord para una season finale, aunque no llegase a superar los apabullantes 17,29 millones de la premiere del pasado mes de octubre. Unas cifras escandalosas y sin precedentes para un show emitido en una plataforma por cable, y que ya firmaría cualquier programa emitido en las cadenas en abierto norteamericanas. Un auténtico locurón. Y es que, si la serie nunca dejó de crecer cuando despertaba aún más dudas que certezas, tiene sentido que su impacto sea cada vez mayor ahora que nos ha endosado una de sus entregas más sólidas y regulares hasta la fecha. Hablo, concretamente, de los ocho episodios emitidos entre febrero y marzo de este 2015, correspondientes a la segunda parte de esta quinta temporada. Leer más…
A raíz del estreno de “Cuando todo está perdido” (2013) dijimos en El Cadillac Negro que convenía tomarle la matrícula a J.C. Chandor porque en cualquier momento podía despachar una obra maestra y no queríamos que nos pillara desprevenidos. Esa obra maestra no es todavía “El año más violento”, por mucho que el casi unánime reverencial recibimiento de la crítica pueda hacer pensar lo contrario. Algunos incluso la señalan como la cinta más injustamente olvidada en la última edición de los Oscar, y quizás sí habría estado justificada su elección entre los ocho títulos nominados a mejor película, pero lo cierto es que queda lejos de filmes mucho más valientes, arriesgados o poderosos de la pasada cosecha cinéfila, como “Birdman”, “Boyhood” o “Whiplash”, y tampoco mejora a otras desdeñadas por la Academia como “Perdida” o “Nightcrawler”. “El año más violento” es una buena película que puede parecer mejor de lo que es porque nos recuerda lo enorme que era el cine del que bebe sin disimulo, el de los 70 de Coppola, Lumet, Friedkin o Pakula, en una época en la que es cada vez más difícil encontrar propuestas de calidad en la producción de Hollywood dirigida a un público adulto e inteligente, más allá del puñado de cineastas habituales en los que siempre confiamos. Cuatro décadas atrás la cinta de Chandor habría sido una más, y no precisamente de las más brillantes; en 2014 la National Board of Review la elige como la mejor película del año. Eso dice bastante más del estado actual del cine americano que del propio filme.
“Al año más violento” se ubica en la Nueva York de 1981 y cuenta la historia de Abel Morales, un tipo hecho a sí mismo, dueño de una red de transporte de combustible que está a punto de cerrar un trato que le dejará en una posición estratégica destacada en el sector, pero que tendrá que hacer frente a una ristra de problemas que amenazan su negocio. Las pesquisas de un fiscal que duda de la legalidad de sus cuentas, una serie de robos a sus camiones y las intimidaciones a su propia familia por parte de la competencia pugnarán poderosamente por apartar a Abe del camino de la legalidad que tan escrupulosamente se esfuerza por seguir. Leer más…
Loquillo: una historia a golpes de rock&roll
Muy pocos nombres del panorama artístico nacional pueden presumir de poseer un nombre, una personalidad y una marca tan consolidada, reconocible y respetada como la de Loquillo. Y muy pocos nombres del panorama musical nacional pueden ni siquiera acercarse al legado acumulado por el ‘gigante del Clot’, porque de lo que no cabe ninguna duda es de que el cancionero de Loquillo posee un buen puñado de las mejores canciones escritas nunca en castellano, de que «Cadillac solitario», «La mataré», «Ritmo del garaje» y «Rock & roll star» podrían ser perfectamente las canciones más importantes del rock nacional. ¿Y cómo es posible que un tipo que no canta bien, que no toca ningún instrumento y que no ha compuesto casi ninguno de sus más importantes temas se haya mantenido en la cresta de la ola (casi siempre) durante los últimos 35 años? Porque la suerte puede acompañarte durante algún tiempo, la condescendencia o simpatía del público te puede perdonar ciertas taras, e incluso las circunstancias pueden ayudarte a triunfar en alguna ocasión, pero convencer a generación tras generación a base de rock ‘n’ roll necesita de muchos más factores, casi misterios, que vamos a intentar descubrir en las próximas líneas.
Dicho esto, intento ponerme el traje de la objetividad, o al menos el abrigo, para pasear por las distintas etapas que ha vivido el Loco, desde sus inicios de rockabilly, rock clásico y punk en los años de la Movida madrileña, pasando por unos exitosos años 80 que tuvieron su colofón en el legendario directo «A por ellos… que son pocos y cobardes», sin olvidar sus oscuros y casi desapercibidos años 90 ya sin Sabino Méndez en la banda (mano derecha de Loquillo y compositor de sus canciones más reconocidas), con los discos posiblemente más flojos de los Trogloditas y sus incursiones en la canción de autor con sus trabajos «de poetas», hasta su resurgir en el inicio de siglo XXI, su despedida definitiva de la marca Trogloditas y el inicio de una nueva etapa ya sin apellido con el espléndido «Balmoral». Leer más…
Las eternas contradicciones de la vida. Por un lado, los estadounidenses The Decemberists habían logrado en 2011, con su disco ‘The King is Dead’, convertirse en la banda de gran éxito al que parecían destinados desde sus comienzos y que se les había ido resistiendo con anteriores publicaciones. Por el otro, lo hicieron con un álbum en el que giraban hacia el sonido ‘americana’ y hacia unas canciones sencillas y de gran gancho melódico, en el que se apartaban ligeramente del brillante y ambicioso pop ‘indie’ y universitario de grandes obras como ‘Picaresque’ o ‘The Crane Wife’ o de exhibiciones de (excesivo) barroquismo del irregular pero interesante ‘The Hazards of Love’. Resultado: ambiciones y arcas más colmadas, aumento exponencial de interesados en su música, pero encontrándo en sus seguidores de siempre un cierto cabreo. ¿La solución? Pues intentar hallar el justo término medio: seguir explotando la veta del éxito y profundizar en las raíces americanas y, al mismo, tiempo, injertar elementos pretéritos como los arreglos ambiciosos, de más variedad instrumental, y volviendo a un aire general más dicharachero, más…POP. Esto es más o menos lo que consiguen en ‘What a Terrible World, What a Beautiful World’, uno de los lanzamientos más esperados para los que veneramos a la vez a The Jayhawks y a REM, a Cracker y a The Replacements, a los Wilco de los comienzos y a los Wilco de ‘Summerteeth’ (porque no, aquí no se pasa a su siguiente nivel de experimentación kraut).
La reválida en forma de disco para The Decemberists no puede comenzar mejor. ‘The Singer Addresses his Audience’ empieza tímida, con la excelente voz de Colin Meloy en primer plano y una íntima base de guitarra acústica para ir mutando, mediante unos fantásticos coros femeninos y un gran ‘in crescendo’ instrumental, en todo un himno, que antecede a uno de los grandes temas de lo que va de año, una ‘Cavalry Captain’ absolutamente ganadora, con una sección de viento que por momentos recuerda a los festivos tiempos de Dexy’s Midnight Runners y que aúpa a todo un monumento pop. Poco le tiene que envidiar ‘Philomena’, que con sus aires sesenteros y sus festivos coros, en un tono muy parecido a She & Him, se convierte en toda una delicia. Leer más…
Cuando Bob Dylan cantaba allá por los setenta aquello de ‘Forever Young’, nunca podría imaginar que ese título iba a resultar tan autoprofético. Porque es justamente ahora, rozando las 74 primaveras y superando los 50 años de carrera musical, cuando Dylan es más joven que nunca. Absolutamente liberado de antiguas cargas, el bardo de Minnesota hace lo que le viene en gana: no deja de girar rotando constantemente el repertorio y deconstruyendo sin piedad sus grandes clásicos, tan pronto suelta un inesperado álbum navideño como se lanza a realizar un programa radiofónico que ha quedado como un clásico de las ondas o protagoniza un anuncio de automóviles porque sí, porque le da la real gana. Y, encima, no deja de entregarnos algunos de los mejores discos de su carrera desde finales de los años noventa.
No voy a negar que cuando se anunció que su próximo proyecto iba a ser un álbum de versiones de Frank Sinatra me invadió la sorpresa. Mucho antes hubiera imaginado un disco de revisiones de Hank Williams o de cualquiera de sus amados ‘bluesmen’ añejos, pero…¡¡¡¿¿¿Sinatra???!!! El reto era mayúsculo: uno de los mejores compositores de la Historia contra uno de los mejores intérpretes y recolectores de temas ajenos de todos los tiempos, el murmullo ronco y casi inaudible del de Duluth contra la virtuosa garganta de ‘Ojos Azules’, el irascible y furioso defensor de su intimidad contra el mejor embajador de los locales nocturnos de Las Vegas, el destructor de esquemas establecidos contra el yerno canalla más deseado por las madres. EL GENIO contra EL GENIO. No voy a negar que me extrañó pero tampoco que ardía en deseos de escuchar el material resultante. Leer más…























