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«La maldición de Hill House»: un corredor oscuro hacia el duelo

07/11/2018

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Hay productos que se nos venden como huevos de criatura mitológica envueltos en oro y que se nos quedan en el cascarón. Nadie diría que el gran producto de Netflix de este año no iba a ser «Maniac», contando con la maravillosa Emma Stone como protagonista y con el despliegue promocional que llegó a tener. No ha sido así, en cambio. Esta miniserie no ha pasado de ser un entretenimiento retrofuturista que se nos queda a medias y que no explota de la manera adecuada todos los elementos que debería explotar. De cara a la fiesta de Halloween, la plataforma nos presenta esencialmente dos series de terror: «Las escalofriantes aventuras de Sabrina», con un ejercicio de promoción, de nuevo, apabullante, y «La maldición de Hill House», de manera mucho más tímida y comedida.

La primera está bien, presenta una historia de brujas oscura llena de revoluciones para la juventud y visualmente muy trabajada que viene al pelo en estas fechas. Pero no es la serie del año. La serie del año, o una de las mejores que vamos a tener la oportunidad de ver en este 2018, es precisamente la que menos se ha vendido de manera previa. Tanto es así, que yo esperaba un producto entretenido sobre casas encantadas y poco más, algo con lo que pasar el rato en el mes de octubre. Y qué sorpresa nos hemos llevado, señoras y señores. Qué grata sorpresa nos hemos llevado. Leer más…

Rosalía y «El mal querer»: un quejío por el amor que mata

05/11/2018

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Siento una suerte de temor a sentarme a escribir esta reseña porque es como si sostuviera entre los dedos una responsabilidad extraña y probablemente imaginaria. Lo siento así por dos razones: la primera, porque las expectativas que ha generado este disco alcanzan unas cotas desmesuradas; la segunda, porque la polémica que ha generado este disco alcanza unas cotas desmesuradas. Toda una hipérbole de palmas y voces extrañas. Y reconózcolo, yo misma estaba dispuesta a hablar brevemente del debate generado y contextualizarlo un poco todo, pero me he dado cuenta de que sería abrir un melón que, estoy segura, no me apetecerá comerme. Así que voy a dar por concluso el tema antes de empezarlo diciendo que si algo tenemos que tener claro es que nadie tiene potestad para decidir si alguien puede o no sentirse ofendido por algo, especialmente desde una perspectiva externa. A veces es una cuestión de escuchar.

Dicho esto, y teniendo toda la intención de centrarme en la música, que es algo que nos chifla en el Cadillac, he de reconocer que a mí Rosalía me transmite de una manera que no puedo ignorar. Quizá no sea la suya la revolución de la que todo el mundo habla y a todas luces no es la primera artista en experimentar con el flamenco ni en tratar de llevarlo a las masas. No en vano, nombra a Lole y Manuel como sus máximos referentes, sin mencionar a otros y otras artistas del panorama actual como Soleá Morente, El Niño de Elche o incluso Mala Rodríguez, quedándome muy en la superficie. No obstante, y sea como sea, con revolución o sin ella, lo que hace lo hace muy bien y le está funcionando a las mil maravillas. Y menuda criatura ha surgido de este parto discográfico.

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«Bohemian Rhapsody»: entre la vida real y la fantasía

31/10/2018

El día en que Freddie Mercury murió, aquel infausto 24 de noviembre de 1991, aún lo recuerdo como un momento particularmente triste de mi adolescencia. Por primera vez era testigo consciente de la desaparición de una gran estrella del rock a la que admiraba, y que todo ocurriera en circunstancias tan trágicas -con aquel comunicado público reconociendo padecer la entonces letal enfermedad solo unas pocas horas antes- no hacía sino añadir drama a la situación. Hoy quizás estamos más acostumbrados a que los Dioses de la música nos vayan dejando sin remedio, pero a los 15 años yo aún estaba convencido de su inmortalidad (los que siempre conocimos muertos, como Lennon, Elvis o Morrison, formaban parte como de otra dimensión) y comprender que no era así dolió como una sonora bofetada. Lo curioso es que aunque en aquel momento ya me gustaban Queen -soy de la generación que, por cuestiones de edad, se enganchó con “The Miracle” y aquel apabullante “I Want It All”– y acababa de comprarme el “Greatest Hits II”, en realidad fue el fallecimiento de Freddie lo que me llevó a descubrir DE VERDAD a la banda. A lomos de la Queenmania global que se desató en aquellos días, con el video de “The Show Must Go On” emitiéndose a todas horas por televisión, me encomendé a la ardua tarea de buscar los viejos discos y las cintas de VHS, ya fuese en incursiones periódicas en ‘Madrid Rock’ o intercambiando material con otros compañeros tan obsesionados como yo. Y a aquella edad era fácil obsesionarse con una banda tan exuberante, potente y carismática, a nivel musical y visual, como Queen. Así que lo que empezó con un shock traumático terminó convirtiéndose en un fanatismo sano hacia un grupo que combinó como ningún otro en la historia lo comercial y lo extravagante, la grandilocuencia épica y la sofisticación de terciopelo, lo duro y lo suave, a veces en una sola canción.

Queen fue quizás mi banda favorita en la primera mitad de los 90, y Freddie un ídolo al que reverenciaba entre la fascinación absoluta y la impotencia de saber que ya no estaba entre nosotros. Supongo que aquel joven impresionable que yo era habría acogido entonces la noticia de una película sobre la vida, obra y sueños de un tal Farrokh Bulsara llamada “Bohemian Rhapsody” dando palmas con las orejas y emocionado hasta el tuétano, pero a estas alturas un servidor es (puede que algo) más sabio y (sobre todo) más cínico y ya sabe que este tipo de ejercicios en rara ocasión hacen justicia al “homenajeado”, por lo que se conforma con que no la caguen escandalosamente, que el producto sea digno y, dentro de lo posible, honesto con la figura de Mercury. Y los incontables problemas de producción que han habido para llevar el proyecto a buen puerto (retrasos continuos, desencuentros creativos, cambios de casting, despido del director) ofrecían motivos de cierto peso para no esperar ni siquiera ese estándar mínimo. Por no hablar de que el hecho de que Brian May y Roger Taylor -los mismos que llevan años girando por el mundo bajo el nombre de Queen junto a un chaval de American Idol sin sentir siquiera un poco de vergüenza- figuraran como productores ejecutivos y de algún modo “guardianes del legado” tampoco era precisamente un factor tranquilizador. Leer más…

«La noche de Halloween»: cuarenta años de Myers y Strode

29/10/2018

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Habré podido repetirme hasta la saciedad con este tema, pero en épocas de remakes, reboots, revivals y repámpanos, hemos de ser especialmente cautelosos cuando nos sentamos en la butaca de una sala de cine o nos enfrentamos a cualquier producto audiovisual y pensar de antemano en qué estamos viendo. John Carpenter dio a luz en el 78 a uno de los mejores slashers de la historia y de los más influyentes. Una cinta de terror con un psychokiller enmascarado icónico, una banda sonora espectacular, la mejor scream queen de todos los tiempos y una atmósfera única (como es común cuando hablamos de este director).

Digo esto, porque nadie puede partir de una cinta de culto de tal relevancia y pretender que nada de lo que venga después le haga justicia real o se acerque al producto original. Es hasta lógico que tras la «Halloween» madre casi todo en esta saga hayan sido entregas mediocres y batacazos, un desfile de inestabilidad y un caer en lo risible que resulta patético porque ni siquiera es intencionado. ¿Qué nos ofrece, entonces, esta nueva entrega de «La noche de Halloween» que llega justo cuando se cumplen cuarenta años de la primera? ¿Tenemos luces y sombras? ¿Queremos olvidar? ¿Hemos sabido disfrutarla? Leer más…

“Better Call Saul”: punto(s) de no retorno

26/10/2018

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto “Winner”, el décimo y último episodio de la cuarta temporada de “Better Call Saul”)

Recién terminada su cuarta temporada, y con al menos una más (¿la última?) en el horizonte, “Better Call Saul” ya no tiene que demostrarle nada a nadie. Los que la seguimos fielmente y la tenemos, desde sus inicios, en una altísima estima, sabemos que nunca tendrá el reconocimiento popular que se ganó “Breaking Bad”, considerada de forma casi unánime como una de las cuatro o cinco mejores series de todos los tiempos. Tampoco podrá soñar con alcanzar esos más de 10 millones de espectadores con los que Walter White y compañía se despidieran allá por septiembre de 2013, aunque las audiencias de ambas series en sus respectivas cuartas temporadas hayan sido más o menos semejantes (en torno al millón y medio de seguidores). Ni se verá reconocida con la pila de premios que la serie madre fue amasando durante sus seis años en antena (16 Emmys y dos Globos de Oro, entre otros), a pesar de que “Better Call Saul” sea innegablemente una de las series mejor escritas, mejor realizadas, mejor facturadas y mejor interpretadas (lo de Bob Odenkirk y Rhea Seehorn este año ha sido un escándalo) de la actualidad. ¿Y sabéis qué? Que da igual. Ya ha justificado con creces su existencia, por mucho que casi todos, reconozcámoslo, fuéramos reacios a un spin-off de una de nuestras vacas sagradas, y ha tenido entidad y personalidad propia casi desde el primer minuto. Y saber que todos los años tenemos la oportunidad de seguir adentrándonos capítulo tras capítulo, semana a semana, a la vieja usanza, en las andanzas de Jimmy, Kim, Mike, Nacho, Gus y los demás es una absoluta gozada.

Llegar a una cuarta temporada, cuando de partida tenía bastantes cosas a favor pero quizás muchas más en contra, puede considerarse todo un triunfo para una serie que, además, se ha empeñado siempre en nadar a contracorriente. Y no hace demasiado tiempo no lo teníamos nada claro, pues tras el cierre de su brillantísima tercera entrega aún tuvimos que esperar unas cuantas semanas hasta que la cadena AMC se decidiera a encargarles a Vince Gilligan y Peter Gould una nueva tanda de episodios. Este año la cosa pintaba mucho mejor, pues antes incluso del estreno de los nuevos episodios AMC anunció su renovación por una quinta temporada. Una quinta temporada que, aunque no haya confirmación oficial ni extraoficial, quizás podría (¿debería?) ser la última. Incluso los que amamos “Better Call Saul” tanto como llegamos a amar a “Breaking Bad” entendemos que su precuela no debería extenderse mucho más allá de lo que lo hizo la serie original. Aunque quizás debamos tener en cuenta que, entre temporadas más largas y temporadas partidas, “Breaking Bad” se fue hasta los 62 episodios y “Better Call Saul” se plantaría el próximo año en los 50 capítulos. De nuevo, da igual. De nada sirven las matemáticas en este caso, menos aún cuando si algo nos han enseñado Gilligan y Gould en estos años es que debemos apostar por ellos, fiarnos de su criterio y aceptar sus reglas porque aunque algunas veces (muy pocas) nos hayan hecho dudar, la suya siempre se ha acabado revelando como la jugada ganadora.

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Nuestro Top 10 de… Martin Scorsese

16/10/2018

Tenemos que reconocer que no somos la panacea de la originalidad ni los más underground del lugar cuando, al perfilar una nueva entrega de «nuestras favoritas de …», hemos optado por diseccionar la carrera de un tal Martin Scorsese, poco después de haber hecho lo propio con aquel Steven Spielberg. Sin embargo, después de reconocernos previsibles, típicos y clasicotes, ya tenemos la conciencia tranquila y liberada para poder afirmar que Martin Scorsese es, además de uno de nuestros cineastas favoritos, uno de los grandes directores de la historia del cine, merecedor por ende de cualquier elogio, loa o artículo que se le quiera brindar. Y a ello vamos. Poseedor de una extensa filmografía y con una carrera que amenaza con dejar todavía alguna obra maestra más, entre las películas del tito Scorsese podrían sobresalir los títulos más reconocibles por su forma de rodar, aquellos que irremediablemente inundan el recuerdo de cualquier espectador, sí, esos con los gangsters, los disparos y la voz en off como principales protagonistas. Pero el bueno de Martin es más, muchísimo más, desde sus incursiones en las raíces del pueblo americano, con los movimientos migratorios que tan bien conoce y que son base de esas mismas raíces, hasta su visión de determinadas religiones, pasando por afiladas biografías, por la comedia desenfadada y por supuesto por su extraordinaria forma de rodar música, ya que no se deben olvidar sus aventuras junto a lo más granado de la historia del rock. Sí, por allí también pasaremos al recordar una carrera tan larga como ancha.

Que un tipo que allá por los años 70 rodara las que son consideradas unánimemente como sus primeras grandes obras maestras, como grandes obras maestras además de la historia del celuloide, y que en los últimos años haya parido tres inmensas películas como «Infiltrados», «Shutter Island» o «El lobo de Wall Street» habla mucho y bien de la carrera de largo recorrido que está llevando a cabo, sin dejar de crear cimas cinematográficas durante ya más de 40 años. Y es que si en aquellos años 70 sorprendió a propios y extraños con cintas como «Malas calles», «Taxi Driver» o «Toro salvaje», obras oscuras llenas de verdad y de poesía, de una poesía a ras de suelo y de una verdad que ponía a la sociedad ante un espejo, algunos de sus últimos films parecen rodados por el director más joven de Hollywood, por el más joven y también el más atrevido. Pero es que además de numerosas películas muy reconocibles e incluso disfrutables a nivel popular, Martin Scorsese ha tenido también espacio para acercarse al cine de autor, para acometer proyectos a todas luces minoritarios, para darse un paseo por la televisión y para, como ya hemos dicho, filmar algunas de las historias de la música más apasionantes. Sobran las razones por tanto para hacer un ejercicio tan típico como injusto y plantearos un listado con nuestras 10 películas favoritas de Martin Scorsese:

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«Tarque»: es solo rock and roll

08/10/2018

Para su primera escapada en solitario, Carlos Tarque sabía perfectamente lo que quería hacer, y eso ha hecho, simple y puro rock and roll. El cantante de M-Clan (porque todavía se le debe considerar el cantante de este grupo, ya que aseguran que no ha desaparecido sino que se encuentra en ‘stand by’) ha querido despojarse de todos los vestidos que poco a poco o cada uno en su momento han ido cubriendo la música de la banda para brindar un disco de puro y seco rock, sin más artificios ni medias tintas. Sin embargo, no hemos de dejar pasar por alto que en la pegada tan directa que ha despachado, pretendidamente ha dejado por el camino buena parte de los atributos de los que había hecho alarde hasta ahora, y esto te puede parecer una buena o una mala noticia.

Que Carlos Tarque tarde o temprano iba a probar suerte en solitario era algo que se venía venir a la legua. El ser uno de los más importantes frontman de la escena musical española le hacía carne de escapada, si no de ruptura. Muy pocos grupos con una voz tan potente al frente (o incluso sin ella) se mantienen vivos durante tantos años, es casi ley de vida. Por supuesto que hay ejemplos de lo contrario, pero lo normal es que en algún momento dado el tipo que atrae la mayoría de los focos los quiera todos para él. Así, con M-Clan ya reducido desde hace unos discos a dúo, puede que la negociación de la cana al aire se hiciera más sencilla que cuando se ha de pactar con un grupo amplio de músicos que temen perder su estatus. Y en esas nos plantamos, después de que el grupo murciano recuperase laureles y audiencias con el disco «Dos noches en el Price» (que aquí diseccionamos), con el que hacían acopio de su carrera en un gran directo, su último disco fue un paseo por el folk-country-rock americano, un género con el que siempre habían coqueteado pero que no fue hasta «Delta» (aquí reseñado) cuando se sumergieron en él. Personalmente me parece un disco muy bonito e interesante, con algún bajón en su parte media, pero creo que en general lo recibí bastante mejor que la media del público. Por lo tanto, era el momento de dar un puñetazo en la mesa y decir, «no os confundais amigos, lo mío sigue siendo el rock».

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¿Quedará el rock español a buen recaudo? Sus presuntos guardianes, de la A a la Z

03/10/2018

El panorama musical nacional goza de muy buena salud. Esta es una afirmación que a los descreídos del rock patrio les hará cierta gracia (acompañada por una mueca de excepticismo y condescendencia) pero que los que no entendemos de fronteras para eso de repartir dones y cualidades debemos de aprovechar y disfrutar. Y es que una vez pasada la dictadura de las radiofórmulas y de la correctísima y encorsetadísima forma de hacer música que acabó con cualquier mediana revolución que se hubiera podido producir allá por los años 80-90, el periodo actual de total libertad de elección y búsqueda, sin ataduras a lo que el locutor de turno tenga en nómina hacerte tragar, ha hecho que la amalgama de estilos y posibilidades existente pueda satisfacer todos los paladares, desde el más exigente hasta el del que está a gusto con que sea la moda la que marque su ritmo sonoro.

También es cierto que muchos de los artistas que siguen atrayendo más público y focos son todavía los más veteranos, vacas sagradas que siguen en plena forma, con discursos más o menos actualizados y que en general han sabido adaptarse a los tiempos y han ido convenciendo a buena parte de las nuevas audiencias, logrando en algunas ocasiones un reconocimiento y respeto más unánime que en cualquier momento de sus dilatadas carreras. Se me ocurren como ejemplos de estas trayectorias nombres como los de Enrique Bunbury, Loquillo, Joaquín Sabina, Coque Malla, Los Planetas, Fito o Robe de Extremoduro, artistas que ya podrían estar de vuelta y aprovechando las rentas del enorme éxito logrado desde hace años pero que sin embargo no dejar de crecer, experimentar y arriesgar, cada uno de una forma. A continuación podría esta una generación posterior, con nombres ya totalmente asentados, pero a los que se les intuye y exige aún muchos discos e incluso sus mejores discos, como por ejemplo a Quique González, Iván Ferreiro, Nacho Vegas, Leiva, Amaral, Love of Lesbian o Vetusta Morla. Y aprovecho este último grupo para enlazar con los primeros, ya que actualmente es la banda española que más público arrastra, y con los siguientes, que son los que centrarán el grueso del texto, ya que entre los numerosos logros que han logrado los de Tres Cantos está el ser abanderados de una generación, la mal-llamada ‘generación indie’, siendo bandera de una forma de interpretar el negocio o siendo los primeros en reinterpretar el negocio, logrando llevar a la meta propuestas que años atrás dejaron a la deriva a grupos como 091 o Los Piratas. Y lo que estamos buscando con estas letras son las estrellas que puedan coger en el futuro el testigo de todos los artistas señalados líneas atrás, nombres que actualmente forman parte de esa inmensa nube sonora en ebullición en la que no dejan de entrar propuestas, infinidad de propuestas cada vez más diferentes y que ya no se acotan únicamente dentro del pop con reminiscencias anglosajonas que parecía requisito fundamental para entrar en esa liga de molar pero sin llegar a triunfar (que entonces se deja de molar). De toda esa explosión musical irán cayendo y desapareciendo (como lágrimas en la lluvia) muchos de ellos, perdurando los que puedan sobrevivir a modas y buenos momentos pasajeros; así, en una sandez de listado de la A a la Z, con alguna trampa para salir airoso del caprichoso método enumerativo que me he buscado, ponemos en la palestra a algunos de los aspirantes a ocupar el trono del rock nacional (y pidiendo desde ya perdón por las ausencias y por el afán comparativo en las descripciones, necesario por otra parte para ubicar ligeramente a nombres no muy conocidos).

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