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Jack White y «Boarding House Reach»: entre el capricho genial y la tomadura de pelo

23/03/2018

“Lazaretto” fue el disco favorito del Cadillac Negro de 2014. Era aquel un trabajo que triunfaba en su redefinición en clave contemporánea de la vasta tradición musical norteamericana y que confirmaba a Jack White como el último representante de una especie en extinción, la del rockero genuino que escarba en la frondosa grandeza del pasado para seguir mirando de frente a un presente y un futuro inciertos. La mayor pega que le encontraba mi compañero Almendros en su crítica del álbum era la ausencia de riesgos que había asumido el de Detroit, y lamentaba (bien es cierto que con la boca pequeña) su perfil continuista con respecto a su primera referencia en solitario, “Blunderbuss” (2012). Tenía razón al apuntar que White había encontrado su zona de confort, pero, en definitivas cuentas, los miembros de este blog quedamos prendados de aquella irresistible y compacta colección de canciones, y, durante mucho más tiempo del que preveíamos, hemos venido esperando con ganas una nueva ronda de ese espectacular cóctel de géneros añejos que en sus manos lucen tan rejuvenecidos. Y así, hace tres meses aparecía en Youtube un críptico vídeo con extractos aparentemente aleatorios, como si de una pasada por el dial de una vieja emisora se tratase, de lo que iba a ser su nuevo disco, “Boarding House Reach”. Como todo buen adelanto, “Servings and Portions from my Board House Reach” no desvelaba más allá del mood general de la obra, fragmentos breves y sugerentes pero descontextualizados que si algo prometían es que esta vez el ex White Stripe sí iba a sobrepasar los límites de su zona de confort y que no hacían sino aumentar las expectativas sobre el que ya era uno de los discos más anhelados de la temporada por un servidor.

Y, ya por fin, cara a cara por primera vez con “Boarding House Reach”, una extraña mueca de desconcierto y perplejidad fue adueñándose de mi rostro a medida que iban transcurriendo los cortes. Porque sí, el nuevo disco de Jack White es lo que nos habían prometido: su obra más libre, multidireccional, imprevisible, insolente y desprejuiciada. Un puzzle sonoro armado con incontables piezas de rock, blues, soul, gospel, country, funk, jazz o hip-hop que ni siquiera necesitan encajar entre sí. La obra de un genio chiflado que ensaya frenéticamente distintas pócimas en su laboratorio de arqueólogo musical sin miedo a probar cualquier combinación, por improbable que parezca. Pero en este experimento que sobre el papel debería ser obscenamente gozoso hay una cosa que echo terriblemente en falta: ¿dónde carajo están las canciones? Porque es cojonudo que White juegue a ser Prince o Beck; si alguien tiene el talento suficiente para jugar en esa liga es él. Pero incluso en pináculos tan desafiantes e inventivos como “Sign o’ the Times” o “Odelay” esos tipos jamás se olvidaron de ese ‘pequeño’ detalle que son las canciones. En “Boarding House Reach” yo cuento unas cinco, más o menos. En 13 cortes. Después de cuatro años. Y, ojo, que conste que no tengo nada contra los interludios. Muchos de mis discos favoritos están trufados de fragmentos instrumentales o pasajes de transición que añaden textura y argamasa al conjunto de la obra, pero White los ha convertido aquí en su materia prima. Hay buenas ideas y notables hallazgos salpicados por todo el minutaje, pero pocas veces cristalizan en una pieza incontestable. Aunque las sucesivas escuchas atemperan la frustración que en un primer contacto se adueña del oyente, con el tiempo uno no termina de ahuyentar la sospecha de que la mayor parte de este disco está compuesto por retales de work in progress, el tipo de material excéntrico para el que no se encontró un desarrollo satisfactorio y que habitualmente termina en la cara B de un single o en un compacto extra de outtakes. Leer más…

«The X-Files» (III): en busca del norte perdido

12/03/2018

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(AVISO SPOILERS: Este post analiza los episodios 11×07 y 11×08 de «Expediente X», asegúrate de estar al día antes de leer. Para reseñas de los episodios anteriores puedes pasar por aquí (11×01-11×03) y por aquí (11×04-11×06))

Sin comerlas ni beberlas, pero sí saboreando estas mieles agridulces, nos hemos plantado en la recta final de esta undécima temporada con todo lo que ello conlleva, incluida la sudoración fría. Si bien para buena parte de audiencia la noticia del parón era una nueva negativa, me sitúo en el sector que necesitaba airearse de toda esta montaña rusa emocional y sobre todo alargar el delirio y retrasar lo inevitable: que esta season finale/ series finale se nos viene encima con estrépito y ruido. Y ya estamos en lo peor, por supuesto. En la enumeración de despropósitos que a Chris Carter se le pueden haber ocurrido de antemano, en todas las tragedias que pueden convivir en cuarenta minutos, en cómo de bestia será el cliffhanger esta vez, en cúanto vamos a llegar a enfadarnos.

Mientras tanto, claro, nos quedan por recorrer las últimas baldosas amarillas del camino. Que vayamos a acabar en el país de Oz o en Valhalla es otro tema. Tecnología, brujería, sadismos varios y entregas mitológicas mediante, empeñarnos en tratar de disfrutar de este último tramo de episodios, para muchos de nosotros, no es una opción mientras nuestros agentes favoritos sigan en pantalla. A quién queremos engañar.

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“Mira lo que has hecho”: el apocalipsis según Berto Romero

02/03/2018

Como oyente fiel de su programa de radio, “Nadie sabe nada”, siempre me han fascinado las anécdotas que Andreu Buenafuente y, especialmente, Berto Romero suelen relatarnos sobre sus hijos. Al tratarse de un espectáculo puro y duro de improvisación, sin la red de seguridad que da tener un guión previo y aunque en teoría el ritmo lo marquen las cuestiones que les hacen llegar sus oyentes, resulta lógico que ambos se apoyen con frecuencia en sus propias vivencias personales para sacar adelante, en esas condiciones, una hora de radio a la semana. Algo al alcance de muy pocos, por cierto. En el caso de Berto, padre por partida triple, entendemos que su vida personal parezca girar casi permanentemente en torno a sus tres críos. Un servidor comparte con el humorista además la experiencia de ser padre de mellizos, así que aviso que mi nivel de empatía, hacia una persona a la que ya admiraba en el plano profesional, es absoluto. En un mundo en el que sobran gurús de toda índole y condición sobre cualquier cosa que podamos imaginar, uno tiene derecho a escoger los referentes que le den la gana.

Un ejemplo. En uno de sus programas Berto respondía de forma brillante a un oyente que aseguraba que no se sentía preparado para tener hijos. Cito de memoria: «NADIE puede estar NUNCA preparado para tener hijos. Hay que asumir que uno la cagará muchas veces, igual que nuestros padres la cagaron muchas veces con nosotros. La cuestión es intentar cagarla lo menos posible». Puede que en el contexto de un programa de humor y pronunciadas por un cómico, a algunos les cueste reconocer que sus palabras son tan atinadas y elocuentes como oportunas y necesarias, más aún en una época como la nuestra, en la que estamos tan empeñados en revestir a eso tan antiguo de la maternidad y la paternidad con mucha, demasiada literatura, un exagerado misticismo, una epicidad (la mayoría de las veces) irreal y toneladas de gilipollerío. Es muy fácil, por no decir inevitable, ser arrastrado por todo eso cuando uno se ve, literalmente de la noche a la mañana, arrojado a una aventura impredecible que habrá de cambiarle la vida, a todos los niveles y para siempre. Aprender a separar el grano de la paja, a quedarse con lo verdaderamente útil e importante y a despreciar tantísima tontería sólo se consigue (si es que se consigue) con la perspectiva que da la experiencia y el paso del tiempo. Por eso voces como la de Berto Romero, precisamente porque tampoco busca sentar cátedra, se nos antojan tan saludables y valiosas. Sucedía ya en su programa de radio y sucede ahora, y de qué manera, con la maravillosa “Mira lo que has hecho”, cuya primera temporada Movistar estrenó íntegra el pasado 23 de febrero.   Leer más…

«The end of the f***ing world»: j***das cosas de críos

28/02/2018

Realmente, si le quitamos a «The end of the f***ing world» su espectacular, irresistible y molón envoltorio (y su sangre), posiblemente lo único que quede sea la típica historia de huida y búsqueda de unos adolescentes inadaptados, unos adolescentes inadaptados además en unos escenarios más que habituales, por lo que la serie a priori no tendría demasiados alicientes para llamar nuestra atención. Pero es que no hay ninguna necesidad de prescindir de ese vistoso y tan disfrutable envoltorio (ni de la sangre). De acuerdo con que su estética tampoco es original, con que la sombra de Tarantino está presente casi en cada plano, con que el arte y el grafismo pretendidamente (o pseudo) punk no debería de ser tampoco elemento suficiente para agarrar la propuesta, con que todo esto ya lo vimos hace 25 años (dios!) en «True romance (Amor a quemarropa)» y en «Natural born killers (Asesinos natos)»; pero es que todo esto sigue molando mucho. Pero «The end of the f***ing world» tampoco es todo fachada. Que no contenga un océano de interrogantes metafísicas no significa que si se rasca un poco no se puedan encontrar ciertas preguntas con pocas o complicadas respuestas. Y por encima de todo está una pareja protagonista entrañable, con todos sus encantadores defectos y con alguna que otra virtud, con un poder de atracción indiscutible, entre ellos y de ellos con la cámara, y con una torpeza tan necesaria como comprensible.

James (Alex Lawther) no pierde tiempo en presentarse en los primeros minutos de la serie como un psicópata que está cansado de matar animales y que desea ir un paso más allá y asesinar a una persona. La declaración de intenciones tanto de James como de la serie llega de esta forma de forma inmediata, directa y descarada. No tardará demasiado en entrar en escena Alyssa (Jessica Barden) en forma de rebelde sin causa, quien ve en la inadaptación de James a su entorno una especie de alma tan gemela como complementaria y necesaria para su rebeldía. James, por su parte, fantasea con Alyssa como la víctima perfecta para saciar sus deseos de sangre (humana). La unión de intereses queda servida.

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Vuela alto, «Lady Bird»

26/02/2018

Lady-Bird

«Una joven dirige la mejor película del año», decían algunos titulares de prensa a comienzos de este 2018. Pero ni Greta Gerwig (guionista, actriz y directora) es una joven anónima y desconocida a la que le ha salido bien un proyecto de instituto, ni «Lady Bird» ha de ser el mejor filme del año para ser tratado con el respeto merecido ni para justificar todas sus nominaciones. Al fin y al cabo, los premios están llenos de directores cuyos nombres son una aparición fija hagan lo que hagan, por mediocre que sea. Estamos, en este caso, ante uno de los focos que más ha llamado mi atención en los últimos meses debido a mi pasión por este género en auge y cada vez tratado con mayor destreza en el cine que es el coming of age.

Algunas de nuestras entregas favoritas del pasado año, sin ir más lejos, estarían ubicadas dentro de ese grupo de retratos de personajes (femeninos, en este caso) en pleno crecimiento. En el ámbito nacional, «Verónica», de Paco Plaza, supuso un distinguido retrato social, familiar, y, sobre todo, personal. Un aporte magnífico al género de terror como también lo fuera «Crudo», de Julia Ducournau, tan extrapolable a todo. Incluso a finales de este marzo próximo tendremos la suerte de contar con el estreno de «Thelma», otra imprescindible que se mueve en los terrenos del horror fantástico y de la que hablaremos en el Cadillac.

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«Todo el dinero del mundo»: el secuestro de la dignidad

23/02/2018

Sí, has acertado, en las próximas líneas vamos a hablar de esa película en la que Kevin Spacey ha sido sustituido de urgencia por Christopher Plummer para encarnar a John Paul Getty. No cabe duda de que «Todo el dinero del mundo» quedará para la historia como uno de los ejemplos más paradigmáticos de uno de los mayores escándalos que ha vivido Hollywood en las últimas décadas, El hecho de haber contado entre sus créditos con Spacey -el mayor implicado en la polémica generada por las acusaciones de acoso sexual, Harvey Weinstein mediante, al acumular múltiples demandas e investigaciones a cargo de Scotland Yard- y el de la rápida reacción de sus productores a la hora de denigrar al protagonista de «House of Cards» para incorporar a Plummer aseguran al filme su futura omnipresencia en futuros libros y artículos sobre el tema y la posibilidad de formar parte de las preguntas de próximas ediciones de Trivial Pursuit.

Pero no sería justo quedarnos ahí cuando un veterano de la talla de Ridley Scott ha mostrado un arrojo y una rapidez de reflejos impropia de su edad, pero sólo comparable a la que han demostrado en los últimos tiempos -con mayor o peor suerte- dos cuasi contemporáneos suyos como Clint Eastwood o Steven Spielberg, por lo que pasaremos a centrarnos en lo que la película en sí misma nos ofrece, no sin antes apuntar que con ese fulgurante cambio de casting -y sin ver más que unas pocas imágenes promocionales de una actuación de Spacey que seguramente quede para siempre inédita- el filme no ha empeorado, más bien muy al contrario: una vez presenciada se nos hace prácticamente impensable imaginar a otro actor que no sea Plummer en la piel de Getty y parece una opción bastante más apetecible que ese Spacey metamorfoseado completamente por el maquillaje.

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«Yo, Tonya»: puñalada al ‘biopic’ convencional

22/02/2018

Mira que uno, cuando comenzó a escrutar las películas que se perfilaban como candidatas a los Oscar, consideraba a «Yo, Tonya» como el posible ‘patito feo’ de la terna. Esa combinación letal que suele suponer un ‘biopic’ -más aún si es deportivo- junto a una actriz en faceta de productora hambrienta de la estatuilla no hacía esperar nada demasiado excitante. Y sí, Margot Robbie ha logrado su objetivo y se ha colado entre las cinco nominadas, y sí, se trata de una película biográfica sobre la patinadora Tonya Harding…pero a partir de aquí acaba toda semejanza con lo que esperaríamos contemplar. Estamos ante un animal muy diferente.

En un vistazo superficial, Robbie parece apostar por la fórmula ‘sex symbol se afea para ganar credibilidad’ que tan bien le funcionó a Charlize Theron en «Monster». Sin embargo, la australiana -relanzada tras sobrevivir al fiasco de «Suicide Squad» después de que su carrera pareciera haberse estancado tras su explosión en «El lobo de Wall Street»– ha demostrado ser mucho más inteligente. Aquí no hay épica deportiva -pese a que haya, claro, diversas escenas de patinaje- , el tono es de todo menos elegíaco  y ni siquiera se trata de un ‘one woman show’ dedicado a ensalzar sus capacidades interpretativas, sino que su personaje sólo es un -importante- eslabón dentro de un filme netamente colectivo. Leer más…

Oasis: no miréis atrás con rencor

21/02/2018

Les propongo un juego muy sencillo. Piensen en bandas míticas del mundo del rock cuyo comeback coparía grandes titulares en los medios y desataría todo tipo de histerias a la hora de conseguir una entrada. ¿Led Zeppelin? ¿Pink Floyd? ¿The Smiths? ¿Dire Straits?… Bien, ahora elijan por cuál de esos hipotéticos retornos apostarían una considerable suma de dinero a que efectivamente se producirá, tarde o temprano. Si han elegido Oasis tienen premio. Y no importa que no hayan transcurrido ni siquiera diez años desde su disolución oficial, o que las diferencias entre Liam y Noel Gallagher sean tan irreconciliables como siempre, o que ambos disfruten actualmente de sendas exitosas carreras en solitario que harían completamente innecesario un regreso al redil. Por mucho que digan o hagan, tengan por seguro que cuando el cheque tenga los suficientes ceros y el momento sea propicio, esa reunión será un hecho. Ni siquiera será necesario que solucionen sus problemas, cosa que, por otra parte, sí parece más improbable. Y, claro, cuando se junten de nuevo lo petarán. De hecho, la sensación que hemos tenido a lo largo de los años es que si de Liam dependiera, esa reunión ya se habría producido, y que es Noel quien se hace de rogar. Aunque también es cierto que a cada arranque de sinceridad conciliadora de Liam (“la gente sigue olvidando que nuestro chico y yo no hablamos, y eso es lo más triste de todo, sin importar quién tiene la razón y quién no. Antes de que Oasis se reúna, él y yo tenemos que volver a ser amigos y hermanos. No se trata sobre dinero”) le ha seguido uno de sus típicos exabruptos (“Noel y Bono son los más grandes gilipollas de la música. Son ellos dos en este momento quienes se me han metido debajo de la piel. Simplemente pueden jugar al ping pong de ida y vuelta”). De modo que es hasta comprensible que Noel no quiera saber nada de los vaivenes emocionales de su ilustre hermano pequeño (“necesita ver a un psiquiatra. Creo que no está bien”), que proclame estar muy feliz lejos de su órbita (no hecho de menos a Liam ni un jodido nanosegundo”) y que insista en que no cambiará de opinión ni por todo el oro del mundo (Vale, lo haríais por el dinero. ¿Pero si ya tuvierais el dinero? Que le den”). ¿Lo ven ustedes muy difícil? Torres más altas han caído. Repito, apuesten por ese regreso porque se producirá, no ahora pero dentro de unos años, y aunque solo sea una gira de pocas fechas en tierras británicas.

¿Pero es Oasis realmente una de esas bandas legendarias a la altura de Led Zeppelin o Pink Floyd? ¿Estamos hablando de ese nivel? Bueno, quizás eso sean palabras mayores, pero lo que sí que es incuestionable es que Oasis fueron una de las últimas bandas de guitarras que disfrutaron del éxito masivo a nivel global. Quizás el último gran grupo del rock de masas antes del advenimiento de la era de Internet, que democratizó de tal forma a artistas, géneros y el modo de consumirlos que ya nada nunca fue realmente igual. Y si nos ceñimos exclusivamente al Reino Unido, Oasis allí son una institución prácticamente a la altura de The Beatles o Queen. Amados y reverenciados por el vulgo como si de un equipo de la Premier se tratase. Tal vez porque a mediados de aquellos añorados años 90 dominados por el nihilismo y la pesadumbre grunge del otro lado del Atlántico ellos recuperaron la bandera de la Union Jack y el orgullo working class para conectar con una juventud necesitada de unos héroes a pie de calle con los que poder identificarse. Eso, una actitud arrolladora y un puñado de canciones inmortales, de esas que empiezan siendo generacionales y terminan grabadas en piedra en la memoria colectiva, bastaron para dominar el mundo, al menos por un instante. Cuando su estrella empezó a declinar fue más fácil hacer sangre y pasarle factura a los Gallagher por su prepotencia. Siempre fueron vilipendiados por la prensa más “cool” y moderna, acusados de ser vulgares copistas al carboncillo del legado del rock británico, saqueadores de guante blanco con mucha caradura o inmovilistas con la originalidad del asa de un cubo. Pero aunque todo eso fuese verdad, nadie puede rebatir que en su mejor momento, en ese pico creativo que va de 1994 a 1997, escribieron una de las páginas más memorables de la música popular. Leer más…