(Compungidos por la tristísima noticia del fallecimiento de uno de los más grandes actores que jamás hayamos visto en una pantalla, os ofrecemos en este luctuoso día el post que le dedicamos en su momento dentro de la serie ‘Los grandes de hoy en día’, sin duda un apelativo perfecto para su enorme figura. Vaya por él, nos quedan su enorme rosario de excelentes interpretaciones. El Cadillac es hoy más Negro que nunca.)
Continuamos con nuestra serie sobre los titanes actuales de la interpretación y lo hacemos dedicando un post a Philip Seymour Hoffman, otro de los integrantes del reparto de la reciente «Los idus de marzo» (y avisamos que probablemente no sea el último en aparecer por estos lares). Al igual que Paul Giamatti, su antecesor en el Cadillac, nuestro protagonista ha visto su carrera fuertemente marcada por su peculiar físico. Pero para bien.
Seymour Hoffman, con sus 44 años de lúcida madurez, ha conseguido, a fuerza de tesón y un inmenso talento, una merecida reputación de «estrella de prestigio», pero su aspecto de juventud (que se ha ido matizando poco a poco con el paso de los años) parecía poco proclive a ello. Rechoncho, de piel blanca lechosa y pelo rubio claro, el por aquel entonces incipiente actor tuvo que refugiarse en personajes extravagantes, perdedores, alguno de ellos realmente incómodo, para empezar a sumar méritos. Típico rol secundario de «outsider» para dar un toque de locura o humor a la película. Pues bien, como los mejores caminos no tienen porque ser los más cortos, el intérprete neoyorquino supo ir destacando sin prisas y, aprovechando esa vía en la que se entremezclan el cine independiente de altos vueltos con el puramente hollywoodiense y que tuvo su explosión en los años 90, ha ido forjando una trayectoria intachable que todavía augura muchas alegrías. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama hasta el último capítulo de la tercera temporada de la serie, “American Horror Story: Coven”)
Dice un periódico español, centenario y de gran prestigio (ejem), que las series incitan a la masturbación. Y eso de darle a la zambomba está muy feo, es pecado y además está comprobado que no es sano. Por eso es necesario evitarlo a toda costa, y rechazar todo aquello que nos predisponga a caer en los brazos de Onán, como las mencionadas series, el tabaco, el alcohol o las drogas, los centros comerciales o los amigos que critican a sus padres y/o profesores. El problema con las series es que, por lo visto, éstas «pueden erotizar a los adolescentes aunque no tengan contenido sexual explícito». Se habla así en general, por lo que entendemos que habría que meterlas a todas en el mismo saco. Y si uno intenta hacer el desagradable ejercicio de entrar en la talibana mente de los autores del artículo en cuestión, un supuesto equipo de profesionales del Proyecto educación de la afectividad y sexualidad humana de la Universidad de Navarra ¡miedito!, para ver las cosas a su perversa manera, se da cuenta de que es verdad, de que las series erotizan mogollón. Y no hace falta irse a los casos más obvios, como pueden ser “Californication”, “Masters of Sex” o el softcore de “Spartacus”, es que uno puede acabar encontrando sexo, en mayor o menor medida, de una u otra forma, en “The Walking Dead”, “The Good Wife”, “Battlestar Galactica”, “Supernatural”, “Sensación de vivir”, “Salvados por la campana”, “Cosas de casa”, “Médico de familia” o “Verano azul”. La perversión total y absoluta. Quizás sea porque el sexo, no sé, está en lo que viene siendo la vida y es, o debería ser, algo cotidiano y normal, pero no me hagáis caso, que soy un pecador. Yo ya tenía más o menos claro que estaba condenado al infierno por muchos motivos, pero ahora me doy cuenta de que encima la mayor de mis aficiones (las series, digo… aunque lo otro también) me convierte aún en peor persona, por lo que ya no hay salvación posible para mí.
Sabe Dios que respetamos mucho y siempre a todos aquellos que tienen el detalle de dejar comentarios en El Cadillac Negro. Agradecemos enormemente que la gente se interese por lo que escribimos hasta el punto de dedicar parte de su preciado tiempo a compartir su opinión con nosotros. Esto no sería lo que es si no fuese por ellos. Pero hemos tenido también alguna, muy pocas, experiencias un tanto desagradables. Todo esto viene porque lo anterior me ha hecho recordar unos comentarios de un troll visitante del blog en mi entrada ‘“American Horror Story: Asylum”: bienvenidos al desparrame’, en los que me llamaba, y por extensión a todos los seguidores de la serie, «perfecto enfermo de lo peor». La Virgen, pues estamos apañados, entre el artículo de los señores de la Universidad de Navarra y las bonitas palabras que me dedicó aquel tipejo, empiezo a tener claro que estoy para que me encierren. Porque yo he seguido religiosamente “American Horror Story” desde sus inicios y hasta el día de hoy, y ya van tres temporadas y cinco posts, con éste. Y lo peor es que pienso seguir haciéndolo. Una serie que escandalizaría al mismísimo Satán, y que en otras ocasiones he definido, y siempre como un elogio, como «delirante, escabrosa, depravada, enfermizamente seductora y condenadamente entretenida», con un «altísimo y casi siempre insano voltaje sexual» y carente casi siempre de «reglas y límites». Y lo más grave es que ahora que tengo que hacer balance de su recién terminada tercera entrega, “American Horror Story: Coven”, no me queda otra que admitir además cierta decepción y desencanto, por varios motivos pero, sobre todo, porque me ha parecido mucho menos delirante, escabrosa, depravada, enfermizamente seductora y condenadamente entretenida que en anteriores ocasiones. También he echado en falta ese altísimo y casi siempre insano voltaje sexual del que solía andar sobrada. Y he acabado lamentando que, esta vez, se haya acabado autoimponiendo demasiadas reglas y límites… Veredicto: ¡A la hoguera con Rodrigo! Leer más…
En una de las carreras por los Oscar más abiertas de los últimos años el viejo Martin Scorsese está presente por partida doble: en cuerpo presente y en espíritu. Y, paradojas de la vida, tiene más posibilidades de alzarse con la victoria la impecable imitación de su estilo que propone David O. Russell en “La gran estafa americana” que la versión más radical de sí mismo que el director de “Taxi Driver” ha ofrecido en mucho tiempo con “El Lobo de Wall Street”. O quizás no sea tan paradójico, puesto que el tío Marty siempre fue el perfecto eterno perdedor en las galas de la Academia hasta que en la ceremonia de 2007 se alinearon los astros para otorgarle por “Infiltrados” los oropeles tantas veces negados. El cine del legendario neoyorquino siempre fue demasiado sórdido, crudo y agresivo para los estándares del Hollywood más académico. Siempre había una opción más cómoda por la que decantarse. No es tan extraño, pues, que Scorsese vuelva a morder el polvo en el circo de los Oscar, pero sí es curioso, e incluso hilarante, que lo pueda hacer ante un reflejo domesticado de su propio yo.
Probablemente O.Russell no sospechaba cuando rodaba “American Hustle” que tendría que competir con Scorsese en los Oscar y en las carteleras, pero hay una escena en su película muy significativa (no teman, no es spoiler), aquella en la que el personaje de Christian Bale le revela al de Bradley Cooper que la celebrada pintura de Rembrandt que tienen ante sus narices es en realidad una brillante falsificación. “El tipo que lo hizo es tan bueno que todos piensan que es real. Entonces ¿quién es el maestro? ¿El pintor o el falsificador? Así es como funciona el mundo. No es blanco y negro, como tú dices, es extremadamente gris”, nos explica O.Russell por boca de Bale, tal vez para justificar inconscientemente que su película, aunque resplandeciente y endemoniadamente entretenida, no es sino una rutilante copia de la personalidad de otro. Y no, señor O.Russell, no es lo mismo pintar la Gioconda por primera vez que ser capaz de reproducirla hasta en el más mínimo detalle. No es igual genio que oficio. Leer más…
Ya nos recordó Woody Allen en la excelente ‘Midnight in Paris’ que la nostalgia es mala consejera. Pero es una condición innata humana la de mitificar ciertos momentos del pasado de cada uno. Mucho más si se trata de un caso de nostalgia colectiva, ese consenso de una sociedad sobre las virtudes de una determinada época. Un servidor, iluso él, creía que los hermanos Coen podrían haber caído en ello cuando supe que su nueva película iba a estar ambientada en la escena del Greenwich Village neoyorquino del comienzo de los sesenta, ese ‘revival’ folk del que salió catapultado Bob Dylan y que sentó buena parte de las bases del posterior hippismo de finales de esa década. De hecho, no me disgustaba la idea. Pero no, nunca debí dudar de la pareja de hermanos más genial de la Historia del Cine. Bien al contrario, los Coen han optado por explorar la cara B del fenómeno y han colocado una bomba de relojería que devasta la ingeniería de toda esa legendaria escena.
El título deja las cosas claras. ‘A propósito de Llewyn Davis’, el filme más musical de los Coen desde la mucho más jovial ‘Oh Brother!’, da el absoluto protagonismo a Llewyn Davis, un talentoso pero poco afortunado cantautor que ve desmoronarse poco a poco su sueño de ganarse la vida con su música. A través de sus múltiples desventuras, casi siempre acompañado de un gato que ejerce de ingenioso ‘mcguffin’, podemos comprobar que el constante deambular por casas ajenas para dormir y los viajes en ‘autostop’ tenían bastante poco de románticos y sí mucho de pragmáticos, cómo la política de las discográficas y de los locales (esos míticos cafés encarnados aquí en el Gaslight) era tan depredadora entonces como ahora, que la integridad y el alternativo estilo de vida de los miembros de la escena menguaba de manera proporcional a sus necesidades económicas y vitales. En definitiva, que bajo el lema de ‘Paz, amor y música’ la omnipresente miseria humana encontró un buen escondrijo. Leer más…
(ALERTA SPOILER: Revela algunos detalles –muy pocos– de la trama del primer capítulo de la serie, “The Long Bright Dark”)
Los que nos dedicamos a escribir sobre esto de las series, y lo hacemos porque somos, ante todo, espectadores compulsivos, tenemos una serie de costumbres, hábitos, manías y rituales que todos cumplimos siempre y sin excepción, lo que nos convirtierte en una raza bastante reconocible y homogénea. Recientemente hemos dado prueba de ello entregándoos, un blog tras otro, nuestras listas con nuestras favoritas del pasado curso, una cita a la que a nadie se le ha ocurrido faltar. Otra de las cosas que más nos define es que siempre estamos obsesionados con proveernos de más madera, más combustible, más material con el que llenar nuestra ya de por sí petadísima agenda seriéfila, ávidos de lanzarnos sobre los estrenos más atractivos de cada nueva temporada televisiva, y en búsqueda permanente de esa próxima joya, de esa ‘next big thing’ que todo el mundo verá, de la que todos hablarán, sobre la que todos escribirán y nosotros no podremos permitirnos quedarnos al margen. Porque además en esto suma puntos, y mola colgarse medallas, si has estado ahí desde el principio, y no te has subido al carro cuando el ‘boom’ ya era imparable. Creo que no me equivoco si digo que, en este sentido, eran muy pocos los que no tenían puestos sus ojos desde hace meses en “True Detective”, llamada, casi obligada a ser una de las grandes series de 2014. Motivos para esperarla como agua de mayo, ya solamente sobre el papel, teníamos de sobra, pero además la atractivísima campaña promocional llevada a cabo por la HBO no hizo más que engordar nuestra hambre y sí, lo diré, el ‘hype’, hasta extremos monumentales.
En este caso, además, las circunstancias actuales hacen que a “True Detective” no sólo le pidamos que sea buena, sino que le exijamos, le imploremos, que sea condenadamente magnífica. Porque, por mucho que desde aquí hayamos defendido que la Edad de Oro de las Series está lejos de agotarse, y aún siguen surgiendo cada año algunas que se encargan de demostrarlo, no podemos negar que nos recorre una cierta inquietud al ser conscientes de que el año pasado dijimos adiós a una de las mejores cosas que le han ocurrido en toda su historia a la televisión, “Breaking Bad”, y hace sólo un par de semanas también se despidió esa maravilla llamada “Treme”, y a “Mad Men” le queda sólo una temporada, aunque nos la dividan en dos años, y ahora nos enteramos de que en 2014 también cerrarán sus puertas “Boardwalk Empire” y “The Newsroom”, sumándose al ‘the end’ de “Sons of Anarchy’ o “Californication”, y de que la sexta temporada de “Justified” será la última… Todas son, en mayor o menor medida, por unos u otros motivos, insustituibles. En cualquier caso, vean la lista con nuestras 13 de 2013 y comprendan nuestra desazón. Sí, necesitamos urgentemente grandes series que algún día ocupen ese vacío, que nos sigan alegrando la vida cada noche (sin más, pues de eso se trata) y, por qué no, que dentro de unos años no desentonen en nuestras estanterías al lado de los packs de “Twin Peaks”, “Los Soprano”, “The Wire”, “A dos metros bajo tierra”, “Deadwood”, “Roma”, “Perdidos” o algunas de las antes mencionadas. ¿Será “True Detective” una de nuestras salvadoras? ¿Hacemos bien depositando tantas esperanzas en ella? Ahora bien… ¿estamos haciéndonos las preguntas correctas?
Otra vuelta de tuerca para «Sherlock»
(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de los tres capítulos de la tercera temporada de la serie)
Lo malo de una nueva temporada de “Sherlock” es que termina antes de que te des cuenta. Y lo peor es que no sabemos cuándo veremos de nuevo a los célebres inquilinos del 221B de Baker Street. Pueden pasar dos años hasta que volvamos a tener noticias de ellos, y eso, en el universo televisivo, es mucho tiempo. Lo bueno de una temporada de “Sherlock”, sin embargo, es todo lo demás. Y es que el producto estrella de la BBC británica ha demostrado en su tercer año en antena que sigue siendo uno de las propuestas más inteligentes y divertidas de la TV actual. La serie de Steven Moffat y Mark Gatiss puede ser tan excesiva como su legendario protagonista, pero eso no impide que su receta, compuesta siempre de relecturas ingeniosas de los relatos de Arthur Conan Doyle llevados a nuestros días, diálogos brillantes y réplicas mordaces, giros inesperados a cada cual más abracadabrante, interpretaciones portentosas y un look rompedor sin llegar pasarse de moderno, nos siga sabiendo a gloria bendita. Y lejos de mantenerse acomodada en la fórmula ganadora que tantos fans le había generado en sus entregas anteriores, “Sherlock” se ha propuesto en su tercera temporada seguir creciendo, expandir sus límites y buscar nuevas soluciones narrativas y argumentales que ensanchen su universo. Si algo no puede permitirse esta serie es ser predecible, aunque eso suponga cabrear a un puñado de fans que no aceptan de buen grado variaciones en el canon, y Moffat y Gatiss han aprovechado a conciencia el tiempo del que han dispuesto desde la emisión “The Reichenbach Fall” en 2012 para idear un tríptico que conserva la esencia del Sherlock Holmes visto en sus dos primeras temporadas, pero que le da otra vuelta de tuerca (más) al mito.
En su tercera temporada a “Sherlock” le han interesado menos los vericuetos de los misterios de rigor que deben resolver sus dos protagonistas que la relación personal que se cimenta entre ellos. Los creadores de la serie son conscientes de que la química que se crea en la pantalla entre el detective y su fiel ayudante, Holmes y el doctor Watson, o lo que es lo mismo, los espectaculares Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, es uno de sus mayores activos y no han dudado en escarbar en esa poderosa conexión que les une. En el proceso hemos descubierto a un Holmes más humanizado y sensible al contacto con los demás, alguien que por primera vez parece preparado para reconocer el valor de la amistad verdadera, aunque ello no implica que renuncie a ese “sociópata altamente funcional” que se jacta de ser. Leer más…
Series: nuestras 13 de 2013
Antes incluso de que naciese El Cadillac Negro, ya existían sus listas. Durante los casi diez años en que Jorge, Alberto y un servidor compartimos experiencia profesional, puntualmente por estas fechas y junto a otros compañeros de trabajo, tocaba intercambiarnos nuestros ‘rankings’ con las pelis, series y discos favoritos de cada uno, momento que venía siempre acompañado de acalorados debates que no dejaban de ser una prolongación de lo que se había venido cociendo a lo largo de toda la temporada. De hecho, podría decirse que ahí está el germen, la semilla de este blog. Pero, pese a tener callo en estas lides, lo de las listas no deja de ser un proceso complejo, laborioso y no poco doloroso. Y siempre, aún siendo algo muy subjetivo, tendrá mucho de injusto. A uno acaba resultándole muy difícil decantarse por una o por otra, situar a ésta por encima de aquélla, y además luego hay que consensuar… Por eso, aunque en este caso nos ha quedado una muestra creemos que suficientemente amplia, pues tras elegir 12 series en 2012 este año lo hemos ampliado a 13 (veremos si el año que viene seguimos con la broma), al final en una lista casi son más llamativas las que no están que las que sí han logrado entrar. Así, por mucho que las hayamos alabado en el blog y nos duela, se nos han tenido que quedar fuera “The Newsroom”, “Girls”, “Luther”, “Peaky Blinders”, “American Horror Story”… También echaréis en falta unas cuantas series que sí han destacado otros muchos blogs y medios que se dedican a este rollo, pero mientras los días duren 24 horas, las semanas 7 días y nosotros seamos incapaces de desdoblarnos, no podemos abarcarlo todo. No, no hemos podido ver “Orange is the New Black” (bueno, un servidor acaba de ponerse y ya va por el octavo capítulo), “The Good Wife” (avanzando… pero aún por la tercera temporada), “House of Cards”, “Bron/Broen” o su versión americana “The Bridge”, “Dates”, “Orphan Black”, “Broadchurch”, “The Fall”… No nos ha dolido en cambio dejar esta vez fuera de la lista a “Dexter”, aunque sí nos sentó como una puñalada en pleno corazón el truñazo de temporada con la que nos dijo definitivamente adiós. Quizás sí sea imperdonable haber ignorado a “Treme”, una de las joyas televisivas de la última década, en el año de su despedida, pero en eso también le echamos la culpa a David Simon y a la HBO, por emitir su última (mini)temporada del 1 al 29 de diciembre, sobre la bocina y en fechas muy complicadas. Sirva, por tanto, este párrafo introductorio como homenaje o desagravio a las ausentes, y centrémonos ya en las que, por los motivos que sean, han acabado siendo NUESTRAS (y esto nunca lo recalcaremos lo suficiente) series favoritas de 2013. Aunque el número uno, por poco que hayáis ido siguiendo nuestros pasos, ya lo teníais meridianamente claro: Leer más…
Cine: nuestras 13 de 2013
En El Cadillac Negro no solo esperamos las Navidades por los tradicionales empachos alimenticios y familiares, sino, sobre todo, por parar un momento en nuestro seguimiento de la más frenética actualidad, echar la vista hacia atrás y hacer balance de aquello que más nos ha emocionado a lo largo del año que acaba de expirar. De esta manera, los tres conductores de este blog realizamos nuestras listas particulares, confirmamos lo que esperamos de cada uno y, lo que es más gratificante, nos sorprendemos con algunas de las elecciones y tomamos buena nota, no sea que se nos haya pasado alguna obra interesante o que tengamos que recuperar aquella otra que no nos pareció gran cosa y que ha encantado a nuestro compañero. Concluido el laborioso proceso de contabilizar los votos, la lista resultante nos recuerda que 2013, amén de sonoras decepciones, ha sido un gran año de cine. Nuestra selección es, ante todo, de lo más variopinta y ecléctica. De ahí que convivan en ella las últimas obras de grandes maestros que han regresado a la altura de su prestigio, las de cineastas que ya sonaban insistentemente en los últimos años y que en éste han parido la obra que les aúpa directamente a la élite y las de directores que no conocíamos y han hecho que nuestros ojos giren directamente hacia sus próximos pasos. En cuanto a géneros, tampoco podemos quejarnos de variedad: desde la acción más iconoclasta y talentosa hasta el ‘thriller’ místico y ambiental pasando por los dramas sesudos y desgarradores, la ciencia ficción, la comedia más friki junto a la más sofisticada e incluso el documental musical. Pero entre este tan dispar mosaico destacan elementos comunes que pueden interpretarse (o no) como tendencias en boga en el año recién concluido: la esclavitud de los negros en los EE.UU del siglo XIX, el drama romántico en su concepción más cruda y desmitificadora de la pareja y las historias de iniciación, aquellas que narran el definitivo punto de giro de las cortas vidas de sus aún bisoños protagonistas. No daré nombres ni seguiré dando pistas. Sin más dilaciones, aquí tenéis las trece mejores películas de 2013 en la humilde opinión de El Cadillac Negro:























