Y dejaron de ser «Girls»

(ALERTA SPOILERS: Este post analiza la última temporada de Girls. Si aún no has sufrido con «Latching», el episodio de despedida, vuelve más tarde.)
Cuando me senté a dar rienda suelta, hace menos de un año, a todas mis divagaciones sobre la quinta temporada de «Girls», acababa de enterarme de que sólo contaríamos con una temporada más antes de tener que aprender a despedirnos de nuestras chicas. En todo mi afán de negación por dejar irse a un producto con el que he llegado a tener una relación tan estrecha y tan extraña, entendía, sin embargo, y consideraba un paso lógico, que ese tren estacionado en el andén de HBO tenía que emprender una marcha sin retorno. Hablaba de la concepción del vástago de Lena Dunham como de «la voz de una generación» y de todos los matices a los que esa definición había de enfrentarse, pero una cosa sigue siendo clara a día de hoy: tanto si consideras «Girls» como voz de tu generación como si la concibes como una sátira de ésta, la necesidad de clausura es fundamental, porque puede que ver a esos personajes llegar a la treintena sin tener nada claro en esta vida nos escueza más de la cuenta, por razones obvias.
Poner un punto y final a esta historia de vaginas y desastres no era tarea fácil, especialmente si echamos la vista atrás y paseamos por ese polvo destructor que protagonizaron Jessa y Adam en el último episodio, con esa Hannah que buscaba sin miedo la mejor versión de sí misma, con Shosh siendo Shosh y Marnie tratando de poner su mierda en orden sin éxito. La temporada anterior dejó el listón altísimo coronándose quizá como la mejor de la serie desde el momento en que esa boda surrealista nos abría las puertas, paseamos por Japón, nos introdujimos en una obra de teatro postmoderna, se mascó la traición, cundió el pánico en Central Park y ocurrieron todas las cosas inevitables que habían de acontecerse. ¿Cómo ha resultado, entonces, ese cerrojazo a una de las series más polémicas y de reacciones más dispares de la cadena por excelencia?

«Está claro que usted nunca ha sido una chica de trece años», dijo Cecilia en Las vírgenes suicidas al médico de urgencias tras intentar quitarse la vida por primera vez. ¿Qué recordamos de nuestra adolescencia? Lejos de la frívola concepción de fortuna que se tiene de ese período de temprana juventud, la mayoría puede contar los eventos más placenteros de su época teenager con los dedos de una mano. Todo lo demás es confusión, desamor (porque amor, poco), malos entendidos, amistades pasajeras, cambios físicos incómodos, angustia, dudas… un cóctel explosivo que no es fácil digerir.
En comparación a los tiempos actuales en los que se intenta dar más importancia a la representación, podríamos afirmar rotundamente que, al menos en la adolescencia que yo viví, a caballo entre los 90 y los primeros años de la década que empezó en el 2000, no teníamos ninguna. Y cuando digo ninguna, me refiero a ninguna, de manera literal. Vayamos al panorama nacional: Al salir de clase, Compañeros, Un paso adelante… programas insultantemente malos con tramas surrealistas que se movían entre lo telenovelesco y enredos más propios de Los Soprano, cuyos adolescentes eran interpretados por actores de treinta años con los que, evidentemente, nadie consiguió verse reflejado. Y no me hagáis hablar del producto internacional con títulos como Sensación de vivir o Las gemelas de Sweet Valley que directamente tomaban a los pubertarios y, con más frecuencia a las pubertarias, por gilipollas. Qué hubiéramos dado algunos y algunas en aquellos momentos por contar con historias de la talla de las que llegaron después. Leer más…

Ya no tragamos. En una época ya lejana, no podíamos sino babear cuando nos enterábamos de un proyecto que juntaba a varios nombres legendarios en un mismo y deslumbrante reparto. No cabe duda de que la expectativa hacía que confundieramos cantidad con calidad. Así nos lo fueron demostrando sucesivas decepciones como «Ahora o nunca» (que unía a Jack Nicholson con Morgan Freeman), «Tipos legales» (Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin), «Asesinato justo» (o el esperado primer encuentro en pantalla de Robert DeNiro y Pacino) o «Plan en Las Vegas» (otra vez Freeman y otra vez DeNiro, esta vez junto a Michael Douglas y Kevin Kline) nos dejaron bien demostrado que esas conjunciones de estrellas no responden a la calidad del guión ni a la presencia de un gran director, sino que suponen la estratagema ideal de los estudios para atraer a las salas a un público veterano no demasiado exigente hacia producciones de perfil bajo y sin demasiado aliciente, que ofrecen a sus reputados actores un buen cheque y un tratamiento privilegiado en pantalla a cambio del mínimo esfuerzo. Ni siquiera un Clint Eastwood en su mejor momento pudo revertir esta tendencia en la simpática «Space Cowboys», en la que se dejó llevar por una bonhomía tan excesiva como poco habitual en su trayectoria.
Como podréis deducir fácilmente, no es que estuviéramos suspirando precisamente con el estreno de «Un golpe con estilo», una película que redobla la apuesta al acoger en su extenso elenco no sólo a dos habituales del ‘genero’ como Freeman y Arkin sino también a todo un icono como Michael Caine, que aún no se había estrenado en estas lides, y que añade, ya como secundarios, ni más ni menos que a otros ilustres como Ann-Margret y Christopher Lloyd; siempre que no consideremos -tampoco le queda tanto- a Matt Dillon como miembro de este ‘club de veteranos’. La nota distintiva,sin embargo, la aportan una elección tan curiosa para la dirección como la de Zach Braff -el simpático protagonista de la televisiva «Scrubs» que en su faceta de director había destacado hasta ahora como cronista de la juventud actual en títulos como «Algo en común» y «Ojalá estuviera aquí»– y un libreto firmado por uno de los cineastas de moda en Hollywood, Theodore Melfi, autor de «St.Vincent» y «Figuras ocultas». Leer más…
En una época en la que la abundante oferta televisiva de calidad nos apremia muy a menudo a descartar aquellos productos que no nos atrapen desde el minuto uno, “Big Little Lies”, la última miniserie de la HBO, puede jugar con cierta desventaja porque su pijolandia californiano de marujas ricas y aburridas que viven en lujosísimas casas frente al mar y forjan triviales y culebronescas alianzas y rivalidades en torno a la educación de sus vástagos, de entrada nos pilla muy lejos, a una distancia emocional demasiado grande como para preocuparnos realmente por sus habitantes. ¿Queremos invertir siete horas de nuestra vida en lo que parece una versión lánguida, relamida y autoindulgente de “Mujeres desesperadas”? Además, el componente de thriller del invento, ese misterio inicial (alguien que no conocemos ha asesinado a alguien que no sabemos por motivos que no imaginamos) sobre el que retrocederemos para descubrir poco a poco cómo se ha llegado a ese punto, tampoco termina de enganchar plenamente porque pivota sobre unos personajes que en un primer contacto no cuentan con nuestras simpatías y porque, de todos modos, nos suena a recurso narrativo que ya hemos visto otras veces, y recientemente en shows como “The Affair” o “True Detective”. Así que sí, es comprensible dejarse vencer por los prejuicios a las primeras de cambio, sin llegar a descubrir que “Big Little Lies” va a abordar temas importantes, necesarios, imprescindibles, con una complejidad y una honestidad que no se ven frecuentemente en televisión, y que los dramas de esas mujeres pudientes y ociosas que nos parecían tan ajenas e insufribles terminan siendo peligrosamente cercanos y reconocibles.
En realidad la intriga alrededor del crimen, el whodunit, se revela pronto como un mero maguffin que el guionista David E. Kelly (“Ally McBeal”, “El Abogado”) y el director de toda la tanda Jean-Marc Vallée (“C.R.A.Z.Y.”, “Dallas Buyers Club”) usan como excusa para rascar en unas vidas aparentemente perfectas e idílicas que esconden un sótano de insatisfacciones, traumas, abusos, maltratos, complejos, culpas, resentimientos y secretos inconfesables. Y si este lienzo de sufrimientos y dolores muy reales funciona en su mayor parte es por la solidez de un libreto pausado que va de menos a más, desplegando conflictos sin cargar exageradamente las tintas pero sin poner paños calientes, y, sobre todo, por la excepcional labor de sus protagonistas. Es cierto que no todo lo que les pasa a los personajes tiene el mismo peso ni interés, pero cuando “Big Little Lies” golpea lo hace con fuerza. Leer más…

El cine (y más el género de ciencia ficción) siempre debe contextualizarse a la época en la que se rueda. Así, donde unos dibujaban un futuro de coches voladores y robo-cordones, otros imaginaban una distopía alienante para el ser humano o incluso una sociedad en perfecta armonía (por increíble que parezca). En el caso de «Life«, si se hubiese estrenado en 1978 estaríamos hablando de uno de los mejores referentes del género. Si se hubiese estrenado hace apenas cinco años sería un nuevo y sorprendente punto de vista que redefiniría el género espacial, aportándole un realismo sin precedente y nuevos caminos por los que desarrollarse. Pero el cruel paso del tiempo ha hibernado a este film hasta llegar a nuestro actual 2017 (otro tema que veremos será si «Life» contaba con el talento suficiente para haber podido existir antes); por lo que él mismo condiciona su análisis en base a los numerosos referentes a los que no se limita a homenajear. Y esos son, entre otros, los inmensos y poderosos títulos de Ridley Scott, John Carpenter y Alfonso Cuarón, «Alien«, «La cosa» y «Gravity«, respectivamente. No es casualidad que, en mi anterior critica de la semana pasada, indicara que los dos principales errores de «Ghost in the shell» fueran haberse estrenado en una época equivocada y quedar muy lejos (cualitativamente hablando) de sus fuentes de inspiración; pues esos mismos defectos vuelven a resaltar en la película de ciencia ficción «Life», que hoy se estrena en nuestras pantallas. Aunque pueda parecer en un principio una simple coincidencia, estamos nuevamente ante uno de los principales síntomas de la (generalizando un poco) triste época actual en el cine comercial: la falta de ideas originales y sus consecuencias en forma de innecesarias secuelas y remakes.
Al igual que sucedió el año pasado con «Passengers» (interpretada por dos actores en la cresta de la ola como Jennifer Lawrence y Chris Pratt), «Life» cuenta con sus tres grandes interpretes como principal atractivo. Obviamente, ni en el título de Morten Tyldum, ni con éste de Daniel Espinosa estamos ante un «2001: Una odisea del espacio«, un film que exija la constante concentración del espectador en la trama, para entender las retorcidas maniobras del tiempo y del espacio…no obstante, cualquiera podría esperar que tras esta superproducción espacial, (que fue capaz de atraer a Ryan Reynolds, Jake Gyllenhaal y Rebecca Ferguson a trabajar en este film por delante de otras propuestas), al menos también hubiese un guión a la altura. Afortunadamente, «Life» no es un nuevo «Passengers»; aunque se queda lejos también de ser un «Interstellar» que (con sus aciertos y fallos), posea el coraje de montar una buena historia con la que intentar renovar un género. Como veremos a continuación, la aspiración de «Life» es la misma que tenía inicialmente la doctora Ryan Stone en «Gravity»: orbitar muy cerca de la Tierra, aferrándose bien fuerte al brazo robótico de su nave nodriza para no alejarse por espacios inexplorados.
“The Walking Dead”: aquí huele a muerto…
(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto hasta el decimosexto y último episodio de la séptima temporada de “The Walking Dead”)
¿Para qué nos ha servido la séptima temporada de “The Walking Dead”? ¿Qué valiosísimas lecciones hemos extraído del visionado de sus 16 capítulos, emitidos en dos tandas entre octubre y diciembre de 2016, y febrero de este año y el pasado domingo 2 de abril? Pues hemos aprendido que si plantamos unas verduritas en nuestro huerto casero debemos cubrirlas con una lona, para que den brotes antes de las heladas, y luego quitamos la lona y por lo visto nos ahorramos tener que deshierbar o algo así. Eso se lo enseñó Maggie a un tipo random en el penúltimo episodio. Ahora también con un poco de levadura seca, peróxido de hidrógeno, jabón líquido para lavar platos, desatascador de baños y una botella de cristal sabemos cómo hacer mucha espuma y luego con un mechero, un palo y un par de globos nos sale un pepino de bomba que da mucha risa. Eso lo hizo Eugene para, básicamente, fardar delante de tres fulanas. La verdad es que Eugene ha sido una mina esta temporada (¿el personaje del año, quizás?), pues gracias a él podemos alcanzar el nivel experto con nuestro Atari en el “Yar’s Revenge”, vengándonos así del malvado Qotile por la destrucción de Razak IV. Ah, con Rosita aprendimos a hacer unos nudos muy chulos. Y gracias a los sagaces repartidores de El Reino, descubrimos que la mejor forma de trasladar UN melón, sin que exista la más remota posibilidad de que se nos pierda, es en el interior vacío del remolque de un camión, dentro de una caja de madera bien sujeta, por supuesto, con unas cuerdas. Tuvimos también unas impagables lecciones culinarias: Dwight nos mostró cómo elaborar un delicioso sándwich vegetal a base de tomate, pepino, lechuga, huevos y mostaza, y fuimos testigos del dominio de Negan con los fogones: ese tipo prepara unos espaguetis a la boloñesa que te mueres… ¡Ahí va, esto sí que moló mucho!: atando un cable la hostia de duro a dos coches, sólo necesitamos una buena recta y un poco de sincronización para hacer papilla a centenares de zombis en apenas 15 segundos. Y… bueno, seguro que se me queda alguna cosilla por ahí, pero básicamente podríamos decir que lo demás, todo lo demás, ha sido puro relleno.
Confieso que he tenido la tentación de dar por concluido aquí el post, porque creo que se entiende perfectamente el mensaje y se capta la ironía. Pero algunos llevamos siguiendo “TWD” desde sus inicios, allá por noviembre de 2010. En este blog hemos escrito sobre ella más que sobre ninguna otra serie, pues con éste ya van doce posts y, de hecho, fue la primera serie que trajimos al Cadillac, siendo la cuarta entrada que publicamos, y ya llevamos casi 700. Así que después de siete años de fidelidad, defendiéndola cuando creíamos que debíamos hacerlo, aunque nunca llegamos a pasar por alto sus flaquezas… no, creemos que es de justicia que expliquemos, intentando hacerlo de la forma más seria y razonada posible, por qué llegados a este punto los tres redactores que aún seguíamos semana a semana en este blog la (aún) ficción estrella de la AMC vamos a dejar de hacerlo. Sí, amigos, es muy probable que éste sea el último post sobre “TWD” que leeréis por aquí. Si será definitivo o por una larga temporada, eso sólo el tiempo lo dirá, pero a día de hoy así están las cosas. Leer más…
Hay series que no dudarías en recomendar a cualquiera porque sabes que son una apuesta segura y que no vas a errar el tiro; hay series cuyo visionado solo aconsejarías a determinadas personas que intuyes que pueden sintonizar con la propuesta pero que de ningún modo se la sugerirías a otras; hay series que sigues por diversos motivos pero que no consideras pertinente proponer a nadie por motivos diversos; y luego, en una categoría aparte, encabezada por un gran signo de interrogación, está “Legión”. ¿Qué diablos decimos de “Legión” a los demás cuando ni siquiera nosotros sabemos muy bien qué carajo estamos viendo? Tratar de vendérsela al colega friki fanático de la Marvel cinematográfica, o incluso de la Marvel de Netflix, es un envite de alto riesgo porque “Legión” se pasa por la entrepierna las convenciones del género que todos damos por supuestas, las arroja al váter y luego tira de la cadena. Intentar engatusar al seriéfilo medio conlleva el peligro de que el sujeto en cuestión, aturdido, descompuesto y escarmentado, no te vuelva a dirigir la palabra o, peor aún, te tome por un esnob redomado nada fiable al que es mejor no volver a pedir consejo. Y si se la recomiendas al seriéfilo pro curtido en mil batallas, escéptico del nivel “lo que esté por debajo de The Wire yo ya ni me molesto”, te la puede tirar abajo aduciendo que en el fondo esto no es más que otra serie de supertipos, tan intrascendente como las demás pero con el agravante de fingir desesperadamente no serlo. Quizás lo mejor que podemos hacer desde este blog es invitaros a todos a visionar su primer capítulo y que entonces cada cual decida si esto es para él o no. Y, ojo, quien decida continuar a partir de ahí confiando en que, como parecen apuntar sus últimos minutos, se volverá más convencional y genérica en los siguientes episodios, puede darse la vuelta. Porque “Legión” se deleita sabiéndose un desafío para el espectador, desorientándole continuamente, impidiéndole hacer pie en tierra firme y usar el piloto automático. No es, por tanto, un artefacto para todo los públicos, ni tampoco para cualquier momento. Ahora bien, si entras en su juego, lo que tendrás por delante es una alucinante experiencia audiovisual como probablemente no hay otra en la televisión actual. Si no entras, sorry. Hay muchas más series ahí fuera, y de algunas seguiremos hablando por aquí.
Que podamos disfrutar de esta singular audacia televisiva se lo debemos a Noah Hawley, el tipo que nos pilló con el paso cambiado cuando demostró que una revisión de “Fargo”, la obra maestra de los Coen, podía ser tan buena o mejor que la original, y que ahora le acaba de dar una refrescante vuelta de tuerca (o varias) a un género saturado cuyos límites nos jactábamos de conocer ya al dedillo. Y encima de la mano de un mutante semidesconocido, oscuro y marginal, incluso en el mundo de las viñetas en el que nació de las mentes de Chris Claremont y Bill Sienkiewicz. En manos de Hawley lo que tradicionalmente entendemos por género superheroico se transforma en otra cosa, en un puzzle demencial roto en mil piezas arrojadas al espectador para que éste las recomponga como pueda, o en una coctelera psicodélica de tonos, colores y sabores dispares que agita y retuerce el lenguaje televisivo hasta límites temerarios. Digamos que “Legión” está más cerca de los surrealistas laberintos mentales de Michel Gondry y Spike Jonze, de los perturbadores espacios oníricos de David Lynch y de la atmósfera paranoica y subversiva de “Utopía” que de cualquier película de los X-Men. Leer más…
«Ghost in the shell»: lost in translation

El hombre contra la máquina, un concepto que se inició en la revolución industrial y que ha ido evolucionando a lo largo de los dos últimos siglos. Al principio se trataba de competir por demostrar quién de los dos tenía mayor capacidad de trabajo, fuerza, rapidez…pero ya a finales de siglo pasado el enfrentamiento se desplazó a un nuevo terreno: la inteligencia. En 1996, IBM lograba desarrollar un superordenador (Deep Blue) que conseguía ganar una partida de ajedrez al entonces campeón del mundo Gary Kaspárov; aunque finalmente el ruso defendería nuestra supremacía ganando el campeonato por 4 victorias contra 2 de la computadora. Supremacía que sólo un año después acabaríamos perdiendo por un contundente 6-1. La tecnología, que hasta hace pocos años evolucionaba a la par que nosotros (la conquista del espacio es uno de sus últimos referentes), empezaba a dar muestras del pulso con el que estaba dispuesta a retarnos, a demostrarnos que ya somos inferiores a ella. Desde entonces, el término ‘inteligencia artificial’ ha formado parte de nuestras vidas, hasta convertirse hoy en día en una de la más preocupantes incógnitas sobre la evolución del ser humano. Grandes figuras de nuestro tiempo como Stephen Hawking o Bill Gates no han dudado en señalar ya a la inteligencia artificial como una de las amenazas más presentes. Así, en la actualidad, podemos leer titulares que vaticinan la desaparición de la actividad humana en numerosos gremios laborales altamente cualificados, en los que seremos sustituidos por máquinas inteligentes. El cine no ha podido resistirse a este duelo ‘carne vs unos y ceros’. En algunos de esos enfrentamientos en el celuloide, el hombre salía victorioso («2001, una odisea del espacio«); en otros, las máquinas dominaban claramente la faz de la Tierra («Terminator«). Sin embargo, recuperando aquel ‘si no puedes con tu enemigo, únete a él‘, Elon Musk hacía mención esta misma semana a una posible salida de este conflicto durante la presentación de su nueva empresa Neuralink: la amenaza de que la inteligencia artificial nos haga irrelevantes y perdamos definitivamente la lucha contra las máquinas desaparecerá en el momento que aceptemos fusionarnos con ellas y poder optar a expandir nuestro potencial humano más allá de lo imaginable. A este respecto, hace bien poco hablábamos en «Logan» de los mutantes como evolución natural del ser humano, una evolución que provocaba rechazo en la inmensa mayoría la gente. Sin embargo, la sociedad que muestra «Ghost in the shell» (en España «Ghost in the Shell: el alma de la máquina«) abraza una evolución cibernética que mejora todas sus capacidades físicas, realizando una simbiosis casi perfecta entre las mejores cualidades de la carne y del metal. Mientras que nosotros, hoy en día, vivimos una realidad en la que empezamos a cuestionarnos si la inteligencia artificial debería empezar a tomar decisiones en nuestro lugar (la conducción autónoma es uno de los ejemplos más presentes); en el Tokio del 2029 que dibuja «Ghost in the shell», la línea que separa lo humano de lo robótico está más difuminada que nunca. Esa línea vendrá principalmente marcada por un concepto inherente a todo ser humano: su identidad, su alma, su fantasma o ghost.
Corría el año 1989 cuando Masamune Shirow publicaba el manga que le convertiría en un autor de culto, bajo el título de «Ghost in the shell«. Obra con claras reminiscencias a una de las biblias del cyberpunk llamada «Neuromante» escrita por William Gibson, del que le separaban apenas cinco años. Pero no fue hasta 1995 cuando tuvo su primera adaptación al cine de la mano del maestro de la animación Mamoru Oshii (ganador de la Palma de oro de Cannes y del Oso de oro en Berlín), logrando ser uno de los mayores exponentes del cine de animación japonés (junto con «Akira«) y una de las principales fuentes de inspiración del cine de ciencia ficción de las últimas dos décadas, contando con Steven Spielberg, James Cameron y las hermanas Wachowsky entre los numerosos directores que se rindieron ante la majestuosidad visual que la película de Oshii derrochaba. En Hollywood llevaban desde 2008 intentando sacar adelante una versión en imagen real que no terminó de coger forma hasta 2014, cuando Dreamworks fichó a Rupert Sanders para dirigirla y contrató a Scarlett Johansson para protagonizarla (no carente de cierta polémica, como veremos). Tras 27 años, numerosos manga, series de televisión y adaptaciones animadas, se estrena hoy en nuestras pantallas la ‘traducción‘ a occidente de una obra excelsa, con el presupuesto y reparto suficiente para convertirse ella también en un referente para las nuevas generaciones. Que lo pueda conseguir o se convierta en un proyecto fallido será lo que analizaremos en las siguientes líneas.


















