«Call Me by Your Name»: de melocotón

Existen pocas cosas más poderosas en el universo que nuestras emociones y ningún arte las imita como el cine, convirtiéndose éste en un reflejo existencial de lo que, en ocasiones, nunca existió, pero forma parte de nosotros. El año se va adentrando en sus profundidades, pasito a pasito, y con él todos los estrenos que esperamos con ganas y se agolpan en listas que disminuyen muy lentamente entre las apretadas líneas de nuestra agenda. El comienzo del año cinéfilo, con sus premios y sus expectativas, con la poesía de filmes como el que hoy me roba un ratito por puro derecho.
Bajo la dirección de Luca Guadagnino, «Call Me by Your Name» necesita, a estas alturas, muy pocas presentaciones. Pero las merece todas, así como sus aspiraciones a Oscar, si se les concede alguna importancia real. Esta adaptación cinematográfica de la novela homónima es un sueño veraniego que Shakespeare habría imaginado con animales y dioses, pero que en el guión de James Ivory apela a lo más humano, y ahí es donde nos seduce.
Acaba de cumplir su primera década de existencia y la ¿saga? “Cloverfield” sólo nos ha dejado una certeza clara: J.J. Abrams sabe vender su mierda (la buena, la menos buena y la mala) como nadie. Al menos las tres películas estrenadas hasta la fecha es probable que sean recordadas en años venideros casi más por sus rompedoras y muy eficaces estrategias de marketing que por sus propios méritos o deméritos cinematográficos, y eso que dos de ellas son francamente notables. Tres películas… ¿o podrían ser cuatro? Aún hay hoy en día quien se empeña en incluir a la también reivindicable “Super 8” en el llamado ‘Cloververso’, por más que Abrams se haya empeñado en negarlo por activa y por pasiva. ¿Pero acaso deberíamos creer al gran prestidigitador de nuestros tiempos, al rey del despiste, a quien nos la ha metido doblada y hasta el fondo tantas veces? Hagamos un poco de memoria. “Cloverfield” (lo siento, me resisto a llamarla por su chusco y spoileante título en español, “Monstruoso”) llegó en 2008 precedida por una inteligentísima campaña viral, casi antes de que existiese lo viral, tan intrigante y enigmática que tuvo durante meses a todo el personal haciendo cábalas y preguntándose de qué demonios iba la vaina. Incluso muchos llegaron a pensar que aquel proyecto tan misterioso de Abrams estaría relacionado de alguna forma con una “Perdidos” por entonces en pleno apogeo. Lo que nos encontramos finalmente fue una clásica película de ‘monstruo destroza ciudad’ que, y ese sí era su mayor atractivo, se encuadraba dentro del ‘found footage’, en un momento en el que esta fórmula aún no olía a podrido. Es posible que “Cloverfield”, y eso es una opinión muy personal, sea el film que más y mejor haya exprimido los recursos de este género. Terrorífica, trepidante y muy bien facturada, había mucho talento en esa cinta, y la mejor prueba es el carrerón posterior de sus grandes responsables, el director Matt Reeves y el guionista Drew Goddard. Costó alrededor de 25 millones de dólares y recaudó más de 170 en todo el mundo.
Aunque polarizara mucho a los espectadores, pues a algunos nos encanta y otros la detestan, “Cloverfield” fue un éxito mediático y económico rotundo, así que el regreso en forma de secuela parecía asegurado. Pero los años fueron pasando y, con Abrams, Reeves y Goddard metidos en otros mil fregados y una ausencia absoluta de noticias, nos fuimos olvidando del tema. Hasta que en enero de 2016 nos llegó a traición el tráiler de “Calle Cloverfield 10”, con el estreno previsto para… ¡dos meses más tarde! Acostumbrados como estamos a masticar mediáticamente futuros films desde dos o tres años antes de su estreno, y a larguísimas e insistentes campañas de promoción, la estrategia de Abrams y su productora Bad Robot volvía a romper el molde. Más aún cuando aquel avance nos sugería una cinta con un enfoque y un género radicalmente distinto al de su predecesora. Había truco: el proyecto inicial, nacido con el título de “The Cellar”, y también conocido como “Valencia” (¿?) durante su desarrollo, no tenía absolutamente nada que ver con el ‘Cloververso’ hasta que, de algún modo, fue adaptada para que fuera, en palabras del propio Abrams, una secuela ‘espiritual’. Y es precisamente su encaje forzado en el mundo de “Cloverfield” lo que se antoja más problemático. Dirigida por Dan Trachtenberg, con guión de Josh Campbell, Matthew Stuecken y (ojo) Damien Chazelle, y un mínimo reparto encabezado por un notable John Gallagher Jr. y unos soberbios John Goodman y Mary Elizabeth Winstead, “Calle Cloverfield 10” es un magnífico y claustrofóbico thriller que no sólo habría funcionado a las mil maravillas por sí mismo, sino que su cuestionado final se antojaba postizo, casi fuera de lugar. Y si lo que se buscaban eran respuestas, no dejaba de añadirle más lío al asunto. Es más, el simple hecho de saber que estábamos ante un film relacionado con “Cloverfield” ya arruinaba de antemano una de las más jugosas posibilidades con las que podría haber jugado su argumento: que esa horrible amenaza más allá de las puertas de ese búnker fuese… ninguna. Esto no empaña sin embargo los enormes aciertos de una película que, además, volvió a ser un éxito: más de 110 millones de dólares en taquilla con un presupuesto de apenas 15 millones. La viabilidad del proyecto parecía asegurada. Leer más…

Volvemos a ponernos en manos amigas para que determinados temas los aborden mentes y experiencias más preparadas para ellos. En este caso, a punto de perpetrar la crítica del nuevo disco de Christina Rosenvinge, decidimos parar nuestro impulso y ofrecerle las letras a alguien que indudablemente lo iba a hacer con más conocimiento y tino. María Teresa Cerón es seguramente una de las mayores y más fieles seguidoras de la artista en cuestión, y además lo es no desde el fanatismo sino desde el análisis y, como no puede ser de otra forma, desde la fuerza que da el conectar con algo desde y para siempre. Como siempre, es un placer ceder las llaves de El Cadillac, presentaros una nueva firma invitada y llenar este rincón de opiniones ajenas y enriquecedoras.
Al volante: MARÍA TERESA CERÓN
Es difícil hablar de Christina Rosenvinge y no volver la vista atrás. Es prácticamente imposible que pase desapercibido el momento exacto en el que esta madrileña de ascendencia danesa decide salir por la puerta de al lado para exorcizar casi todos los fantasmas que le venían torturando desde su más tierna infancia, tomando las riendas de una exquisita banda de rock llamada «Los Subterráneos» (que en realidad iban y venían) capitaneada por ella. Desde ese momento, enclavado en aquel maravilloso páramo musical que para muchos fueron los noventa, hasta hoy, la Rosenvinge ha esquivado un par de balas poco certeras y a algún que otro demonio emplumado en una carrera larga e irregular pero sólida cual roca pesada.
Su más reciente producción se llama «Un hombre rubio» (El Segell de Primavera) y es una huida hacia delante, una escapada, un ajuste de cuentas con todo aquello que la atormenta, pero ante todo con la memoria de su padre. Muy a pesar de ella y muy a pesar del progenitor, cuyo espectro aparece y desaparece a lo largo de las nueve canciones que redondean un disco de riesgo y mucha altura. Contaba la autora de «La distancia adecuada» que la semilla de su nuevo trabajo empieza a germinar tras una llamada recibida por parte de la cantaora Rocío Márquez en la que propone a Rosenvinge escribir un romance flamenco para su último disco, encargo y proposición que dejan algo noqueada a la protagonista de este artículo hasta que, como por arte de magia y volviendo la vista atrás, se topa con el recuerdo pétreo de un padre en vida ausente a la par que autoritario, pero romántico y bohemio hasta el punto de atesorar una maravillosa colección de vinilos, muchos de ellos dedicados a la cante jondo, que sirven a la benjamina de la familia para hilar fino y reencontrarse con su raíz.
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(ALERTA SPOILERS: Continuando con el post anterior, hablamos de los episodios 11×04, 11×05 y 11×06 de «Expediente X». Asegúrate de haberlos visto antes de leernos.)
Casi sin percatarnos hemos pasado el ecuador de lo que será la despedida de esta serie y como era de esperar, aunque el tiempo no se haya consumido a la velocidad desorbitada de la temporada anterior, todo esto nos está sabiendo a poquísimo. Es un momento particular. Muy particular. No creo que en otra ocasión, en lo referente al programa, haya habido en juego tanta carga emocional y tan contradictoria como la que estamos viviendo estas semanas (o, al menos, no dirigida al mismo contexto circunstancial) donde se están expresando tantas alegrías como reproches, tantas satisfacciones como miedos, tanta plenitud y tanta tristeza y nostalgia. Decimos querer ese final digno que Chris Carter se niega a darle al show por voluntad propia, pero lo de dejar ir se nos da fatal, y mientras creemos estar preparados, conforme más cerca está el momento de presenciar una series finale que nos aterroriza imaginar (por razones varias), más patente queda el hecho de que de una manera u otra, a través de nosotros, los expedientes X seguirán vivos siempre.
Parece un chiste que un producto ficcional pueda suponer, para tantas personas alrededor del mundo, una situación tan compleja de analizar y un cúmulo de vivencias de tal envergadura. Son muchos años. Muchos, muchos años para algunos de nosotros. Tantos, que las dimensiones de este fenómeno se nos escapan, así como los lazos emocionales que con él tenemos. Quizá habría sido distinto el prisma con el que estamos viendo esta tanda de episodios si el arranque de temporada, «My Struggle III», no se nos hubiera antojado a todos un despropósito. O si no hubiéramos tenido que asumir como final forzoso lo que está por venir. Sea como sea, y sin la más mínima pretensión de hacer de abogada del diablo, traer un producto de culto, de esta talla y tan querido, con un fandom gigantesco y tan importante en la cultura e historia friki del globo terráqueo (y más allá) era de todo menos fácil. Ha de ser harto complicado volver con frescura cuando ya lo has hecho prácticamente todo, adaptarse a los tiempos modernos cuando la mayoría sólo queremos morir de nostalgia con Mulder y Scully y, al mismo tiempo, cumplir con un intento de actualización del formato cuando se exige «lo de siempre y lo de antes» una y otra vez. Claro, se pueden traer de vuelta a esta década obras maestras como el parto de David Lynch que presenciamos el pasado año. Son casos de naturaleza tan diferente, en lo externo y lo interno, que la comparación no sería de justicia para ninguno de los dos creadores. Tampoco demandamos eso, sólo que tenga un poco de piedad con estos personajes, que ponga un poco de cuidado en su tratamiento y que el final no nos duela mucho.
«The Crown» sigue reinando
Parece mentira que, apenas poco más de un año después de que saliera a la luz pública, ya estemos entonando cantos de despedida en «The Crown». No, no se asusten, no es que la serie no vaya a continuar -por fortuna la obra de Peter Morgan parece tener una laaarga vida por delante- , pero sí que, tras la conclusión de la segunda temporada, una parte significativa de los que nos enamoró de ella se va a ir para siempre; esto es, los tres magníficos protagonistas que ya se han hecho parte imprescindible de la serie y de la televisión mundial: Claire Foy, Matt Smith y Vanessa Kirby.
El futuro de «The Crown» no tiene porqué ser peor o mejor, sino inevitablemente diferente. Y es natural y preferible que una serie que presume de ser tan verista opte por cambiar el plantel de actores según pasan los años que añadirles una ridícula capa de maquillaje para aparentar una mayor edad, pero, claro, uno ve las altas cotas que ha alcanzado esta segunda temporada y lo absolutamente inmersos que están los intérpretes en sus respectivos papeles que es lógico estar sometido al cierto vértigo que siempre produce un cambio inminente. Leer más…
Es cierto que las crónicas de los Premios Goya suelen ser casi siempre una retahíla de críticas y lamentos, a veces justificadas, aunque en otras ocasiones la bilis aparece por el mero hecho de criticar y demostrar que cuando se trata de poner negro sobre blanco nuestra opinión no se comulga con nadie (y que además mola eso de azotar a los que salen en la tele). Por aquí también hemos sido algunas veces algo críticos pero siempre hemos querido destacar todos los aspectos positivos o divertidos que hayamos ido encontrando. Sin embargo, creo que esta edición de 2018 ha resultado, sinceramente, una de las más pobres y a ratos vergonzosas que recuerdo (y uno ya peina canas). Afortunadamente, en estos tiempos 2.0 muchas veces podemos sobrellevar el tedio gracias a las redes sociales, y es que en Twitter se puede encontrar fácilmente más ingenio en algunos perfiles anónimos que en toda la nómina de guionistas que han contratado este u otros años. Precisamente uno de nuestros colaboradores, el siempre recomendable Carlos H. Vázquez, colgaba en medio de la velada la foto del cuadro de Francisco de Goya que encabeza este texto, intentando imaginar al pintor zaragozano como un vidente que ya intuía lo que se nos venía encima. Le amenacé con birlarle la idea y cumplo con la amenaza.
Después de tres años con Dani Rovira conduciendo la gala con una fortuna que fue de más a menos, harto de las furibundas críticas que recibió, especialmente por parte de los cibernautas, el testigo lo recogieron Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla, y a priori lo celebramos. Somos amigos del humor de los Muchachada y pensábamos que podrían tener su puntito en este escenario. El inaugural speech que puede servir para tomar el tono a la noche patinó por todos los sitios, sin gracia, sin ritmo, sin originalidad y sin ingenio. Las posteriores intentonas tampoco lograron mejorar mucho más el nivel, rescatando para la causa muy pocas ocurrencias que no sirvieron ni mucho menos para salvar del naufragio a los presentadores, intuyéndose incluso cierta incomodidad entre las butacas en algunos momentos por los continuos chistes fallidos.




















