«La peste» es contagiosa pero no mata
Es innegable que Movistar está poniendo toda la carne en el asador para configurar una oferta televisiva patria capaz de competir con el mercado internacional a la hora de captar la atención del espectador. Con las recomendables “La Zona” y “Vergüenza” (reseñadas aquí y aquí) todavía recientes, la plataforma redobla su apuesta por una ficción española de calidad, ajena a los tics y convenciones del tradicional producto televisivo en abierto, con “La peste”, gran producción de 10 millones de euros con medios más propios del cine que de la pequeña pantalla, un cineasta consagrado y respetado por la crítica como Alberto Rodríguez al mando de la nave, un casting ajustado que aúna actores de renombre y caras nuevas, y una campaña de promoción digna de Hollywood. A nadie más o menos atento al mundo seriéfilo le puede haber pasado desapercibido el estreno de una obra que apunta hacia un posible futuro para la televisión nacional, uno que la HBO ya empezó a horadar hace mucho tiempo con el famoso “que se joda el espectador medio” de David Simon, pero que, con contadísimas excepciones, no tenía cabida en la programación de las cadenas convencionales de nuestro país, siempre pendientes de los índices de audiencias y por tanto temerosas de salirse de un molde demasiado medido. “La peste” arriesga y sale razonablemente bien parada. Bienvenido sea un producto como éste en un panorama televisivo como el nuestro, aunque me temo que para poder equipararse a las series extranjeras verdaderamente grandes, aquellas en cuya liga pretende jugar Movistar+, todavía queda camino por andar. “La peste” es contagiosa, sí, pero (perdónenme el chiste fácil) no mata.
Ambientada en la Sevilla del siglo XVI, en una época en la que la ciudad andaluza servía de punto de encuentro de la vieja Europa con el Nuevo Mundo mientras una plaga de peste estaba a punto de asolarla, la serie funciona, sobre todo, como una experiencia inmersiva, hasta el punto de que casi todo lo demás queda supeditado a ese objetivo. Alberto Rodríguez y Rafael Cobos hacen físicamente palpable el clima moral de una España sórdida, pútrida y miserable, en el que la vida valía bien poco y en el que la desigualdad, la injusticia, la ignorancia, el fanatismo religioso, la hipocresía y el machismo exacerbado eran habitual moneda de cambio. Se nos ubica en 1.597, pero los ecos de un futuro lejano resuenan incómodamente por las callejuelas laberínticas, los pasadizos estrechos y lúgubres, las cárceles putrefactas y los burdeles decadentes de la vieja urbe sevillana. Se nota que cada euro ha sido bien invertido en un diseño de producción excelso, y la puesta en escena contribuye notablemente a que la mugre sea tan real y creíble que su olor llegue a traspasar la pantalla. Incluso la iluminación natural, tan sombría que en ocasiones apenas llega a verse nada, se me antoja necesaria para conseguir esa crudeza naturalista que resulta tan falsa y de cartón piedra en otras ficciones históricas patrias. Quizás falten planos panorámicos (o quizás sus creadores hayan preferido no meterlos para potenciar la sensación de claustrofobia insalubre) pero no cabe duda de que en el aspecto visual y en la ambientación “La peste” puede mirar de tú a tú a las grandes producciones de la BBC. Leer más…
«Los archivos del Pentágono» y «Tres anuncios en las afueras»: las dos caras de la justicia
Ya es oficial: ya podemos decir que 2018 ha comenzado muy bien, cinematográficamente hablando, claro. Los inicios de año suelen ser una buena vara de medir a la hora de juzgar los 365 días completos al plagarse la cartelera de las producciones favoritas en la temporada de premios. Y si nos atenemos a lo que nos han proporcionado los dos primeros grandes estrenos susceptibles de acaparar galardones, podemos esperar un gran 2018. Tanto «Los archivos del Pentágono», del incombustible Steven Spielberg, como «Tres anuncios en las afueras», del emergente Martin McDonagh, son razones más que evidentes para pasar una gran tarde de cine.
En un vistazo superficial, parece que pocas películas puede haber más alejadas que las últimas de Spielberg y del director de «Escondidos en Brujas» y «Siete psicópatas». Sin embargo, una vez disfrutadas salta a la vista su visión diametralmente opuesta y complementaria sobre uno de los temas fundamentales de la sociedad humana: la justicia. Por un lado, «Los archivos del Pentágono» analiza la versión más ‘oficialista’ de la Justicia (sí, la que se pone con mayúscula), es decir, la que utiliza el Estado para dirimir las distintas y múltiples desavenencias que se dan en nuestro convivencia. Concretamente, la cinta protagonizada por Tom Hanks y Meryl Streep demanda una Justicia al servicio del ciudadano y que frene los excesos del Gobierno, algo que, paradójicamente, no es demasiado habitual. Mientras, la justicia en la que se centra «Tres anuncios en las afueras» pertenece a una faceta mucho más íntima e indefinible. Es aquella a través de la cual cada individuo juzga la adecuación de los hechos a su propia visión personal de la vida y, por lo tanto, hay tantas como seres humanos poblamos el planeta. Pero, sin embargo, esta justicia nos marca mucho más en nuestra rutina diaria que lo que lo hace aquella de jueces, abogados y fiscales que centra el filme del Rey Midas del cine. Leer más…
Paradójicamente, en la temporada en la que en principio más optimismo se podría rescatar, «Lovesick» ha tenido sus mejores momentos en las desgracias de algunos de sus personajes. Después de dos temporadas realmente encantadoras, en su tercera tanda de episodios «Lovesick» ha comenzado a dar ciertas muestras de flaqueza, si bien se intuye que la serie no debería de tener problemas en encontrar el rumbo que sortee el leve bache en el que entró en algunos momentos de esta última entrega.
Ha sido algo rara esta tercera temporada de «Lovesick». El hilo conductor de los anteriores capítulos, es decir, el forzado reencuentro de Dylan con todas sus exparejas debido a una enfermedad venérea que servía como excusa para ir descubriendo el pasado amoroso del protagonista, queda ya (necesariamente) aparcado, lo que hace que la serie pierda su original vaivén temporal, su pizca de gamberrismo y su divertido puzzle sentimental. En cambio, ganamos para la causa una estabilidad de tiempo que ayuda a que los personajes logren tener más calado y profundidad al dejar de mirar al pasado y tener que centrarse en un presente que en algunos casos empieza a estar inundado de desdicha.

(AVISO SPOILERS: En este post se habla de los episodios 11×01, 11×02 y 11×03 de «Expediente X». Si aún no has visto «Plus One», la última entrega emitida, vuelve a leernos cuando lo hayas hecho.)
Hace ahora dos años que asistíamos con nervios e ilusión al estreno de la décima temporada de una de las series más importantes de la historia, un regreso a la pequeña pantalla tras quince años que para los más acérrimos se antojaba (y fue) un regalo. No es la primera vez que hablo de las aventuras de Mulder y Scully en este rincón y no será la última, teniendo en cuenta que aún nos quedan siete episodios por disfrutar y sufrir y que este año se celebra su XXV aniversario, pero puedo reiterarme sin cansancio en la idea de que esta es la serie de mi vida. Llamó a mi puerta cuando contaba con once años y veinte años después ningún producto ficcional ha sido tan hogar ni tan salvavidas como este, así como tampoco han existido personajes en la ficción que consigan importarme tanto.
Desde esta perspectiva, no es difícil imaginar las causas por las que en su momento defendiera a muerte y con mosquetón los seis episodios que dieron forma a la temporada previa. Aquello fue todo un hito y escribí más con el corazón que con la cabeza, queriendo hacer frente a una ola de detractores arrasadora y desmedida. Pero lo cierto es que a día de hoy, aunque no me arrepienta en absoluto de lo que contara en este post, no termina de representar al cien por cien mi visión actual. Hubo grandes momentos en esas seis entregas, hubo un par de grandes episodios (firmados por los hermanos Morgan, como de costumbre) y un buen puñado de cosas buenas. Pero lo que no funcionó, no funcionó.
El adictivo puzzle de «The Sinner»
Casi sin tener demasiado en cuenta su calidad o cualidades, hay determinados títulos que son muy recomendables, aquellos que por su apuesta más allá que por su resolución (que también) son un valor seguro para un amplísimo porcentaje de espectadores. Sin duda alguna, «The Sinner» es uno de esos casos. Uno puede sentirse más o menos seguro al sugerir el visionado de esta serie, disfrutable a su forma tanto por el seriéfilo empedernido como por el espectador medio que igual se apunta a la serie de moda de la televisión en abierto como no se pierde lo que más suena de las plataformas de pago. No es la mejor serie que podemos encontrar, ni mucho menos, pero tiene la suficiente calidad para convencer al entendío y la necesaria accesibilidad para no espantar a quien busca en la televisión únicamente una forma de entretenimiento sin tener que hacer casi ningún esfuerzo para disfrutar de la propuesta.
Intentado huir de spoilers que puedan frustrar la recomendación, nos encontramos ante un thriller de manual, basado en la novela homónima de la escritora alemana Petra Hammesfahr, con la peculiaridad de que en los ocho capítulos que contiene la temporada lo que tendremos que descubrir es el «por qué» y no el «quién». Voy a intentar una metáfora, a ver si sale: los primeros minutos de «The Sinner» sirven para hacer una típica presentación de los protagonistas, algo así como ir colocando plácidamente las piezas de un puzzle más o menos sencillo y agradable. Pero de improviso alguien da un golpe en la mesa y todas las piezas saltan por los aires; al caer e intentar recomponer el puzzle, vemos que esas piezas tienen por detrás otro dibujo, este mucho más tenebroso, y poco a poco las tendremos que ir girando y descubriendo que el rompecabezas que debemos encajar no va a ser tan sencillo como parecía y que tendremos que empezar de nuevo a unir esas piezas pero ya desde otro punto de vista.
(Hace solo unos días publicábamos este artículo haciendo repaso a la carrera de The Cranberries. Lamentamos profundamente que estas líneas se hayan convertido súbitamente en un homenaje a Dolores O’Riordan, la voz que acompañó durante muchos años a muchos de nosotros, una de las voces de toda una generación).
Creo haber escrito las mismas palabras más de una vez en el Cadillac, pero la idea sigue siendo relevante. Los referentes musicales que más acaban por marcarnos y quedarse con nosotros (y esto no deja de ser aplicable a otras manifestaciones artísticas) a menudo no son escogidos, sino que llegan de manera circunstancial a nuestras vidas. Yo tenía ocho años en 1994, cuando una canción llamada «Zombie» (aunque en aquel momento no lo supiera) empezó a sonar en las cadenas que tenía sintonizadas en mi radio-casette. Una canción que chillaba sin piedad todo el día (emitiendo un sonido similar a «iaheeeeeee») y que desde el principio me dejó prendada de la voz de la cantante. «No Need to Argue» fue una de las primeras cintas que mi madre me regalara, aunque no la primera, y The Cranberries es una banda que logró quedarse conmigo para siempre.
Fundada en Limerick por los hermanos Hogan, la banda irlandesa no firmaría con una pequeña discográfica hasta la llegada de Dolores O’Riordan, quien, le pese a quien le pese, se convertiría prácticamente en la protagonista de esta historia siendo responsable de la mayor parte de las composiciones. Es difícil definir la música de The Cranberries en un sólo género, pues desde sus inicios se han movido con comodidad en el folk, en los ritmos celtas, el pop rock, el pop, el rock, el grunge y las melodías más acústicas. Tienen, en cambio, un sonido realmente propio al que la maravillosa voz y los gorgoritos de O’Riordan han otorgado una personalidad incuestionable. No serán los mejores, ni su rock alternativo sería el más determinante de aquella década de los noventa, pero en lo personal se antojan tan especiales y me han acompañado durante tantísimo tiempo, que no podía dejar pasar la ocasión de dedicarles el post que nunca les había dedicado. Repasemos hoy, brevemente, su discografía y demos un paseo por las canciones que durante más de veinte años han aportado al panorama musical.
«La Zona»: España caníbal
A veces los programadores no tienen piedad alguna con los redactores de blogs y otras publicaciones similares. La recta final del año siempre se nos antoja frenética con la confección de esas listas de lo mejor de los últimos doces meses que tanto disfrutamos y que tan buena acogida -¡mil gracias!- continúan deparándonos. A ello se le une un buen puñado de estrenos cinematográficos de gran interés -con las entregas periódicas de «Star Wars» a la cabeza. Y no, no por ello la actualidad televisiva se detiene un segundo. Más bien al revés, las producciones de la pequeña pantalla se siguen agolpando en las distintas plataformas y canales y varias de ellas las hemos ido siguiendo en este Cadillac e iremos intentando dar cuenta de ellas en la medida de lo posible. Inscrita en este periodo se encuentra «La Zona», quizás la ficción televisiva española más importante del año, cuyo balance de su primera temporada no queríamos dejar pasar pese a las citadas dificultades.
Menuda papeleta tenían los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo. Cierto es que la dupla ha tenido unos medios y una libertad casi inéditas hasta el momento en la ficción televisiva española. Pero también es verdad que sobre sus hombros pesaba la gigantesca responsabilidad de dar comienzo a toda una nueva era: la que pretende protagonizar Movistar con una serie de ambiciosas producciones con la que quiere, por fin, inscribir a España entre lo más granado de la actual edad de oro de las series. A lo que hay que añadir que se trata de la primera obra que afronta la pareja después de crear «Crematorio» –aquí glosada en el Cadillac- , considerada unánimamente como la mejor serie española de lo que va de década y la única que ha podido competir de igual a igual con todas esas obras mayores que nos han ido llegando en avalancha en los últimos años. Leer más…
Un resumen de 2017

Por segundo año consecutivo y tras resumir lo mejor del 2017 en cine, tv y música, echamos un último vistazo al retrovisor para despedir lo más destacado (para bien y para mal) del pasado año que tantas alegrías nos ha aportado en las pantallas…y tantas decepciones y repulsión fuera de ellas. Un año marcado por las secuelas y adaptaciones (del top 25 de recaudación, sólo «Coco» y «Dunkerque» aportaron originalidad a la cartelera) por inmensas y numerosas interpretaciones femeninas tanto en cine como en televisión, por esperados regresos que sorprendieron a propios y extraños; pero por encima de todo, por historias que nos cautivaron, conmovieron, nos provocaron lágrimas de alegría o de tristeza, sempiternos personajes que nos dijeron adiós y otros nuevos que intentarán ocupar sus puestos en la pantalla y en nuestros corazones. A ellos y a vosotros (lectores y espectadores) dedicamos este resumen de un año que bien merece encontrar su hueco entre nuestros recuerdos.
Seiscientos diez segundos, cuatrocientos cuarenta y cuatro planos con los que agradecer vuestras visitas, vuestros comentarios, vuestro interés en nuestras publicaciones. Un punto y final al 2017 y la línea de salida para un nuevo año apasionante que juntos iremos analizando, recorriendo y disfrutando al volante del Cadillac. Os dejamos con nuestro último abrazo a un año que se pierde ya por el horizonte, mientras bajamos las ventanillas y empezamos a deleitarnos con las primeras fragancias del 2018.





















